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El hedor de la impunidad

Cómo funciona el huachicol

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jul 20, 2026
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Esta crónica fue escrita por Pedro Alonso Benítez. Puedes leer más del autor y sus publicaciones en la biografía que incluimos al final.


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El primer aviso llegó de manera rutinaria, casi banal. Eran alrededor de las siete de la mañana cuando mi celular vibró. Entre el sueño y la vigilia, leí el mensaje de un colega de la ciudad de Puebla:

«¿Que hay una fuga en Cuatro Caminos?», decía el primer mensaje.

Luego de una pausa momentánea, agregó:

«¿Qué sabes?»

El paraje Cuatro Caminos se asienta sobre una loma de uno de los cerros, donde predomina la agricultura de temporal. Está en San Francisco Tláloc, un pueblo enclavado en el municipio de San Matías Tlalancaleca. Forma parte del corredor Tlahuapan–Huejotzingo, una franja territorial que durante años se convirtió en uno de los epicentros del robo de hidrocarburo tanto a nivel estatal como nacional.

Desde 2016, esta región fue escenario de enfrentamientos entre bandas rivales, operativos fallidos y comunidades sitiadas.

Aquí, la ilegalidad no se ocultó: se normalizó.

En años recientes, el robo de combustible de tuberías gubernamentales se ha vuelto una práctica común en México. Tanto así que, en el país, se le ha dado su propio apodo: huachicoleo.

Toma clandestina en la comunidad de San Francisco Tláloc, Puebla, 22 de mayo del 2017. Fotografía: Pedro Alonso Benítez

Desde el 2020, se han registrado más de 110,000 tomas ilegales de combustible en México. En esencia, una persona o grupo delictivo se acerca a una tubería de PEMEX, la petrolera estatal, y genera una perforación. Con eso, abre las puertas al robo de combustible.

Solo en el primer trimestre de 2026, se registraron unas 2,563 tomas clandestinas de combustible en el país y, el año pasado, las tomas resultaron en pérdidas de hasta 1,500 millones de dólares para PEMEX.

Contesté con la honestidad de quien aún no sale del letargo:

«Checo, no sabía».

Ya más despierto, se activó un reflejo que fui dominando a lo largo de estos años de cobertura: el de no caer en los rumores. Escribí de inmediato a un poblador de la zona, una de esas fuentes silenciosas que no aparecen en notas, pero sostienen la información.

La confirmación llegó sin rodeos.

Pedro: ¿Que tenemos fuga en una toma clandestina en 4 Caminos?

Poblador: Desde la madrugada está la fuga, conbocaron para que se acerke la gente

Pedro: ¿Hay presencia de Seguridad?

Poblador: Están los municipales, pero sólo están viendo, lo mismo que los militares y los de Pemex.

No solo había fuga. Había permiso tácito.

Mientras intercambiaba información con el poblador, comenzaron a llegar más mensajes de colegas que querían saber qué pasaba en San Matías Tlalancaleca, el poblado en el estado de Puebla donde llegaban los registros de la toma clandestina. Crecía la incertidumbre, ¿habrá seguridad para reportear? Seguí la conversación.

Pedro: ¿Alcanzo algo? ¿No están agresivos? ¿Qué me recomiendas?

Poblador: Bente en chingaaa, tal vez alcansas algo.

La frase no hablaba de riesgo, sino de oportunidad. En el lenguaje de la zona, «alcanzar algo» no significa llegar a tiempo a cubrir un hecho: significa participar del botín.

La imagen común del huachicol es sinónimo del crimen organizado que azota a México. Grupos delictivos altamente organizados que buscan lucrar a como dé lugar. La realidad suele ser otra. La de un oportunismo entre comunidades olvidadas; un frenesí colectivo para beneficiarse de la toma.

El huachicol no es solo el crimen, es un acto de la comunidad.

Aún dudando de mi seguridad, busqué una segunda confirmación. Contacté a una fuente en la policía local. Había que cubir las bases.

Pedro: Estas en 4 caminos? Que hay una fuga?

Policía: afirma, pero m encuentro en otro tem, pero por radio solicitaron apoyo

Pedro: Están agresivos?

Policía: No sé solo pidieron apoyo.

La ambigüedad era otra señal. Cuando nadie sabe nada, es porque todos saben demasiado. Y contrario a otros mensajes sobre diversos hechos delictivos que me había mandado, estos me alentaban a salir de inmediato.

El hedor huachicolero —ese aroma penetrante a diésel que se impregna en la ropa y la memoria— nos recibió en San Francisco Tláloc, justo en la frontera de Puebla con el estado de Tlaxcala. El viento soplaba a nuestro encuentro; la fuga en la toma clandestina estaba activa.

Resulta irónico —y hasta cruel— que el nombre de esta comunidad, Tláloc, evoque al dios prehispánico del agua. En la cosmovisión náhuatl, Tláloc controlaba lo que brotaba de la tierra. Hoy, en estas mismas tierras donde la milpa fue sagrada y el agua una bendición, lo que emana del subsuelo no es vida, sino combustible.

Si en los códices prehispánicos los tlaloques —servidores de Tláloc— rompían vasijas de barro para liberar el agua que fecundaba los campos, aquí los huachicoleros fracturan ductos de acero para liberar un líquido inflamable que alimenta una economía criminal. La tierra, antes madre, hoy es cómplice forzada de un delito. En esta nueva mitología delictiva, el ducto es una vena abierta y el combustible que brota no es un regalo divino, sino una herida permanente.


Cuando dieron las 7:15 horas, recibí la confirmación de la fuga. Le hablé a mi cuñado—también reportero— para trasladarnos juntos hasta Cuatro Caminos. Es una zona agrícola que, desde hace años, dejó de sembrar solo maíz y alfalfa para cosechar miedo.

Con el huachicol, Cuatro Caminos dejó de ser un simple cruce de brechas. Se convirtió en el ombligo de una herida que no cicatriza. A pesar del frío, tomé mi bicicleta —mi primer medio de transporte— para encontrarme con mi cuñado y trasladarnos en su motoneta Italika, para dirigirnos hacia la Ciudad de México y luego, a la altura del kilómetro 84, desviarnos en el acceso a la exhacienda de Chautla, perteneciente a la comunidad de San Lucas El Grande, del municipio de San Salvador El Verde. Después tomamos la carretera federal México-Puebla. Lo cual hacemos solo por unos cinco minutos. De inmediato, nos desviamos hacia San Matías Tlalancaleca y, de ahí, el camino a San Francisco Tláloc…

Unos 15 kilómetros de tranquilidad se esfumaron tan rápido como los manejamos: al pasar por un campo de béisbol, el aire frío y la soledad de la carretera nos recordaron que estábamos entrando en terreno de nadie.

El tramo de la carretera entre San Matías Tlalancaleca y San Francisco Tláloc está solitario y cualquier hijo de vecina puede aparecer para hacer una desgracia. Nadie se daría cuenta de lo que nos pasara. No era el miedo a encontrarnos con un ladrón, sino al contrario: que los halcones, muchas veces menores de edad, informaran mediante su celular que gente extraña estaba ingresando a su territorio. El miedo al robo es lo de menos cuando desconoces a quién se le está robando.

Aun así, seguimos adelante. La curiosidad periodística pudo más que la prudencia, motivados tal vez por ver a la gente recolectar el diésel de una toma clandestina.


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