De entre todas las muchas criaturas sobre la Tierra que mueren, tan sólo para los hombres es un problema morir. -Norbert Elias, La soledad de los moribundos
Tres meses pasó aquel hombre en el arrecife Los Alacranes, huyendo del terror que le ocasionaban los años sesenta. «Aquí estaré seguro», pensó el primer día, «mejor esconderse un rato a que te desaparezcan para siempre». Las autoridades cubanas no lo encontrarían ahí; ¿quién pondría tanto esfuerzo en seguirle la pista hasta poco más de setenta millas náuticas al norte de Puerto Progreso, en la costa yucateca? ¿De verdad ameritaba tanto empeño su caso? Dudaba. Tenía motivos para hacerlo. Sabía que todo era posible.
No había matado a nadie, ni tampoco conspirado para derrocar al nuevo régimen de Fidel Castro. Simplemente especuló sobre lo que más tarde sucedería: la expropiación de empresas y la pérdida de toda propiedad privada. Carismático y con talento para los negocios, convenció al entonces presidente del Banco Nacional, Ernesto Che Guevara, de que le otorgara un préstamo con valor similar al de todas sus posesiones en Cuba para establecer empresas en el extranjero «A beneficio de la economía insular». Nunca regresó, y no pensaba hacerlo.
La misión salida tomó cuatro años. Durante ese tiempo, el Che marcó cada viernes sin falta al teléfono de su casa en Mérida: «¡Eh, mexicano! ¿Cómo van esas inversiones?», preguntaba, pero era su esposa quien atendía y quien justificaba su ausencia: «Me disculpará por los dos, señor Guevara, pero se encuentra de viaje… Sí, ya sabe, cosas de negocios, usted entenderá; yo le paso recado, con gusto».
Al hombre le caía bien el Che. Sentía que, en otro contexto, podrían ser amigos. En algún momento dudó de sus propias insinuaciones: ¿en verdad sería tan terrible la nueva era cubana? Entonces recordó a Fidel Castro y la desconfianza que le tenía.
Se convenció: de permanecer en la isla, ningún teatrito sería suficiente.
Tras salvaguardar a su familia y patrimonio, formulando para ello un meticuloso plan que les borraba —al menos por un tiempo— toda relación con él, el hombre huyó. Esperaba reprimendas; no podía dejar ni un cabo suelto: le había visto la cara a un gobierno cuya persona al mando conocía muy bien. Sabía lo impredecible que era El Comandante y más valía ser precavido: se escondería en Los Alacranes, su segunda casa, donde nada podrían saber de él. Aún así, en su cabeza resonaba una y otra vez: «Todo es posible».
Los Alacranes fueron siempre algo especial para aquel hombre. Durante años visitó el atolón y su fecundo arrecife cuando nadie más lo hacía. Cuando nadie más sabía. Todos los veranos se embarcaba en su lancha; tomaba provisiones suficientes y partía de madrugada desde el pequeño muelle frente a la casa familiar en los antiguos corredores de Progreso.
En el atolón permanecía una semana: acampaba en Isla Desterrada, cerca del escaso verdor, o dormía en la cubierta del bote o lo hacía en la cabaña del farero, quien era amigo suyo. Rara vez cumplía más de catorce días. Esta vez, dado su estatus de prófugo en el vecino insular de las Antillas, no conocía fecha de retorno. Tampoco era verano.
La madrugada que el hombre huyó, cargó cuanto pudo de gasolina y víveres; tomó dirección al norte. Iniciaba el mes de marzo. Observando el cielo, las estrellas lo guiaron al filo del territorio mexicano, a ese atolón de islas cuasi indómitas donde su nombre en boca ajena no lo alcanzaría.
El trayecto duró seis horas. El mar estaba calmo; el viento era leve, del sur. Sólo escuchaba el ruido del motor. Podía sentir la propulsión de las hélices y la espuma del mar en sintonía con los latidos de su corazón. «Debo relajarme», se dijo así mismo, «O le habré hecho el trabajo a otros». Llevaba consigo doce botellas de oporto —elixir para momentos de tensión—; no sabía si serían suficientes. Al entrar al arrecife respiró profundo: aire salado, puro. Eso le tranquilizaba, como lo hacía también el chocolate amargo. Vislumbró a lo lejos Isla Pérez, donde alcanzaba a ver el faro y la cabaña del farero, su amigo Balam Ortega.
A Balam lo conoció durante su primera incursión a Los Alacranes, casi diez años atrás. Era un tipo solitario. Rara vez bajaba a puerto y su contacto humano se limitaba a los tripulantes de barcos pesqueros y, en ocasiones, a la marina mexicana. Su única compañía permanente era la de una vieja perra malix, la Chela. «A ver cuánto tiempo me aguanta a mí», pensó el hombre.
Pensó también en su amistad… ¿cuándo se había convertido en una? ¿Era, acaso, una?
Sus titubeos eran sinsentidos. El hombre sabía que su relación había iniciado no diez, sino seis años antes, tras la tormenta que los atrapó durante cuatro días a su esposa, al farero y a él. Obligados a la íntima convivencia para sobrevivir, compartieron el reducido espacio entre el faro y la cabaña que tras la tempestad ayudaría a reconstruir.
Ancló frente a Isla Pérez y descargó las cosas. La vieja Chela ya le esperaba en la orilla; su pelaje blanco con manchas cafés en el hocico y a lo largo del lomo resplandecía ante los rayos del sol. Movía la cola feliz y le dirigía entonados ladridos al hombre, husmeando el aroma entre sus piernas. Lo reconocía. A pesar de su edad, seguía activa cual cachorro.
Poco después salió Balam a recibirle. Era un tipo moreno y tatemado por la diaria exposición al sol. Mediría no más de un metro sesenta; nariz chata, un poco desviada; pelo al ras, negro, y ojos también negros, cansados. La postal, considerando el casi metro ochenta del visitante, evocaba a un don Quijote en compañía de su fiel Sancho Panza perdidos en una pequeñísima isla dentro del Golfo de México. Se dieron un abrazo y entraron a la cabaña.
La morada permanecía tal cual como la dejaron seis años atrás: construida en alto, con paredes de madera; el techo, de teja; dos cuartos, un baño, una sala con su cocineta; hamaqueros por todos lados. No muy lejos se localizaba el faro, con su característica secuencia de anillos rojos y blancos que cubrían toda la estructura de concreto, y su corona de hierro negro, hogar de la enorme linterna.
Se sentaron a la mesa, también de madera. El hombre le preguntó al farero cómo había estado, cómo pintaba el tiempo, quiénes lo habían visitado últimamente; preguntas con cierto énfasis protocolar, más por sospecha que por afecto. Éste le respondió: «Nada, patrón, todo bien. Nomás ha pasado uno que otro pescador y alguno de la marina pa’surtirme. El tiempo ha sido bueno… aunque ya sabe, entrado junio pueda que nos caiga algo de ahí a septiembre: lluvia, tormenta, huracán ¡o los tres!; pero pa’eso falta mucho, ¿cuánto tiempo se queda?».
El hombre calló. Balam entendió. Se levantó de la mesa y puso a calentar agua para el café. Era temprano, apenas las diez.
Tres meses puede resultar mucho tiempo para un relato. Ni siquiera el hombre alcanza a recordar con exactitud cómo vivió cada uno de los días que pasó refugiado en Los Alacranes. No obstante, en su cabeza permanece la reconstrucción de ciertos eventos que aún le generan duda sobre si se tratan de recuerdos o meras alucinaciones.
Cuenta en total cuatro.
El primer suceso tuvo lugar durante el segundo día, por la madrugada.
Despertó temprano, se embarcó en su lancha. Hacía buen tiempo y se propuso pescar cerca de Isla Pájaros, al este. Había dormido en el cuarto que Balam le otorgó: un espacio modesto, con una hamaca, una silla, un mueble que servía de escritorio con cajones para sus cosas y una lámpara encima.
Lo extraño fue que antes de salir de éste, al asomarse por la ventana, vio emerger del mar a la vieja Chela. Y nada tenía de anormal que la perra se metiera al agua, cosa que hacía todos los días; sin embargo, nunca antes había regresado a tierra con una cola similar a la de un manatí.
La cola, cabe aclarar, no la traía a la boca como premio. No: era parte de ella. Sin reparar en detalle alguno, el hombre pestañó e inclinó la cabeza: «No he dormido ni bien, ni suficiente», se dijo y cuando volvió a mirar, no sin cierta desconfianza, la perra había regresado a sus cuatros patas. Volvió a echarle la culpa al cansancio y no le dio más importancia al asunto, si bien permaneció al acecho.
El segundo evento transcurrió mientras buceaba uno de los arrecifes al norte de Isla Pérez. Era un banco no muy lejano a la orilla, aunque abundante en especies y colores que pincelaban círculos cromáticos a diestra y siniestra: una danza espectacular, cuya manifestación apenas representaba una pequeñísima porción del misterioso océano… La mar, le llaman los pescadores. Así, en femenino, pues es ella su madre: los cobija entre el arrullo de las olas, les provee de alimentos y de generosos climas, asimilando el dichoso cobijo del vientre materno. «Por supuesto, es también una madre que castiga y por tanto una madre que educa con el ejemplo», pensaría el hombre, horas más tarde, rememorando el encuentro que tuvo con un enorme cangrejo y una anguila morena.
El hombre nadaba tranquilamente, realizando abducidas brazadas asimétricas al parsimonioso aleteo de una tortuga, cuando aquel enorme cangrejo pellizcó su tobillo. Volvió la vista y se sorprendió por la determinada atención de los dos animales en él, uno de los cuales bien podría meterlo en un aprieto —tenía pavor a los cangrejos—.
Pero nada sucedió. Nada, claro, que lo involucarse en estricto sentido; todo lo contrario: le observaban con esa mirada de ojos vidriosos, porcelana, y luego se miraban entre sí. El cangrejo abrió y cerró las tenazas, la anguila meneó la cabeza: hablaban, o eso parecía; después el primero bailó una especie de tap, mientras que la segunda reía a carcajadas. Tras unos minutos, la sinergia del dúo concluyó violenta, con un sorpresivo cambio de tono: la anguila, recordando su instinto predatorio, atacó al cangrejo y lo deglutió en un instante. Luego dio media vuelta y se marchó, perdiéndose en la lejanía marítima.
En esta ocasión el hombre no calló. Al anochecer, sentado alrededor de una fogata junto a Balam y la vieja Chela, le platicó del encuentro a su amigo, encuentro que, insistió, poseía una intención comunicativa, un mensaje; «¿Crees que estoy enloqueciendo?», preguntó. Tras un breve silencio, el farero respondió: «Si tú lo crees, tal vez».
Silencio. El hombre observó la leña arder, fumando su propio cuerpo lentamente mientras exhala fuego; escuchó el crepitar de la combustión acompañado por el son de las palmas, cuyos cuerpos y largas hojas se entregaban a los vientos, y por el de las pequeñas olas rompiendo contra la arena y, un poco más lejos, contra el arrecife.
«No sé qué creo», se dijo.
Tomó impulso con las manos sobre la arena, se puso de pie y caminó a su cuarto.
El tercer acontecimiento le sigue causando escalofríos.
Sucedió durante la primera semana del tercer mes, en Isla Desterrada. Ahí, como en cada una de las anteriores semanas, el hombre se propuso a acampar dos noches. Eran sus momentos de aislamiento total, que consideraba oportunos para el alma. Se alimentaba con huevos de tortuga, fuente de proteína abundante en las islas. Pero esa noche, algo le perturbó.
El hombre estaba a punto de conciliar el sueño bajo el destello lunar, tumbado en la arena sobre el saco de dormir, cuando tuvo la sensación de que algo caminaba en su pecho. En un principio lo atribuyó al cosquilleo que precede al abismo onírico. Luego descartó la idea por el aumento de sensaciones similares a lo largo y ancho de todo su cuerpo.
Abrió los ojos y observó a los costados: montones de cangrejos ermitaños lo rodeaban, encimandose entre ellos para conseguir un espacio en la cima del cuerpo del hombre. Pegó un sobresalto y se incorporó, sacudió algunos ermitaños colgados de sus ropas y echó a correr hacia la mar. Poco tiempo tuvo para preguntarse al respecto: a escasos metros del lugar donde se encontraba parado, se le congeló la sangre; una cabeza antropomorfa acechaba la superficie. El hombre recordaría el detalle de la nariz, una nariz larguirucha y notablemente torcida, y esa aleta de tiburón a la altura de la joroba.
La aparición de la criatura rompió la tranquilidad que predominaba esa noche sobre las aguas cristalinas, serenas, que se tornaron turbias. Más allá de la aleta y nariz, el hombre no reparó en ningún otro rasgo. No tuvo tiempo: aquel ser le miraba, lo observaba con detenimiento, con ese mismo detenimiento del enorme cangrejo y la anguila morena, y comenzó a acercarse. Asustado, rompió a correr, ahora isla adentro: tumtum-tumtum-tumtum-tumtum; el tamborileo de su corazón ocupaba el espacio sonoro de sus pisadas en el bajo cuerpo de la mar, junto a la orilla. Cuando llegó a costa, una piedra se cruzó en su camino y tropezó; cayó de bruces contra la arena, de pronto hostil y dura; perdió el conocimiento.
Al despertar le dolía la cabeza. Continuó acostado unos minutos, repasando una y otra vez los hechos de la noche anterior. Meditó si no sería ya tiempo de regresar a Mérida…
Cada dos semanas, el hombre obtenía noticias de su familia gracias a don Efusio, por quien supo que las llamadas a su casa por parte del Che habían cesado hacía un par de meses y que, con efusividad, le transmitía la preocupación y enojo de su esposa. Ésta le instaba a volver «De una chingada vez» o ella misma llamaría a Fidel «Para decirle dónde te escondes como maricón, y ya sabes que esos no le gustan mucho a él». Sin embargo, temió. No por su esposa; conocía bien sus rabietas. Era algo mucho más grande: la sombra de una guadaña disfrazada de cordero. Temía la calma chicha, el tiempo calmo previo a la tormenta.
Optó por quedarse un poco más. Ningún ermitaño ni ser antropomorfo le espantaba tanto como la idea del lobo aguardando en casa, al acecho, con sus fauces salivando el olor de su cuello.
Tomó sus cosas, subió a la lancha y puso rumbo a Isla Pérez. No le contaría nada a Balam. Estaba seguro de que su amigo ahora sí lo tomaría por loco.
Durante el cuarto y último acontecimiento llovía. No, no llovía: caía una tormenta. Concluía la primera semana de junio, que inauguraba, sin vacilar, una férrea temporada de huracanes. El cielo se resquebrajó de pronto, por la tarde. Una espesa capa de agua gris cubrió el panorama, mientras en la mar las olas libraban una memorable batalla entre sí, imponiéndose unas sobre otras.
El hombre y Balam aseguraron las ventanas con tablones, mientras la vieja Chela dormitaba indiferente. Cuando terminaron, se sentaron a esperar. Hacía unas semanas que las últimas gotas de oporto se habían secado en sus gargantas, por lo que bebieron aguardiente, almacenado por el farero para ocasiones como esa, en las cuales uno solo se sienta a esperar.
Quince minutos después, Balam se llevó las manos a la cabeza y exclamó: «¡En la madre, el faro!». Ambos, el hombre y él, se asomaron por la ventana y dieron por cierto el augurio: permanecía apagado. Empezaba a anochecer.
Los dos amigos salieron corriendo de la casa en dirección al faro; la brusca apertura de la puerta despertó a la vieja Chela, que salió tras ellos. Llegaron rápidamente a la entrada del faro. Balam subió, el hombre esperó abajo. El trabajo estuvo hecho en cuestión de minutos; no obstante, pasó la tragedia: el farero iba bajando cuando, a falta de veinte escalones, resbaló.
La caída fue espantosa; los golpes, peores. Al aterrizar en planta baja, el hombre fue a su auxilio; encontró a un Balam moribundo. Poco podía hacer: el tobillo estaba destrozado, la clavícula notablemente rota y un hueso lucía más fuera que dentro del brazo izquierdo. Entonces, en medio de la histeria, dijo Balam: «Llévame al agua».
El hombre lo miró extrañado. Su amigo insistió: «Llévame a la mar. Ahora. Por favor». Aun titubeando, el hombre cargó en sus brazos al farero y se dispuso a cumplir la voluntad de su amigo.
Salieron. La tormenta no cedería pronto; por el contrario, arreciaba. Las gotas de agua caían como lanzas sobre sus cuerpos. Relámpagos centelleaban a lo lejos. Si había truenos, no eran audibles; no importaban a los oídos del hombre, quien sólo pensaba en su amigo. Balam gemía con cada paso, con cada aliento. En cualquier momento daría el último suspiro.
Lo que sucedió a continuación lo dejó sin palabras.
Cuando sumergió a su amigo, el hombre notó que el cuerpo aún en sus brazos iniciaba una metamorfosis. Asustado, soltó el organismo que se retorcía y lo contempló atónito: la cabeza se acható ligeramente, separando los ojos hacia los costados; donde había piernas, nació una cola similar a la que había creído imaginarle a la vieja Chela; los brazos y manos permanecieron en su lugar, pero una aleta dorsal, de tiburón, brotó sobre la joroba y la nariz se alargó, haciendo más notoria la desviación, su torcedura, al tiempo que su piel se pintaba de un color grisáceo oscuro y de su cuello emergían unas branquias en perfecta simetría.
Al concluir la transformación, nada quedaba del cuerpo magullado del farero. El hombre entendió que ante sí se presentaba el ser antropomorfo que al comienzo del tercer mes se le apareció en Isla Desterrada. Y ese ser no era otro sino su amigo Balam Ortega.
El antes moribundo Balam abrió los ojos. Incorporó el torso con ayuda de sus brazos y volteó a ver al hombre. «Gracias. Ahora me conoces mejor», le dijo. «¿Qué…? ¿Quién eres?», replicó aquél. Balam sonrió. «Tú sabes bien quién soy. Me has visto, me has sentido, me has vivido; soy la sal, la brisa, los corales; soy la pasión de muchos, soy alimento, soy pesadilla: soy este territorio», contestó. En la orilla, la vieja Chela saltó al agua y transmutó de la misma manera que su amo.
El hombre tenía cientos de preguntas. Sólo atinó a decir una: «¿Por qué me espiaste hace unas semanas? ¡Casi me matas del susto!», reclamó. Balam rió entre dientes y dijo: «No sólo esa noche. Lo he hecho a lo largo de estos tres meses. Te estaba poniendo a prueba». Hizo una pausa y cuestionó: «¿Qué estás haciendo aquí en este atolón que nombras Los Alacranes?». El hombre vaciló antes de dar respuesta. Luego expuso sus motivos: «Espero a que se tranquilicen las cosas en Mérida»; Balam refutó: «¿Y te parece que hay tranquilad aquí?».
Silencio.
La pregunta tomó desprevenido al hombre y no alcanzó a formular una contestación. Balam sonrió y chasqueó los dedos. Un rayo impactó la casa, provocando fuego casi al instante; la lluvia amainó, mientras que el viento aumentó de pronto la velocidad de sus rachas. En cuestión de segundos, una de las paredes quedó sumida en llamas.
El hombre, que había volteado a ver con horror el súbito incendio, regresó la vista hacia su amigo, pero éste ya no se hallaba a su lado. Vaciló, buscándolo inútilmente; se llevó las manos a la cabeza y, al escuchar un crujido de madera, reparó nuevamente en la casa; «¡Carajo!», gritó y corrió hacia ella. Dentro estaban todas sus cosas; los cuadernos bañados en importantes notas, las llaves de la lancha y demás pertenencias no serían rivales ante el ardor fulminante del fuego creciente.
Para su suerte, las llamaradas aún no alcanzaban las inmediaciones de la puerta. El hombre entró y se dirigió a gran velocidad hacia su cuarto, pero al llegar no se topó con ni una sola cosa en su sitio: la cama, boca abajo; el escritorio, hecho trizas; el suelo, cubierto de astillas; y sus pertenencias… «¡¿Dónde chingados están?! », gritó.
Perdió los estribos. Desesperado, el hombre removió con sus manos el siniestro que sólo pasó a ser más catastrófico. Nada. No entrevió ni un sólo rastro de sus cuadernos, llaves o prendas de ropa. Sintió calor a su espalda: el fuego había alcanzado la recámara. Se asomó por la ventana y tanteó la posibilidad de lanzarse por ella; empero, el escenario no pintaba mejor: justo por debajo se encontraba un inmenso arbusto de espinas colimulladas y ramas curvas y puntiagudas como sables otomanos, todas recién limadas y blandiéndose amenazantes, cortando el aire, batidas por una fuerza y fiereza irreconocible, coordinada, similar a los movimientos de un espadachín.
El hombre no tenía otra salida y tendría que tomar una decisión: arriesgarse a los profundos cortes de un aterrizaje forzoso, mismo que no le aseguraba la vida, o esperar la lenta cocción de su carne…
En el mundo ocurre demasiado. En todos lados, en todo momento. Mucho no encuentra lógica en nuestro lenguaje y pone en fuga a toda comprensión. A veces, incluso, conviene que así sea. La naturaleza, por medio de sus manifestaciones fantásticas —que no por ello dejan de ser reales—, traza caminos de forma enigmática; tan es así que pocos pueden solventar el acertijo y encontrar el pasaje correcto. Al final, todo puede significar una prueba, ¿cómo saber si el incendio no era también obra de Balam?
En ello pensó el hombre. Similar a quien ve la vida pasar ante sus ojos, resignado a la inmanencia de una muerte segura, reflexionó en torno a la cuestión que no respondiera al farero: «¿Y te parece que aquí están tranquilas —las cosas—?»; la respuesta, ante las llamas de su previsible deceso, era negativa. El hombre se lamentó: tanto esperar a que todo estuviera bien en casa y helo ahí, vulnerable frente al lobo que nunca creyó encontrarse en Los Alacranes, con sus fauces salivando el olor de su cuello a las brasas.
«Tranquilidad… vaya mierda», se dijo el hombre en voz lamentosa y comprendió el verdadero meollo de su angustia: la ignorancia al caos y la confianza en el orden, en la eternidad de las cosas. Se dispuso a cumplir la sentencia a su ineptitud y cobardía, indiferente a su destino: si abrazado por las llamas o empalado por las afiladas defensas del arbusto…
De pronto sucedió: una ola de altura mediana no calculó bien su punto de colisión en la orilla y recaló unos metros más adentro, reventando contra la casa y arrastrando hacia el mar la residencia entera.
Toda flama quedó extinta al momento. El antes condenado a la hoguera recibió apenas algunos rasguños menores tras barrerse contra la arena —de pronto suave y benévola— y sus rastrillos de concha. Finalizó a unos metros de la orilla, donde permaneció recostado largos minutos, respirando pesadamente sobre los millones de granos de la húmeda superficie. Y es que el hombre no entendía qué había salido mal, por qué no había sido ejecutado por el verdugo destino.
Sólo así fue.
Se incorporó. Notó al clima de buen humor, completamente ajeno a los hechos del día: el sol volvió a emerger de entre la penumbra de la tormenta: eran apenas las cinco de la tarde. Sintió un inmenso sosiego. Lanzó una mirada al faro y se percató en un huacal dirigiéndose al interior de la estructura. Notó que varios cangrejos ermitaños hacían lo mismo. Ya no sorprendido ni espantado, aunque curioso, los siguió.
Cuando el hombre entró al faro, ya los cangrejos habían desaparecido. Ahí descubrió, en un estante, el huacal. Se asomó: dentro estaban sus cosas, cada una de sus pertenencias.
Las levantó.
Debajo, una tira de papel cautivó su atención. En ella rezaba una leyenda; ésta decía así:
«El destino último se encuentra en las llamas. Todo, al final, se quema».
Permaneció con la tira entre las manos, pensativo, sentado en la arena. Cuando se dio cuenta, las luces amarillas, anaranjadas y rojizas del atardecer se asentaban en la vastedad de las alturas. Decidió pasar la noche ahí.
Al día siguiente, el hombre subió sus cosas a la lancha, cargó gasolina y partió.
Alonso Millet es escritor y editor en Perpetuo. Quiso ser pirata: terminó jorobado, con lentes y entre garabatos. Le gustan las biografías. Fantásticas y eróticas nomás.





Me encantó!
increíble