El hombre que inventaba jorobados
Crónica de Benjamín Labatut en Villahermosa, México
Esta crónica fue escrita por Ramiro Chávez Gochicoa. Puedes leer más del autor en la biografía al final del texto.
Benjamín Labatut (1980) visitó Villahermosa, Tabasco entre el 11 y 14 de febrero de 2024 para recibir el Premio “Poeta de América Carlos Pellicer Cámara”. Durante esos días visitó el emblemático “Parque Museo La Venta” que alberga piezas de la cultura olmeca en un espacio arqueológico al aire libre y que se encontraba cerrado al público por el decomiso de un grupo de felinos pertenecientes a una banda de narcotraficantes.
Esta es una crónica de su visita.
Entró al zoológico con la secreta intención de morir. El recinto estaba abierto solo para él y, por lo mismo, las posibilidades de ser devorado por lo que parecía una leyenda inverosímil se multiplicaban.
La noche anterior había imaginado que visitaba ese extraño lugar selvático, en el que pretendía abrazar una ceiba, escuchar el canto sagrado de los saraguatos y “oler la naturaleza”.
“Sería fantástico morir devorado por un tigre que pertenecía a narcotraficantes”, le había confesado a su pareja.
Recreaba con cierta morbosidad los titulares de los periódicos que resaltarían al poeta chileno que, en la tierra de Carlos Pellicer, había perecido descabezado por un narcofelino acostumbrado al sabor de la carne humana.
El Parque Museo La Venta, enclavado en el corazón de la capital tabasqueña y circundado por la verdosa laguna de las ilusiones, se prestaba para sus fines.
La coincidencia parecía ser tan simétrica como un encuadre de Wes Anderson. Labatut visitaba Villahermosa para recibir la distinción literaria ”Poeta de América, Carlos Pellicer Cámara” y observaba, con asombro, la tupida vegetación. Esa misma que invadía los parajes de ese lugar atípico—el único museo arqueológico al aire libre en el continente americano—que el poeta tabasqueño por el cual nombraron el premio, había diseñado para salvaguardar el patrimonio cultural Olmeca.
Labatut escuchaba con atención la narrativa que acompañaba al recorrido. En una inesperada analogía de lo que es su obra, el guía hacía lo posible por unir al conocimiento científico con la ficción de lo desconocido y con la fantasía que emana de la creatividad popular.
Así, explicó la probable sangre que se derramó sobre la estela de un jaguar, el misterio que envolvía los sarcófagos atascados de siglos, al enigmático caminante que podría ser un demonio barbado y al casco espacial que parecía portar la imponente cabeza olmeca. “Aquí no había crisis de imaginación”, comentó Labatut con discreta sorna.
Me escuchó con seriedad cuando le hablé del carácter incomprendido del parque, que Pellicer había descrito en una carta enviada al multifacético escritor Alfonso Reyes, como: “un poema de siete hectáreas con versos milenarios, encuadernado en el misterio, con errores llamados cocodrilos, aves que son como paletas olvidadas de un pintor muy joven y con ese proyecto descalificado del rinoceronte que es el tapir”.
Eso era lo que había querido lograr. Un extravío sensorial, con la fauna libre, sin señalización alguna, en donde los monolitos fueran una sorpresa constante y la exuberancia subrayara a lo desconocido tapando la luz del sol. Como un Rashomon tropical.
Y sin embargo, el parque estaba cerrado. Apenas unos días antes de la llegada de Labatut, la Guardia Nacional había realizado una redada en una finca controlada por narcotraficantes.
En esos momentos los detalles se confundían con mitos e hipérboles. Se decía que uno de los líderes era un adolescente de dieciséis años que exigía el canibalismo a sus sicarios como rito de iniciación y que en jaulas semejantes a las de los sabuesos malvados de Ramsay Bolton, habían encontrado a dos jaguares, un león y un tigre de bengala fotografiado junto a lo que parecían restos humanos.
La virulencia del tigre (que llevaba por nombre “Gucci”) era la principal razón por la que el museo había cerrado sus puertas. El hábitat de una pantera le serviría de refugio temporal mientras aguardaba su traslado. Sus rugidos desesperados de tan solo avistar a un humano hacían temer por la integridad física de cualquier visitante.
Labatut escuchaba dichos alaridos con total naturalidad, como si provinieran de los inofensivos coatíes que pululan por el parque. Impávido se concentró con azoro en la frase que adornaba el pie de la jaula. Con esmerada dicción repetía: “Nada soy. Todo tú. Con nuestra vida llena de soledad, yo soy la arena y tú la raya horizontal sufrida”.
Resultaba curioso, pero apenas un día antes, Benjamín había pensado que todo ese viaje por el Grothendieckano “corazón del corazón” del sureste mexicano era un símil de la Smultronstället de Bergman. Un periplo quizás acelerado porque sus sueños recientes habían sido protagonizados por relojes sin manecillas, nubes de junio y persecuciones de carrozas fúnebres tiradas por corceles.
Nada de esto lo sorprendía. Tenía muy claro que el onirismo era la más pura de las ficciones y que su obra era una búsqueda por encontrar el constante equilibrio entre la sorpresa y el alucine, entre la poesía que se esconde en el delirio y la belleza que contiene el lado oscuro de las cosas.
En la mañana que recibiría el premio, con la responsabilidad de encabezar el ministerio de cultura de mi estado, pronuncié un discurso en el que comparaba su “Azul de Prusia” con el tema Five Years que apertura el mítico álbum The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars de David Bowie. Mientras describía esa oda apocalíptica en la que flotaban por igual el brazo roto de un soldado, malteadas anodinas, la voz inigualable del camaleón y un beso perdido en el caos y la inmensidad, adiviné en la mirada de Labatut una ráfaga de humildad.
“Bowie siempre ha sido un Dios creativo para mí”—me confesaría después—. Es posible que junto con el “Clics Modernos” de Charly García sea la única constante en mis listas de Spotify. Me volteó a ver con pausada emoción. Me dijo que tenía razón: “Ese tema (Five Years), es quizás el comienzo más épico de cualquier disco de la historia del rock”.
Resalté la singularidad de que los dos personajes que citaba tuvieran el alma partida. Uno por la anisocoria y el otro por el vitíligo que causaba su distintivo bigote bicolor. Procedió a mostrarme su celular. En la pantalla se encontraba la versión que García hizo de “influencia” de Todd Rundgren, la misma que dice que “en el fondo de mí veo temor y veo sospechas con mi fascinación nueva”.
Apenas unas horas antes de que recibiera la máxima distinción literaria que otorga el Gobierno del Estado, había accedido platicar conmigo en el pequeño salón privado del hotel donde pernoctaba.
Amable en todo momento, nuestra conversación tomó cientos de recovecos. “Siempre me siento incómodo con el cabello mojado de las mañanas”, me comentó.
Le conté del día que lo conocí; del cómo una versión en inglés de “Un Verdor Terrible” (When we cease to understand the world) descansaba en una librería de Union Square junto a la Panonia hechizada de César Aira y a una fotografía de Françoise Hardy.
“Debo confesar”, me replicó “que la portada de la versión del paperback en inglés me intriga. Me complace pensar que pudieran ser las ramas de un árbol sacado del imaginario de Tim Burton”.
Me dijo que disfrutaba mucho del tenis. Que sentía una especial proclividad hacia las grandes proezas deportivas.
No era gratuito, entonces, que admirara a Muhammad Ali, a Roger Federer y a Juan Manuel Fangio. Su cortesía lo obligó a la reciprocidad. Cuando escuchó que mi deporte favorito era el béisbol, me dijo que lo consideraba “un mal deporte” y que lo confirmaba el hecho de que las mejores películas deportivas de la historia eran sobre dicha disciplina. “Solo se puede entender ese deporte aletargado con grandes historias de humanidad”.
Razoné que pudiera ser que tuviera razón. El universo fílmico que rodeaba al béisbol era por igual un ejercicio de nostalgia constante (“The Sandlot”, “Field of Dreams”), de contemplativo deterioro físico (“Bang the drum Slowly”) y de resiliencia trágica (“The Pride of the Yankees”).
“‘El Natural’ (Barry Levinson, 1984) era la película favorita de mi padre”, me comentó. “No hay ocasión en que el clímax de la misma, en el que Roy Hobbs (Robert Redford) conecta un jonrón entre la lluvia que hace trizas las luces del estadio me deje de emocionar”, añadió. “Es una historia de redención sobre un destino trunco. Ahora por cierto, estoy trabajando en un proyecto con el director de ‘Moneyball’ (Bennett Miller)”.
Era quizás por esa propensión hacia la grandeza que, sin duda, delinea tanto sus gustos personales como su vida profesional, que un amigo cercano, el también escritor Jordi Soler había considerado como la “más fabulosa comprobación de su perversidad” el hecho de que su novia fuera una persona completamente normal, de nombre María, que era a todas luces decente, exitosa, linda, inteligente y no una especie de Uma Thurman o una fémina alienígena proveniente de los universos de Frank Herbert.
Entre Jordi y Benjamín, la complicidad era palpable. Durante la celebración del cóctel de la noche anterior, resaltaron la amistad de ambos con Alejandro González Iñárritu mientras que las risas se confundieron con la anécdota compartida de una reciente cena en Barcelona en donde un joven “que podía ser el epítome del ideal ario”, se había acercado a solicitarles una foto, elogiando los atributos físicos del autor de “Los Rojos de Ultramar”.
Labatut comenzó a divagar por los laberintos caprichosos de la banalidad. Siempre había tenido la intención de que su oficina fuera exactamente igual a la de James Wilson, único amigo del siempre irreverente Dr. House.
Un oasis de paz ante la locura de su mente. Un lugar en donde sus ideas tuvieran un eco infinito que le hiciera replantear constantemente su manera de ver el mundo y que jamás lo dejara de sorprender. Razonaba que era completamente normal que el lugar contara con una especie de diván, pero también con un balcón comunicante que en determinados casos servía como furtiva vía de escape. Le fascinaba también la elección de los afiches cinematográficos que adornaban sus paredes. La espiral caótico de “Vertigo”, la disfuncionalidad suicida de “Ordinary People” y el virtuosismo técnico de “Touch of Evil”.
Esa conjunción imaginativa, que había elaborado con prístina minuciosidad, lo llevó a recordar con increíble afecto a su hermana menor y, con ello, a su temprana juventud.
Tenía siempre presente a la maestra que siendo él un jovencito, buscaba la manera de encontrar el equilibrio entre ser paciente con sus inquietudes y restringir la admiración que sentía por su perspicacia universal. Su memoria conservaba la disonancia de sus palabras, que le vaticinaron que su dedicación por la investigación y la creatividad de su mente lo harían brillar como pocos, pero que su personalidad lo llevaría a ser un poderoso imán de la envidia y la incomprensión.
Justo unas horas atrás, durante la presentación de su libro “Maniac” en el Museo Regional de Antropología de Villahermosa, había comprobado la veracidad profética de las palabras de su profesora.
Por un lado, el asombro ante su elocuencia, la memorable enunciación de grandes ideas: “Hay ciertos demonios que tienen forma matemática”, “El misterio es la única verdad que puede ofrecer la literatura”, “Me siento como si estuviéramos al comienzo del infinito”. El recorrido por el jardín de los inmortales: “leemos a Borges para sentirnos inteligentes” y por el otro los murmullos críticos tras bambalinas: “Es un copia y pega de Wikipedia” así como la resentida pregunta de un poeta centroamericano, que con tono engreído lo increpó sobre la noción (pueril en su estimación) de que la Inteligencia Artificial sea capaz de replicar los sentimientos que conforman a un poema.
Un arranque de modestia lo hizo olvidar su elegante respuesta: “Bueno, yo dije que la Inteligencia Artificial es capaz de generar una belleza nueva, pero también dije que es capaz de crear el horror”.
Lo suyo era un juego de oscuridades. Si Hemingway cazaba rinocerontes, amaba a los gatos polidácticos, se perdía (mientras una ciudad se derrumbaba) entre las piernas de Martha Gellhorn y perseguía U-boats en frágiles barcazas, en Labatut habita la cualidad borgiana de la ficción, la desfachatez atrevida de un filme de Juan Orol, el idealismo melancólico propio de la identidad latinoamericana y la precisión poética para describir sucesos científicos creados por almas atormentadas cuya imaginación se vuelve un peligro y su dolor un leit motif.
A su alrededor se tejían mil historias, de complicadas aristas y repletas de conjeturas. El intento de muchos por explicar el contexto personal de un autor tan peculiar, se había topado con callejones sin salida y escaleras sin destino. El perfil de la prestigiosa revista New Yorker, por ejemplo, afirmaba con notable frustración que de lo poco que se sabía de su vida personal, era que, en algún momento, había sufrido una “deep personal crisis”.
Las razones eran desconocidas. Una versión decía que había sido raptado por extraños seres en un misterioso callejón de Praga, otros que la melancolía de los vientos australes lo habían atrapado y otros más informados aseguraban que una experiencia alucinante con la ayahuasca había derivado en un grave colapso psicótico.
Sea por lo que fuera, su vestimenta oscura, sus cabellos revueltos, su cuidada inaccesibilidad, la manera en la que se presentaba descalzo a las entrevistas, formaban también parte de su misticismo. Inclusive, las contradicciones en su comportamiento le servían de validación. Y es que por momentos, Labatut parecía ser el alma errante de un niño herido que con ternura expresaba: “Nadie había hecho un video de mi vida, le va a encantar a mi mamá”.
El viaje llegaba a su fin. Isak Borg estaba por arribar a la universidad y Benjamín había pedido visitar nuevamente la selva pelliceriana que resguardaba a los “monstruos” de la cultura olmeca.
Por momentos no recordó bien adonde iba. Pensó haber perdido la noción del tiempo. Supuso que tenía apenas unos momentos en que había bajado por un paraje tropical, en donde reinaba una extraña paz, en que las boas atravesaban por sus pies y en el que había visto un árbol igual al de su pueblo; justo aquel que protagonizaba parte de su “Piedra de la Locura” y bajo cuya sombra se le ocurrió inventar que Shinichi Mochizuki tenía una joroba, porque al fin y al cabo: ¿cómo puede existir un científico loco que se parezca a Clark Kent pero que no tenga esa sublime deformación?
Pidió entrar solo a esa mescolanza de confusos parajes. Se impresionó al recordar que todo eso había sido diseñado por un Indiana Jones tropical con fama de trotamundos. Se introdujo sin temor buscando a un demonio con forma de tigre. A lo lejos pensó ver a un caballero de las cruzadas. Sintió la piel crispada por el silencio, miró fijamente esos ojos que parecían usar los lentes del blue eyed samurai y avanzó.

Ramiro Chávez Gochicoa (Villahermosa, 1969) académico, diplomático y escritor. Sigue enamorado de la Princesa Leia y pensando que la morsa era Paul. Presidente de la fundación Cultural Carlos Greene Ramírez. Su último libro es “El Vuelo de Sora” (Ed Sonámbulos 2023).








