El gran generalizador
Notas sobre el PRI
Ha tiempo que he sospechado de mi nacionalidad como una gran homogeneizadora de la historia. Mientras más lo pienso, más me convenzo de la certeza del argumento. Los mexicanos pecamos de simplificar períodos largos del recuerdo, hasta que son solo palabras contadas en un libro del colegio; esas fáciles de olvidar tras los exámenes reglamentarios y que ocupan, apenas, un par de frases vanas en discursos de gobierno. Si ahora escribo del tema es porque, ha poco, me he percatado que nuestra fuerza generalizante actúa con mayor premura de la que anticipaba; porque inicio a notar el pasado cercano como un machote y que el PRI—ese eterno dinosaurio—ya no representa más que unas letras cuyo acrónimo ignoramos.
Mi crisis es, concretamente, la del partido hegemónico mexicano; ese que se niega a morir a pesar de los mejores esfuerzos de su dirigencia por acabarlo. Aquel que se gestó en los años después de la revolución, que mudó sus pieles de militares a licenciados y que diseñó la nación que conocemos a golpes certeros. De ese PRI, de sesenta y cuatro presidentes y cientos de gobernadores—ese partido que permeaba más profundo que el agua al subsuelo—; de ese hegemón, que encuentra su rival en la conciencia del pueblo que gobernaba, de ese es que escribo.
Sospecho que el PRI se encamina a las mismas fuerzas que hacen de la colonia un borrón en nuestros recuerdos. Una mancha difusa que entendemos su lugar en las hojas de un cuaderno—incluso, que distinguimos los contornos de su palabra—pero cuyo significado preciso hemos olvidado. Se ha vuelto un espacio contiguo; un principio y un final con un medio indescifrable o, peor, cuyo descifrar nos interesa en lo más mínimo.
Son varios los períodos de nuestro tiempo relegados a esa indiferencia. De los mayas de Palenque, por ejemplo, sabemos los nombres de sus reyes; de los mexicas, también el de los tlatoanis. La colonia se gestó en virreyes y los años tras la independencia en un desfile de presidentes (interrumpido por Santa Anna). Eso no detiene al mexicano de hacer que Palenque sea un pueblo maya, los mexicas sean sus últimos emperadores, la colonia un suceso y la infancia mexicana, una serie controlada de guerras. Sacamos la goma y borramos las puntas de grafito; quitamos el texto minucioso del ayer.
Ahí sigue, eso es crucial. Podemos leer de virreyes o de Octavio Paz quejándose de nuestro ignorar. Pero en el colectivo, hay momentos que generalizamos; que abstraemos hasta hacer de ellos en esos conceptos tan enormes que nada dicen, en verdad.
Otros perduran, es cierto; la revolución la recordamos en sus varias etapas; lo mismo con la guerra de reforma. Sabemos que a Maximiliano lo mató Juárez y que a Porfirio Díaz lo exiliaron. También que Moctezuma vio a Cortés de frente y que Hidalgo dio su grito en Dolores. Somos capaces del recuerdo, no hay duda de ello. Pasa que, también, somos adeptos a algo más poderoso que el olvido: la cómoda reducción de lo pasado a una certeza subcutánea cuya existencia es suficiente para seguir con el día.
Al PRI, concluyo, le pasa lo mismo. Le pasa en menores medidas, pero comienza su viacrucis hacia la abstracción. Inician a borrarse las fronteras entre los presidentes—¿el neoliberalismo fue de Salinas o de De la Madrid? ¿Era Adolfo Ruiz Cortines o Adolfo López Mateos?—, hasta que no son más que partes de una misma época enredadiza. Ya no quedan muchas gentes que vivieran el PRI entero y, las que sí, quizá son víctimas del mismo sentimiento.
Cuando hablamos del PRI, hablamos de un bloque contiguo. Hablamos de esa fuerza estatal que une a Lázaro Cárdenas con Ernesto Zedillo; que pone a Díaz Ordáz junto a Salinas de Gortari. Una continuidad que se resume en: «aquel partido que gobernó setenta años» (y, en algunos casos, incluimos ese apéndice complicado del 2012 al 2018). Lo noto cuando hablo con gente de estos años; esa que nació, como yo, cuando el PRI ya era del pasado y cuyo futuro prometía una alternancia incansable de la democracia. También cuando hablo con los ligeramente mayores, cuyo PRI es el neoliberal y cuyos recuerdos parecieran aplicarle las mismas categorías a todos los PRIs que hubo.
Hipótesis tengo pocas—mi objetivo era, meramente, comentar—. Conjeturo que el peso de la democracia y la eventual derrota ha hecho mucho por deshacer los años de catecismo priista. También que, en los años más recientes, se ha hecho la guerra contra el partido desde Palacio Nacional con una voz que unifica al rival como un solo grupo continuo. Algo habrá, a su vez, del vergonzoso papel que hoy desempeña el partido y que obliga al mexicano, mejor, a dejar al dinosaurio en el pasado en lugar de considerar sus faltas en el presente.
O quizá—y a esto me inclino—la historia ha de definirse como el estudio de la relevancia que damos a ciertos tiempos pasados. Dicha importancia será dada por los momentos contados; me atrevo decir, por las estructuras que gobiernen en un momento o los gobiernos que busquen legitimarse. Para el México entero—ese que quiere justificar su existencia—es crucial la Conquista, donde perdemos la libertad, y la Independencia, donde la recuperamos; para el PRI, que se jactaba de heredar el fervor revolucionario, era esencial enmarcar los años de guerra tras quitar a Porfirio Díaz de donde emanaban los aires de grandeza. Ahora, en los 2000s, el PRI ha perdido su importancia. Para la democracia temprana, triunfal, el PRI no era más que una pesadilla concluida; para el PRI retornado, un pasado incómodo que era mejor olvidar; para el México morenista, es un enemigo derrotado. En todas sus formas modernas, ha caído al olvido.
Esto no implica que esas décadas fueran desdeñables para la patría nuestra; que su efecto sobre nosotros es mínimo. Al PRI, parece, le depara el mismo destino que la Colonia: forjar una nación que no recuerda el calor de sus hierros.
Así es mi México. Ese que hace de su historia borrones y trata al PRI como tres letras. Ese es mi México, el gran generalizador.
JL Sabau es el editor general de Perpetuo. No le gustan las biografías.



