—¿Cómo se sentirá la tristeza?
Me dije, sentada a la orilla del lago que nadie se atrevía a nadar. Nunca después de las 6 p.m.. Era mi lugar favorito para aventar piedras. Lo conocí años atrás, con mi prima. Decía que aquí aparecían hadas y que solo era posible verlas a través del reflejo del lago. Si les caías bien, podías meterte al lago y nadar.
—Ellas te protegerán con sus alas —decía. Si no lo hacían, debías abstenerte de ver tu reflejo sin poder meter un dedo en aquel nacimiento de agua dulce. Mi tía, su madre, fue quien le dijo de la existencia de las hadas.
La primera vez que le pregunté a mi prima que si ella creía respondió que sí, un “sí” rotundo. Pero cuándo le pregunté por qué no se metía al lago, me dijo que prefería no arriesgarse; prefería caminar por la orilla, y así las hadas y ella serían amigas por convicción y respeto. Por otro lado, yo no sabía nadar y por ello no me metía.
No me metía no por las historias, sino porque realmente no sabía andar en el agua, aguantar la respiración y todo lo que conlleva. Cuando miraba mi reflejo no veía magia de hadas, veía mi cuerpo con ropa queriendo ser tomada por el agua.
Mi madrina decía que siempre he sido muy incrédula; me señalaba por dudar entre creer en las hadas o no. Repetidas ocasiones le pregunté cuál era la diferencia entre ambas opciones y simplemente me daba una respuesta que vengo merodeando en mi mente cada que vengo al lago:
—No creer o creer es ser crédula. Pero dudar es vacilar. Ir y venir. No te quedas en nada; así nunca sabrás si las piedras que avientas se hunden o las recibe un hada enojada del otro lado.
Y quizá tenía razón mi madrina, pues pude haber pensado que le contó de las hadas a su hija para que no llegara con agua sucia en su vestido, y no. No elegí esa respuesta. Por alguna extraña razón, ver a mi prima caminar con decoro y cuidado me había hecho pensar que quizá una fuerza hacía que ella creyera como yo quisiese creer.
En mi vida nunca había sentido tristeza. Tampoco me había preguntado si debía sentirla; sin embargo, algo se abrió después de un lunes, al llegar al lago.
Me acercaba a mi rincón para la tirada vespertina de piedras redondas, recién recolectadas en el camino, cuando me percaté de que un chico lloraba cerca, en el espacio cubierto de lavanda y cedro. El cielo estaba rojo;una helada se acercaba... “¡La vista es increíble! ¿Cómo puede alguien estar llorando?”, pensé.
Me acerqué, lentamente. Cuando empezaron mis pies a romper ramas, el muchacho volteó.
—No te asustes —espeté con las manos agachadas y las piedras en mi bolsa.
El chico se resignó a darle la bienvenida a la intrusa que era yo y prosiguió con su llanto, digno de una orquesta.
—¿Por qué lloras? —pregunté.
—¿Cuándo fue la última vez que lloraste? —me dijo.
Antes de articular una palabra, me quedé en blanco, jorobada.
—Nunca —respondí finalmente.
El chico, de la nada, se paró, se sacudió la tierra de las piernas y se fue. Me quedé en blanco.
—¿Cómo se sentirá la tristeza?
Volví a preguntarme al día siguiente de encontrarme con el chico. Cargaba con las piedras que había recolectado y que no aventé por aquel encuentro. Estaba ansiosa y angustiada. He sentido angustia antes, cuando no hallaba las piedras correctas o cuando terminaba mi tirada y empezaba a llover pero me encontraba lejos de casa. Esta vez era diferente.
La angustia llegó a mí porque nunca había llorado y porque nunca había sentido tristeza en mi vida. Había leído cuentos que se clasifican como tristes, pero no podía sentir esa tristeza descrita como aflicción a mi alma e infelicidad a mi corazón. Cuando me caía y me raspaba, no lloraba. Me dolía, sí, pero me ponía a pensar que el alcohol limpiaría la herida y eso era lo que más me importaba, así que podía soportar.
Esa misma noche me puse a pensar en las cosas que me hacían feliz. Al hacerlo, pensé, encontraría a su adverso: sentiría tristeza. Enlisté las principales: encontrar piedras negras, pues eran difíciles de hallar; salir con paraguas cuando llueve; sentarme en mi esquina con lavanda y cedro; y…
Justo al terminar la lista, comprendí que lo adverso a cada cosa no me hacía sentir triste, sino nada. Como un “ni modo”. Indiferencia.
Al día siguiente, caminé al lago sin intención de llevar piedras ni contemplar mi reflejo y el de los árboles que enaltecen su belleza en temporada de primavera. No. Quería encontrar al muchacho y entrevistarlo. Para mi sorpresa, allí estaba, en mi esquina, sentado.
—Regresaste —susurré.
—Sí. Es un buen lugar para descansar. La gente que suele venir elige los lados más ásperos de acá.
Me quedé atónita, pues en mucho tiempo que llevaba yendo al lago, rara vez me encontraba gente. Para ser honesta, casi nadie, sólo a Juan, el guardabosque que se encarga de cuidar la zona ante un incendio forestal. “¿Cómo demonios va a haber una fogata si no hay nadie quién la haga?”, recordé preguntarle a Juan un día que me lo topé cargando ramas y hojas secas; él respondió: “Ay, señorita, si usted supiera que el fuego no proviene solo del hombre, en su vida volvería a buscar piedras y vendría por otras razones”. Nunca entendí y no pretendí volver a preguntar.
Una vez sentada junto al chico, le pregunté:
—¿Por qué llorabas anoche?
—¿Sabes nadar? —dijo.
Me quedé perpleja.
—No quiero ser grosera, pero ¿a qué viene esa pregunta?
—Siempre vengo a nadar pero ayer me di cuenta de que al meterme casi me ahogo.
—¿Cuando viniste por última vez? —pregunté en un tono que pudo ser tomado a la defensiva.
—Todos los días vengo —respondió.
En ese momento, al escucharlo, me levanté indignada y dije:
—¡Mentiroso! Vengo aquí casi toda la semana desde hace muchos años y nunca te había visto! Además, ¿cómo es posible que se te haya olvidado cómo nadar?
Tomó cinco segundos en verme seriamente y se dirigió a mí de una manera muy tranquila.
—¿Sabes nadar?
—No —murmuré, con la cabeza gacha.
Acto seguido, como una clase de milagro, salió de mi ojo derecho una lágrima. Inmediatamente salté de la agitación ante tal experiencia y el chico saltó también.
—¿Estás sintiendo tristeza? —me dijo.
—Creo que sí.
—Ven.
Tomó mi mano y me acercó a la orilla del lago.
—¿Qué vas a hacer? —pregunté, con un río de lágrimas corriendo por mis mejillas.
—Vamos a nadar.
Asustada, empecé a llorar más y más y me dije que era imposible, que me iba a morir.
—¿Por qué lloras? ¿Te causa tristeza morir?
Respiré profundamente, reflexionando sobre mi respuesta, la respuesta más clara que he tenido ante mi alma.
—No, no me da tristeza morir. Me causaría tristeza tirarme al lago y no ver hadas. Y también me causaría tristeza no ver mis piedras que he tirado anteriormente porque probablemente un hada se las robó.
Para mi sorpresa, el chico no se burló y no me tomó por loca. Intuí que algo sabía y le eché más preguntas mientras me sonaba la nariz con la manga del suéter.
—¿Las hadas son buenas? Nunca he visto una… Tú dices que vienes a nadar todos los días, ¿has visto alguna? Además, ¿cómo es posible que quieras nadar conmigo si llorabas ayer porque ya no podías?
Antes de contestar, sacó de su chaleco objetos míos que en tiempos anteriores había olvidado en el lago: un reloj, una pequeña libreta, un libro de cocina miniatura y una pulsera. Siempre pensé que Juan se los adjudicaba, pero no.
—Encontré estos objetos y nunca pude entregártelos.
Confundida, le respondí con recelo.
—He venido por años aquí, ¿por qué no me las entregaste entonces? ¿No me habías visto antes?
—He visto a una chica viéndome en el lago. No me solía ver a los ojos, veía su reflejo. Veía también cómo miraba las piedras que arrojaba: con envidia. Con envidia de que ellas sí pudieran entrar al agua, y con una extraña satisfacción cuando no salían de ella y se hundían. Por muchos años quise invitarla, pero parecía que se había acostumbrado a ser solo un reflejo. Entonces decidí ser como ella. Tomé su forma. En otras temporadas me había acercado de distintas maneras, a veces como el fuego en el frío, pero nunca así. Después de aquel lunes, ya en esta forma, con un cuerpo, ojos, con voz, me vi por primera vez en el agua y comprendí que el cielo se veía hermoso irradiando en ella. Así que hice aquello que siempre la vi temerosa de hacer: me metí a donde yo era. Empecé a ahogarme y, como pude, me salí. Fue cuando me encontraste llorando.
Antes de permitirme articular un susurró, continuó.
—Se que te parece extraño todo esto, pero siempre vienes aquí con la esperanza de ver algo nuevo: un hada, fuego, personas; disfrutas ver el cielo rojo, el olor a lavanda y los árboles en esa esquina que no te dobla la espada. Anhelas más que nadie que haya visto entrar al agua. Pero anhelas sin creer en lo que no ves. No te voy a decir qué existe o qué no. Pero hoy lloraste. Y la decisión de creer o no, al parecer, es la verdadera aflicción que mata a tu alma. Cuando aparece la tristeza, ya no es posible quedarse en la duda: el agua te encanta, pero te es desconocida. Lo desconocido, aquello que escapa de la visión de lo ordinario, ha atraído siempre más a los espíritus más incrédulos. Gracias por ser esa incrédula que vino por años, sin creer, pero con fé. Ven, vamos a nadar.
—Pero no tienes alas —dije, finalmente
—Toma mi mano, y por fin podrás entender a Juan, el guardabosques.
Victoria Suárez Rojas es tlaxcalteca radicando en Guadalajara. Economista de lunes a viernes, diseñadora industrial después de lo primero y escritora 24/7. Es admiradora de la salsa macha y de armar árboles genealógicos de desconocidos.





