Para Diego, por preguntar.
Era temprano cuando vi el mensaje. Fue tarde cuando lo entendí. Tardé un día en contestar. Así los hechos.
Un amigo querido—uno que ha apoyado a Perpetuo desde el inicio—me había dejado una nota en WhatsApp. Decía lo siguiente:
“¿No tiene que ver lo de ahorita, con el militar, con eso que escribiste?”
Naturalmente, contesté con un “¿qué?—como, supongo, también ha de pensar el lector de tan abigarrada pregunta para iniciar esta sección de cartas—. Estaba confundido y la falta de detalles ayudaba poco.
De todo el mensaje, entendía sólo la urgencia—ese “ahorita” que, para el mexicano, con el contexto, denota la inmediatez—. Entendía, también, lo último; lo que escribí. Debía referirse a mi crónica más reciente en Perpetuo, Tragedia mexicana, que habla, en general, del abuso en México y, en particular, de un caso desgarrador del mismo en Cozumel, de donde soy y donde, todavía, vive mi amigo; ese que escribió el mensaje.
Lo otro, el centro del mensaje—”con el militar”—lo deduje después. Lo deduje de noche cuando, en un afán incomprensible por leer todos mis mensajes, fui entrando, paulatinamente, a todos los grupos y conversaciones que me marcaban los círculos verdes de WhatsApp. En el chat de amigos de Cozumel, habían unos 100 mensajes que asumí, por la costumbre, eran el chisme acostumbrado y dejé de lado conforme el día progresaba. Eran, en su lugar, sobre “ese militar”.
Una semana después de que publicara mi crónica, sin ninguna correlación—e, incluso, con certeza que nadie en la isla salvo amigos y familiares, la hubieran leído—inició a circular una noticia de abuso. Un militar había intentado abusar de una menor de edad. Dejémonos de lenguaje jurídico. Trató de abusar de una niña de nueve años. Ni dos dígitos.
Los cozumeleños tomaron las calles, siguiendo el malecón hasta llegar a su frontera; el punto donde deja de ser un pabellón y se hace en zona hotelera. Ahí, en esa intersección, están los cuarteles del ejército y ahí, como muestran decenas de imágenes, se reunieron los cozumeleños a protestar. Se reunieron a gritar y apedrear a militares; enfurecidos por todo lo sucedido. Hubo fuego; hubo gritos; hubo conmoción.
Yo estaba en la Ciudad de México cuando pasó. Me enteré tarde, de nuevo, por el ajetreo del trabajo y el lanzar Perpetuo. Las emociones fueron demasiadas.
Sentí, no miento, algo de felicidad—matizada con refrén, claro—. En esa crónica que menciono—y en entrevistas posteriores—hablé de cómo, la única respuesta lógica en México, era el enojo. En un país donde siete de cada diez mujeres han sido víctimas de abuso sexual; donde son más las mujeres con historias de abuso que las que no—en este país, donde vivo, no hay otra respuesta más digna que la indignación—. Hay que ver estos problemas como la monstruosidad que son y, si de algo sirve nuestra humanidad, expresar la frustración ante una sociedad injusta.
Yo lo hice escribiendo, que es la trinchera cobarde del intelectual. Los cozumeleños lo hicieron en las calles. Mostraron que la indignación no se queda encerrada; sale a la vía pública y marca, con claro enojo, los sentimientos compartidos. Esos que yo comparto y, me alegro, he visto también en la isla que me vio nacer.
Pero la alegría duró poco. Sentí, sobre todo, una zozobra terrible. Por más artículos que se escriban y por más años que pasen, los abusos continúan. Otra niña termina en el hospital y tiene que pasar por las pruebas complicadas para probar si hubo un abuso. Otra historia más entre miles. Otro momento en que México sigue por su frío y nefasto sendero. No sé que hacer más que escribir, editar y escribir; donar lo que pueda y concientizar. Mientras que siguen las historias como la que narré.
Estoy triste de que siga el abuso. Estoy feliz que la gente expresé su frustración. Estoy impotente, ante un teclado al que le pegó más fuerte de lo usual sin lograr entender, del todo, si me mueve el orgullo ante la indignación colectiva o el enojo ante la marcha incansable del abuso. Solo sé que escribo.
Vuelvo al principio; me aseguro de cumplir con el propósito de la sección. A mi amigo, que me pregunta, si mi ensayo tuvo algo que ver, le digo que no. No lo tuvo. Son víctimas distintas en tiempos distintos; historias que se parecen pero no son las mismas.
Y, sin embargo, sí que lo tiene.
Porque el abuso sigue y sigue. La historia se replica. Solo que, ahora, la indignación que sentí solo, la veo, también, colectiva. Eso algo tendrá que ver. Algo dirá de nuestra isla, nuestro estado y nuestro país.




