Este texto es parte de La sobremesa, nuestra sección de opinión dedicada a amplificar perspectivas de todos los rincones donde se hable —y escriba— el español. Si quieres proponer un texto…
Confieso que he fumado. Que, tras veintiséis años de abstinencia por el miedo a las consecuencias —por el vivo ejemplo de mi padre en sus intentos por dejarlo—, he roto con la disciplina autoimpuesta y he encendido un cigarrillo, colocándolo en mis labios y aspirando sus humos sabor a alquitrán. Lo peor, ahora tengo la osadía de rogarle a otros que hagan lo mismo.
Mi decisión fue premeditada y en ese premeditar habita mi argumento. Por mucho tiempo, lo que me detenía de comprar una cajetilla era el que la consecuencia superaba, a creces, el beneficio. Si algo me llamaba era, tan solo, el vago sentimiento de quedarme sin intentar algo nuevo y morirme sin poder decir que había probado un cigarro. Como la campaña contra el tabaco es tan buena, entendí perfectamente a edad temprana el riesgo del cáncer en todas sus formas y preferí dejar la experiencia en el hubiera.
Pasa que, en ese periodo entre la infancia y esta adultez temprana mía, he visto cómo la droga predilecta del mundo ha ido cambiando. En lugar de una cajetilla bien organizada, hemos optado por celulares de vidrio donde, con el pulgar, deslizamos hasta el cansancio consumiendo contenido —y nuestras vidas de paso—. He visto cómo mi generación se ha vuelto adicta a las interacciones digitales y a una conexión constante donde no hay nadie más que uno mismo y el reflejo que oculta una pantalla luminosa.
Debería decirlo en primera persona. Lo he sufrido. He notado cómo las horas pasan mientras veo videos cada vez más cortos y, al terminar, me pregunto qué saqué de ello. No soy capaz ni de recordar el video que miré hace unos segundos. Me he vuelto adicto, pues, a la dopamina que mi cerebro libera cada que veo una nueva publicación en Instagram —porque a Satanás hay que nombrarlo—; me carga la marea de este siglo.
Estos años nuestros han sido unos de soledad profunda; de un mundo donde hasta los vicios se han vuelto solitarios: las redes sociales, la pornografía, las apuestas en aplicaciones. El acto de drogarse ya se hace en lo personal; no sé si el liberalismo que permeaba en el giro del milenio se hubiera imaginado que el triunfo del individualismo llegaría a este nivel.
He concluido que nuestra especie tiene una predilección por el vicio. Lo mismo con los videos cortos que me agobian a mí, los cigarros que fumaba mi padre, el tabaco que habrá masticado mi abuelo y la rana que mi tataratataratatarbuela habrá lamido en una caverna prehistórica. Tenemos una debilidad hacia lo que nos da alivio aun si nos destroza. Y en la época donde ha triunfado el individuo, la droga se ha hecho también un acto ermitaño.
Ahí la lógica de mi decisión. Si siempre gravitamos hacia el vicio, ¿por qué no, al menos, escoger uno donde exista una buena secuela? ¿Por qué no un vicio que te obligue a salir y encontrarte con otros partícipes, hablarles, pedirles un encendedor y, quizás, hacer amigos? Carajo, ¿por qué no volvemos a fumar?
Hacerlo en espacios contados. Limitarse a las fiestas o las tardes con amigos. No comprar cigarros, sino pedirlos a otros. Tener el principio de que el fumar es un acto rebelde contra este ensimismamiento del año de nuestro señor dos mil veintiséis y hacerlo sabiendo que hay consecuencias pero que, de paso, vas a sacarle también algo bueno.
Y sí, reconozco que estoy viendo el glamour y que soy un hijo del siglo XXI que piensa que el XX fue mejor. Y sí, sé que la adicción es peligrosa y que, una vez que uno inicia a fumar, ya convertido en adicto, termina haciéndolo en soledad, en la ventana de su departamento, mirando la ciudad infinita —o peor, atrapado en un maldito teléfono para combinar dos drogas a la vez—. Sé también que ya no quiero ver mis redes sociales. Mi cerebro ruega por algo que le regale dopamina; sé que puedo ponerme reglas y hacerlo únicamente en sociedad como una excusa para hablarle a otros y pedirles un fuego. De volver a ser ese homo politicus que no puede vivir sin los demás. Prefiero ver el infinito de una ciudad a través de mis ojos; la pregunta es, ¿con o sin cigarrillo?
Este debate interno —fumar o no fumar— lleva varios meses. En un viaje a Estambul, al contárselo a un amigo, me dijo que debería hacerla de reportero y, por lo menos, probar un cigarro con él. Fue convincente. Así que nos sentamos en un bar del lado anatolio, pedimos una cerveza y prendimos un cigarro. Para mi sorpresa, no sentí mucho del humo, pero noté la sonrisa cómplice de mi amigo. Compartíamos un secreto.

Lo repetí en una boda después; luego en un par de fiestas. La regla es no fumar solo por fumar; debo romper la soledad en el acto. El resultado me ha complacido. Siempre que he fumado, he hecho nuevos amigos; siempre que he fumado, me he obligado a conocer gentes y escuchar de sus vidas. No veo qué puede ser más rebelde en este siglo ensimismado.
J.L. Sabau (Cozumel, México) es el editor general de Perpetuo. No le gustan las biografías.





Aaaa perro, ¡cómo vas a empezar recién!
Recuerdo con afecto la reunión de Perpetuo en Lima y que a la salida de esa cafetería Barranquina me puse a fumar buscando complicidad. Me quedé solo entre extranjeros y el horrible humo.
Grande!
Fumar, fumar que el mundo se va a acabar.