Diálogos por la modernidad
Era martes por la tarde, casi las cuatro, cuando discutía con Ernesto
The void awaits surely all them that weave the wind: a menace, a disarming and a worsting from those embattled angels of the church.
-James Joyce, Ulysses
Era martes por la tarde, casi las cuatro, cuando discutía con Ernesto. Sesto, le llamamos entre cuates, por su parecido al cantante español de cuyo apellido sacamos el apodo. Él insistía: Hoy en día no se puede escribir literatura, una buena literatura, sin ser miserable; todo buen poeta, narrador, dramaturgo, hasta ensayista o cronista, vive o ha vivido, o vivirá en la miseria. Yo no estaba de acuerdo. Para todo caso, habría que definir miseria o, más precisamente, ser miserable…
Ya, güey, déjate de mamadas, tú sabes bien a qué me refiero, decía Sesto; Hay que destruirse para y por la palabra: cruzar las avenidas sin voltear a ver a los lados; mandar a gritos a cagar a los puercos y correr nalgas-fuera durante la persecución; fumar mota barata junto a prostitutas con rabo, pedirles una chupadita y huir sin pagar; vivir de Maruchan y cerveza y café y cigarros, y dormir poco y leer hasta deshoras; picar por la noche a peatones sobre la Tabacalera, o en Garibaldi, o en la Doctores; masturbarse con películas japonesas en el cine al aire libre de la Cineteca…
Sesto continuó enlistando situaciones. Yo intentaba leer un hilo en Twitter sobre el Hotel Geneve. No parecía que fuera a parar y lo interrumpí: Ya entendí, coño, tú lo que propones es convertirnos en tremendos hijos de puta; eso no es ser miserable, eso es ser un culero a orgullo; es romanticismo a pura pendejada.
Mi comentario lo dejó unos segundos en shock, acaso porque Sesto imaginaba que le aplaudiría los suyos e incitaría a que cometiera cuanta idiotez pusiera sobre la mesa. Chinga tu madre, respondió, frunciendo las tupidas cejas negro azabache; Tú nunca serás poeta: la literatura te vomitará el resto de tu puta vida y después de muerto. Luego se levantó y se fue.
Permanecí en la banca donde nos encontrábamos, cerca de la entrada de los leones, en Chapultepec. Rolé un tabaco, lo encendí y fumé mientras veía a Sesto alejarse rumbo al castillo. Flaco, alto, vestido de verde y beige, parecía un bambú. No me levanté del asiento en un buen rato, sin hacer nada más que fumar un cigarrillo tras otro. Pensaba, pensaba mucho. Por más imbécil que pudiera parecer, Sesto lucía convencido, tan seguro de sí que había logrado cuestionarme al respecto.
Es cierto, me dije, que llevaba tiempo sin escribir algo verdaderamente bueno (bueno en un sentido más bien autocompasivo). También lo es que, por más justas en las que concursara, la gloria sólo tomaba más distancia. Entonces las palabras de Ernesto aparecieron de nuevo en mi cabeza: igual y nomás era yo malo, un mal escritor, un mal poeta, un don Nadie que relata por relatar y junta palabras llamativas, rimbombantes –como el mismo adjetivo lo exhibe–, para que suenen bonito. O igual y simplemente no era yo miserable: ¿cómo iba a serlo; cómo, viviendo en El País de las Maravillas, a.k.a la Condesa, una burbuja de árboles y gringos y bares y drogas leves, y banda fresa y planes fresas y pocos, casi ínfimos problemas para tomar un Uber, teniendo, además, la posibilidad de tomarlo?
No era como si de pronto fuese a seguirle la corriente al delirio de Sesto, pero sí a pensar en mí frente a la escritura contemporánea: hombres y mujeres narrando relatos violentos, oscuros: asesinatos de hermanos, padres, amigos; migraciones extenuantes, aquelarres dentro y lejos de la ciudad; violaciones que devoran, destruyen, mutilan, que penetran más que sólo una vulva seca o un ano llagado; relatos de secuestro, de trata, de abuso, de abandono, de una maternidad impuesta, de una maternidad oprimida, de una arrebatada: relatos que nunca me ocurrirían a mí…
(O tal vez sí, bajo ínfimas y escasas posibilidades sí; o tal vez las posibilidades fueran y son inmensas, descomunales, acechan a la vuelta de la esquina: ayer, hoy o mañana, la semana que entra o en dos o en tres… Una cosa es segura: no ha sucedido y no creo que suceda)
Pensé en flores y en ogros. Pensé en Fernanda Melchor, en Liliana Blum, en Mariana Enríquez, en Irene Solà. Pensé en los relatos callejeros y en Guillermo Arriaga, en los herederos de Nicanor Parra, en Nicanor Parra, en Roberto Bolaño, en los poetas infras: ¿qué era mi vida frente a ellos? No les conocía; sin embargo, podía leerles: Un poseso de la palabra pacta con su demonio, un pacto para dosificar e imprimir la vida en cada renglón, en crear a partir del desmembramiento de uno mismo, me dijo aquel Viejo-loco-gurú de las religiones que fuera mi profesor de Filosofía y Comunicación en la carrera; y entonces pensé: ¿soy capaz de hacer lo que ellos? Nah, huevos. Tiene razón Sesto: chingo a mi madre; ¿qué parte de mi vida puede interesarle al Maligno?
Acuchillando mi orgullo, asaltando al suicidio y financiando al fisgón, tal vez por la constante evocación del nombre de pila de Sesto (Ernesto, Ernesto, Ernesto, repetía con escandalosa rabia absurda), se fue moldeando en mí la escena de un capítulo de Amuleto, de Bolaño, cuando Arturito Belano, Ernesto San Epifanio y Auxilio Lacouture van en busca del Rey de los Putos, padrote de la colonia Guerrero. Entonces algún llamado mudo escucharon mis piernas, pues decidieron aventurarse en la búsqueda y ejecución de la justicia para beneficio de la peligrosa Ciudad de México, mas no encontré (en realidad, decidí no encontrar) ningún crimen y el servicio terminó pronto (tomé la decisión incluso antes de comenzar).
Aún sin una intención clara, mis piernas peregrinas robaron mis pasos, me despojaron de ellos, y en contra de mi voluntad, aunque resignado al instante, guiaron al cuerpo que sólo me pertenecía en apariencia hacia lugares desconocidos por mí, un provinciano del sudeste (más al norte que el centro) con apenas unos meses de experiencia portando dicho estatus como residente capitalino. Así, en algún punto, tras nueve paradas del Metrobus y un total de quince a veinte minutos caminados, llegué a la colonia Guerrero.
(Recuerdo haber hecho un par de estaciones de más, apendejado ante una pareja consumando su amor en intensos agarrones que probablemente imaginaron discretos, puesto que permanecieron indiferentes a las juiciosas miradas, celosas de no formar parte del acto erótico… O pueda nomás que el fantasma de una pandemia surcara aún las pasiones humanas, abrumando el placer hacia cualquier cercanía, aunque fuera la ajena.)
Esta era la misma Guerrero, pensé, subconsciente, donde las vidas ficticias de Belano, San Epifanio y Lacouture vivieron aquel siniestro episodio con el Rey de los Putos (antagonismo que me niego a spoilear), y a quien, a pesar de haber renunciado a mi búsqueda de la justicia, imaginaba encontrarme bajo otra etiqueta, otro nombre, otra apariencia, otra chamba, y entonces confrontarlo y salir triunfante, con una herida imborrable en el rostro a la cual acudir para vanagloriar mi figura ante otros: la naturaleza épica de mi cotidianidad. Claro está, ignoraba que la gentrificación también ahí cobraba factura y que abundaban, al menos ese día, los güeros, los niños y niñas bien, los gringos y toda la misma circunstancialidad que en la Condesa se infiltraba en mi agobio económico y de la cual, negado a aceptarlo, formaba yo parte.
No me topé con situación alguna que mereciera atención homérica a la causa, al menos nada a lo que me permitiese ser valiente. Por el contrario, sí me involucré en una trama de inicio, desarrollo, clímax y final difusos, pero trama a fin de cuentas, de la cual fui y no fui partícipe, marcada por la figura de Diógenes Pérez Pérez, cuyo nombre fuera quizás una mera ocurrencia del destino, la ironía situacional de la reencarnación del filósofo en el más común de los apellidos mexicanos, y a quien la Historia no ha reconocido sus derechos de autor.
(Este texto pueda que sea el único registro de él, pues Diógenes Pérez Pérez, en su aura incomprendida, era reducido a la exégesis de su aspecto y su aspecto era el de un vagabundo: miembro fundamental de la sociedad a quien la fascinación de los oídos transeúntes han abandonado y las frías miradas han convertido en sinónimo de miseria.)
A Diógenes lo conocí sobre la esquina del Ángeles, en la calle Estrella. Como todo filósofo del siglo XXI, se drogaba: lo suyo era fumar foco. Me ofreció cuando, curioso, lo observé. Su voz era tosca, con silbido de globo desinflado al término de cada palabra. Le respondí: no, gracias, prefiero marihuana; entonces me dijo conocer a alguien cerca, un generoso proveedor, por si se me antojaba un toque; y no yo, sino nuevamente mis piernas aceptaron la propuesta del don, tal vez chavo aún.
Era imposible determinar su edad: una estatura que rebasaba el metro setenta, mas no el ochenta; en su rostro cundían arrugas asimétricas entre lagunas de piel lisa que imaginé suave como su nariz chata, casi redonda; además, la abundancia de cabello ondulado, con apenas un mechón de canas, era absolutamente contraria a la barba casi lampiña, con escasos pelos en las cachetes, en el mentón y el bigote. Vestía unos pantalones oscuros, alguna vez azul océano, con parchados múltiples; una playera gris de manga larga con agujeros sobre el cuello redondo, posible producto de mordiscos nerviosos; una chamarra del Necaxa con el logo del equipo decolorado y unos tenis a punto de convertirse en sandalias. Todo él contrastaba con sus claros ojos avellana, casi amarillos, como los de un gato negro, y entonces lo sospeché brujo, conjetura apoyada por el detalle de sus largas orejas.
En el camino, que resultó más largo de lo pensado, Diógenes Pérez Pérez me platicó sobre sus vicios y luego empezó a contarme o a recitarme (no distingo) algo así: Mira, güero, las como son. Yo soy príncipe pues a donde vaya tengo trono, donde cante encuentro pa’comer y si traigo sed algo consigo, y eso incluye a la lluvia. Así es como mi autoridad se respeta a donde vaya, ¿me entiendes? Las nubes son mis compañeras. A mí me dijo un viejo: ¡levántate y anda! Y yo le hice caso, cómo no, si lo dijo con tantas ganas, caray, ¿cómo no convertirse en borrego suyo? De él nada sé, pero seguro era un gran autor, me cae; al final importan sus palabras, esas no se van, ¿por qué olvidarlas?; al autor sí, a ése sí puedes olvidarlo: no se vale juicio a la obra, no puedes ejecutarla cuando el crimen lo hace otro, ¿qué culpa tiene ella? La obra vive por sí sola una vez escrita: ahí vive y luego es leída y vive en el lector, y luego es contada y vive en los oídos, y como ya ha sido dicha vive entonces también en el viento, así pues vive por sí sola, ya no tiene dueño. En cambio al autor sí lo puedes juzgar por sus libros; es más, a ese hay que crucificarlo. Yo alguna vez robé un libro y hoja que leía, hoja que arrancaba y dejaba caer en aceras distintas pa’ocultar el crimen, y así luego robé otro y otro y otro, pero nunca me descubrieron pues no había prueba: yo no cargaba con ningún libro y si lo hacía no estaba completo, por tanto la prueba era insuficiente. Un libro debe estar completo para valorarse robado. Así además creaba mi propia obra de páginas sueltas por las calles: un acertijo andante… ¿O sería un andante acertijo? Dios proveerá, pues. Es así como conocí a Huerta y a Vallejo y a Cortázar, pero el que más me gusta es Conan Doyle, caray; sin duda el gringuillo ese, ¿sabías que no es gringo?, es british, británico, pues, pero suena a gringo; sin duda él es quien más me gusta: Los sabuesos de Baskervil, Estudio en escarlata; un genio en cada cuento: La liga de los pelirrojos, El rostro amarillo, La máscara del luchador dorado, Los muertos no hablan de ayeres, Momias de otoño, La desaparición de Antony Spayci…
Reconocí los primeros dos títulos: en mi infancia también leí a Conan Doyle, aunque sólo llegué a terminar Los sabuesos de Baskerville y algunos de sus relatos, como La liga de los pelirrojos y El rostro amarillo. A partir del supuesto tercer cuento en la lista, comencé a oler la tomadura de pelo, que no interrumpí.
Prosiguió: Yo soy detective, ¿sabías? Los grandes misterios los resuelves vagando; por ejemplo: un día me di cuenta de que me gustaba caminar, entonces resolví vivir en el acto ¡y mira! De no haber sido así no habría robado libros, no habría regalado a las calles sus versos, sus prosas, y entonces no habría limpiado mi nombre ni habría aprendido a cantar tampoco: sí, canto rancheras de Chabela y milonguitas de Cabral, ese viejo trovador que quizás fuera el mismo ruco quien me diera aquel consejo: ¡levántate y anda!; o tal vez fuera la Milanesa, digo, el Milanés, sí, quizás fuera él también, entonces quizá fueran los dos, que son esclavos de la luna, como yo: sí, soy príncipe, pero me tienen encadenado, pertenezco a ella, pues es por la noche cuando la gente de verdad despierta, cuando conocen al verdadero cíclope, El un ojo que le roba a quien puede su segundo y tercer y sexto ojo para dejarlos también con uno como a él, pues El un ojo es envidioso y hace todo lo posible por extraviar los sueños: yo por eso vago, por eso camino, para que El un ojo no hurte los míos: llega a las casas como la gripa, entra por la puerta escurriendo por la nariz de mamá, de papá, de la abuela… Yo por eso me fui de casa: testigo fui de cómo El un ojo le arrancaba uno a mi abuela mientras dormía; luego huí, me largué, corrí de lado a lado, de norte a sur hasta agotarme; llegué a pensar que El un ojo me alcanzaría, ya no traía más fuerza en el espíritu; pero entonces Cabral o Milanés me gritaron: ¡levántate y anda!; y les hice caso y me olvidé de volver…
Pensé: eso del ojo lo leí de alguien; intuí una nueva tomadura de pelo. No supe atinar de quién ni de dónde. Chance escribí al respecto. También pensé: ahora resulta que las locas se enamoran de los cabrones y no de los locos. Llegamos entonces a un callejón cercano a la Lagunilla. Era un callejón de esos que en las películas gritan al protagonista: ¡no entres!, pero el desquiciado entra; y entré.
Todo el trayecto había resultado novedoso para mí y sentí la extrañeza que la metrópoli provoca en sus rincones, haciéndome incluso dudar si caminábamos la misma ciudad de antes. Estaba por preguntar al respecto cuando Diógenes calló. Sólo llegados a ese punto, en aquel callejón, decidió que había hablado lo conveniente; tocó a una puerta negra que daba a un edificio de paredes descarapeladas y me dije: lo tenía planeado. Aquí algo me sucede y seguro que lo tenía planeado: el eco de la fantasía sobre el encuentro con un símil del Rey de los Putos volvió a instalarse en el imaginario; ¿Es Diógenes su manifestación?, me preguntaba despavorido, y repetí: Aquí valgo verga, lo tenía planeado… Pero nada sucedió. Sólo calló y esperamos. Esperamos cinco minutos perpetuos. Las cadenas en los labios del filósofo. Los temblores presentes en mi cuerpo. El silencio de la bulla citadina.
La puerta finalmente se abrió y se asomó otro don, tal vez chavo aún también: exceptuando la vestimenta, un pijama holgado, de a cuadros, y una que otra marcada diferencia fenotipológica, como la reluciente calva y ojos cafés, casi negros, poseía el mismo mix de rasgos en el rostro: vejez y juventud como parte de una misma etapa, una especie de androginia que dificultaba precisar edad alguna.
Diógenes lo saludó con un silbido, un apretón de manos y un abrazo; luego le dijo: Quihubo, carnalito, mira, te traigo a mi amigo… ¿Cómo te llamas?, me preguntó; Paco, respondí; Mi amigo Paco… Paco, este es El Dalí; ¿Por qué El Dalí?, tuve la fluidez de cuestionar; Por pajero, respondieron al unísono. Mi incredulidad, que no fue desapercibida por El Dalí, le hizo aclarar: ya te la sábanas, por El Gran Masturbador, mi valedor. De mi boca brotó con humildad un ah…, acompañado por una instantánea sensación de alivio: conocer un apodo es razón suficiente para abandonar el prejuicio de complot en contra de uno; pero, ¿por qué titubear a estas alturas? Y pensaba: Soy un chavo fresa, provinciano del sureste...
Interrumpí mi cavilar de inmediato: Chingue-su-madre, peores gallos se visten de traje y corbata, resolví, y sin meditar mucho más al respecto choqué puños con el nuevo integrante. Manito, ¿tienes verde?, preguntó Diógenes; Simón, carnal, dame donas y te traigo, contestó El Dalí. Masticaba un caló chilango, en nada parecido al de José Agustín o de Parménides (de quienes tomaba yo una idea añeja de cómo hablaba la gente en las calles del antes Deefe, ahora Cedemequis). Terminada la charla, incursionó de nueva cuenta en el edificio cuyo interior no me atreví a aventurar.
Ni dos minutos pasaron cuando regresó nuestro dealer: Va por la casa, carnalito, exclamó, y me tendió un porro finamente rolado. Consumada la entrega, se despidió: Cámara, me retiro, que debo atender a mi ruca, ¡ahí nos vidrios!, y cerró la puerta. Sin darme tiempo de buscar el mío, Diógenes me tendió un encendedor. Rodó con su dedo gordo calloso la rueda metálica: la flama prendió como nacimiento de fénix, cerca de mi cara. Senté al porro en su trono, mis labios abigotados, y lo aproximé al fuego creador.
La yerba, recuerdo, era panteonera, áspera como granos de arena entre la sandalia y la piel, pero con bastante THC como para adormecer mis pasos, estrechar la distancia de una pierna a otra hasta hacerlas colisionar e importunarme con la abrupta introducción a una situación hipotética: ¿y si fuera yo influencer?, provocándome con ello imaginar la desnudez que significa exponer la voz cada día, privándome de la natural indiferencia de oídos ajenos, de la lectura múltiple del poema, alejándome la humildad de esos ah; de ver dos o quince o cien imágenes distintas en un mismo verso. Yo, sin poseer aún dicha desnudez, esa fama artificial de la tendencia asumida por el inconsciente como un destino inevitable para cualquier usuario de las redes, quise ser Diógenes: quise robarle el rostro, la voz, sus ideas, su perfil incógnito, la poesía brotando de su locura; sentí celos del prejuicio que lo acompañaba, de la falsa miseria de su aureola, pues ese hombre era auto-investido patrono del viento, un príncipe de la escandalosa afonía, un invisible profeta predicando la palabra como brisa atrapada en senderos…
¿Conoces la epopeya de Zalamerus Orquídeo?, preguntó Diógenes, coordinándose con mis pensamientos que le atribuían vaticinio en la prédica, e inició el último monólogo que le escucharía: Era un muchachón de la verga, un personaje aborrecible que tomaba esclavas a niñitas y abuelas: a las primeras pa’trabajos forzosos y de limpieza, que también eran forzosos; y a las segundas pa’sus cochinadas. Nació en cuna de oro, bañado en aceites, arrullado en sedas; algo así como tú, manito… ¡Ah, jajá!; cámara, no te creas, puro choro, aquí no se me discrimina ni se me aguita a la banda, pero lo de la cuna lo sostengo: qué va, la de aquél sería de diamantes o esmeraldas… Además, Zalamerus odiaba las flores. Como sea, el muy hijo de la chingada se las arregló en reclutarse para la Gran Guerra de los Desmomoriosos, a pesar del poco apoyo y respeto que poseía, y logró sobrevivir…
Yo escuchaba atento, confundido por el desprecio de Diógenes hacia el supuesto héroe, y desconcertado frente a la narración de un hecho pasado por alto entre hartos historiadores: ¿qué coño era la Gran Guerra de los Desmemoriosos? La duda venía en serio, no era mofa; sea por efecto de la yerba o por alguna estimulación narcotizante de sus palabras, el filósofo a lado mío lograba una suerte de epifanía que sumergiérame en un instante bíblico, pues mi atención vestía ahora sus pensamientos con tildes apostólicas.
Continuó: Ese pedazo de prepucio, desvirgado desde los ocho años de edad por su tía Faustina una tarde de marzo, ni siquiera fue el artífice de las grandes proezas, como sí lo fue su compañero de batalla, ¿sabes?: un pobre diablo marginado al rechazo que se cargó solito a medio melón de enemigos a puro látigo, espada y afilados litros de saliva que escupía como proyectiles; el problema es, pues, que el pobre diablo ese —con esto, entendí, se refería al soldado compañero y no a Zalamerus—, de nombre Juan o José, osease alguien de lo más común, deese que hay en cualquier barrio, un barrio con plaza indivisible, pues a todos cubre con su manto de Nadien o Neidan o Nadie, que era un manto de todos, ¿me entiendes?
He de admitir: no entendía un carajo. No lograba satisfacer mi necedad de acomodar el relato a la ambientación de una era específica. Plantee primero una escenificación vikinga; luego, de algún imperio del occidente asiático; después algo más local, algo más mexa, como una ciudad-estado del periodo clásico maya; aunque eso eran rollos míos, pues Diógenes sería más cercano a la historia del centro, pensé, y supuse una leyenda popular mazahua; chance mixteca u otomí (ignorando, claro, si bien esto lo supe más tarde, que se concebía a sí mismo como chilango y necaxista)... Espabilé: esos pensamientos sólo harán más difícil seguirle el paso al monólogo.
Seguí escuchando: El caso, pues, es que ese don Nadie que fuera el Juan o el José murió en la batalla y Zalamerus Orquídeo, como único testigo de los hechos, provechosamente calló los créditos de su compañero de armas, se los apropió todos, toditos, y mal pagó a un escritor fantasma pa’inmortalizar su dizque biografía. Así entonces comenzó a volverse famosillo con falacias: toda su falsa historia sacralizada como epopeya, que sí era, que sí es, pues; pero no suya, no; nunca será suya, sino siempre del otro a quien nunca logró superar, a ese Juan o José, tanto así que le robó el relato aunque no el orgullo: ese murió con él, ¿sabes? Es así como un luchador desenmascarado se vuelve tragedia, pues queriéndose hacer nombre con otro rostro nunca logró tener completo el suyo, uno que sólo conseguirá si muere por el nombre que le pertenece, a la verga, sólo con el suyo de su propio trabajo, de sus putas propias manos, con sus propios pinches ojos… ¡Maldito seas, Zalamerus, hijo de la gran puta! ¡Maldito seas tú y toda tu pendeja descendencia! ¡Narcisista de mierda, te queda grande la orquídea! ¡¡Hijo de putaaaaaaaaaaaaa…!!
Los reclamos finales destartalaron la espiral giratoria y la hipnosis fue perdiendo su estado de gracia. Salí entonces del trance, del sueño lúcido a expensas del cuento. Sus mentadas de madre a gritos, a decir verdad, me sonaban conocidas: de pronto Diógenes me recordó a Sesto. Me recordó a ese pendejo y comencé a encabronarme; sentí ira, pues la imagen de mi profeta estaba siendo vandalizada, manchada, desacralizada como Zalamerus Orquídeo; pero lo que más me encabronaba era no saber la razón del desencanto: a pesar de hallarme en Tlatelolco, a escasos minutos de las siete de la tarde sin una puesta de sol (hasta la ruptura del hechizo, no había dado cuenta ni de la hora ni de las nubes, ni de la dirección de mis nuevos pasos), volvía psíquicamente al inicio, a Chapultepec, a la entrada de los leones… ¿por qué?
Me embargó un mareo; me detuve: respiré profundo, exhalé. Observé a una golondrina que picoteaba un trozo de caca: un instante eterno. Dejé de escuchar a Diógenes; su voz, cada vez más lejana. Y la golondrina seguía picoteando: ¿sería de perro? No lucía como tal. Su contemplación, por algún extraño fetiche que me desconozco, apaciguó el malestar.
El panegírico regresó a dominar la escena: igual y sea correcto afirmar que Diógenes quería decirme todo lo que me dijo como estrella al pastor; es decir, para guiarme: se trataba, en verdad, de un iluminado que tras una breve inspección es capaz de leerte, pensé, y sumido nuevamente en el analgésico encanto de las abstracciones me pregunté si desde un principio supo mis inquietudes: ¿acaso fue premeditada la licuadora de géneros dramatúrgicos en su relato, esa trayectoria de categorías inciertas entre lo épico, la comedia, lo absurdo o la tragedia; esos repentinos cambios de tono? ¿acaso había tramado el soliloquio con la rapidez de un llegue al inagotable foco en sus manos? ¿O sería tan sólo una peculiaridad del destino, otra más de ése al cual empezaba a sospechar con la lupa encima, intentando comunicarse conmigo? Los cuestionamientos eran síntoma de lo muy en la pendeja que me encontraba: falto de conocimientos, falto de palabras y razonamiento preciso; porque sí, estaba muy claro, muy, muy claro: a mí me molestaba no resolver aún el dilema de la miseria, del ser miserable… ¿Estaría la respuesta en la voz escapando de los labios de Diógenes? ¿Lo estaría en la figura de Zalamerus Orquídeo, en la de El un ojo?; ¿cuál era su propósito: qué había planeado el genio al entrar en la lámpara?
Esas y otras tantas preguntas extrañas apunté en mi cabeza, listas para ser consultadas ante el gran filósofo de este siglo. Me animé a ello, justo al centro de la Plaza de las Tres Culturas, a lado de la golondrina, que aún picoteaba el pedazo de caca: levanté la mirada sobre el hombro izquierdo y di cuenta de mi soledad. Diógenes Pérez Pérez se había esfumado.
Lo busqué durante algunos minutos: no con espanto, sí muy frustrado. Pensé: Habrá seguido su camino al no hallarse al pendiente de su compañía (como bien podría reprocharme si de mí hubiera estado consciente). El cabrón, me decía a mí mismo, debe darme una respuesta: no puede irse así nomás, debe dármelas, ¡debe dármelas, chingada-madre!; mas los intentos fracasaron: nadie a quien interrogué sobre la plaza lo había visto, ni siquiera habían reparado en mí antes de acercarme a ellos.
Fui hacia donde la caca y la pateé: todo era culpa suya. Como era de esperarse, se embarró en mi zapato. Derrotado, caminé al metro bajo el cada vez más oscuro cielo; me fui a casa.
Una hora después, entre escritura y recuerdo, elaboré un memorándum de aquella tarde; lo titulé: Diálogos por la modernidad con el ángel caído. La frustración se desahogó como lírica metalera, por lo cual efectué la obra entre garabatos, hojas rotas y letras desproporcionadas y asimétricas: todas cubiertas con las enseñanzas de Diógenes Pérez Pérez. Estaba decidido a descifrarlo, lo cual implicaba tarde o temprano buscarle de nuevo… ¿Volveríamos a cruzar caminos? ¿Me reconocería? ¿Recordaría sus palabras? Las respuestas llegaron por sí solas la tarde del sábado siguiente.
Me hallaba rumbo al Infierno, la pulquería de un amigo que inauguraba en Santa María la Ribera. El Infierno de Octavio, era el nombre completo, haciendo una clara alusión a la obra de Dante (mi amigo, no debe caber mucha duda, se llama Octavio). En realidad era amigo de mi hermana, lo cual muchas veces significaba que, por extensión, era mío también. El plan era beber unos pulques en el local para celebrar la apertura.
Bajé del Metrobús en Reforma, cuando debí haberlo hecho hasta Revolución. Decidí, pues, caminar: estaba empeñado en aprender a ubicarme sin ayuda del Google Maps. A los diez minutos me perdí.
Llegué a la calle Lucerna. Sabiéndome en la Juárez, recordé el hilo de Twitter sobre el Hotel Geneve: me invadió de súbito la historia, su condición de espacio neutral durante la Revolución. Pensé en su lista de huéspedes ilustres: desde Porfirio Díaz, en cuyo gobierno inauguró el recinto, hasta tropas de distintos grupos revolucionarios o escritores como Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa; también: el sex symbol de mi abuelo, Miroslava Stern, o la idol de mi abuela, la Madre Teresa de Calcuta; también: el cabrón de Churchill o Filippa Giordano, a quien comenzaba yo a escuchar para impresionar a Francesca, una compañera de clase precisamente de Palermo, como la artista en cuestión. Entonces, para aprovechar la desdicha de haberme perdido y volverla oportuna, decidí ir a tomar una cerveza al hotel y hacerle a la mamada un rato: el dandy que le sabe, un temerario de aquellos.
(También, entiendo hoy, puede que fuera un impulso destinado a suscitar la esperanza de participar en otra revelación semejante a la que aún no termina de escurrirse por el tendedero de mis atenciones: miradas que siguen acosando, en mis recuerdos, a Diógenes Pérez Pérez. Aunque entonces imaginé esa nueva epifanía encarnada en una cuarentona caliente, fantasía para la que, a mis veintidós años, creía tener argumentos irrefutables para acometer.)
Una chelita y ya, pensé, comprometido con mi empresa; empero, segundos más tarde mi oído chismoso atrapó el cuchicheo entre un par de tipos no mucho mayores a mí que compartían un cigarro frente al Teatro Milán: ¿Oíste lo que le pasó al foco de la Guerrero?, preguntó uno, e instintivamente, como quien escucha en una fiesta los gritos de una pelea, me acerqué y, sin vacilar, interferí: Disculpen, ¿el foco del que hablan vestía chamarra del Necaxa?; ellos, con mucha naturaleza, como si El Foco de la Guerrero fuera un tema de los más recurrente en sus conversaciones con extraños y Los Rayos del Necaxa, su insignia, respondieron: Sí, el Diógenes, obvio, claro, ese carnal, ese güey no se quita el escudo ni en un día polvoso de mayo; ¿Y qué le pasó?, pregunté, integrándome de lleno al chisme; Pues que lo arrolló una micro, contestaron.
Desilusión. Tristeza. Desesperanza. Temor a Dios. La combinación de emociones tantas no eran suficientes para una lágrima; sí lo fueron para una risilla ahogada por una simulada tos. Los testigos no le dieron importancia.
Prosiguieron: Un taquero que solía alimentarlo en su local cada dos días contó que el jueves llegó bien loco, bien drogado: algo irónico, pues todo el tiempo lo estaba, pero ahora en un estado delirante, paranoico, y gritando: ¡¡VIENE POR MÍ, VIENE POR MÍ!! ¡¡SU OJO, SU OJO ME HA TACHADO, ESTOY MARCADO!! ¡¡ESTOY MARCADO!! ¡¡ME TRAE EN LA MIRA!! ¡¡AYUDA, AYUDA!!; y la petición desesperada se entremezclaba con balbuceos: Zalamerus… Zalamerus… Él fue, él me delató, se disfrazó de compadre… Zalamerus, Zalamerus… ¡¡ZALAMERUS, HIJO DE LA GRAN PUTA!!; y el taquero en su perra vida había escuchado hablar sobre un tal Zalamerus, ni tampoco entendía las locuras sobre el ojo: ¿Quién querría hacerle daño a Diógenes?, se preguntó; ¿Qué marca trazaba en sus ansias? No hacía mal a nadie el muchachito, afirmó; no obstante, el misterio expiró para siempre sobre la Camelia, la Lerdo o la Degollado, alguna de las tres, cuando Diógenes, en su episodio psicótico, de neurosis o sólo miedo profundo, atravesó las calles de la cuadra por séptima y última vez: le arrasó la micro que cumplía con su ruta diaria.
El relato finalizó y mi risilla nerviosa mutó a una terrorífica mueca interna. Zalamerus… Él fue, él me delató, se disfrazó de compadre; el balbuceo retumbó en el muro de mis sienes, mientras la culpa brotaba en mis vísceras: ¿Soy acaso el asesino?
Retrocedo unos días: la tarde siguiente a mi encuentro con Diógenes.
Ante la hoja de mi transcripción y tachaduras, leía en silencio Antonio Braguetas, a quien recién conocía por la universidad. Cursábamos juntos un laboratorio de escritura creativa, en el cual se presentó así mismo como El Bragueto. Cercanos a finalizar el semestre, muy a pesar de mi terquedad por escribir un cuento, no hallaba aún forma ni fondo a mi trabajo final de tema y estructura libre, según los criterios del profesor Narvaja. Sin mencionarle nada sobre los hechos del día anterior, al finalizar la clase, mientras fumábamos en el pasillo, decidí mostrarle a El Bragueto las enseñanzas: ¿Qué opinas de este… trip?, pregunté. Luego entregué lo que deseaba inaudito ante sus ojos: una obra más allá de mí, pero destinada a nacer de mis manos…
Fueron diez minutos los que pasó el escrito sumergido en la absoluta y atenta observación del colega. Es que wey, la neta…hmmmm, comenzó a decir, dubitativo; mientras tanto, yo pensaba: ha de estar buscando las palabras más elegantes para el mejor de los cumplidos. La neta se me hace muy narcisista, señaló El Bragueto, y mis oídos, al escucharlo, dieron un pequeño tirón a las tripas; Es que, a ver, de compas, ¿neta esto estará de fondo en tu cuento? ¿Cuál es la trama? O sea, eh…
A pesar del fuerte arranque, el nerviosismo regresó a sus labios, lo que supongo culpa mía al gesticular inconsciente un carácter de odio o confusión o desprecio; tal vez de lamento o algo conjunto; ciertamente: una irreconocible expresión en el rostro ante el sentimiento más profundo de rechazo. El Bragueto sentenció: Mira, no es malo, sólo es… es un ditirambo falto de ironía, ¿sabes?, es más, deberías darle ese giro, ese tono y ya, wey, piénsalo, así podría ser tu trabajo final… Muy fáciles son los criterios como para reprobar por hacerse uno pendejo.
Yo, que desconocía en su totalidad qué hijueputas era un ditirambo, sin pensarlo dos veces le arrebate las hojas y a paso ligero me alejé por el pasillo. A la par del acto, un déjà vu a veinticuatro horas antes erizó mis brazos, pues sentí ante El Bragueto cómo el fantasma de Sesto poseía mi cuerpo, haciéndome de su personaje.
Dicha sensación creó en mí ninguna reflexión; en su lugar, un alucín sembró la idea de víspera: ¿estaría por presenciar un nuevo acto divino?: Yo, espectador dichoso; Yo, afortunado escriba; sólo Yo en poder de la buena nueva… Entonces procedí a limpiar el documento a computadora para, horas más tarde, publicarlo en Twitter a manera de hilo que, he de admitir, fue un completo fiasco.
De vuelta en mis cinco sentidos, frente al Teatro Milán, los relatores del fatal destino de Diógenes ya me excluían con generosidad de su conversación. Me alejé, aunque sin recelos, de la misma forma que Sesto se había alejado de mí y que repliqué al alejarme de El Bragueto. Sobre todo, lo hice de la misma forma que Diógenes había hecho conmigo: sin ser visto. Y mejor así, siendo un asesino confeso: en mi cabeza no dejó de circular la absurda idea de que la publicación en Twitter de los Diálogos por la modernidad con el ángel caído había despertado la psicosis del filósofo.
El lunes siguiente, en clase, le conté lo sucedido a Antonio (como a partir de entonces, con somera explicación, solicitó El Bragueto que le llamásemos). Él perdonó mi arrebato de la semana anterior y, luego de escuchar desde mi intercambio de palabras con el Sesto hasta el atropello de Diógenes, me aconsejó: primero, sacarme de la cabeza esa estúpida ilusión de que era un asesino, señalándome el fracaso del hilo en Twitter y la microscópica posibilidad de haber sido leído por El Loquito de la Guerrero, como se atrevió a etiquetar a Diógenes; segundo, me recomendó borrar el hilo por cualquier cosa, pues uno nunca sabe; tercero, sugirió que escribiera el proyecto final sobre los hechos, lo cual hice sin lograr salir del tono que él había descrito como ditirambo falto de ironía. El profesor juzgaba igual y casi repruebo la materia, cuya salvación pasó por forzar una adaptación de los diretes de Diógenes a un poema en copla que logré a tiempo, odiándolo en todo momento, y que tras olvidarme de la clase para siempre desintegre y devolví la exclusividad de los Diálogos por la modernidad con el ángel caído a su anterior versión.
Cinco meses después, el texto se perdía entre otros dentro de la carpeta de documentos en la computadora, a cuyo orden nunca dediqué tiempo. Lo cierto es que no hacía falta acudir a él: se colaba en mi cabeza todos los días, husmeando cada paso, cada salida a la festividad cotidiana de la calle, y así la paranoia atrajo la presencia de espectros a mis pisadas, todo por un vago entendimiento de miseria, una iluminación lírica mal ingerida, una negación de la hermandad entre mi Narcisco y la Muerte para autonombrarme asesino; ¿Había ocurrido todo aquello de a gratis?, me preguntaba;¿No encontraría jamás una vía de escape al enigma? ¿O es que seguir el ejemplo de Diógenes Pérez Pérez, que en paz descanse, sería el único camino por delante para hacer penitencia?
Válgame, ¿qué habrá querido decirme?
(Sin pistas aún, años después, dándole vueltas a ideas marchitas, continúo divagando al respecto, deglutiendo relecturas de los Diálogos por la modernidad con el ángel caído, obra incompleta y mútiples veces intervenida que, hoy reconozco, no puede ser otra cosa distinta a un ditirambo: una exaltación a mí mismo que soy otro a quien, en este caso, he perdido, y que traicionándolo he robado, he resguardado bajo mi propiedad sus palabras con cuya responsabilidad ahora cargo sin opción a devolverlas, dándome las aras que tanto detesto frente a un espejo dentro del cual he manifestado a su fantasma, el ánima sin techo que se ha donado a mi sombra pues él, Diógenes, me ha maldecido, me ha provocado dar cuenta lúdica de los escalofríos que en estos renglones sentencian mi libertad, mi albedrío, condenándome a nunca morir a costa del verdugo de quien vuela alto: yo también temo a El un ojo; le temo tanto a Zalamerus que me temo a mí mismo… Soy, a fin de cuentas, un hombre con miedo, algo parecido a un monje calvo con los huevos colgando como campanario, recluido en la abadía, pausando al reloj, ocupando un tiempo con disparates y lamentos bajo la estimulación única de sentirme en compañía de algún dios previo a exhalar una última vez al perenne: Soy, si tengo suerte, un verso final a morir en otros como aquél por quien me encuentro maldito…
Disculpe, lector. Discúlpeme la decepción. Hagamos algo: olvide este cierre, o, mejor aún, olvídelo todo; siga usted con su día. Esta historia no llegará a ningún lado: su futuro se ahoga en el presente… ¿Será esto ser miserable?).
Alonso Millet es escritor y editor en Perpetuo. Quiso ser pirata: terminó jorobado, con lentes y entre garabatos. Le gustan las biografías. Fantásticas y eróticas nomás.
La ilustración es de Nathalie Medina.





Me ha llevado lejos, y me ha encantado leer insuficientes miserias compartidas según Sesto.
Gracias por este viaje.
Pues la neta creo que sí lo voy a olvidar jajaja, pero mantuvo mi atención hasta el final 👀