Perpetuo

Perpetuo

Derecha por eliminación

La caída de la derecha en México

Avatar de Perpetuo
Avatar de The Mexico Political Economist
Perpetuo y The Mexico Political Economist
nov 24, 2025
∙ De pago
Actualizar a la versión de pago para reproducir el mensaje de voz.

Este es un adelanto del libro La derecha no existe (pero ahí está) de Alex González Ormerod. El libro saldrá al mercado en los próximos días con Siglo XXI. Para enterarte de la publicación, puedes seguir el Substack de Alex González Ormerod, Mexico Political Economist—que, además, es el mejor análisis de política mexicana que hay—. Llevamos meses recomendando el trabajo de González Ormerod en nuestro Substack, es un honor, ahora, compartir algo de su trabajo.

The Mexico Political Economist
Mexican politics, policy, and markets for the global reader.

Y, si quieres apoyar nuestra publicación, no olvides:

Suscribirte a Perpetuo


¡Qué necesidad de una derecha!

México no tiene oposición. El país ha tropezado hacia un virtual estado de partido único sin que el partido en el poder lo hubiese pedido. El Movimiento Regeneración Nacional, Morena, el partido en cuestión, no soltará las riendas voluntariamente. Ni lo debería de hacer; necesita que se las arranquen de las manos en las urnas, desde los municipios, los estados, las organizaciones sociales y en las calles. Y vaya que lo necesita, porque un partido incuestionado en el poder se osifica y se pierde. Los demás partidos políticos de México observan esta situación y abdican su responsabilidad. El país entero se ve arrastrado por su ineptitud.

Esta guía para una oposición política en México sirve para componer este desvío. En sus páginas podrán encontrar las instrucciones para la creación, movilización, manutención y llegada al poder de una alternativa política viable. Un nuevo manual apto para derechistas que por fin se reconozcan como lo que ya son y para izquierdistas preocupados de por dónde surgirá la siguiente reacción. Estos son los caminos disponibles.

La guía es nueva porque las viejas recetas ya no sirven. Pasada ya una cuarta parte del siglo XXI, los ingredientes y fórmulas con las que tradicionalmente se llegaba al poder en México han expirado. La democracia lo ha cambiado todo. Sí, aún en su estado tenue y relativamente novedoso, los años de participación popular y elecciones competitivas le han restado efectividad a las viejas maneras de hacerle frente al régimen.

Antes, si un movimiento político quería llegar al poder por la vía electoral primero tenía que luchar por que hubiese un mecanismo legítimo para lograrlo. Durante un siglo, este mecanismo —comúnmente llamado “democracia”— no existía. Bajo la dictadura perfecta del PRI, prácticamente todas las energías de todas las verdaderas alternativas políticas legales se enfocaron en la gesta por la verdadera democracia. Importaba poco si se trataba del Partido Demócrata Mexicano (heredero del catolicismo nacionalista del sinarquismo) o del Partido Comunista Mexicano (heredero del universalismo socialista de Marx); sin resolverse la exigencia de elecciones limpias y equitativas no había nada que hacer. Poco importaban las ideologías si esos programas de gobierno nunca llegarían a cumplirse en un sistema autoritario que nunca permitiría la llegada al poder de los partidos que las proponían.

En un régimen autoritario la única ideología posible es la que busca quitar al régimen autoritario. Si acaso, las diferencias doctrinarias entre partidos políticos de oposición en México comenzaron a surgir de manera más explícita en referencia a otras oposiciones. Pero la exigencia de la verdadera democracia era el llamado que conectaba a todas oposiciones a tal grado que, hasta la elección del año 2000, el candidato de la derecha Vicente Fox y el de la izquierda Cuauhtémoc Cárdenas, discutieron seriamente declinar el uno por el otro para formar un frente unido y finalmente derrotar al PRI (lo cual no se logró dado que, aunque ambos estaban de acuerdo en principio, en la práctica, los candidatos solo coincidían que el otro era quien debía dimitir).

El electorado mexicano también entendía la necesidad de echar al PRI antes de poder tener una discusión seria sobre las alternativas de cómo gobernar a México. El voto útil era la consigna del día. Se lo dieron primero a la izquierda en 1988 y, para el 2000, el ofrecimiento fue a la derecha. La transición política de ese año abrió la puerta a una nueva época; la era del verdadero debate político en México.

Desde entonces seguimos discutiendo prácticamente los mismos temas que antes: ¿cómo se saca a una gran parte de la población mexicana de la pobreza?, ¿cómo se combate la corrupción?, ¿nuestro destino está hacia el norte o hacia el sur global? Sin embargo, la discusión sobre si vivimos o no en un nuevo autoritarismo por el momento no es viable. No porque no sea una posibilidad verdadera sino porque la creación de una oposición en torno a la defensa de algo tan abstracto como ‘las instituciones’ o ‘las normas democráticas’ ya no funciona.

Para decepción de los críticos del partido en el poder, estás preocupaciones no han permeado más allá de una parte de la élite intelectual y política. En 2024, por primera vez desde que se empezó a realizar el estudio de Latinobarómetro en 1995, la mayoría de los mexicanos se expresó satisfecho con su democracia. Pero no todo el mundo está feliz. Entre desesperados, desanimados, desilusionados, desmovilizados y descontentos, está la otra mitad de los votantes mexicanos. Estos son la suma de quienes no emitieron su voto por el gobierno actual junto con muchísimos más que optaron por no ir a las urnas. La aritmética indica que sí hay espacio para construir una alternativa política ganadora frente a Morena.

Hay muchas maneras de ser y hacer oposición. Se puede crear un movimiento independiente o un partido político; se puede tomar uno de los tantos que ya existen o crear uno nuevo; se puede abordar una oposición por geografía, sector social, económico o laboral. De lo que no se puede prescindir es de la convicción programática. ¿Qué es eso? Simplemente son las ideas en las que un movimiento cree y con las que quiere que se gobierne el país. Es su ideología. Ya no basta decir “muera el mal gobierno”. Hoy, la simple verdad es que el electorado mexicano no está dispuesto a aceptar las propuestas ambiguas del pasado. Ya han pasado por demasiadas alternancias como para aceptar que algo diferente es, por antonomasia, mejor. Actualmente, y por suerte, hay que definirse.

Entonces, seamos pragmáticos. Si se trata de crear una oposición viable y pronto, entonces la ideología que debería tomar esa alternativa es obvia. El campo de acción donde más espacio político hay es el que deja desocupado el gobierno en turno. Dado que Morena hoy se proclama y busca ocupar la política desde la izquierda, lo sensato sería formular una opción de derecha. Eso es por mera celeridad; claro que se puede crear una alternativa política de izquierda en México, pero ese será tema de otra guía. Reconocer dónde la oposición se debería ubicar estratégicamente en el espectro político es la parte fácil. Que estos oponentes del gobierno se identifiquen como parte de ese espectro es casi imposible. La razón es que ahora resulta que casi nadie en México es de derecha.

Apoya la buena escritura, ¡suscríbete a Perpetuo!


“Ni izquierda ni de derecha”

“Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral.”

—José Ortega y Gasset, célebre liberal conservador español (1937)

En México está mal visto identificarse como de derecha. No fue necesariamente el triunfo de Morena en 2018 lo que llevó a esto, pero el discurso de un gobierno popular con un desdén explícito por el conservadurismo y la reacción seguramente ayudó a mover la aguja. Es más, así lo demuestran las encuestas hechas por el Barómetro de las Américas:

En 2004, la mitad de la población mexicana encuestada se auto identificaba a la derecha del centro político. Para 2018, el año de la llegada de Andrés Manuel López Obrador al poder, la derecha mexicana se había reducido un tercio de los encuestados y hoy el panorama es aún peor para la derecha

Ya sea por pragmatismo, cinismo o miedo, los grandes partidos establecidos históricamente ligados a la derecha o partes de ella han reaccionado yéndose en exabrupto hacia la izquierda. El documento de principios del PRI ahora proclama que el partido tiene “que identificar las causas que un partido de centroizquierda progresista está obligado a encabezar”. El PAN, el partido más asociado con la derecha en México, debate internamente qué temas de la agenda del conservadurismo social quieren abanderar —ya sea la oposición al aborto o el grado de su tolerancia hacia a la comunidad LGBTQ— mientras se declara a favor de prácticamente toda la agenda de redistribución económica de la izquierda, incluyendo decenas de programas sociales antes considerados asquerosamente comunistas en su prolijidad.

Incluso aquella gente que rechaza el desliz de los partidos hacia la izquierda no quiere decirse explícitamente de derecha. Eso sí, además de criticar consistentemente a la izquierda utiliza palabras históricamente asociadas con la derecha. México Republicano, un nuevo partido que obtuvo su registro en 2024, se anunció declarándose “ni de izquierda ni de derecha” y a la vez se dice “conservador” con un énfasis en las clases medias, la defensa sobre todo de la propiedad privada y los valores familiares cristianos. Es a todas luces un partido alineado con los principios de la derecha pero a Iván Peña Neder, presidente del partido, dice que no le interesa entrar al debate del espectro político tradicional. Lo dice en parte porque cree que las alternativas políticas en oposición a Morena se han vuelto de izquierda en los hechos sin dejar de asociarse con la derecha, confundiendo lo que significa ser de “derecha”.

La pérdida de identidad de la derecha es evidente en la confusión mezclada con animosidad que le tiene la población al término. Las definiciones populares de lo que es derecha, izquierda, centro, liberalismo y demás fluctúan con el tiempo, por región y entre cada persona. Lo que sí ha pasado es que, con la llegada de López Obrador al poder, se ha hecho un trabajo de socialización intensa que dice que “la derecha” es mala, equivalente a explotación y pobreza para las mayorías. Se dice que los derechistas actuales son los herederos intelectuales de los conservadores de antaño; anti juaristas, monarquistas, antimexicanos y, sobre todo, perdedores de la historia. Con razón la gente que sí comulga con posturas tradicionalmente de derecha no se declaran abiertamente como tal. Mejor optan por términos más o menos análogos como “conservador”, “liberal clásico”, o simplemente “antiizquierdista”. Los pocos que sí se declaran abiertamente se asumen de una “derecha accidental”. Como si una noche se hubiesen dormido en el centro del espectro político y despertado en uno de sus extremos. Gricha Raether, otro de los líderes de México Republicano, es tajante en este respecto:

“En términos de geografía política, todos los mexicanos sin excepción son de izquierda,” dice Raether. “Por eso México Republicano está ligeramente a la derecha en el ámbito global, pero en el ámbito local de México, estamos sin duda a la derecha. Yo diría que somos centro derecha. Desde la perspectiva de cualquier otra persona en México van a decir que somos ultraderecha, pero porque el péndulo político se ha movido tanto a la izquierda que cualquier cosa que esté a la derecha es ultra. Aunque estés en medio, eres de derecha.”(Raether)

El miedo a definirse desde la derecha en México complica no solo su definición —para estas alturas de un libro sobre la derecha en México, ya debería haber aparecido una definición de diccionario— también le dificulta a los miembros de esta comunidad identificarse, organizarse y montar una oposición coherente al oficialismo. Encerrados en un clóset ideológico, lo que debería hoy ser una competencia por definir a la derecha entre sus ideólogos —tal y como lo hicieron los liberales en el siglo XIX y los comunistas en el siglo XX— no está ocurriendo por miedo al rechazo popular. Este vacío de definiciones, entonces, lo llena la izquierda, que solo le agrega desprecio a la etiqueta. El resultado; un círculo vicioso en el que decirse de derecha es cada vez más difícil.

Para sumarle a sus desventuras, aunque el desdén hacia la derecha es particularmente intenso hoy, en México lleva siglos perdiendo prestigio. Una serie de accidentes históricos ha llevado a la política en México a ser históricamente anticonservadora de jure. Y aún así, el conservadurismo, en varias ocasiones, ha triunfado de facto. Estos precedentes le dan a la oposición una oportunidad de aprender una valiosa lección: si México lleva mucho tiempo desdeñando la derecha y esta aún así ha sabido salir adelante, entonces tal vez el pasado tenga pistas sobre su dirección a futuro.

Los mejores ensayos están en Perpetuo, ¡suscríbete!


La derecha derrotada

México no es naturalmente antiderechista. Ningún país lo es. La derrota del conservadurismo tiene más que ver con casualidades históricas que con cualquier otra razón. En México, los partidos y movimientos asociados con la reacción o el conservadurismo solamente han resultado ser los perdedores más veces que en otros lugares en donde el tablero ha estado más balanceado.

Por eso las Cuatro Transformaciones a las que se refiere el expresidente Andrés Manuel López Obrador a lo largo de su gobierno son tan relevantes. Las primeras tres se refieren a los hitos que marcaron de manera definitiva la dirección política, económica y social del país: la Independencia, la Reforma juarista y la Revolución. (Solo el futuro dirá si la autodenominada Cuarta Transformación sí le llegó a la talla a las demás). En todos los casos, los resultados fueron la victoria de “la izquierda” de su momento —las comillas se deben a que “izquierda” aquí se refiere a la posición relativa de quienes tomaron el poder frente a sus oponentes—. En el reino de lo imaginario, hay una línea del tiempo alternativa en la que el reinado de Iturbide, el centralismo de Santa Anna o el imperio de Maximiliano sobrevivieron y transformaron a su manera al país. La historia fue otra y la historia la escriben los ganadores.

No hay nada peor que un libro que promete hablar de política actual solo para dedicarle cientos de páginas a la prehistoria intelectual. Pero esa historia brota a flor de piel cada vez que alguien con deseos de regresar al sistema económico del porfiriato o a la Corona española rechaza ser de derecha. Disimulan esos valores —posturas hasta discutibles en el foro del debate público— detrás de máscaras más aceptables, porque años de educación pública, cívica y nacionalista mexicana han manchado las etiquetas que le corresponden a esas ideas.

La más común entre los opositores de López Obrador, Morena y todo lo que representan se ha vuelto la etiqueta del liberalismo. Tras rechazar el mote de “derecha”, el de “liberal” es el que abrazó la mayor parte de la gente entrevistada para este libro que se declara en oposición al gobierno actual. Tristemente para esta oposición, decirse liberal a secas ya no es suficiente para inspirar a la gente a ir a las urnas. A nivel global, el liberalismo está en un proceso de decadencia. Mientras que en México, contra intuitivamente, no es suficiente decirse liberal porque, tras una larga historia de accidentes y casualidades, ser liberal se volvió una condición básica de la mexicanidad.

Para leer el adelanto completo, ¡suscríbete a Perpetuo!

Avatar de User

Continúa leyendo este Post gratis, cortesía de Perpetuo.

O compra una suscripción de pago.
Avatar de The Mexico Political Economist
Una publicación invitada por
The Mexico Political Economist
Mexican politics, policy, and markets for the global reader—without the politicking.
Suscríbete a The Mexico Political Economist
© 2026 Perpetuo · Privacidad ∙ Términos ∙ Aviso de recolección
Crea tu SubstackDescargar la app
Substack es el hogar de la gran cultura