Perpetuo

Perpetuo

El antiguo reino del Negro Adán

de Donaldo Donado

Avatar de Perpetuo
Perpetuo
sep 28, 2026
∙ De pago

El estelar es nuestra historia insignia de la semana: textos que lees una tarde y piensas toda tu vida. En el pasado, hemos hablado de templos satánicos y osos en peligro de extinción.

Si quieres recibirla directo en tu correo, suscríbete a Perpetuo.


Y si quieres más de Perpetuo, tenemos conversaciones cada semana con autores, líderes de opinión y todo aquel que esté definiendo las fronteras (sean del idioma, tecnología o demás).

La semana pasada:

  • En nuestro podcast, Perpetuidades, hablamos con Javier Sinay sobre sobrevivir a accidentes en aviones.

  • En Inferencia, conversamos con Cristobal Valenzuela sobre un mundo donde las películas son hechas con IA.

Sin más, les dejamos la historia de la semana…


I. Papi, me estoy muriendo

Mi vida ha sido una larga mamadera de gallo. Tengo ochenta y cuatro años y el golero al hombro. Desde hace mucho tiempo le he repetido a mi mujer que, cuando me muera, quiero que a mi cajón le mande a poner un vidrio de cuerpo entero, no de medio cuerpo, para que me vean completo. Y que no me vistan, que me dejen encuero. También, que a los ocho días, al mes y al año de mi muerte, ofrezcan bastante comida a los visitantes, a los amigos.

Papi, la moridera me comenzó un sábado con un sorpresivo y fuerte dolor a un costado del abdomen. El patio estaba en su efervescencia. Tuve que replegarme y me fui a sentar en la penumbra de la sala de mi casa. Creía que era un simple dolor de barriga. Me levanté para ir al baño. Después de sentarme un rato en el inodoro, me puse de pie y veo lo que me ha salido. Llamo a gritos a mi hija Vilma —a la que le digo Ita— y le pido que entre al baño. Ella llega alarmada, entra y mira al fondo del inodoro. Ve los oscuros coágulos de sangre. Me mira y se inquieta. Sale, cuenta lo que vio y un señor que estaba en el patio comiendo chicharrones le dice que tienen que llevarme al hospital enseguida. Me visto y nos vamos para el Hospital de Barranquilla en el carro del señor.

Cuando llego acompañado de mi esposa y mis hijas, desde el fondo de la sala de urgencia se escuchan varias exclamaciones: «¡Llegó el Negro, llegó el Negro!». Me recibe un médico del hospital, un viejo conocido y me pregunta qué me pasa. No se me ocurre sino responderle con una vieja frase que no dice nada pero que es graciosa: «Nombe, docto, con el foxtró pa’atrás, cachuchado».


Queremos traer el Nobel de vuelta al español. Queremos que seas parte de la misión. ¡Suscríbete a Perpetuo!

Me revisa y, al final, me dice que detectó una hernia con problemas y que debe operarme inmediatamente. Me operan. Todo sale supuestamente bien. Solo que me dejan un molesto drenaje que me sale de la barriga.

Unos pocos días después de la cirugía, siento una extraña perturbación general en mi alma. Estoy acostado, recuperándome y mi familia va a visitarme. Cuando mi hija Ita se acerca a saludarme, la recibo con una hostilidad que no puedo controlar y le pido con énfasis: «¡Quítate, quítate, quítate…! ¡No me toques, no me toques!»; ella me responde: «¡Ay, niño!, ¿qué tienes?».

También se acerca mi otra hija, Rosa Amelia, y la recibo igual. «¡Hijueputas, quítense, quítense!», les grito. Ellas se apartan sorprendidas, conversan y se dicen: «Mi papá no es así. Algo pasa». Salen y llaman a los médicos, que llegan corriendo con las hermanas de la caridad que atienden a los enfermos. Cuando los veo reunidos, comienzo a vociferar hacia las monjas: «¡Mira, esas son unas polleronas y ellos son sus marios!». Todos revelan pena, estupor. Siento que deliro. Los médicos comienzan a atenderme y a averiguar qué me pasa. Uno de ellos dice: «El Negro tiene crisis», pero no menciona la causa. En los días siguientes, escupo a todo el que se me acerca, insulto e intento golpear a otros enfermos internados y casi me lanzo al vacío desde una terraza. Los médicos ordenan que me amarren a la cama con correas de cuero, porque los camilleros y enfermeros no pueden controlar la fuerza descomunal que aún me queda. Me salen llagas en las muñecas y en los tobillos. La vida me duele.

Papi, desesperado le pido a mis hijas que me suelten. Pero nadie se acerca, porque les lanzo hirientes escupitajos. Al rato llega otro médico especialista, que confirma lo de la crisis, pero al mismo tiempo dice que no sabe a qué se debe. Yo no sospechaba que me mentían por piedad. A los dos días recuperé la tranquilidad. No recordaba el delirio que había sufrido. Mi hija Ita me pregunta por qué les escupía y le respondo: «¿Yo, Ita? ¡Nunca! A ustedes que las quiero tanto, ¡nunca!». Ella me responde: «Ah, bueno, no le pares bola a eso». Me echo a reír y le pregunto: «¿Ay, Ita, me tienes rabia?», a lo que me contesta: «No, papá, si yo lo que te quiero es más que el carajo».

El médico me dice que me puedo ir para mi casa. Un enorme alivio me recorre. Rosa Amelia le pregunta: «Bueno, doctor, ¿cuánto debemos?». Él le responde y yo escucho: «Nada, mija, él es como un padre para nosotros. Él no paga nada por esta pensión, ni por los exámenes ni por los medicamentos que le hemos dado. El Negro es una adoración. ¿Verdad, Negro querido? Él nos trae chicharrones aquí y cuando vamos allá nos atiende bien. Nombeee».

Una de las enfermeras me ayuda a preparame para salir. Ita le pregunta: «¿Tú viste la hernia?». Ella le contesta: «¡Sí, cómo no, yo la vi, era una bolona!». Yo escucho y digo: «Viste, Ita, eso era lo que me dolía».

Avatar de User

Continúa leyendo este Post gratis, cortesía de Perpetuo.

O compra una suscripción de pago.
© 2026 Perpetuo · Privacidad ∙ Términos ∙ Aviso de recolección
Crear un substackDescargar la app
Substack es el hogar de la gran cultura