El clásico joven en 35 mm
de Andrea Ibarra
A modo de prólogo
de Tomas Lemus
Para el foto ensayo de esta semana, volteamos la mirada al deporte y en México esto es, naturalmente, al fútbol. Institución que cobra más poder e importancia cada día y cuyo efecto social a menudo subestimamos. Las imágenes de Ibarra me llaman la atención precisamente porque su cámara no se detiene sobre la cancha. Es más: con estas fotos un iniciado no tendría forma de enterarse de que se disputa un partido de fútbol.
Ibarra voltea hacia lo que sucede afuera—que me parece más interesante—: el lado del fútbol que es ritual, que es institución, que es tiempo robado al imperativo de productividad. Por noventa minutos, el aficionado y el asistente casual se adentran en una temporalidad extraordinaria. El cambio está bien medido: habrá un marcador al principio y un marcador al final, pero lo que pasa en medio no se puede definir fácilmente. Es el territorio de la ceremonia y el ritual. Lo único que cuenta es actuar, de manera que por algún artificio—porque el marcador no lo puede afectar un aficionado—la cosa juegue a nuestro favor.
Lo que está en juego en un partido de fútbol es más de lo que parece. Es el acto mismo de negar y al mismo tiempo afirmar nuestra rutina, de romper el tiempo ordinario para asistir a una ceremonia en que, fuera de lo que se puede predecir, el resultado será completamente nuevo: el marcador dirá algo, pero la combinación de jugadas, de goles y los momentos en que ocurren, de fouls y de tarjetas es completamente única. Todos los partidos tienen una duración de noventa minutos—y un poco más—, pero después de cada uno nos reconocemos cambiados.
El sociólogo Émile Durkheim postula que la religión es, esencialmente, una institución humana para la cual no es necesaria la divinidad. En esencia, la religión es para Durkheim una comunidad que se reúne para generar una efervescencia colectiva: un estado emocional y de energía en el que se deposita sentido sobre un objeto o una ceremonia y ese sentido fluye de regreso, cohesionando a la comunidad y renovando su propósito. El estadio genera exactamente eso.
Todos los que hemos estado en uno en este continente lo hemos sentido: en el momento en que empieza la porra, los gritos al jugador o al árbitro, ya no somos un individuo sino un miembro de un cuerpo colectivo que se empeña en convertir la expectativa en algo productivo, que arriesga su energía emocional y física para producir, al final, una catarsis. Ibarra captura ese frenesí: el brinco, el grito con la masa, el insulto al jugador. Una actitud que no es en sí productiva, pero que es también el conducto para sacar, como en cualquier otro ritual, energías violentas e improductivas que de otra forma están atoradas.
En el mundo seglar, el deporte es uno de los últimos reductos donde esto es posible. Hace unos años, en el Estadio Azul, escuché a una mujer muy decente describir al fútbol como su psicólogo, justo después de amenazar de muerte al árbitro. Nadie se sobresaltó. Es lo que se hace en un partido.
Y como es siempre en México, en cualquier ritual que organiza la vida social, hay en todo momento la producción inagotable de imágenes, de iconos y objetos que canalizan este acto. La mascota costalito—el saco de cemento que reemplazó hace unos años al conejo—se ha vuelto un gran depósito de sentido y de las energías de ser aficionado del Cruz Azul. A esto se suman los juguetes, las playeras, las gorras: una ingeniosa economía local que se mueve alrededor del partido y lo convierte en fiesta, en ceremonia, en el evento en el que todos tienen un lugar. El sentido no fluye solo desde la cancha hacia las gradas, fluye en ambas direcciones, e Ibarra lo reconoce.
Sin más, les dejamos las imágenes.















