El costo local de la prosperidad comercial
Cuando tenía 10 años, pasaba mis días en la playa de Manzanillo, esnorqueleando y explorando la vibrante vida que yacía bajo del mar. Arrecifes de coral, mantarrayas, langostas y erizos de mar cubrían el fondo del océano. El agua estaba tan llena de vida que mis padres me pedían que usara zapatos de agua.
Hoy, diecisiete años después, todo lo que queda es nostalgia.
En parte, es un tema económico. El Manzanillo de mi niñez no era solo un paraíso natural, también era un centro clave de comercio con Asia. Un puesto que aún mantiene y promueve. Desde 2013, se han invertido miles de millones de pesos en expandir su puerto, convirtiéndolo en uno de los más importantes de América Latina. Tan solo el pasado noviembre, la presidenta Claudia Sheinbaum anunció una expansión de cincuenta y cinco mil millones de pesos para aumentar su capacidad a diez millones de contenedores por año, con el objetivo de posicionarlo entre los quince puertos más grandes del mundo.
Al principio, estas inversiones parecían una promesa de prosperidad. Después de todo, como economista, he aprendido que la infraestructura trae empleo y crecimiento. Pero para los residentes de Manzanillo, esa promesa sigue sin cumplirse. Mientras que la economía de Colima, el estado donde se encuentra el puerto, ha crecido solo un 1.3% anual desde 2013, los verdaderos ganadores de la expansión portuaria son las empresas que mueven mercancías a través del Pacífico, no los locales que tienen que vivir con sus consecuencias.
Nuestras carreteras ahora están atestadas de camiones de carga que transportan materiales peligrosos. Lo que antes era un viaje relajante a la playa, ahora es una batalla estresante contra tráileres de doble remolque. El turismo, que solía ser una parte importante de la economía de Manzanillo, ha colapsado. No solo en números, también en lo personal. Mis amigos tuvieron que cerrar su tienda de buceo porque, en un puerto cargado de buques,ver siquiera un pez es mucho pedir. Los desechos tóxicos, la contaminación auditiva y el tráfico constante de barcos han devastado el ecosistema que hacía de este lugar algo especial.
Pero esto no es solo una tragedia ambiental. Es una historia de promesas vanas y riqueza desigual. Los beneficios económicos prometidos a Manzanillo no han llegado a su gente. La mayoría de los nuevos empleos creados por el puerto son de bajos salarios o temporales, mientras que las mayores ganancias van a empresas nacionales e internacionales. Mientras tanto, el aumento de los precios del suelo, impulsado por el desarrollo comercial, hace que cada vez sea más difícil para los residentes hacer negocios en su propia ciudad.
Los pescadores locales—que alguna vez fueron una comunidad próspera—han luchado por sobrevivir mientras la contaminación agota los cardúmenes. Muchos han abandonado el oficio por completo y se ha vuelto común que los restaurantes de Manzanillo importen sus pescados y mariscos de la central de abastos de Guadalajara.
Podría pensarse que los ingresos del puerto, que superan los dos mil millones de pesos al año, podrían ayudar a solucionar estos problemas. Pero cada peso que se gana va directamente al gobierno federal, dejando a Manzanillo solo ante las consecuencias.
Mientras tanto, puertos como Róterdam, Los Ángeles y Singapur reinvierten parte de sus ingresos para reducir la contaminación, mejorar la infraestructura local y apoyar a sus comunidades. En 2024, por ejemplo, el Puerto de Róterdam inició la construcción de una red nacional de hidrógeno con el objetivo de proporcionar acceso a energía verde a las zonas industriales de los Países Bajos. Por su parte, a través del Programa de Subvenciones para Inversión Comunitaria, el Puerto de Los Ángeles crea oportunidades de financiamiento para eventos, programas y proyectos que benefician a las comunidades cercanas al puerto.
Aquí, me pregunto: ¿Por qué Manzanillo debe sacrificarse por el crecimiento comercial del país cuando estas ciudades demuestran que hay una mejor manera?
El impacto ambiental es innegable. Estudios han demostrado que puertos industriales como el de Manzanillo aumentan la contaminación del aire y del agua, lo que provoca enfermedades respiratorias, contaminación de las especies marítimas que habitan en sus aguas y daños ecológicos a largo plazo. Según informes de calidad del agua emitidos por el gobierno de México, las condiciones del agua en Manzanillo no cumplen con los niveles estándar para garantizar la salud de sus ciudadanos. La presencia de bacterias en el agua es 242 veces mayor que el límite máximo permitido, lo que hace que el mar donde antes jugaba de niña ya no sea apto para la vida acuática ni para actividades pesqueras. Aun con tanta evidencia, existen pocas regulaciones para limitar más daños.
No tiene que ser así. El gobierno debe asegurarse de que el puerto de Manzanillo comparta sus ingresos con la ciudad para financiar infraestructura sostenible y medidas de control de contaminación. Además, se deben hacer cumplir leyes ambientales estrictas para limitar los desechos tóxicos, regular las emisiones de los barcos y proteger ecosistemas marinos.
Si Róterdam y Los Ángeles pueden hacerlo, ¿por qué nosotros no?
Tal vez nunca recupere el Manzanillo que conocí de niña, pero aún no es demasiado tarde para cambiar su rumbo. Podemos construir un futuro en el que la prosperidad comercial no tenga que venir a costa de nuestro medio ambiente ni de nuestras comunidades.
Al invertir en prácticas más limpias, apoyar el bienestar de las comunidades locales y establecer regulaciones que prioricen la sostenibilidad sobre las ganancias a corto plazo, podemos proteger la belleza natural que alguna vez definió a Manzanillo y asegurar que prospere para las generaciones futuras.
Este texto fue escrito por Paulina Peralta para Perpetuo. Paulina es economista por el ITAM y estudiante de políticas económicas en la universidad de Columbia. Cuenta con experiencia en servicios de consultoría e investigación en materia energética.



