El alfabeto del relámpago
de JL Sabau
Para Deborah, que nunca lo leerá
«Y el hombre puso nombre a todos los ganados, a las aves del cielo y a todas las fieras del campo; pero para él no encontró una ayuda adecuada».
-Génesis 2:20
Hay momentos en que el idioma nos queda corto. Era de esperarse. El hablar no hace más que recrear lo deseado. Eso que desconocemos permanece sin describir; lo que está por imaginarse habita el reino de lo etéreo. Palabras por nacer; ideas por pensar. Un mundo entero que espera pacientemente el regalo del ser.
Caminamos con una certeza artificial donde todo lo hemos creado. Vemos pétalos coloridos e imponemos el vocablo «flores». Admiramos un azul claro sobre nuestras cabezas al cual bautizamos como «cielo». Así vamos en la caminata ilusa del saber. Todo lo nombramos al extender un dedo y emitir sonidos —práctica que nos remonta al principio de la creación; a Adán en su jardín, una infinidad de tiempo libre y la creatividad divina—. Palabras tan viejas que olvidamos siquiera que hayan nacido. Meramente las usamos. Las aprendimos en su momento; las recuperamos en el ahora. Deambulamos por lo conocido usando nombres del ayer. Nos mentimos, lo sabemos. ¡Es tanto lo que desconocemos!
Propongo ahora una breve reflexión. Sin motivo superior que mi inaptitud por expresar aquello que siento, motivada por el deseo de romper esta limitación. En fin, una declaración que será bien conocida para todo aquel que disfrute la filosofía: la vida es una falsa ilusión del saber. Un mundo en que nacemos sin conocer y, aún así, demanda nuestra atención.
¡Tantos colores que abruman el mirar! Sonidos agobiantes que retumban en tímpanos primerizos. Todo nos llega desconocido; la realidad es tan reciente como nosotros al salir del vientre ajeno. Nos envuelven en mantas blancas; un baño nos espera en pocos minutos. Inicia con un sutil «Felicidades, es niño»; primeras palabras en llegar a nuestros oídos.
De ahí, cada instante crea conexiones con lo preestablecido. Nos superan siglos de historia. Para nosotros todo es nuevo. Nos dicen que algo hubo antes; nosotros les creemos. Pero el mundo nace con nuestra mirada; su entendimiento viene después.
Llega con el cariño ajeno y deseo de raciocinio. Unos padres que todo enseñan; abuelos que sirven para el recuerdo. No todos tienen esa suerte. No todos nacen entre cariños. Mas existe una regla inquebrantable. A todos nos precede una eternidad de conocimiento en lo que nos pareció tan novedoso. Todos concordamos en las estructuras del pasado y su utilidad para el presente.
Con cada año aprendemos; en cada momento nos enseñan. La escuela es nuestra iniciación en el conocimiento compartido. Mentes blandas se hacen fortalezas. Seres escuálidos en guerreros del saber. Generamos certeza donde solo existían realidades. El color se transforma en característica. Los verdes, tan abundantes en la tierra, se vuelven distintos tipos de plantas. Los rojos se hacen indicios del dolor sangriento. Todo lo exterior tiene nombre; eso nos dicen. La vida misma parece estar bajo nuestro control. Un bronco que hemos amaestrado con las riendas del habla y las espuelas de la lógica. A pesar de sus mayores intentos, nos prometen que todo se encuentra bajo control. Aprendemos, solo eso sabemos. Aprendemos para ser certeros.
Llegamos de nuevo al sendero de lo preciso. Caminamos de la mano como especie en una ruta artificial. Olvidamos un problema elemental. Al hacerse los bosques y surgir las selvas, no existía el rigor con que ahora las describimos.
Antes de que hubiera carreteras, había caminos. Previo a los caminos, un sinfín de maleza que poblaba los montes. La palabra se ha hecho; jamás nacido. No hay voces que deambulen por la tierra previo al humano. Nosotros las creamos cuando las vamos necesitando. Pensamos que todo lo sabemos; ignoramos que eso mismo lo hicimos. Criatura curiosa es el humano. Creamos nombres que luego olvidamos. Los declaramos certeros y eternos. Nos sorprendemos cuando no funcionan. Aunque ya lo habrá dicho alguien en otro tiempo, hacemos nombres; los olvidamos. Por último, los veneramos.
Ese saber que imponemos no sería tan malo si recordásemos nuestra habilidad de crearlo. Si quitásemos, por vez primera, la certidumbre del pasado para igualarlo con el valor del presente. Hacer caso al hoy tanto como hacemos al ayer. Respetando las opiniones pasadas por su sabiduría, mas permitiendo que el ahora sea igual de creativo. Quitarnos el yugo del «así se llama» para andar libremente por los plantíos sin bautizar. Hacer vida nueva; pasear sabiendo que todo puede ser descrito y no que ha sido descrito ya. Sentirnos con el poder de crear, en lugar de la certeza que piensa todo ha sido creado.
No todo es derrota. Hay motivos de dicha ocultos en la desgracia de la costumbre. Algunas doctrinas son mejores que otras al estudiar el fenómeno de lo desconocido. Pienso, por ejemplo, en la emoción de todo biólogo al encontrar una nueva especie de simio. Perdidos en la Amazonia, con un calor insoportable y humedad asfixiante, una mancha negra cubre algún cuadrante distante de sus ojos. Voltean rápido; aprecian un montón de pelo que rompe marrones y verdes entre plantas y lodo. La emoción los consume; han logrado el mayor de sus sueños. Sacan una cámara; capturan el momento. Si el espécimen se mantiene quieto, hacen algún escrito breve en una libreta carcomida por el clima. Regresan a la civilización; publican sus resultados. Usan un idioma muerto para dar nombre al primate recién encontrado. Simae novum o algo más creativo. Han descrito eso que ya existía, pero todos desconocíamos. Han hecho suyo el poder adánico de nombrar lo que carece de nombre.
Así como los biólogos, vienen también los paleontólogos y los médicos. En menor proporción, los químicos. Todos con el poder de dar nombre que pareciera hoy hemos perdido. En la ciencia aún se valora el encontrar lo desconocido—quizá sea su único propósito—. Ser la primera línea del diccionario; el batallón más confiable en la guerra contra lo incierto. Les damos aires de complejos cuando meramente logran lo que nuestra especia ha hecho desde el principio de los tiempos. Romper el patrón de Cesar. Veni, vidi, nominavi; Vine, vi y nombré —el vencer ya es demasiado anticuado—. Hacer propia esa realidad que nos trasciende. Entender el mundo de la única forma en que sabemos. Creando certezas artificiales que luego podemos compartir.
Me temo, por desgracia, que estas sean las únicas excepciones a un patrón desdichado. Me aterra, pero lo confieso. Los científicos han adquirido un monopolio que debería pertenecerle a lo cotidiano. El mayor fraude de nuestros tiempos. A cambio de la comunicación, hemos dejado atrás la creatividad. El idioma nos ha vendido una certeza de la cual, siendo brutalmente honestos, simplemente carecemos.
Usamos, por ejemplo, el escaso término «perro» para hablar de chihuahuas y pastores alemanes a la vez. El vocablo «atardecer», por su parte, encapsula los colores tan diversos que el sol nos regala al descender en las costas de mi natal Cozumel como el las olvidadas planicies de Iowa. Peor cuando llegamos a lo etéreo. Pensamos que la palabra «amor» es suficiente cuando jamás podrá expresar la infinidad de matices de ese sentimiento. Pues nunca será lo mismo el amor primerizo al senil; el cariño fraternal al noviazgo. El lenguaje nos engaña al usarlo.
Es por eso que el idioma se queda corto en algunos momentos. En un instante u otro, nos pega el mundo con algo que desconocemos o una generalización inadecuada. Del rojo nace el rosado y el carmín; todos tonos de una misma impresión. De nuestros adentros surgen emociones para las que no hay más que sentirlas sin saberlas decir. Las tardes nos hablan en idioma desconocido; los relámpagos usan un alfabeto que jamás hemos de comprender. Lo admiramos; poco podemos hacer. Hemos perdido la voluntad de poner nombres y el lenguaje se nos ha quedado sin poder.
Quizá por esto escribo estas páginas. Por un sentimiento de impotencia ante las emociones que llevo adentro. Sentir, por ejemplo, una ira insensata cuando ocurre lo que he predicho sin que lo pueda evitar. Experimentar la desgracia de un amor que no solo carece de correspondencia, sino que se queda eternamente en el pensar. Llorar con la injusticia de una pareja mal hecha que ha de compartir la vida misma. Así tantas emociones guardadas sin poder expresarse. La vida que ruega oraciones enteras, pero quiero encapsular en una sola palabra. Lo intento. Lo intento desesperadamente y lo vuelvo a intentar. Los vocablos se me atoran en la garganta; el diccionario me es insuficiente. El peso del vivir ha podido más que mi capacidad de razonar.
Será mi vicio de escritor, pero sueño en cuestiones de neologismos. Pienso en crear palabras, me frustro cuando me es imposible. Como si al unir unas letras pudiese hacer universal eso que yo siento hoy mismo. Me temo que será inútil. Hablo apenas un idioma con la habilidad del nativo, otro con la certeza del estudioso y un tercero con el entusiasmo del fanático. Ninguno de ellos es reconciliable con el otro. En ningún caso podría hacer una palabra que defina a fondo eso que ahora siento.
Quedo con la certeza de expresarlo en otro modo: el deseo del intento. Tal vez con oraciones. Tal vez con párrafos. Todo por mantener la batalla contra la costumbre. Todo por encontrar vínculos con otros de mi especie. Un intento fútil, pero con algo de verdad. Habremos abandonado por mucho tiempo el poder de la creación; me niego a dar la batalla por terminada. Ese es el deber de todo autor. Rechazar la costumbre; hacerse de la pluma. Crear con el idioma eso que jamás pensó describir.
Si lo he de lograr, me es incierto—lo más probable es que sea imposible—. Pero no me quedaré sin escribir.
JL Sabau es el editor general de Perpetuo. No le gustan las biografías.



