Este ensayo fue escrito por Alexia Urdinola Garcés de Colombia. Puedes leer más de ella al final del texto.
Caracas amanece como siempre: montañas verdes que parecen guardar la ciudad y, entre ellas, avenidas que respiran a trompicones. Un mototaxi esquiva un hueco del tamaño de una bañera; una señora vende empanadas envueltas en papel de diario; un billete de cinco dólares cambia de manos como si fuera un talismán. El tráfico es un rumor constante, mezclado con el eco de reguetón y las bocinas impacientes. Aquí, la rutina es una coreografía entre la escasez y la inventiva.
Nadie querría poner un negocio entre sus calles. Menos uno de entregas. Menos de una startup de tecnología.
Aún así, se hace. Se funda, se crea y triunfa.
En medio de este paisaje —hermoso y roto a la vez— un joven decidió levantar una empresa que, contra todo pronóstico, sobreviviría para convertirse en un símbolo.
Es, en medio del frenesí caraqueño, que nace Yummy.
La primera vez que vi a Vicente Zavarce pensé que, de no ser emprendedor, habría sido político. Tiene esa manera de hablar que no es solo hablar, sino ir tejiendo un relato, llevando a quien lo escucha a un territorio donde la lógica y la emoción se dan la mano.
En Silicon Valley abundan las leyendas de genios adolescentes que, entre clases de álgebra y hamburguesas frías, programaron aplicaciones que cambiaron el mundo. Zavarce no es uno de ellos. No tiene la mirada distraída del nerd de laboratorio. Es un venezolano que ama a su país y se le nota al hablar. Estudió business—así, en inglés—en Northeastern; trabajó en banca de inversión y en growth marketing para empresas como Wayfair, Postmates y Getaround. Su éxito no nació de surcar la ola del código, sino de una obstinación más rara: querer volver a donde nadie más quería estar.
Lo que es Zavarce, es un valiente. Un joven con más cojones que cálculo, con la temeridad necesaria para mirar un desierto y creer que allí podría florecer un jardín.
A veces, para entender una historia, hay que contarla con las imágenes de un mito. Y la de Zavarce se parece mucho a la de David y Goliat. David, recién llegado con las armas adquiridas en el extranjero —una licenciatura, experiencia en banca y en startups de alto crecimiento—, enfrentándose a un gigante invisible: la economía venezolana en crisis.
Al principio de su carrera, Zavarce pudo haberse quedado en Estados Unidos. La banca de inversión le abría las puertas, los fondos de capital lo esperaban. Pero eligió lo contrario: apostarlo todo en Venezuela.
Cuando salió a buscar inversionistas, llevaba bajo el brazo un plan tan ambicioso como improbable: armar una startup venezolana.
Sus amigos lo cuestionaban:
—Funda en Estados Unidos. Aquí tienes todo para ganar.
Pero Zavarce había visto algo que otros no. Un océano azul, virgen, inexplorado, en su propio país. La idea era tan descabellada como la de llegar a Marte: crear un unicornio en un país donde la palabra “mercado” sonaba más a nostalgia que a presente.
En cada reunión, cuando pronunciaba la palabra “Venezuela”, las cejas se arqueaban y las sonrisas se plegaban como toldos bajo la lluvia.—Era radiactivo mencionarlo —recuerda—. Podías tener el mejor crecimiento, las mejores métricas, pero si decías que operabas en Venezuela, te cerraban la puerta en la cara.
No era un prejuicio sin fundamento. Venezuela llevaba años de hiperinflación, controles de cambio asfixiantes y un éxodo que vació ciudades enteras. En el mapa global del venture capital, el país ni siquiera aparecía. Apenas el 1% del capital de riesgo mundial llega a América Latina, y el 85% de esos fondos se concentran en México y Brasil. El resto sobrevive en un páramo financiero. Y en ese páramo, Venezuela era la tierra más árida.
Zavarce nació en Caracas. Partió a Estados Unidos con la convicción de formarse para algo más grande que su propio éxito personal. Su carrera en finanzas y marketing no era una escalera de escape, sino un puente de regreso. “Los grandes negocios se construyen donde nadie quiere entrar”, me dice con una calma que solo tienen quienes ya han cruzado incendios. Para él, ese lugar era su propia tierra.
En 2020, con ahorros personales, deudas y la obstinación de un orfebre que lima cada arista hasta que brilla, lanzó Yummy: una aplicación para entregar comida a domicilio en un país donde no había Amazon, ni fintechs ni ridesharing; donde pagar era un rompecabezas de billetes desteñidos y monedas extranjeras. Las entregas de comida a domicilio serían solo el principio de una visión mucho más grande.
Los primeros días fueron casi de ficción: doce pedidos diarios en una ciudad con casi cuatro millones de personas. Los repartidores que recorrían calles a medio alumbrar, clientes que dudaban de que aquello fuera a durar más de una semana. Pero Yummy empezó a crecer, no porque el mercado estuviera listo, sino porque Zavarce y su equipo se encargaron de moldearlo.
Pronto llegaron los viajes de ridesharing en motos y carros, un marketplace en el que podías vender lo que fuera utilizando repartidores de Yummy para la última milla, entregas de medicinas, el supermercado en la palma de la mano, las tiendas virtuales para comerciantes sin vitrina y hasta un asistente digital capaz de automatizar un negocio entero desde WhatsApp.
En un año, pasaron de doce pedidos diarios a más de un millón. Hoy, más de 70,000 repartidores y conductores obtienen ingresos a través de la plataforma y la empresa a la fecha está tomando más de 24 millones de órdenes anuales.
La expansión fue inevitable. Yummy ya opera en 22 ciudades en Venezuela. Ha levantado más de 70 millones de dólares de fondos como Y Combinator, JAM Fund y Marbruck, convirtiéndose en una empresa valorada en 200 millones. La Harvard Business School estudia hoy su caso como ejemplo de innovación en un mercado que, sobre el papel, no tenía futuro.
Más allá de las cifras, está la vida que Yummy ha transformado. Luis, un conductor de Yummy Rides, lo resume con tal naturalidad que parece no darse cuenta de la magnitud de sus palabras:
—Entré para ahorrar y pagarme la escuela de pilotos. Ahora vuelo aviones. Pero los fines de semana sigo conectándome. Yummy me dio algo más que trabajo: me dio un punto de partida.
Cuando Zavarce escucha historias así, asiente como quien ya sabía que el resultado sería ese. Repite su mantra, el mismo con el que empezó todo:
—Tengo una responsabilidad moral de mejorar la vida de la gente y de crear abundancia a través de la tecnología. Es un privilegio para mí, poder generar prosperidad y dinero para otras personas. Muy pocas personas en la vida logran esto, y es más difícil que generar prosperidad para ti mismo.
Y es entonces cuando la conversación, que hasta ese momento avanza como un río firme y constante, se detiene en un silencio breve. La mirada de Zavarce sale de su sala para ver las calles de Caracas, las motos con cascos morados esquivando tráfico, los repartidores con mochilas verdes, los mercados bulliciosos, las casas que vuelven a encenderse después de un apagón. Ahí, en ese paisaje urbano venezolano, los conductores de Yummy, también, son parte de lo cotidiano.
Con la serenidad de quien ya venció a su gigante, dice:
—Yo no quería abandonar Venezuela. Yo quería demostrar que también desde aquí se puede construir algo que valga la pena.
Lo dice como quien lanza una piedra al aire sabiendo que, aunque no se vea, ya ha golpeado en la frente de Goliat.
Alexia Urdinola Garcés es una joven colombiana de 21 años que vive en Nueva York. Tiene un alto interés en el periodismo corporativo, el ecosistema de startups y el desarrollo de América Latina.



