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Dos formas de narrar la violencia

Sobre el rap bélico, los narcocorridos y por qué los tratamos distinto

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Perpetuo y Dahlia de la cerda 🦇
abr 27, 2026
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Este ensayo fue escrito por Dahlia de la Cerda. Puedes leer más de la autora y sus publicaciones en la biografía que incluimos al final.


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Escucho narcocorridos. Los escucho en el coche, en la cocina, mientras lavo los trastes y mientras escribo esto. Me gustan. Me gusta la energía, me gusta la crudeza, me gusta que hablen de dinero, de loquera, de salir adelante.

También me gusta el rap bélico. Me gusta cómo suena. Me gusta la destreza lingüística y el cinismo. Esto no es una confesión de culpa.

Es el punto de partida.

Porque es exactamente desde ahí, desde el disfrute de los dos, desde donde me surgió la pregunta que no me ha dejado en paz: ¿por qué nos escandalizamos de manera tan distinta ante dos géneros que, en el fondo, cantan lo mismo? ¿Por qué uno nos parece peligroso y el otro nos parece heroico, cuando los dos hablan de armas, de violencia, de muerte, de un México que el discurso oficial preferiría que no existiera?

El narcocorrido es un subgénero del corrido mexicano que nació en la frontera en los años setenta. Narra y en sus expresiones más crudas glorifica la vida del narcotráfico: el dinero, el poder, las armas, la impunidad, la muerte como modo de vida. Chalino Sánchez lo hizo desde los ochenta. Hoy, Peso Pluma o Natanael Cano llevan sus variantes a audiencias de cientos de millones en todo el mundo. No es música de nicho. Es cultura.

El rap bélico, o rap de guerra, es más reciente y pequeño. Surge como respuesta directa al narcocorrido: en lugar de glorificar al crimen, glorifica a quienes lo combaten. Policías, militares, marinos. El filólogo Enrique Flores, autor de Rimas malandras: del narcocorrido al narco rap, documentó algo que debería hacernos pensar: estos estilos son adoptados primero por el crimen y luego apropiados por las fuerzas del orden. Primero el narco se apropia del rap. Luego la policía se apropia del narcolenguaje que se apropió del rap.

Los dos géneros son hijos de la misma guerra. Lo que cambia es el uniforme del protagonista.

No es lo mismo cantar la violencia desde cualquier lugar. No es lo mismo que la violencia la narre alguien que se sabe fuera de la ley a que la narre una voz que se presenta como autoridad, como fuerza legítima. Ahí está uno de los núcleos del problema. No solo qué se canta. También desde dónde se canta. También quién habla. También qué tipo de legitimidad reclama esa voz cuando habla.

Esa diferencia importa más de lo que parece. Porque el narcocorrido narra el crimen. El rap bélico narra poder o, por lo menos, una representación del poder del Estado. El narcocorrido habla desde la ilegalidad o desde la fascinación por ella. El rap bélico habla desde una voz que se percibe como legítima, institucional, autorizada. El brazo armado del Estado. Ahí está una de las diferencias más cabronas y al mismo tiempo, una de las menos discutidas.

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Agarro las críticas de mis haters y las convierto en teoría, aprendizaje y ternura. Lo que me tiran para herirme, yo lo uso para enseñar, pensar y crecer. Aquí la rabia se vuelve conocimiento y el chisme estrategia política.
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