El ensayo está muerto
Cartas al editor #5
He llegado a la conclusión que el ensayo ha muerto. Quizá, en nuestro idioma, no llegó, siquiera, a dar sus primeros pasos. Me pregunto si se le puede hacer nigromancia; me pregunto qué implica para nuestro idioma.
Verán—prometo llegar a la pregunta de la semana; pero ocupo algo de contexto—. En las últimas semanas, han llegado decenas de aplicaciones a Perpetuo. Diría cientos, pero mi certeza no es tan grande—debería medirlo mejor, pero se me van los días—. Solo sé que, ahora, todas las mañanas, dedico una hora entera a catalogar los envíos y asignarlos a los editores correspondientes antes de leerlas y comentarlas.
Hasta hace poco, pensaba que esto era un trabajo manual y tedioso que permitía el trabajo genuino de Perpetuo: considerar textos, editarlos y, eventualmente, publicarlos. Ahora, me parece una parte tan digna como las demás. Es gracias a ella que, en estas semanas, Perpetuo se ha vuelto un órgano del español y, esas vías por las que nos mandan textos, son las venas que mueven la sangre literaria. Así que, por ende, la hora que dedico cada mañana a la organización se asemeja a poner el dedo sobre la muñeca y encontrar el pulso del idioma. Lo que es más importante, el pulso de los escritores jóvenes—quienes, en unos años, llevarán el español a su siguiente forma—.
Como parte del ritual, clasifico los textos en cuatro cubetas: poemas, ensayos, cuentos y “otras vainas” para todo lo que no encaje en estas categorías artificiales. Al hacerlo, me he percatado de un patrón indiscutible. Solo hoy, subí más de veinte ensayos y unos diez cuentos. Ensayos, hubieron solo dos. Uno de ellos, más bien, eran unos monólogos literarios que enviaron como poesía. Así ha sido desde que inició Perpetuo. Mucha poesía; mucho cuento. Casi nadie escribe ensayos.
Toca limitar culpas. Es probable, dirán algunos, que hayamos dado prioridad a grupos literarios; gente que está más dispuesta a la poesía y al cuento. No estoy convencido. Ya son más de mil gentes que se han suscrito a esta revista—antes, sueño guajiro—; están en cuarenta y cinco países distintos. Hay miles más que la leen. Otros que saben de su existencia. No hemos empujado la revista en grupos literarios. Si algo, hemos pecado de académicos y de politólogos—el público idóneo para el ensayo—. Pero tampoco estoy convencido que eso mueva mucho.
Semana con semana publicamos crónicas, cuentos, poemas y ensayos. Semana con semana, se leen por igual. Y, aun así, no nos llegan a la par. La gente no escribe ensayos. Al menos, eso me dice el pulso que tengo sobre las venas de Perpetuo. Es un pulso tenue, como si diera sus últimos respiros.
Envié esta idea al grupo de editores. Tomás, quien lleva poesía, contestó “creo que es mala señal para la sociedad”; el tema es entenderlo.
Le atribuyo a esta muerte a dos fuerzas que complican toda respuesta a la cuestión. La una, global, es que el ensayo es el género más ubicuo y, por ende, detestable de la literatura. Mientras que la poesía y el cuento son, por lo general, tareas de una o dos veces en la carrera académica promedio, los ensayos son ubicuos. Se han vuelto en la moneda transaccional de la educación contemporanea. Por esto mismo, ha de vérsele con traumas escolares y cierto resentimiento. Se le entiende como el género que se lee en la escuela por obligación y se escribe para pasar la materia.
Por eso mismo, he de decir, se ha vuelto en el subtipo literario más estudiado. Tanto como para que profesores al por mayor se atrevan a sugerir una fórmula genérica para su creación con una introducción, unos párrafos de sustento y, al mero final, la conclusión. Peor aún cuando se aplica esa misma idea al párrafo. Lo que se crea son textos que no vale la pena leer en su totalidad; basta con leer las primeras oraciones; la introducción y el final.
Y lo entiendo, en parte. Aunque me parece un error garrafal. Uno que viene de bastardear su propósito. El primero en escribirlos, Michel de Montaigne, tenía todo menos estructura. Por algo los llamó, en su natal francés, essais, porque son ensayos, en ese sentido de la palabra que hoy reservamos al teatro; intentos, pues. Es el tomar una idea o un objeto y batallar con ella. Si la poesía se construye de emociones y los cuentos de historias, el ensayo es la forma literaria de la idea. Por ello, conjeturo, se usa tanto en las escuelas donde se evalúa el pensamiento en lugar de la creatividad para contar o la capacidad de sentir. El ensayo se arma de ideas; la escuela las evalúa. Con los años, se estructura y se pierde ese intento inicial tan loco por contar lo que se entiende de una idea. Entiendo por qué se ha desvanecido.
La otra razón para la muerte, es el español mismo. Por más que quiero buscarlo, no somos lectores de ensayos por convicción. Tenemos pocos autores que se han consagrado en el género. Octavio Paz es el candidato más obvio. Borges se negó a llamarlos por ese nombre y, en su lugar, los bautizó como “inquisiciones”—insoportablemente Borges el gesto—. Pero no tenemos autores que hicieran solo ensayos y que, con ellos, llegaran al estrellato. No hay Joan Didions como en el inglés; no hay un Elias Canetti. En su lugar están Gabo y Fuentes; Garro y Pizarnik. Mucho novelista y poeta.
Así, en un principio, lo pienso. El español no ha sido tierra de ensayos; la educación los ha ido matando. Tengo esperanza que otros se atrevan a escribir más y mejores intentos; que vean al ensayo con la misma creatividad que un poema. Que, en cien años, se vea al español como la tierra del ensayo tanto como de la novela o la poesía. Para eso, al menos, estamos nosotros. Para eso, al menos, está Perpetuo.
El pulso es débil, apenas lo siento. Pero hay un pulso. La cuestión es revitalizarlo.
JL Sabau es el editor general de Perpetuo. Puedes escribirle una carta presionando el siguiente botón:




