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Esta mañana, Donald se despertó antes de que saliera el sol. En la tenue luz del pequeño cuarto donde ha estado viviendo desde su deportación de la República Dominicana —en junio—, se pone su atuendo laboral, come algo de prisa y se lanza al sitio de construcción donde trabaja un amigo —el mismo que lo ha albergado en su hogar en Hinche, Haití—.
Durante estos dos meses, el hombre en sus treintas, ha seguido la misma rutina: trabaja cuando encuentra dónde hacerlo, come cuando puede y espera. A treinta kilómetros de distancia yace la frontera que cruzó hace tres años, cuando tenía la esperanza de alcanzar una mejor vida. Hoy, prefiere identificarse solo con su primer nombre, para evitar ser reconocido.
Donald nació como el menor de cinco hijos en Côtes-de-Fer, un pueblo en el departamento del Sudeste ubicado a más de cien kilómetros de Puerto Príncipe, la capital de Haití. En noveno grado se vio obligado a abandonar sus estudios; su familia no podía costearse los gastos. Desde entonces, ha trabajado en lo que ha podido, principalmente en construcciones.
En los últimos años, su situación empeoró. No logró encontrar un empleo que pagara lo suficiente para sobrevivir. Las deudas se apilaban, así como las necesidades de su familia. «Dejar Haití fue una medida de supervivencia para mí», me enfatiza Donald por teléfono.
La huida
Todo comenzó en febrero de 2023. Después de enterarse de su panorama, un primo de Donald —que llevaba viviendo seis años en República Dominicana— le recomendó que probara su suerte del otro lado de la frontera. «Me habló sobre inversionistas chinos que necesitaban trabajadores de construcción», me explica al otro lado de la línea.
Haití y la República Dominicana comparten una misma isla «La Española» pero tienen realidades sociales drásticamente diferentes. La República Dominicana tiene una economía diversificada que se traduce en más oportunidades y mejores salarios. Haití contrasta, con una palpable crisis de seguridad, inestabilidad política y una pobreza generalizada en la que habita aproximadamente el 60% de la población.
Una semana antes de su partida, el primo de Donald le pasó el contacto de una red de traficantes haitianos y dominicanos. La cuota fue de cuatrocientos dólares a cambio de coordinar su llegada a Bávaro —uno de los principales destinos turísticos de República Dominicana, centro de trabajo en construcción y hospitalidad—.
La travesía fue agotadora. En más de una ocasión, Donald fue víctima de robo: lo despojaron de su limitado cambio y escasas pertenencias. Soportó el hambre y la sed, viajando por motocicleta, a pie y en autobús a través de caminos percudidos. Algunas noches, su cama fue el suelo. Cinco días después de que comenzó el trayecto, llegó a su destino. Ya en la República Dominicana se mudó con su primo a un apartamento de dos cuartos con techo de lámina.




