Este cuento fue publicado en el volumen VI de El creativo, nuestra newsletter de escritura literaria y cultura. Para recibirla directo en tu correo, suscríbete a Perpetuo:
Cierto día de un caluroso verano, salí de mi departamento ubicado en la colonia Del Valle para cumplir algún quehacer del hogar —que bien pudo ser ir a la tintorería para dejar unos pantalones o comprar algo de comida, pero ahora mismo desconozco cuál fue mi encomienda—. Aproveché la caminata para sacar a pasear a Hugo, mi perro salchicha. Según me lo hizo saber con el incesante movimiento de su colita, le pareció adecuada mi decisión.
Cruzamos el Eje 6 Sur cuidadosamente —que es decir corriendo a toda prisa al encontrar espacio entre coches—. Usualmente me hubiera quedado del otro lado, pero el sol pegaba con toda su fuerza y no quería que se le quemaran las patas a mi perro. Dos cuadras después, dimos vuelta a la izquierda sobre la calle Enrique Rébsamen para hacer una parada técnica en el OXXO de la esquina. Quería comprar agua fría para refrescarme. En cuanto nos adentramos en la calle, Hugo se detuvo para orinar cuanta cosa se le puso en el camino, una actividad que hasta el día de hoy sigue siendo su favorita. Sin importar que su pequeña vejiga esté vacía, siempre logra sacar aunque sea unas cuantas gotas para sentirse satisfecho.
Entre las tantas cosas que roció, le gustó más una pequeña jardinera incrustada en medio de la banqueta. Cuando estaba en lo suyo, pata trasera arriba, un viejo decrépito asomó su cabeza desde un ventanal que daba hacia la calle. Su mirada agreste me dio a entender que no le parecía lo que estaba pasando. Y como tampoco le pareció que lo ignoráramos vilmente, decidió increparnos desde su comodidad.
Según nos dijo, entre gritos y majaderías, los vecinos de ese edificio habían restaurado y plantado la jardinera recientemente, y era una ofensa a la moralidad citadina lo que mi perro estaba haciendo. Chingas a tu madre, pensé, es vía pública, muy pendejo de tu parte si decidiste invertirle a la banqueta. Al final sólo hice un gesto que reflejó mi indiferencia y que ciertamente le causó malestar al anciano.
Aquella ruta no era usual para mí, así que durante los siguientes días evadí esa calle, jardinera y anciano incluidos. Los paseos que daba con mi perro eran por las cercanías de mi departamento, del otro lado del eje. Hugo tenía sus lugares favoritos para hacer del baño. Cada día parecía maravillarse ante ellos, como si fuera su primer encuentro urinario o fecal. Lo que más me causaba escozor era el lugar en donde adoraba cagar, pues era un pedazo de terracería justo a un lado de un restaurante. Imagino que era su forma de desearle buen provecho a los comensales que degustaban sus elaborados sándwiches.
Así pues, transcurrió una semana, o quizás dos, hasta que se me presentó de nuevo un quehacer del hogar —tenía que recoger la ropa que había dejado en la tintorería o comprar comida, quién sabe—. Decidí llevar de nuevo a Hugo en mi travesía. Como era de esperarse, tenía la vejiga tan llena de orina que parecía estar inflada. Supimos lo que teníamos que hacer.
Cruzamos el eje vial y nos encaminamos directito a la calle Enrique Rébsamen. Hugo hizo un ademán para intentar orinar un poste de luz. Pero cuando levantó ligeramente su pata trasera, lo detuve. Ya casi llegamos, le dije, no me falles. Al entrar a la calle nuestros ojos se iluminaron porque la jardinera estaba reluciente y vacía.
No habían transcurrido ni veinte segundos del cauce de orines de Hugo cuando el viejo pedante volvió a asomar su cabeza. ¡Otra vez tú!, me gritó desde su ventana. Como en esta ocasión iba preparado y tenía tiempo de sobra, me tomé la molestia en responder: Mire viejo caguengue, esta jardinera está en la banqueta y hasta donde yo sé es propiedad de todos, por eso se llama vía pública y no vía de un pinche anciano, si usted le metió dinero a esta jardinera donde habitan ratas, cucarachas y ahora los orines de mi perro, es su pedo. No sé si fue la contundencia de mis palabras —hasta yo me sorprendí—, pero el señor se quedó pasmado. Antes de cerrar su ventana, me advirtió a regañadientes: Si te vuelvo a ver por aquí, le llamó a la patrulla.
Regresé a mi departamento con sed de venganza. Me lo tomé personal. ¿Quién se creía ese señor para negarle el placer de orinar a mi perro y, encima, amenazarme? Empecé a beber cantidades de agua que rayaron en lo absurdo y agregué un par de cervezas para acelerar la misión. Para las nueve de la noche, mi vejiga estaba a punto de explotar.
Salí de mi departamento. Crucé apresuradamente el eje. En cuestión de segundos estaba a un lado de la dichosa jardinera. Esperé desesperadamente a que la calle se despejara y, cuando vi el momento adecuado, me bajé la bragueta y oriné aquello como riego industrial de campos resecos. No se salvaron las higueras hoja de violín, las lengua de suegra, las duranta ni los lirios persa. Tampoco la reja recién pintada de verde oscuro y mucho menos el letrero que sentenciaba: «Este lugar no es baño de mascotas». Como todavía tenía bastante carga, decidí escribir en la banqueta con mi orina «viejo puto». Me quedó divino. Antes de irme, toqué violentamente la ventana del señor para que lo viera.
Los siguientes días transcurrieron con una tranquilidad que no había vivido antes. No me duró mucho el placer. Al tercer día de haber realizado mi obra de arte —magistral y digna de admiración, si me preguntan a mí— la colonia amaneció con posters pegados y regados por doquier que tenían mi foto mientras orinaba la jardinera —seguramente cortesía de alguna cámara de seguridad— junto a una leyenda que decía: «Vecino, si conoce a este marrano… ¡DENÚNCIELO!».
David Blanc (México). Narrador, periodista y cocinero de ocasión. Ha publicado sus textos en El Cultural, Jot Down, Nexos, Animal Político, entre otros medios. Ganador del 1er concurso de ensayos de Perpetuo y Mención Honorífica en el 10° Gran Premio Nacional de Periodismo Gonzo.





