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El alma indómita de las Islas de la Bahía

Sobre las costumbres y la batalla por conservarlas

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Perpetuo y Jericca Warren
oct 06, 2025
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Esta crónica fue escrita por Jericca Warren. Puedes leer más de la autora en la biografía al final del texto.


Allá a finales de los noventas, a mis cinco años de edad, el asombro me perseguía mientras bailaba alrededor del Palo de Mayo. Llevaba una cinta color rosa amarrada desde lo más alto de ese tronco hasta mis pequeños dedos. Los otros niños también reían y giraban, cada uno sosteniendo su cinta y, poco a poco, nos íbamos entrelazando unos con otros, tejiendo una espiral alrededor del palo, sin darnos cuenta de la belleza que dejábamos detrás.

No era solo bailar en círculos; era una tradición caribeña llena de ritmo, casi como si nuestras risas se mezclaran con el band dance que sonaba; esa música isleña cargada de tambor y movimiento que hacía que todo latiera con más fuerza. A nuestra corta edad no entendíamos la profundidad de tal tradición en la isla de Roatán. Lo único que sabíamos era que, al final del baile, alguien gritaría “¡rally!” y entonces todos correríamos con desesperación hacia el Palo de Mayo. Allí, amarradas al tronco, nos esperaban pequeñas bolsitas cafés hechas de papel, llenas de dulces y chocolates. Aquellas bolsitas eran tesoros que marcaban el final de nuestro baile y la alegría de alcanzarlas era tan grande como la del baile mismo.

El ambiente a nuestro alrededor era igual de festivo. Nuestros padres sonreían contentos al vernos disfrutar de una cultura que, aunque golpeada, seguía respirando con fuerza.

El mar quedaba cerca, casi como si también estuviese disfrutando con nosotros y el olor a sal de la brisa se mezclaba con el de la comida isleña que nunca faltaba. Había pastel de yuca, pastel de guerra, corn rice como postre y, también, barbacoa. Había risas, música, arena, dulces y baile: todo convivía en un mismo cuadro que, sin saberlo en aquel momento, era el reflejo vivo de una herencia que aún sobrevivía.

No lo sabíamos, pero, en ese bailar, ya éramos parte de algo que se remontaba siglos; algo que recordaba cómo, en un país de habla hispana, sobrevivían costumbres anglosajonas. De cómo, al norte de Honduras, sobrevivía el alma indómita de las Islas de la Bahía. Pero, así como el tiempo ha ido erosionando nuestra arena, acortando nuestras playas, así el tiempo ha ido erosionando nuestra cultura al punto de ya casi olvidar ese baile que nos hacía tan nosotros. Aquel baile que tanta alegría nos traía.

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Éramos niños de distintas comunidades isleñas, unidos por un mismo ritmo. Todos, éramos hijos de una historia marcada por golpes más duros que las olas que revientan detrás del arrecife. Nuestras Islas de la Bahía son un departamento en la costa norte de Honduras, justo en el corazón de Centroamérica; están compuestas por tres islas mayores, tres islas más chicas y más de sesenta cayos, cada uno reconocido alrededor del mundo por el buceo en nuestra impresionante barrera arrecifal y nuestras playas cristalinas de fina arena blanca. Somos un destino al que en un solo día lo visitan hasta siete cruceros con miles de turistas a bordo de cada uno. Todos ansiosos por nadar en nuestro mar turquesa y sentir el sol en esta parte del mundo.

Nuestra cultura ha resistido más allá de esos primeros colonos ingleses, que buscaban un mejor destino, llegados de otros rincones del imperio para asentarse en estas islas. Había sobrevivido incluso a la crueldad que arrancó a nuestros ancestros africanos de su tierra, obligándolos a trabajar bajo un sol ajeno, con las manos hundidas en tierras que no eran suyas.

Las Islas de la Bahía fueron sinónimo de un nuevo comienzo. Con el cambio de las estaciones, ese crisol de razas y costumbres fue tomando forma, como una sopa de McCoy hirviendo en una olla enorme, donde cada ingrediente tiene su lugar: el pollo, la iguana, el plátano verde, las especias isleñas. Nuestra cultura es así: una mezcla sabrosa, inesperada, que solo existe aquí.


Recuerdo que bailaba tras un niño blanco de pecas claras y pelo rubio rizado—con textura afrodescendiente—; en su risa había tanto de Europa como de África. No era común ver niños así, pero cada que los veía me parecían fascinantes. Esa mezcla éramos nosotros: ni de un solo lado ni del otro, sino de todos al mismo tiempo.

De vuelta en vuelta, nuestras cintas se iban acortando hasta que quedábamos más juntos, alrededor del palo. La emoción crecía con cada movimiento. Ese instante, entre risas y gritos, nos recordaba que, aunque no lo sabíamos entonces, bailábamos no solo por diversión, sino también para mantener viva una memoria más antigua que nosotros. Mis ojos, por primera vez, veían colores que no había visto antes en mi día a día, cada color adornaba las cintas que cada uno de los niños tenía.

Después del baile del Palo de Mayo, con las bolsitas de dulces aún calientes en nuestras manos sudadas, llegaba otro momento esperado: sentarnos en la arena a comer junto a nuestros padres, hermanos, compañeros de escuela y amigos. Se veía cómo las olas rompían contra el arrecife a lo lejos. El humo de la barbacoa se elevaba hacia las nubes; llevaba consigo el aroma de la salsa que llevaba el pollo. Todo tenía un sabor distinto en esos días, era más alegre y más delicioso. Éramos niños, pero intuíamos que no se trataba solo de llenar la panza, sino de ser parte de una comunidad muy bonita.

Me hace mucha falta ver este baile con más regularidad ahora que soy adulta. Esa alegría contagiosa que nos provocaba a todos le alivianaba la carga a nuestros padres, el vivir en unas islas donde el costo de importación y los altos costos de la luz que solo estaba disponible un par de horas al día y era bastante para ellos. Como isleños, carecíamos de muchas cosas, pero a pesar de todo eso, nuestra herencia cultural nos mantenía en un constante sentir de alegría y por sobre todo de agradecimiento. El turismo nos ha mantenido tan ocupados que poco a poco las influencias de tanto turista se han ido infiltrando en nuestra cultura, borrando una parte pequeña de ella. Para las grandes celebraciones lo utilizamos de vez en cuando, como cuando un crucero nuevo de gran tamaño atraca por primera vez en alguno de nuestros dos puertos de cruceros. Los turistas miran con asombro desde los balcones de sus habitaciones hacia abajo, donde nuestra delegación isleña afrodescendiente lo baila para darles la bienvenida.

Recuerdo que en la escuela también se celebraba el Palo de Mayo. Los maestros nos organizaban y, con uniformes sudados y cintas multicolores bajo el sol tropical, repetíamos el mismo baile que en las comunidades. Era un juego, pero también era una lección silenciosa: aprender que la tradición tenía un lugar en nuestra vida, tanto en la playa como en las aulas, tanto en la intimidad de nuestros hogares, como en los eventos festivos de todo el mes de mayo. Con los años comprendí que lo que en aquel entonces solo era alegría inocente, era nuestra marca comunitaria. Comprendí que el Palo de Mayo no nació aquí, que su raíz viene de lejos, de Europa, de un tiempo tan antiguo que muchos no recuerdan bien hoy en día. Que ese palo adornado de cintas es, en realidad, una herencia que viajó desde Inglaterra hasta nuestras islas, y aún más atrás, a costumbres germánicas ligadas a la tierra y a los ciclos de la naturaleza.


El nombre lo dice todo: Palo de Mayo. Es como un árbol de vida en el centro del pueblo, al cual le bailamos cuando la primavera está en su mejor momento. Todos celebran la fertilidad, las cosechas y la abundancia que trae el calor.

El frío, imagino, no era nada agradable durante el invierno europeo. En la Inglaterra del siglo XV, la gente se reunía cada primero de mayo, cuando la tierra volvía a ser verde, levantaban un poste decorado con flores y cintas para dar gracias y pedir prosperidad a Dios. En esos lugares donde el invierno era largo y difícil, ese baile era una forma de mantener la esperanza de que no solamente la cosecha, sino la vida misma—la situación económica—sería mejor.

Que esa tradición, casi extinguida en su lugar de origen, sobreviva en las Islas de la Bahía de Honduras es un milagro silencioso. Aquí no solo se conserva: aquí es parte de la identidad de un pueblo que nunca dejó de bailar, aunque la historia haya intentado tantas veces silenciarlo.

Verán, las Islas de la Bahía no siempre fueron hondureñas. Mucho antes de ser cedidas a Honduras y ser reconocidas como colonia inglesa, ya había ingleses viviendo aquí, unos llegaron de Estados Unidos y otros de colonias inglesas. Mi propio ancestro, Samuel Warren, fue el primero en establecerse en los Cayos de Utila desde principios de los 1800s; desde entonces las aguas de este departamento comenzaron a llenarse de nuevas caras.

Con el tiempo llegaron familias de Inglaterra, Irlanda, Escocia, las Islas Caimán, Belice y Jamaica. Llegaron blancos, llegaron negros, llegaron también aquellos que habían sido esclavizados en colonias inglesas y que encontraron en estas islas un lugar para empezar de nuevo sin miedo a sufrir.

Pensarías que en una época de esclavitud y racismo, la convivencia entre blancos y negros en las islas podría repetir ese monstrouso pasado. Es fácil pensarlo. Pero la historia de las Islas de la Bahía fue diferente.

Aquí, la esclavitud no se arraigó, en gran parte gracias a los primeros pobladores blancos que vinieron de las Islas Caimán y otros lugares del Caribe. Samuel Cooper y sus hijos, en especial John Cooper, son recordados con respeto porque se opusieron abiertamente a la esclavitud. Dejaron su antigua colonia en las Islas Caimán buscando tierra fértil y, a su vez, rechazando esa práctica tan dolorosa. Mientras en otros lugares el sistema colonial dependía del trabajo forzado, en nuestras islas surgió algo distinto: una comunidad que aprendió a convivir a través de la cooperación. Los negros de habla inglesa, descendientes de esclavos, ya no temían. Los garífunas que habitaban el extremo este de la isla de Roatán se asombraron al ver que estos blancos ingleses los tratasen como iguales.

Los garífunas habían vivido muchas desgracias; desde que sus ancestros africanos fueron transportados por los ingleses en cadenas para trabajar en la isla de San Vicente en el Caribe, hasta tener que mezclarse con los indígenas arahuacos que ya habitaban esa isla. Cuando por fin lograron crear una comunidad con su propio idioma y costumbres, deciden que no tolerarán más las atrocidades cometidas hacia su pueblo. Junto a su líder, Satuyé posteriormente siguieron años de guerra entre ellos y los esclavizadores. Satuyé es asesinado. En 1797 los ingleses expulsan a los garífunas de San Vincente, forzosamente trasladándolos a la isla de Roatán donde son abandonados a su suerte. Encontraron aquí un lugar donde no eran encadenados ni castigados, sino recibidos como parte de la comunidad.

El resultado terminó siendo una convivencia marcada por el respeto mutuo y el intercambio de conocimientos. Los blancos y los negros trabajaban juntos en la pesca, en la agricultura y en la construcción de sus comunidades. Se compartían técnicas, lenguas y costumbres. Los garífunas aportaban sus conocimientos de la tierra y el mar, su música y sus cantos que alegraban a los blancos; los criollos ingleses aportaban el idioma y su propia herencia cultural. Así se fue moldeando una sociedad que, aunque pequeña y aislada, mostraba que era posible vivir sin replicar los modelos de opresión que habían desgarrado otras partes del mundo.

Ese espíritu de cooperación temprana explica, en parte, por qué tradiciones como el Palo de Mayo pudieron sobrevivir. No pertenecían a un solo grupo, sino a todos. Eran bailes, comidas y cantos que reunían a negros y blancos alrededor del mismo árbol, de la misma música, de la misma risa. Esa igualdad en la celebración reflejaba lo que se estaba construyendo en la vida diaria: una comunidad que, aun con sus dificultades, aprendió a reconocerse en la diversidad.


Los ingleses que llegaron vieron la fertilidad de la tierra, más generosa incluso que las de Islas Caimán, y, poco a poco, la poblaron con cultivos, con iglesias, con casas sobre pilotes de madera, una tradición escocesa. Fue en esos años que el metodismo echó sus primeras raíces aquí, acompañando la vida isleña con himnos que aún hoy resuenan en muchas comunidades. El baile del Palo de Mayo era uno de esos eventos a los que todos los isleños asistían sin falta.

El destino de estas islas estuvo siempre rodeado de tensiones más profundas de lo que imaginamos. En 1852, Inglaterra las declaró colonia para formalizar la presencia de sus ciudadanos—algo que ya ocurría en la práctica—. Honduras, ya independiente, se opuso y no aceptaba que Inglaterra siguiera tomando territorios en América. Contaba con el respaldo de la doctrina Monroe, que Estados Unidos usaba para vigilar cualquier intento europeo de expandirse en el continente Americano.

Inglaterra defendía su posición diciendo que las islas nunca habían sido hondureñas. Aunque Honduras ya había definido sus departamentos, las Islas de la Bahía no estaban incluidas en ninguno, tampoco vivían allí hondureños ni españoles. En el pasado, los indígenas pech habitaron las islas al igual que gran parte del territorio norte hondureño, pero con la llegada de Cristóbal Colón en 1502 a la isla de Guanaja, una de nuestras Islas de la Bahía, su comunidad pacífica sería poco a poco erradicada de nuestro archipiélago. Los españoles descubrieron América buscando la India, y encontraron en aquellos indígenas mano de obra sin costo, por lo que los llevaron a la fuerza a Hispaniola para ser esclavizados.

Lo que en un tiempo vieron los cerros de estas islas cuando los habitaron los indígenas pech quienes ansiosamente esperaban la llegada de los piratas y bajaban silenciosamente a robar los tesoros que estos piratas enterraban; luego los llevaban a los cerros y cuevas donde los ofrecían a sus dioses como ofrenda para sus cultivos. Aún se encuentran estos tesoros, pero ellos ya no están aquí. Desde ese entonces, las islas habían estado completamente deshabitadas. Esto sirvió de argumento para que los ingleses se quedaran. Finalmente, después de una larga presión de Estados Unidos, Inglaterra accedió a cederlas islas a Honduras. Tras varias negociaciones, se entregaron oficialmente las islas a Honduras, en un acuerdo que cambió nuestra historia para siempre.

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Las islas de Roatán, Guanaja, Santa Helena, Utila, Barbareta y Morat, hoy conocidas como las Islas de la Bahía, fueron reconocidas oficialmente como parte de Honduras tras la firma del Tratado de Wyke-Cruz en 1859—ratificado en 1861—. No fueron un departamento de Honduras hasta más de diez años después.

Para muchos isleños, ese acuerdo tenía dos caras. Por un lado, nos alejaba del gobierno británico, al que llamábamos “la Madre Patria” y que, a pesar de habernos entregado a una nación a la que no pertenecíamos, nos había dado cierta estabilidad. Cuando necesitamos iglesias, el imperio nos envió ministros, cuando necesitamos salud nos envió doctores, cuando necesitamos educación nos envió libros y maestros. Por otro lado, nos enfrentaba a un futuro incierto bajo la bandera de un país centroamericano con el que solo compartíamos la cercanía geográfica. No hablábamos el mismo idioma, ni teníamos la misma religión, historia o tradiciones. Honduras, aunque hermoso, no era un país estable y seguía enfrentando luchas internas.

El tratado especificaba con claridad que nuestras tierras serían respetadas y que nuestra libertad de religión sería garantizada. Así fue, al principio. Esa esperanza se materializó en una carta que el presidente de Honduras, el general José Santos Guardiola, nos dirigió el 24 de abril de 1861. Sus palabras hacia las comunidades isleña, leídas en la carta original, que sostuve en mis manos en el Archivo Nacional de la capital, suenan como una promesa sincera:

“Las islas que ustedes habitan se han restaurado a Honduras, su legítimo dueño, por el tratado con Gran Bretaña. El país ahora asume soberanía sobre ellas, y les aseguro que se mantendrán sus derechos y la promoción de su bienestar. Yo resolveré que ustedes no sufran ningún tipo de injuria, cualquiera que sea el cambio. La incorporación de ustedes a la nacionalidad hondureña marca una era de prosperidad aún más grande que la que han disfrutado bajo el gobierno liberal de Gran Bretaña. Es cierto que ya dejarán de ser parte de un imperio poderoso y grande, pero en otra mano tendrán la noble misión de contribuir con su lealtad al progreso de esta tierra favorecida de la que ahora serán parte íntegra. Sus derechos y estatutos serán lealmente mantenidos; su lealtad, por otra parte, yo les aseguro, será en proporción a los deseos de mi gobierno, al cual tendré siempre presente para asegurar su progreso y su bienestar.”

Estas líneas se sienten como una curita para la incertidumbre—aunque, entonces, cuando fueron escritas, leer el español no era común en ninguna de las islas—. Guardiola, un presidente que bien pudo vernos como simples anexos a su república, nos trató como parte importante de su nación. Sus palabras eran un pacto para nosotros. Pero la alegría duró poco.

Poco después, el general José Santos Guardiola fue asesinado. La noticia cayó como un relámpago sobre el mar de las islas. Los hombres y mujeres que habían depositado su confianza en él, se sintieron huérfanos; sintieron como si la promesa de un futuro justo hubiese sido arrancada de sus manos antes de poder dar frutos.

La tristeza para los isleños era doble. Por un lado, les dolía la muerte de un hombre que les había mostrado bondad; que había prometido cuidar de nuestras tierras y de nuestra libertad de religión; que había visto en los isleños no súbditos extraños, sino ciudadanos hondureños con un papel digno en la nación, así como lo describía en su carta. Por el otro, dolía la sensación de traición de la llamada Madre Patria, Gran Bretaña, que había entregado estas islas casi como si fueran piezas de ajedrez en un tablero de potencias. Para muchos isleños, la cesión a Honduras fue como un abandono: el imperio que tanto poder ostentaba en el mundo, nos había dejado solos, sin voz, negociando nuestro destino sin siquiera preguntarnos. Y, aunque la Reina Victoria en ese tiempo ofreció darnos tierras, garantías y costear la mudanza desde las Islas de la Bahía hacia otras colonias inglesas, ya los isleños estaban muy enamorados de la tierra; tanto que prefirieron asumir los riesgos de quedarse a hacer su vida y descendencia en ellas.


Estaba en la Biblioteca Nacional en 2021. Era una tarde de lluvia ligera; esas tardes que invitan a abrir cajones viejos y a leer con la lentitud que exige la historia, cuando me senté frente a varios expedientes sobre la Honduras de mitad del siglo XIX. Había ido al Archivo Nacional antes; ya había sostenido cartas antiguas entre mis manos y quería entender de cerca cómo se tejieron las promesas que afectaron a nuestras islas. Quería leer la historia con mis propios ojos, no solo repetirla de memoria.

Mientras hojeaba libros de la época, me topé con una historia que todos citan: el magnicidio que cambió el destino político del país y nos dejó vulnerables. José Santos Guardiola fue asesinado en el departamento de Comayagua, antigua capital de Honduras, la mañana del 11 de enero de 1862. El golpe vino por sorpresa. Esa madrugada, al abrir la puerta de su habitación, Guardiola recibió el disparo que le quitaría la vida; el delito fue cometido por alguien cercano a la guardia presidencial. La historia expresa sus últimas palabras, “Basta ya, no es necesario” dichas mientras caía en brazos de su hija quien lloraba desconsoladamente por él.

Seguí leyendo las historias de la época. Explicaban que el día anterior hubo ya un hecho violento dentro del palacio. El jefe de la guardia presidencial fue atacado y, según las investigaciones contemporáneas, cambios en la guardia facilitaron el atentado del presidente Guardiola. El autor material del crimen, identificado como Cesáreo Aparicio, huyó con los cómplices del hecho, pero fueron finalmente capturados y juzgados; las sentencias por aquel crimen terminaron en las ejecuciones de los homicidas en febrero de 1862. Pero la pregunta que buscaba responder en la Biblioteca Nacional fue el “por qué”.

Allí encontré varias hipótesis; ninguna tan nítida pudiera darle un cierre al asunto. Hay una historia que vuelve una y otra vez en los documentos y en los estudios, la llamada “Guerra de los Padres”; un conflicto entre el gobierno y sectores católicos conservadores que se radicalizaron cuando Guardiola se enfrentó al poder de ciertos sacerdotes y tomó medidas que terminaron por excomulgarlo de algunos grupos. Esa tensión religiosa dejó muchas conspiraciones.

Algunos culparon a enemigos políticos, otros señalaron a esos sectores conservadores y la iglesia católica con raíces españolas, que nunca le perdonaron sus simpatías liberales con los ingleses de las Islas de la Bahía. Pero en las islas, durante generaciones, se ha repetido la versión que una de las causas de su asesinato fue la libertad religiosa que nos concedió. La iglesia católica veía con negatividad que aquí el metodismo, entre las otras religiones protestantes traídas por los ingleses y los migrantes caribeños, florecieran con tanta rapidez. No aceptaban que un presidente hondureño reconociera oficialmente esa libertad de culto que para nosotros era muy importante.

Aunque no encontré evidencia en el Archivo General, la historia de la isla y las memorias de nuestra gente mantienen esa versión.


Lo que Guardiola había escrito en papel con solemnidad, y confirmado en esa carta llena de buenas intenciones, dejó de serlo con su asesinato. Lo que debía ser el inicio de una “era de prosperidad” se transformó en el comienzo de una larga desconfianza.

Los ancianos cuentan hoy día que sus padres les contaban a ellos que en aquellos días, la gente caminaba por los muelles y las playas con una mezcla de silencio y amargura. Algunos recordaban los años bajo la protección británica y, aunque criticaban sus abusos, reconocían que al menos se habían sentido amparados por un imperio poderoso. Ahora, en cambio, se encontraban dentro de una nación joven que apenas empezaba a definirse a sí misma y sin el único hombre que había prometido respetarnos.

Uno de los golpes más duros para nuestra gente fue la prohibición de la enseñanza del inglés en las escuelas. Los católicos aprovecharon el asesinato de Guardiola para tratar de erradicar el inglés y querernos convertir al catolicismo, pero no contaban con la resiliencia del isleño. Para nosotros no era solo un idioma: era lo que unía nuestras historias, nuestras canciones, nuestras oraciones. Era el lenguaje en el que los abuelos contaban cuentos en las noches de luna, en la que se predicaba en las iglesias, cantaban los himnos que marcaban nuestra identidad y tarareábamos al jugar. Que nos prohibieran enseñarlo fue, en cierto modo, una manera de tratar de cambiar nuestra identidad. Una manera de obligarnos a ser “hondureños”. Pero, aquellos que gobernaban la Honduras independiente, ¿eran realmente hondureños? La iglesia católica fue traída a las islas con los años. El español era su idioma oficial y no los idiomas de los indígenas a quienes esclavizaron y les robaron sus tierras. He ahí parte de la desconfianza que existía.


Los isleños somos perseverantes. Habíamos sobrevivido a tormentas más fuertes como el abandono. No íbamos a dejar que una prohibición borrara lo que éramos.

Así que, seguimos adelante, aferrados a nuestras tradiciones. El Palo de Mayo se bailaba cada mayo sin falta, como un acto de resistencia alegre. En algunos años se bailaba no solo el Día de Mayo, sino todos los fines de semana del mes. No había diferencia entre blancos y negros: todos se entrelazaban en las cintas del palo; todos se perdían en la música y el colorido de una tradición que hablaba más fuerte que cualquier decreto. Incluso los visitantes de tierra firme, hondureños que venían a la isla, quedaban cautivados por el baile. No podían resistirse a la alegría contagiosa, a la belleza de aquella tradición tan bonita que se repetía generación tras generación.

Y mientras nuestros pies seguían bailando, nuestras manos y recuerdos ingleses también encontraban maneras de resistir. Los niños bailaban alrededor de ese Palo de Mayo, según ellos por diversión, mientras detrás del telón sus padre creaban una resistencia que deseaban que perdurara para siempre.

Para mantener vivo el inglés, nos convertimos en portadores de libros. En viajes hacia Jamaica, Belice y las Islas Caimán, los isleños traían consigo los ejemplares de la serie The Royal Readers, pequeños libros de inglés que se convirtieron en armas silenciosas contra el olvido. No eran cargamentos grandes, apenas algunos libros que para nosotros valían más que el oro porque nos ayudaban a mantener el inglés vivo y, a su vez, nos enseñaban valores y el arte de saber leer y escribir en el idioma.

Las mujeres, por su parte, asumieron una misión que se podría describir como sagrada. Con paciencia y amor, enseñaban inglés en los porches de sus casas. Allí, se reunían a los niños y les abrían las páginas de esos libros, enseñando palabra por palabra, frase por frase. Era una escuela improvisada, pero llena de disciplina y cariño.

Las iglesias protestantes se sumaron a la tarea. Muchas de ellas fundaron escuelas pequeñas. La Metodista, en particular, se convirtió en un pilar fundamental de esta resistencia. Allí no solo se aprendía a leer y escribir; allí se mantenía viva una forma de ver el mundo; una manera de ser que nos unía como comunidad. Hasta hoy, las iglesias protestantes siguen siendo parte importante de la vida isleña, recordándonos que, en aquellos días de prohibiciones y silencios, fue uno de los lugares donde la voz del pueblo se negó a apagarse.

Nos quisieron callar, pero respondimos cantando. Nos quisieron homogeneizar, pero respondimos bailando. Nos quisieron cambiar el idioma, pero respondimos enseñándolo en los porches, en las iglesias, en cualquier rincón donde hubiera un niño dispuesto a aprender. Gracias a esa terquedad, hoy seguimos contando nuestra historia en las palabras que heredamos, en la música que aún se toca, en las cintas que todavía se entrelazan cada mes de mayo. En inglés.


Matthew Harper, un sudafricano de padres ingleses que llegó a las islas en su juventud y se enamoró tanto de la isla para hacerla su hogar, me compartió una memoria que aún guarda con claridad. Me dijo que, aunque había leído y escuchado sobre el Palo de Mayo, o Maypole como le decimos nosotros, en África, nunca había presenciado el baile hasta que la vio por primera vez en Santa Helena, una de nuestras Islas de la Bahía.

Lo que más lo impresionó no fue tanto el palo en sí, sino el latido de la música. No había una gran orquesta ni instrumentos de lujo: eran isleños improvisando con lo que tenían a mano. Sartenes que servían como tambores, cucharas que marcaban el ritmo, un fregadero rascado con paciencia, una pandereta que tintineaba y una guitarra que unía todo el sonido. Era, como él lo llamó, “una banda de pickup”, pero lo que producían era algo más profundo: un ritmo natural que parecía nacer del suelo mismo.

Para Matthew, aquel latido le recordaba a África. Reconoció en él el pulso de sus orígenes, un eco de los bantú de África occidental que habían llegado hasta aquí en la memoria de los pueblos. Aquellos músicos alrededor del Palo de Mayo, eran isleños negros criollos, descendientes de esa raíz africana, y en su música se escuchaba claramente la herencia. Pero lo que lo conmovió aún más fue la mezcla. Porque mientras las manos seguían un ritmo africano constante, las voces entonaban canciones británicas, rimas infantiles heredadas de los colonos ingleses y transmitidas por generaciones. Era como si dos mundos se hubieran encontrado en un mismo baile: la memoria africana latiendo en la percusión y la tradición inglesa flotando en las melodías.

“Era algo muy especial,” me dijo, “porque en ese momento entendí que el Palo de Mayo era más que un baile. Era una mezcla de las dos raíces que sostienen estas islas: lo africano y lo inglés. Y verlo ahí, en la playa, frente al mar, me conmovía cada vez.” Era, porque ya no es común como lo era antes. El trabajar del día, el desarrollo de la isla, la influencia turística ha ido influenciando mucho las generaciones nuevas.

Matthew recuerda también cómo, al final del baile, los niños corrían a robar los dulces amarrados en el árbol improvisado. No era un poste trabajado, sino una simple rama enterrada en la arena, cargada de bolsas con caramelos. Incluso, entre las sorpresas colgaba media botella de ron para los adultos, un premio secreto que sacaba carcajadas entre los mayores.

En su reflexión, Matthew comparaba lo vivido en las islas con algo más grande: el legado de los países de la Mancomunidad Británica. “Lo que siempre me ha impresionado,” decía, “es cómo todas estas antiguas colonias británicas: el Caribe, Sudáfrica, India, Australia, Nueva Zelanda, incluso Canadá, comparten ciertas tradiciones. No solo deportes como el cricket o el rugby, sino también pequeñas costumbres como esta. El Palo de Mayo viene de una misma raíz, es de esas cosas que nos conectan a todos.” Sus memorias extranjeras me recuerdan que, aunque a veces los isleños sentimos nuestras tradiciones como algo aislado, en realidad forman parte de algo más amplio. El Palo de Mayo no es solo nuestro, sino que aquí tiene una vida propia, distinta a la de otros lugares. Aquí es resistencia, cultura y alegría.

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