Destellos de una noche nublada
de J.L. Sabau
“El sabor de esa noche persiste en mi boca, impidiéndome saborear cualquier otra cosa”.
– Tayeb Salih, Temporada de Migración al Norte
Sin mucho que hacer y careciendo de un rumbo fijo, emprendí una caminata nocturna hace unos días. En aquel momento, habiendo dado pocos pasos de mi odisea insensata, me era imposible predecir las conclusiones de aquella noche y su contraste con los desastres del despertar. Fuerzas ajenas tomaron control de mis piernas para iniciar el trayecto, rompiendo las vicisitudes de mañana y tarde con el andar automático. Las calles y avenidas, tan transitadas cuando solo hay un astro sobre el cielo, quedaron deshabitadas al caer el cobijo nocturno. La soledad emergió como una amiga en tierras plagadas de compañías inoportunas. Todo quedó congelado por un par de horas con la excepción de mi cuerpo en sus andares; mi mente corriendo en rumbos opuestos. Un galeón antártico haciéndose paso en la superficie helada del norte temporal.
No había idea alguna en mi cabeza cuando di el primer paso —al menos soy incapaz de recordarla si la hubo—. En las brumas del pensar, el tiempo se disipa para romper toda barrera secuencial y permitir una existencia en armonía. Me llegan ahora algunas ideas sin vínculos entre sí que habrán aparecido en partes tardías del andar. Breves momentos en que la mañana se apoderaba de la noche; la luz aparecía para opacar el cielo; el reino de las ideas me separaba del material. La mirada retrospectiva impone un orden a aquello que lo carece. Solo ahora que escribo entiendo lo que me vino en mente. Así llegaron otras tantas reflexiones en el andar —y así las he interpretado con los beneficios de la distancia—. Comienza la reminiscencia de aquel amanecer.
Fue un día agobiante, como parece ser ahora la norma. El sol aparece en el cielo otoñal con su precisión acostumbrada. La oscuridad de la habitación es penetrada en breve por rayos que rompen la frialdad de un ecosistema artificial. Me encuentro en un tierno abrazo con una almohada que emula el calor de mi cuerpo y da la ilusión de la amante que me falta. Se acumulan las fuerzas solares contra la férrea resistencia de mis cortinas plásticas y su gris sin combinar. «¡Déjennos entrar!» llaman con cada impacto. Los rayos afortunados lo hacen por agujeros que no pude cubrir. Alguno pega en mi rostro; irrumpe en un sueño donde soy feliz. Despierto. Veo la hora. Vuelvo a dormir. Mucho tiempo he estado acostándome tarde. Inició como una necesidad y ahora es un vicio. En las mañanas ruego por pocas horas de sueño adicional, pero el mundo demanda atención. Los objetos a mi alrededor roban vida de lo onírico. El sueño se quebranta con el tono acostumbrado de mi teléfono. Me atraviesa un relámpago por la columna. Las imágenes de dicha han sido reemplazadas con listas de pendientes y la ansiedad contemporánea. Abro los ojos y regreso al andar.
Es de noche; ha llovido hace un par de horas. El mundo sana tras la limpieza del agua caída. No recuerdo dónde andaba cuando empezó el diluvio. Su inicio parece una promesa distante de un hecho certero. Ahora veo las secuelas, mas no encuentro su comienzo. La tierra dice a gritos que ha llovido. A mis narices llega el petricor con ráfagas de viento sutiles. Al pasar bajo unos árboles, caen un par de gotas extraviadas tras el impacto de alguna brisa perdida. Se estrellan contra mi cabeza; ligeras partes de mi pelo se humedecen. Vaga ilusión del llover que me he perdido. Mis piernas siguen al mando.
Puedo imaginar lo que habrá sido. El asfalto ardiendo por los potentes rayos solares. Su fuerza sobre el pavimento derrite la superficie con sus patrones oscuros y crea un mundo insoportable para la suela del zapato — esa misma que calla sus gritos pues no los escuchamos—. Al cielo, en su azul imponente, llega la primera de las nubes que presagian el agua que ha de caer. Ni un experto podría notar su importancia con la imperfección de la vista humana. El gris tan característico de la lluvia está oculto en tonos blancuzcos y la distracción del mundo terrenal. Le siguen otras tantas con patrones similares. En secuencia, la oscuridad comienza a poseer a su opuesto. El cielo se cubre en un eclipse parcial. Se prepara la lluvia para caer sobre el mundo. Sigo sin pensar el camino que marcan mis piernas.
No es malo este andar; así se hace camino. Comienzo a ver más claro que hay una vida fuera de mi pensar. Un par de faroles alumbran la calle, mientras que la luna ha desaparecido del cielo. Con su brillo artificial, crean el día que nos ha robado el plan divino en sus intentos por imponer el sueño. Prometeos modernos que pagan por su servicio con la ceguera mañanera; apagados cuando todos andan felizmente por sus alrededores. Aparece un mundo nuevo. Un mundo artificial que ni el mismo Dios quiere que veamos. El dominio celestial está plagado de tonos claros, formas precisas y colores bien definidos. En este día que nos regala la invención, domina el claroscuro en su lugar. Al acercarse a la bombilla, aparece la realidad que tanto conocemos. Unos pasos y el arbusto se confunde con el árbol; la calle con el horizonte; la rana con el croar. Dejamos de lado el país de fronteras para encontrar el tan humano reino de la intersección. Podremos ver de cerca lo que la luz otorgue, pero en nuestro deseo por asesinar la noche descubrimos únicamente la reunión del todo. Y en este mundo, las piernas siguen al mando.
Presiento un final cercano. Algo muy adentro comienza a gritar. El andar toma un rumbo acelerado; destroza los contornos del alrededor que, por cuenta propia, la noche ya había eliminado. La luz del farol les dio una prórroga en cercanía, mas el precipitado caminar los vuelve en finas líneas a la percepción de un ojo común. La vida se vuelve movimiento. Todo a mi alrededor corre, corre, ¡corre! Los arbustos son manchas verdes que aparentan la superficie de un pantano. Los barandales de madera se reúnen en un solo hilo marrón para confundirse con la oscuridad. Todo pasa a mis lados sin que pueda detenerlo. La vida entera parece correr hacia un destino incierto. Ya es hora de actuar. De gritar. ¡Alto! Me detengo.
Resurge de entre la confusión el mundo que se había desvanecido. La tierra se levanta de su caída; el color se transforma en límite, dejando de lado su capacidad unificadora. Nacen los objetos nuevamente. Se escucha el suspiro del viento en el cansancio de la carrera —quizá emulando mi misma falta de aire y la insensata desgracia del andar—. La forma triunfa sobre el concepto en esta batalla. Pero aún no acaba el conflicto. La guerra tiene un último revés. Ahora ya siento las piernas que había perdido.
Me detengo por un instante en un parque que no conozco. Lo que me rodea deja de interesarme y me preocupo ahora por el firmamento perdido. Aunque ya no llueve, las nubes grises permanecen sobre la humanidad como recordatorio de la tragedia reciente. Un llamado a la memoria que restringe el acostumbrado destello de una noche común. Por primera vez en este trayecto, siento el pesar de la belleza en el gris del cielo oculto. Cualquier otra noche, podría admirar las estrellas en su bello parpadeo azul y los planetas en su fijo brillo del ser. Las nubes, por su parte, me dan un mejor regalo. El mundo deja de lado lo que es para otorgar a la mente el triunfo final sobre la existencia. El cielo nublado se vuelve en el bastidor del idealismo para pintar astros donde no los hay. Un firmamento inexistente representa a todos los firmamentos de manera simultánea. La vida cumple, en su ausencia, toda expectativa. Veo el cielo que deseo. Entiendo el propósito de mi andar.
JL Sabau es el editor general de Perpetuo. No le gustan las biografías.




