Hay quienes escriben sobre personas y sobre personajes. Lo hacen con biografías, en libros de Historia o textos académicos que repiten una y otra vez lo que ya sabemos. Recapitulaciones y más recapitulaciones; resúmenes de lo mismo ligeramente distintos. Pero también hay quienes, a través de la escritura, viven esa vida de las personas y de los personajes que tratan. Las viven, haciendo de algo que —pareciera— ha perdido novedad, algo auténtico.
Eso lo tuve claro con Juana Libedinsky al terminar su libro Queremos tanto a Jane, una recopilación de ensayos donde la afición de su autora hacia Jane Austen permite entender el impacto de una vida vivida hace más de doscientos años en las vidas vividas que le siguieron. Que siguen.
Para quienes son principiantes en la lectura y entendimiento de la escritora británica, y que incluso sienten cierta indiferencia hacia ella por distintas razones —entre gustos y prejuicios—, el acercamiento de Libedinsky motiva no sólo a dar una nueva oportunidad a la inmersión austeniana —que, de mi lado, será por medio de Mansfield Park—: motiva también a hacerlo desde los ojos de esa vida suya vivida alrededor de interpretaciones de la vida vivida por Jane Austen, tan distinta a la vivida y narrada por ella.
(Hace no mucho, practicando el autoflagelante scrolling, di con una publicación; criticaba, reproduciendo un diálogo en un meme, que la gente pregona cómo ya no hay nada interesante sobre qué escribir. En realidad, dice, no es que sea así: si no se aborda algo con interés, es porque se confunde temática con mirada. La mirada es única. La mirada está fundamentada en los límites de la experiencia: la de Libedinsky nace de la lectura de Jane Austen, pero no se manifiesta hasta que se pierde en el horizonte. El horizonte: aquello que la lectura no permite vivir en lo próximo, pero sí en una lejanía que imagina suya. He ahí la mirada.)
En los capítulos que conforman Queremos tanto a Jane, el fantasma de la escritora británica no es mero espectador: es participativo, entra en la voz con acento argentino narrando anécdotas de su persona en lugares jamás visitados por ella, como lo son las calles bonaerenses o las de Nueva York entre los siglos XX y XXI. Esto transmite con ánimo sociológico Libedinsky —si entiendo bien y no fanfarroneo como noble inglés de la época georgiana—: si algo mantiene vivo al fantasma de Jane Austen, es el espacio para su voz en las voces de sus miles de admiradores alrededor del mundo y a través de los siglos: desde fanáticas en la India hoy día, hasta Churchill, enfermo, pidiendo que le leyeran Orgullo y Prejuicio para pasar el malestar. Citando y parafraseando por igual a la autora argentina: antes de cualquier Trekkie, antes de cualquier Potterhead, antes de cualquier Swiftie, estuvieron los Janeites. Agregaría que, por su resiliencia, cuando esos fandoms ya no estén, los Janeites seguirán.
Hay algo que no quiero dejar escapar antes de concluir esta honesta reseña. Pueda, también, la resuma. Trata a partir de un pequeño spoiler que haré al epílogo de Libedinsky-Austen —el cual puede leerse en Perpetuo—, y al cual cito con una cita hecha a Michael Kramp: «El fenómeno Jane Austen está explotando en todo el mundo con este gran aniversario [250]. Pero las mejores historias están viniendo de miradas que no provienen del mundo anglosajón. El futuro no es en inglés. Esas historias ya se contaron.»
Eso es lo que perdura en mi lectura. El futuro no es en inglés. Ni el de todos ni el de Austen.
La lengua inglesa es indispensable para la relación empresarial, no cabe duda. También lo es para el turista. Pero las nuevas historias son migrantes: de quienes llegan, de quienes se van. De quien lee una traducción del inglés original en Buenos Aires o quien lo hace del español original en Nueva York. Las hay, también, migrantes dentro de sus propios territorios. Esas historias están siendo contadas: muchas de éstas, desde la comunidad hispanohablante; alguna, quizá, con una Janeite tras bambalinas, como inspiración. Una de ellas, seguro, por Juana Libedinsky.
Alonso Millet es escritor y editor en Perpetuo. Quiso ser pirata: terminó jorobado, con lentes y entre garabatos. Le gustan las biografías. Fantásticas y eróticas nomás.




