El fracaso como poética
En el siglo anterior hay varios casos de escritores que, durante su vida, escribieron un diario personal
En el siglo anterior hay varios casos de escritores que, durante su vida, escribieron un diario personal con la conciencia o el deseo de algún día publicarlo (el de Ricardo Piglia, por ejemplo, el de Mario Levrero). Esta manera de escribir un diario es contraria a la del diario clásico, por llamarlo de algún modo. Esos en que, históricamente, se han encontrado tras la muerte de su autor, entre sus papeles, y que después se hace un trabajo de transcripción. Tolstói, por ejemplo, llevaba dos diarios; el primero de ellos lo escribía con la conciencia de que alguien lo iba o lo podía leer eventualmente y el segundo, más secreto, más íntimo, lo escribía, digamos, escondido, con el genuino deseo de que nadie nunca lo leyera (este es el caso, también, de los diarios de Pizarnik o Kafka, por ejemplo). Para decirlo en una frase, en la primera forma de escribir un diario personal se piensa en un lector y en la segunda, en el diario clásico, no. Me parece que esa diferencia lo cambia todo, determina literariamente el resultado final del texto.
Hay tres cosas básicas que se me vienen a la mente de los diarios personales que se escriben con el deseo de algún día publicarse; la primera es que, quien lo escribe, va corrigiendo las entradas que escribe, es decir, el texto final es un texto editado. La segunda es que hay una voluntad de estilo, una intención estética. La tercera es que, en general, quien escribe un diario personal en esos términos es aficionado a leer diarios personales de otros escritores, de modo que, consciente o inevitablemente, hay una intertextualidad. Los diarios de Piglia, por ejemplo, no existirían sin los de Pavese—y los de Ribeyro, que pronto nos conciernen, sin los de Amiel—. En estos casos, el diario personal no se trata, entonces, de vaciar solamente la experiencia, los pensamientos, las lecturas en un cuaderno, sino que hay una intención de escribir un artefacto literario, como un poema o un cuento, y lo autobiográfico es sólo la máscara, la materialidad del texto, pero no lo realmente importante, sino que hay niveles subterráneos, cosas no dichas pero que palpitan en el fondo y que se expresan con el disfraz de la cotidianidad.
En la primera página de los diarios de Ribeyro hay una nota escrita por él, que dice: “Mi afición a los diarios íntimos data de muy temprano, desde que a los catorce o quince leí el de Amiel […]. El libro me apasionó y a partir de entonces leí cuanto diario cayó en mis manos […]. Con el tiempo logré reunir una apreciable colección y me convertí, si no en un erudito, en un buen conocedor de la materia.” (pág. 01). Esta nota la pudo haber escrito igualmente Piglia o Levrero. Estos escritores, lejos de usar el diario personal como desahogo, lo escriben como uno de sus proyectos literarios, muchas veces el más ambicioso. No sería imprudente decir que, al menos en Piglia y Ribeyro, sus diarios personales son el libro más importante de su obra.
En La tentación del fracaso—la colección de diarios de Ribeyro—hay, me parece, dos temas principales, que se repiten a lo largo del libro. La reflexión sobre el fracaso, por un lado, y sobre la enfermedad, por el otro; a su vez, estos temas se conectan: el fracaso está determinado, en parte, por la enfermedad. Ribeyro se identifica con el escritor fracasado, enfermo, para escribir. En la entrada del 28 de octubre del 77 escribe:
Todos o casi todos los escritores de mi generación han escrito su gran libro narrativo, que condensa su saber, su experiencia, su técnica, su concepción del mundo y su literatura. Vargas Llosa, La casa verde; Roa Bastos, Yo el supremo; Carlos Fuentes, Terra nostra; Goytisolo, Recuento; García Márquez, Cien años de soledad; Donoso, El obsceno pájaro de la noche, etc. […] La obra vasta y compleja, densa y sinfónica, está fuera de mis posibilidades. […] En suma, nada importante he hecho, tres novelitas, cada vez menos convincentes, casi un centenar de cuentos y otras cosas menores. Nada de eso me permitirá permanecer, durar. Jugador de tercera división, algunos me vieron alguna vez hacer una jugada maestra y meter un magnífico gol. Algunos, luego, me olvidaron. (pág. 583).
No sé cuánta ironía hay en esta entrada; no sé si realmente Ribeyro creía que era un jugador de tercera división o si, más bien, el párrafo es una velada declaración de principios literarios. No importa. Lo importante es que, al igual que los grandes novelistas que citó, Ribeyro permanece entre nosotros; en otro sentido, sí, pero igual de relevante. No la obra vasta y compleja, sino la fragmentaria y mínima; no lo extraordinario sino lo ordinario. No la utopía o distopía sino la cotidianidad; no otros mundos sino el nuestro—el mundo mediocre que se mira a través de la ventana de un departamento, el gris, antes que el rojo, el azul o el amarillo, la fragilidad antes que el vigor—; la enfermedad, el fracaso como poética.
Muy pronto en el libro, Ribeyro manifiesta sus problemas de salud. Poco a poco el peruano fue encerrándose, viviendo una vida sedentaria, comiendo extremadamente poco, con problemas de insomnio, vomitando, en ciertas épocas, todos los días. El 27 de mayo del mismo año de la entrada citada anteriormente, dice: “Cada noche me muero un poco. La muerte no es un acto sino un proceso. Cada levantada para vomitar, cada ida al baño o a la cocina para prepararme un remedio, cada insomnio de una o dos horas son mis cuotas nocturnas de muerte que voy almacenando y me van minando, comiendo.” (pág. 535).
El último año de La tentación del fracaso es 1978. Sin embargo, Ribeyro escribió su diario veinte años más. Esos papeles existen, inéditos, sin corregir. El peruano sobrevivió a la enfermedad, a pesar de que sentía, todo el tiempo, que en cualquier momento podía morir. Ese sentimiento, que lo hizo vivir una vida que transcurrió principalmente en pequeños departamentos, siempre con problemas financieros, siempre con la sensación de no poder terminar sus proyectos, determinó su estilo, esa poética del fracaso, que lo convirtió en un escritor único, de primera división y profundamente actual.
Este texto fue escrito por Alex Adame para Perpetuo
La ilustración es de Ernesto Testi



