El ejercicio de mirar de forma consciente
de Armando Maravilla
A modo de prólogo
de Tomas Lemus
Lo que busco en los fotógrafos no es su capacidad de producir fotografías bellas, sino su capacidad de exponer una mirada: una forma creativa de mirar el mundo, a través de la cual descubrimos algo y en el proceso obtenemos herramientas para generar sentido.
La mirada de Armando Maravilla es arqueológica, invitándonos a descomponer la ficción de la ciudad en sus capas esenciales. Su atención visual nos orienta a la temporalidad que es inherente a las imágenes estáticas, y a descubrir su huella en el espacio construido, a representar otra imagen sobre la que vemos: la de un antes.
Ignoren de qué ciudad se trata. Para algunos esto será fácil. Los oriundos tendrán que hacer un esfuerzo. No hay nada, o casi nada, de qué apoyarse. Podría ser cualquier ciudad. No vemos más que edificaciones. Algunas en plena decadencia, otras aún con huellas más recientes de habitación. Empero, todas las fotografías nos revelan lo mismo: el diálogo, a veces invisible, que sostiene el espacio construido con la temporalidad.
Lo que es más difícil de ignorar: que una ciudad está construida, que es tecnología, y que sus elementos más básicos son edificaciones que fueron levantadas una a una, creando un espacio, que luego es habitado. La ciudad moderna es totalizadora, es densa, es amplia, y nos impone una visión de ella como una segunda naturaleza, como una capa ontológica que habitamos, un ecosistema análogo al bosque, a la selva, al desierto.
En La producción del espacio, Henri Lefebvre propone una tríada espacial. Para Lefebvre, el espacio social —el espacio que existe por consenso— tiene tres capas: la práctica espacial, compuesta de rutina, movimiento físico y una red de nodos que conectan todo; es la experiencia tangible y material del espacio, formada por la manera en que actuamos sobre la ciudad. Las representaciones del espacio son las abstracciones de la ciudad, su conceptualización, su potencialidad; se encuentran solamente en planos, en mapas, en diseños. Entender la ciudad de esta forma le imprime orden, control, planeación. Finalmente, tenemos los espacios de representación: cómo la ciudad nos habla, de qué forma nos la representamos, la imaginamos, y qué símbolos e imágenes nos hacemos de ella.
Los espacios de representación a veces nos eluyen, o se transforman para nosotros, al estar completamente sumidos en lo que Bolívar Echeverría llama la densidad o intensidad de la experiencia urbana. La práctica espacial cotidiana nos conduce a experimentar, más directamente, lo intenso del fenómeno urbano—fenómeno que es indisoluble de los modos de producción que le dan lugar—Y en esta espiral de producción, de movimiento, y de rutina de pronto la representación que nos hacemos del espacio suprime su profunda temporalidad y su carácter de espacio construido, a través del tiempo.
Lo que hacen las imágenes de Armando, a mi parecer, es forzar esta pausa, fracturar de pronto esta práctica espacial y tornar la mirada hacia el espacio construido en su forma más pura: entender los elementos de los que está hecho, darse cuenta hasta qué punto la ciudad es tecnología, herramientas, bloques de naturaleza convertidos en algo más que esconden naturaleza detrás y —lo más importante— que sufren el pasar del tiempo.
La ciudad, como organismo, guarda tiempo, y este tiempo se revela en sus espacios construidos, que poco a poco exhiben la sedimentación de un habitar dinámico y en constante cambio. Plasma la entropía que, como a cualquier otro organismo, la descompone, degrada y transforma.
El ejercicio de mirar de forma consciente
de Armando Maravilla
El ejercicio de mirar conscientemente la ciudad se ha vuelto, para mí, una parte esencial del día a día. Como cualquier práctica, requiere entrenar el ojo para reconocer las distintas capas que conforman los espacios urbanos. Algunas se distinguen con mayor facilidad (colores, texturas, formas), otras implican comprender la historia del sitio, el ecosistema en el que estamos emplazados o las expresiones culturales que lo atraviesan.
Cuando empecé a estudiar arquitectura de paisaje aprendí a ver los espacios de manera más consciente; sin embargo, fue en la práctica donde entendí que podía generar archivos de información visual capaces de contar una historia.
La rutina diaria, el bombardeo constante de información y la prisa de la ciudad nos han cegado, de alguna manera, frente a lo que está frente a nosotros. La importancia de detenernos y hacer una pausa para leer la ciudad radica en comprender los espacios que habitamos, y desde ahí pensar cómo preservarlos, restaurarlos o mejorarlos.
En resumen, todos estos registros me han permitido construir una colección amplia de lugares, momentos y memorias. Hoy, observar es parte primordial de mi trabajo: una búsqueda constante por descubrir nuevas expresiones que emergen ahí, en los espacios que todos transitamos.
Este foto ensayo es de Armando Maravilla. Puedes seguir el trabajo de Maravilla en el siguiente enlace:















