El español como acto rebelde
Sobre la traducción de David y Constantino de Death to the Bullshit Artists of South Texas
Quizá, los libros no se acaban cuando el autor corrige la última coma, guarda el archivo y lo manda a su editor sabiendo que la imprenta es inminente y sus intentos de cambios serán relegados a ediciones posteriores. Quizá no terminan aún cuando ya han sido impresos, empaquetados y distribuidos a las distintas librerías de un país para encontrarse con lectores o, por lo menos, verlos pasar delante suyo. Quizá, tampoco se acaban cuando uno los compra, los lleva a casa, los lee, los anota y los deja en un librero con la vaga esperanza de leerlos de nuevo o, por lo menos, de observarlos con la nostalgia de lecturas pasadas. Quizá, y acá mi propuesta, se acaban muchos años después, cuando su misión, explícita para el lector, se cumple; su objetivo se concreta.
Así pasa con la obra de Fernando A. Flores y sus crónicas en Death to the Bullshit Artists of South Texas. Solo ahora, tantos años tras su escritura, me atrevería a decir que están completas. Y si lo están, es porque Elías David y Dámaris Constantino las tradujeron al español en un acto de justicia a su esencia rebelde.
Pero, para explicarlo, debo explicar primero el método al que me refiero y la manera en que cambia nuestro entendimiento de las obras; de lo que significa llegar al entero.
La teoría, en sí, es sencilla. Implica que el libro es un proyecto más que un objeto. Los objetos terminan una vez está completa su forma física; los proyectos, cuando se cumplen. Esto implica que, como todo proyecto, el libro tiene objetivos y que, esos objetivos, a su vez, deben realizarse. Solo cuando se completen es que se da por finalizado el libro.
Implica, a su vez, lo anterior, que los libros pueden fracasar. Y sí, ese es el caso. No es algo bueno o malo; solo una observación que tantos libros, como proyecto, terminan en el fracaso. Lo obvio sería hablar del Manifiesto Comunista o, incluso, de La teoría de la justicia. Pero no tenemos que irnos a la filosofía política—siempre idealista—; pasa lo mismo en la literatura.
Para ello, hay que entender la esencia del libro en sí; lo que quiere lograr. Si pensamos que las palabras escritas son testimonios de un mundo que no existe—o por lo menos, la visión de una persona de ese mundo—, será que ellas nos guíen a su misión. El Quijote, entonces, es una oda a la rebeldía en un mundo donde ya no hay caballeros; temo que, en estos años de trabajos de escritorio, no logra inspirar a una nueva generación de hidalgos. Madame Bovary, a su vez, es una señal de precaución ante el enamorarse de fantasías; y, tal vez, por los motivos contrarios al Quijote, es que logra su objetivo.
Lo anterior, claro, es subjetivo. Eso igual tendrá su encanto y abre un gran debate sobre el propósito de las novelas y quién puede definirlo. Hasta que se salde, me autoproclamo como capaz de discernirlo y volveré a la obra de Flores y sus músicos.
El libro es, en sí, un compendio de historias que me siento tentado a comparar con esa frase de “cinco minutos de fama”. Habla de varios artistas afines al sur tejano y cómo, en sus carreras, llegan a unos momentos efímeros de grandeza. En algunos casos, Flores continúa la historia hasta después de su clímax y te deja ver cómo el orden vuelve al paisaje tejano. En todas, hay un acto de rebeldía que parece indescifrable para el lector pero, para sus artistas, es un orden perfecto y entendible. Es el de lograr burlarse de un político local aún si termina ganando las elecciones, o dejar un disco a medio grabar. Es un acto que le queda claro solo a quienes lo perpetúan y que, a los demás, nos parece una ruptura clara de la norma. A eso lo llamo rebeldía. A tomar lo esperado y negarlo; a rechazar lo establecido en busca de algo mayor. En este caso, la música.
Por eso mismo, ahora que leo, por segunda vez, las palabras de Flores y que, esta ocasión, lo hago en español, siento que el libro está completo. Por un lado, claro, por volver el idioma a Texas; mismo que hablan tantos de sus personajes. Pero también por el acto tan radical de negarle al inglés historias que pasaron en su territorio. Lo mismo que diría de encontrar un libro de la misma esencia en español traducido, después, al inglés. David y Constantino toman esos actos que, para el mundo que lee el libro, son indescifrables y los llevan a un paso todavía más lejano; traerlos a otro idioma que, en verdad, sería indescifrable para partes de la sociedad que critica el arte que Flores describe.
Ahí la esencia se completa; el objetivo se realiza. Death to the Bullshit Artists of South Texas es, finalmente, Muerte a los pinches artistas del sur de Texas. Tiene el mérito de usar un adjetivo que intensifica y evidenciar el plural que en el inglés se oculta. Pero, más importante, logra que la esencia rebelde de la obra tome una nueva dimensión; una dimensión lingüística. Ya no se entienden los artistas del sur de Texas con muchos de sus detractores; ellos, en su mayoría, siguen entendiendo la rebeldía. Nosotros, la audiencia, la recibimos en traducción; la entendemos aproximándonos pero sabiendo, a su vez, que no la digerimos del todo. Y quizá, solo quizá, ese es el punto. Es el raro momento en que un libro logra su objetivo aún si ese objetivo es perderse todavía más y hacerse indescifrable a la sociedad; hacerse claro solo para sus pinches artistas del sur tejano.
Cuando Fernando A. Flores escribió sus crónicas de un arte efímero, escogió el inglés. Cuando David y Constantino las tradujeron al español, las terminaron.
JL Sabau es el editor general de Perpetuo. No le gustan las biografías.




