Querido lector,
Lo confieso: un día me salté la ducha.
Lo digo con pudor porque sé que ahora mismo voy a ofender a mucha gente, desde el Río Bravo hasta la Patagonia.
Para ser sincero, me salté otro día.
Ya está: me entrego a la justicia latinoamericana.
Bueno, quizás me salté uno más…
En algunas ocasiones durante el invierno danés, me duché unas tres veces a la semana. Ahora sí me someto a la implacable mirada acusatoria del continente del realismo mágico. Cada vez que despertaba con la idea de “vaya, me he saltado el baño otra vez”, sentía cómo se resquebrajaba una estatua de Bolívar y Martí volvía a morir en Dos Ríos.
Pero antes de que comience el juicio, suéltenme las manos y déjenme elaborar mi coartada. Esta historia me absolverá.
Hubo un tiempo en que yo también ocupé el asiento acusatorio. Estaba entre la multitud de quienes juzgan a los que se saltan el baño. Cuando llegué a Dinamarca cumplía —cumplo— con la hora de la ducha como un musulmán que abre la alfombra y se pone a rezar donde lo sorprenda.
Pero pasaron cosas… un choque cultural, unos grados Celsius menos y algunos criterios de salud. Aún así, me resistí a la idea de no bañarme, aunque la piel se me tornara escamosa y reseca como una tusa.
Por eso hoy, ante ustedes y ante el mundo, juro solemnemente que soy una persona muy limpia. Que no comprometí mis hábitos de higiene. Que siempre enjuagué todo lo que debió ser enjuagado...
En el nombre del jabón, del champú y del desodorante...
¡Juro!
Razón #1: Clima
Tenía motivos para ducharme a diario. En verano, los daneses cuentan con los dedos de las manos las olas de calor —entiéndase por ola de calor temperaturas superiores a 26 grados—.
Hay una alergia epidémica al desodorante y al jabón por estos lares cuando sube la temperatura. La amenaza rubia y ojiazul se ciñe sobre bares y cafeterías techadas y, sedienta, sale en estampida hacia esos pantanos infames que insisten en llamar “playas”. Ir al gimnasio llega a ser un acto de riesgo biológico.
El verano danés me recuerda al invierno de Cuba. Primero porque ambos tienen la misma temperatura —fría o caliente, según se mire— y segundo porque, a 20 grados Celsius, la gente asume las mismas prácticas, pero en extremos opuestos: en Escandinavia andan en camisetas sin mangas y en el Caribe se ponen bufandas.
En julio y agosto, sudar es un pequeño lujo que los daneses se permiten solo algunas veces. Cuando llega el momento lo abrazan, lo disfrutan, lo celebran. Podría decirse que la temporada estival comienza con las primeras ráfagas de peste a sobaco.
Mi orgullo caribeño —que entiende bien que las palabras “calor” y “olor” no riman por mera coincidencia— me decía alto y claro que la hora del baño era innegociable.

Pero llega el otoño, con su festín de colores, que da paso al invierno. Y también las lluvias frías que te calan hasta los huesos. Y la nieve. Y el sol se despide hasta nuevo aviso llevándose consigo las ganas de bañarte.
Para que te hagas una idea: en diciembre amanece a las 9 de la mañana y atardece a las 3:45 p.m. Con la temperatura que oscila entre cero y cinco grados durante el día, se inaugura la temporada de la cebolla: vestirse en capas para evitar la hipotermia.
Un día llegas a casa después de una jornada en la biblioteca, agotado. Preparas una infusión caliente, deslizas el pijama de felpa sobre tu cuerpo helado, te tumbas en el sofá y enciendes la televisión. Existe el radiador. Existe el agua caliente. Pero sientes que nada de eso basta para lanzarte al baño.
Sabes que la piel ha estado dormida entre capas, resguardada del sudor y del churre. Someterla a semejante estrés sería un pecado mortal.
Pero te lo cuestionas, porque eres cubano. Te levantas, vas al baño, te paras frente a la ducha, abres el grifo y miras el agua caer…
Razón #2: Pragmatismo
Detenido frente al cubículo de la ducha, pienso que el agua está demasiado cara. Cuarenta euros al mes que podrían devolverme en el recálculo anual. (Pago una cuota fija, pero si consumo menos, me reintegran la diferencia al cierre del año fiscal).
Pienso también en que he venido a este país a aprender buenas prácticas; aquí donde la sostenibilidad y el pragmatismo se han convertido en referentes de eficiencia. Los daneses prefieren montar bicicleta antes que usar el carro; tienen al menos cinco botes de basura para todo tipo de reciclaje y plantan césped en los tejados de los edificios más vanguardistas de la ciudad… ¿Y yo no puedo ahorrar un poco más de agua?
Debatiéndome entre el dolor de mi desnudez bajo la gélida atmósfera del baño y la incomodidad de sentirme menos que un danés promedio —porque no solo de privilegios blancos vive el hombre—, me doy cuenta de que no ducharse puede convertirse en una declaración de principios. O acaso en un acto de integración. Se los debo, ya que me he resistido a aprender un idioma que suena como si te hubieras atragantado con una papa. Podría ser mi forma de decir: “Gracias por acogerme; miren lo que he aprendido de ustedes”.
Vuelvo a cerrar el grifo, convencido de que hay algo de justicia política en mi decisión.
Razón #3: Salud
Regreso al sofá, no sin culpa, pensando en qué diría mi madre, la responsable de inculcarme este hábito de carácter religioso. Siento que le falto el respeto a ella y a todos esos momentos en que, siendo un chiquillo, me llamaba a golpe de gritos y yo salía embalado, envuelto en el churre de cualquier recoveco del barrio. A la hora de bañarme, se detenía el juego… y hasta el tiempo.
Entonces miro mis muslos.
Recuerdo que llevo semanas batallando con la sequedad de mi piel. Me han salido puntos rojos horribles y una picazón que no me deja en paz. También noto mis manos. Están cuarteadas de tanto lavarlas con jabón. Les vuelvo a ofrecer crema para que no parezcan las de un anciano a punto de dar su último suspiro.
He probado varios remedios hasta que, por fin, un dermatólogo me ha recomendado usar cremas hidratantes después de ducharme, evitar jabones industriales y bajar la temperatura del agua. O, en consecuencia, espaciar los periodos de ducha. Una proposición que al principio me parecía un sacrilegio.
No he considerado relajar la frecuencia del baño hasta entender que mi salud puede verse afectada. ¡Qué ironía! El acto más básico de higiene —la ducha—, que debe protegerme de todo mal, se rebela contra mí como una enfermedad autoinmune.
Entonces vuelvo a mirar mi cuerpo envuelto en mantas y en un pijama que es como vestirse de nubes. Me doy un sorbo de infusión de lavanda. Veo la nieve caer por el cristal de la ventana.
He llegado a un país nuevo y debo adaptarme a su clima, a sus ideas y a sus hábitos. He juzgado muy pronto la aversión de tantos escandinavos al baño diario y no he querido preguntarme por qué. Estaba muy atado a mis costumbres latinoamericanas. Pero saltarme la ducha un par de veces ha sido liberar una carga, como si el titán Atlas hubiera descansado, por fin, del peso del mundo.
No me arrepiento en lo absoluto de tomar esa decisión.
Ahora bien, esto no es un tratado en contra de la ducha. Pero si comienzas una vida en un país frío como Dinamarca, entiende que:
No vas a dejar de ser limpio/a si no te duchas a diario.
Pero no dejes de lavarte tus partes sensibles todos los días (esto es innegociable).
Así ahorras agua, tiempo y salvas a tu piel de eventuales problemas de salud.
No espacies demasiado la ducha, o acabarás sumándote a la estampida de escandinavos con complejo de mofeta.
Nada de esto aplica si trabajas en labores que impliquen esfuerzo físico, sudor o exposición a suciedad.
No seas ua cerdo.
Así que, si alguna vez emigras y el clima te obliga a repensar tus rituales, no te sientas traidor: a veces adaptarse es la forma más honesta de seguir siendo limpio (aunque sea por dentro).
Epílogo
Los hábitos de higiene tienen una base cultural influida por el clima, la salud y la evolución de las sociedades para adaptarse a su entorno. Estamos moldeados por ideas preconcebidas sobre las etiquetas, los modales y, claro, también sobre la higiene.
Cuando juzgamos desde nuestro propio prisma, olvidamos los factores que llevaron a otros a comportarse de cierta manera. Y cómo los mismos hábitos pueden tener interpretaciones y significados distintos —a veces opuestos— de un país a otro. En muchos pueblos de China, por ejemplo, comer con la boca abierta es sinónimo de disfrute, mientras que en Occidente se considera vulgar. Lo mismo ocurre con la higiene: los hábitos que tienen sentido en un sitio, no lo tienen en otro. ¿De qué sirve ducharse a diario en un país donde el agua y el jabón pueden dañarte la piel?
La emigración, como los viajes largos, nos obliga a abrir la mente hasta en los ámbitos más insospechados. Irse a otras latitudes es despojarse de costumbres que nunca te habías cuestionado. Y eso está bien. Porque te fuerza a observar, a entenderte mejor.
Así que sí: dejé de ducharme algunas veces. Y no me arrepiento.
Lo volvería a hacer si con ello no afecto mi salud ni mis estándares de higiene, y si además me ayuda a comprender mejor una cultura diferente a la mía.
Ahora paso la palabra al jurado latinoamericano.
El veredicto ha llegado.
Pero primero, respóndanme: ¿qué habrían hecho ustedes en mi lugar?
Un abrazo desde Europa,
Luis
P.D. Les he contado en textos anteriores que he venido a vivir a Málaga, en la costa mediterránea del sur de España. El clima aquí es húmedo y cálido, más parecido al Caribe.
Los latinoamericanos heredamos los hábitos de higiene de los españoles y, en consecuencia, viviré un nuevo periodo de adaptación.
¡Aquí la ducha diaria es innegociable!
Luis Orlando León Carpio es un periodista cubano que ha cambiado la redacción del periódico por la mochila de viajes. Vino a Europa a estudiar un master en Periodismo como ganador de la beca Erasmus Mundus. Escribe Cartas desde Europa, una newsletters sobre como estudiar y residir en el viejo continente, donde también reflexiona sobre sus viajes y su condición de migrante.






Muchas gracias a José Luis Sabau y a todo el equipazo de Perpetuo por publicar mi texto. Es todo un honor para mí aparecer en la mejor revista en español. Espero que sus lectores disfruten de mi humilde contribución y, por supuesto...
¡No dejen de ducharse!
Pues a mí me pasó un poco al revés en Brasil. Ahí se bañan en la mañana y en la noche!