“El creciente mutismo entre los árboles nos deja algo inseguros”-Anahí Maya Garvizu, El bosque
Recuerdo, hace ya mucho tiempo, sentarme en las playas vírgenes de Cozumel con amigos en un campamento escolar. Como daba al este la playa, no pudimos ver el sol ser devorado por el mar, aunque sí que vimos el atardecer. Una amiga, entonces, volteó y me dijo “¿no te parece hermoso?” hablando del atardecer. Le dije algo de la forma “ah, sí” para cerrar la conversación. Le mentí. No sentí mucho más que la incomodidad de un traje de baño mal puesto y cómo la arena se me metía entre los dedos. Del atardecer y su belleza, tenía poco que decir.
No sería hasta mucho después, en Campeche, con el corazón partido, que vería otro atardecer que se me aferraría a la memoria. Tuve una llamada larga, ese día, con una persona que quería tanto y ella a mí tampoco. Antes de salir al malecón, prendí la regadera en el baño en el cuarto del hotel para que mi madre, en la cama, afuera, no me escuchara llorar. Recuerdo, esa tarde, ahora viendo al oeste, cómo el mar se tragó al sol y no quedaba más que un mar oscuro, como entonces, lo estaba mi espíritu. Un descenso hacia la melancolía de la noche, sin saber si mañana, por el rumbo opuesto, el mar me devolvería la luz. Escribí un ensayo del tema al cual vuelvo de vez en cuando; sentí, entonces, que el horizonte tenía una boca y que, con sus olas, trataba de decirme algo.
Traigo esas experiencias opuestas porque, ahora, me aterra compararlas. Reflejan una parte muy profunda de nuestra especie que ignoramos. Una que no había considerado hasta leer las palabras de Anahí Maya Garvizu en su más reciente poemario.
Sus versos son, como mi ensayo aquel de Campeche, sobre la naturaleza que nos rodea; sobre los animales que rondan libres o domesticados y los paisajes que nos hemos ido comiendo.
Son, sobre todo, una exploración del otro que los humanos nos hemos negado a hacer. Hemos escrito mucho sobre la soledad que nos envuelve cuando se trata de otras personas—por más que queramos, no podemos ser otros; por eso nos armamos de empatía; por eso nos hacemos historias donde, por los breves instantes en que las leemos, somos héroes griegos o generales colombianos—. También hacemos lo mismo al escribir del pasado—ese tiempo que nos ha dejado y que, por más que queramos, no entendemos—. Hemos hecho las paces con un número de temas que nos evaden y nos definen. Las hemos arropado y concluido que la esencia del humano se define en la incapacidad de afrontarlas más que reconociendo su naturaleza elusiva.
La naturaleza, ahora sugiero, es una más de ellas.
Lo veo en los versos de Maya; poemas que buscan poner al humano en la naturaleza y, más veces que no, terminan sin congeniar. O le hacemos daño a la naturaleza—como las arañas de las que escribe, temerosas de nosotros—, o nos supera por completo. Nosotros la vemos ahí, queremos ser parte de ella y no hacemos más que amaestrarla; ponerle casas a las colinas o represas a los ríos.
Aún así, nos fascina. Maya escribe poemas que honran al nombre de su poemario; versos donde, pareciera, el mundo natural le hablara al nuestro; donde los bosques tienen oídos y los campos tienen ojos. Con ello, es parte de una tradición tan antigua como los poemas idílicos y tan presente como los suyos; una hebra de la literatura que construye la noción de que, entre el humano y su entorno, existe una especie de relación intangible. Que el atardecer nos habla y los amaneceres nos murmullan.
Pero la realidad es exactamente la contraria. Los bosques no tienen oídos y los campos no tienen ojos. No quiero, con ello, caer en la tentación de decir que son sordos y ciegos, que es caer en lo mismo. La naturaleza existe sin los atributos humanos. La naturaleza es sin tener que ser con nosotros—los peñascos de Acapulco estarán ahí tanto después de que nosotros nos vayamos, así como, también, perdurarán las playas de arenas blancas en la costa de Cancún—. No están ahí para hablarnos. No están ahí por motivo alguno más que el estar. Carecen de voluntad; carecen de otro atributo más que su mera existencia.
La naturaleza nos evade tanto como lo hacen las otras personas y lo hacen, también, los tiempos pasados. Existe independiente de nosotros y no tiene opinión alguna sobre nuestros gozos o sufrimientos. Solo que, por siglos, hemos llegado a la conclusión que podemos imponerle nuestras emociones e ideas; que podemos vernos ante el paisaje y decir que nos habló de esperanza. Así como yo, una tarde en Campeche, con el corazón roto, encontré una metáfora en el sol que caía.
Maya parece saberlo. Hay algo de sus versos que no cabe, de lleno, en esa tradición que describo. Como si supiera, a la perfección, que ella está imponiéndole al medio ambiente, las palabras que describe. Que, aún así, hay algo hermoso en esa resolución a diferencia de la de nuestra soledad o nuestro eterno presente. En lugar de sentirnos alienados de la naturaleza, podemos apropiarla y ponerle, sobre esa capa que nos supera, un entendimiento propio. Ese me parece un mérito literario insuperable. El de saber que lo que hace es una invención—como lo es toda la literatura—, el tener la crisis de frente y escoger, en su lugar, escribir los versos que necesitamos.
Esa astucia hace que el poemario sea digno. Se lee como el que tiene un lienzo en blanco y lo apropia. Solo que Maya lo hace al escribir la naturaleza. Una poeta que escribe sobre paisajes y no de ellos; que los usa para hablar de temas profundos como lo efímero y la soledad. Sobre todo que, de trasfondo, logra apropiarse de eso que nos reniega.
Será que el bosque no tiene oídos; será que el campo no tiene ojos. Será, también, que se los ponemos y, por ponérselos, será que los tiene.
Si te gustó lo que escrobí de Anahí Maya Garvizu, puedes comprar el poemario completo El bosque tiene oídos, el campo tiene ojos de parte de la editorial de la UANL presionando este botón:
JL Sabau es el editor general de Perpetuo. No le gustan las biografías.




