El lenguaje que descubrí corriendo
Aunque me encanta hablar de correr, siempre me resulta difícil.
Este ensayo fue escrito por Ana Sofía Osorio Flores para Perpetuo. Puedes leer más sobre la autora en la biografía que incluimos al final.
No sé bien cómo empezar este texto. Aunque me encanta hablar de correr, siempre me resulta difícil. Es una experiencia que trasciende el lenguaje, como si las palabras se quedaran cortas ante algo que experimento con todo mi ser. Hoy, mientras corría, pensaba en lo imposible que sería explicar lo que siento en cada paso, en cada entrenamiento, en cada carrera. Wittgenstein escribió alguna vez que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”, y quizá eso sea cierto en muchos sentidos, pero en este momento me siento segura de que hay un mundo completo que siento y experimento al correr, aunque no encuentre las palabras para describirlo.
Aun así, si estás leyendo estas líneas, es porque he encontrado, aunque sea de manera imperfecta, una forma de acercarme a expresar lo que significa esta experiencia para mí.
Después de correr dos maratones, sigo pensando en aquella frase que escuché tantas veces sobre que lo difícil del maratón es el entrenamiento y que, cuando llega el día de la carrera, lo único que haces es recoger la medalla. Definitivamente, no ha sido mi caso. Claro que el entrenamiento es la parte más dura, pero correr 42 kilómetros también lo es, y el día del maratón exige superarse en todos los aspectos posibles. En Chicago, mi primer maratón, tuve muchos momentos donde quise parar; detenerlo todo, pero durante casi diez kilómetros me repetí a mí misma tres palabras: “no te frenes”. Esa frase corta se repitió en lo que pareció un ciclo infinito dentro de mi cabeza; dejé de escuchar a la porra, ya no veía más los edificios, y sentí que todo a mi alrededor había desaparecido. En el caos de calles llenas con más de 52,000 corredores, me quedé sola con mi cuerpo y esas tres palabras, suficientes para llevarme a seguir poniendo un pie delante del otro y avanzar en medio de un dolor físico y un cansancio mental como nunca antes había experimentado.
El sentimiento de cruzar la meta en un maratón es algo que ojalá todos pudieran vivir. Un año después, me es imposible recordar ese momento en octubre de 2024 sin soltar algunas lágrimas: el día en que me convertí en maratonista. Lo más increíble ocurrió cuando estaba por recoger la medalla. Una mujer, unos pocos años mayor que yo, se me acercó llorando y me dijo que había ido detrás de mí durante casi la mitad de la carrera y que pensó: “si ella no se frena y es más joven que yo, yo tampoco lo voy a hacer”. Entonces descubrí que aferrarme a mi “no te frenes”, no solo me había llevado a mí hasta la meta, sino que, sin saberlo, también había impulsado a alguien más a llegar a la suya.
Corriendo y en la vida, nunca sabemos a quién inspiramos a que “no se frene” cuando damos lo mejor de nosotros, incluso en los momentos que no podemos más. Ojalá que estas palabras inspiren a alguien a abrocharse los tenis y salir a correr, aunque sea solo una vez, para descubrir por sí mismos por qué correr me cambió la vida.
Quisiera empezar por el principio, pero no estoy segura de cuál es, porque en un texto, así como en una carrera, el inicio va más allá de la línea de salida. Muchos empiezan a correr por un motivo en específico, o cuentan que, cuando empezaron, no les gustaba correr hasta que, poco a poco, fueron tomando gusto. Yo, en cambio, recuerdo que cuando buscaba mover mi cuerpo o hacer algo de ejercicio, después de años sin practicar algún deporte de manera constante, siempre lo hacía corriendo. Eran distancias cortas, nunca más de cinco kilómetros, pero desde muy chica disfrutaba de salir a correr cuando mi mente o cuerpo necesitaban movimiento.
No fue hasta 2023 que se podría decir que pasé de ser una persona que a veces corría a ser una corredora. Hasta entonces, había realizado carreras de hasta dieciséis kilómetros, pero en ese año, con tan sólo unos meses de haber iniciado un plan de entrenamiento formal, empecé a notar que ser corredora estaba transformándome por completo.
Ese año me inscribí al medio maratón de la Ciudad de México con varios amigos de trabajo, pensando que sería una actividad divertida para hacer en conjunto. Creíamos que entre los seis que nos inscribimos podríamos motivarnos para cumplir los entrenamientos y acompañarnos en las distancias largas. Pero desde las primeras semanas de entrenamiento fue evidente que sólo dos de ese grupo terminaríamos corriendo el medio maratón: Karen, quien ya había corrido otras carreras, y yo.
Tal vez, ese fue el inicio de mi camino como corredora. Durante esa primera mitad del año me comprometí a cumplir con los entrenamientos, salir a correr mínimo tres veces a la semana, dejar el alcohol y dormirme temprano, entre otros cambios de hábitos. Esos cambios que parecían pequeños, fueron moldeando una nueva versión de mí misma. Puedo decir que con cada kilómetro recorrido, no solo me acercaba a mis primeros ecuación era muy simpleveintiún kilómetros, sino también a una Sofía más fuerte, más saludable, y sobre todo, más feliz.
La alimentación fue uno de los cambios más significativos para mí. Antes de practicar este deporte, tuve una relación “complicada” con la comida. No entraré en muchos detalles, pero tampoco quiero pasarlo por alto, en caso de que alguien que esté leyendo esto pueda encontrar algo de consuelo o apoyo al saber que no está solo. No es fácil escribir las siguientes líneas, pero la realidad es que durante la mayor parte de mi vida, la comida era un enemigo disfrazado donde siempre tenía que estar balanceando en mi cabeza si lo que iba a comer me iba a hacer engordar o enflacar; nada más. No la veía como una fuente de energía, y mucho menos como algo que me pudiera ayudar a alcanzar mis metas. En mi mente, la ecuación era muy simple: debía comer únicamente lo suficiente para llevar a cabo mis actividades diarias, pero nunca más de lo necesario para no subir de peso. Si en algún momento sentía que había subido de peso, simplemente tenía que dejar de comer para “corregirlo”. Este comportamiento lo tenía tan normalizado que hasta lo celebraba como una forma de ejemplificar lo determinada y disciplinada que soy. La disciplina funciona muy bien para un atleta, ya que muchas veces tienes que cumplir con entrenamientos, más allá de si tienes ganas o no. Sin embargo, yo llevaba la disciplina a un extremo donde se convertía en un arma de doble filo con consecuencias bastante negativas para mi salud.
Todo cambió cuando empecé a correr más kilómetros, y entonces también empecé a tener más hambre. Suena lógico, ¿no? Para mí no lo era. De pronto, a las pocas horas de haber desayunado, sentía un vacío en el estómago, que no podía ignorar como lo hice muchas veces antes y con él llegaban las dudas: ¿cómo podría ser corredora si eso significaba subir de peso? En medio de ese miedo busqué a una nutrióloga, no para alimentarme mejor, sino con la única intención de evitar engordar mientras entrenaba para el medio maratón. Ella logró regresarme la calma cuando me hizo entender que negarle el alimento que necesitaba a mi cuerpo era tan ilógico como esperar que un coche de carreras gane con el tanque vacío solo porque pesa menos. Para correr distancias más largas, no bastaba con mi disciplina, necesitaba también darle a mi cuerpo la gasolina suficiente para lograrlo. Aceptar eso, aunque puede parecer algo pequeño, cambió por completo la manera en la que me relaciono con mi cuerpo y la alimentación.
Desde aquel primer medio maratón, intento no saltarme ninguna comida, consumir alimentos que me den energía y, aunque todavía me visitan constantemente voces internas que quieren regresarme a la Sofía que no se atrevía a terminarse un plato completo, hoy agradezco a mi cuerpo todo lo que hace por mí, dándole lo necesario para recuperarse y fortalecerse. Comer mejor no solo me ha ayudado físicamente, también me ha permitido concentrarme mejor, tener menos sueño y disminuir desbalances hormonales que había enfrentado toda mi vida. Así, como mencioné anteriormente, correr me llevó a hacer cambios que de otra forma nunca hubiera logrado.
Desde que soy corredora descubrí que correr no es solo un acto físico, también es una forma de pertenecer; de vivir en comunidad aun cuando por momentos se puede sentir como una experiencia profundamente solitaria. Cuando estoy por iniciar una carrera y me encuentro formada en los corrales en medio de puros desconocidos, pero que comparten la misma pasión que yo por este deporte, siento cómo mi energía aumenta con la de todos a mi alrededor. No nos conocemos, y probablemente nunca los volveré a ver, pero nos une el deseo de alcanzar una meta, y en ese instante la soledad se convierte en comunidad.
Correr también me ha dado una libertad que no puedo encontrar en ningún otro lugar. Me da la libertad de estar conmigo misma durante horas y aprender a disfrutar de mi propia compañía. Me da la libertad de romper límites que yo misma me había impuesto y disfrutar de lo que mi cuerpo es capaz de hacer. Me da la libertad de usar cada corrida para procesar emociones y llegar a ideas creativas cuando necesito soluciones; de convertir el caos en paz y el movimiento en calma. Corriendo es el momento donde tengo la completa libertad de simplemente ser yo.
Sin embargo, no quiero crear una imagen falsa, ni idealizar lo que es correr. He aprendido que somos personas y también hay límites que se tienen que respetar. Muchas veces he llorado a mitad de entrenamientos, he abandonado carreras porque no era mi día, y he sentido el peso de la disciplina cuando mi cuerpo pedía descanso. Prepararse para un maratón es un proceso sumamente exigente y, aunque me hace muy feliz ver el boom que han tenido los maratones y medios maratones en los últimos años, también me preocupa ver cómo se trivializa. Que haya más gente corriéndolos no disminuye ni la seriedad ni la dificultad de esta distancia. En mi caso, tengo muy claro que no habría podido terminar mis dos maratones sin el entrenamiento que tuve, el cambio de estilo de vida que adopté, y sin un acompañamiento integral de un fisioterapeuta, nutrióloga y psicóloga. No digo que necesites todo esto para correr uno, pero definitivamente recomendaría tomártelo con seriedad para llegar a ese día con mente y cuerpo preparados, y así disfrutarlo y disminuir la probabilidad de que un día que debería ser de felicidad y cumplir sueños termine en una tragedia.
Con este auge en el interés de correr maratones o simplemente ser corredor, también se incrementó el consumismo que constantemente se fomenta dentro de la comunidad. La idea de que para poder correr se necesitan tenis nuevos cada mes, usar marcas exclusivas y tener toda la tecnología de última generación, no solo daña al medio ambiente, sino que excluye a quienes creen no “pertenecer” por no cumplir con un estándar material. Correr nunca se trató de algo tan superficial como una marca, sino de gente llena de sueños y la voluntad para cumplirlos. Si tienes ganas de correr, solo necesitas la disposición a intentarlo.
Además, hay temas mucho más serios que se deben atender a la hora de correr, especialmente siendo mujer en México. Sé que la inseguridad no es parte de “correr” en sí, pero hay que cuidarse mucho para recorrer nuestras propias calles. Me ha costado aprender que tengo que seleccionar cuidadosamente los horarios en los que puedo salir a correr sola para no exponerme de manera innecesaria. Me duele que algo tan simple como correr requiere de estrategias de defensa como no hacerlo de noche, siempre estar compartiendo mi ubicación con alguien, avisar cuando salgo y cuando regreso con bien, o incluso estar en alerta constante porque el miedo a lo que podría pasar siempre corre a mi lado.
A esto se le suma la presión estética y las expectativas sobre cómo “debe” lucir el cuerpo de una persona que corre. Los estándares impuestos a las mujeres desde jóvenes para lucir de cierta manera nos llevan a normalizar conductas poco saludables. No debería ser así, y espero que algún día no lo sea. Está en nosotros cuestionar estos estándares de belleza inalcanzables y fomentar la aceptación de cuerpos diversos, tanto de mujeres como de hombres. Correr para estar saludable no significa tener un cuerpo de “modelo”. Si corres, ese cuerpo tuyo, como sea que se vea, es un cuerpo de corredor. Punto.
Así como correr trae consigo estas presiones externas, también me ha puesto a prueba de formas muy personales. Mis dos maratones fueron experiencias increíbles, pero también retadoras y con obstáculos inesperados. A finales de 2023 recibí el correo de que había quedado sorteada para correr el maratón de Chicago y me sentí en un sueño. No podía creer que mi primer maratón iba a ser uno de los más emblemáticos del mundo.
Pero como pasa a menudo con los sueños, incluso los más brillantes, de pronto se vuelven prácticamente inalcanzables. En febrero de 2024 (todavía muy temprano en el ciclo de preparación, porque correría hasta octubre) terminé internada en el hospital por piedras en los riñones. La primera operación fue sencilla; me sentía tranquila de que pronto podría retomar el entrenamiento, pero la segunda operación se complicó cuando, al colocarme la anestesia, me perforaron la duramadre (la capa que recubre el cerebro y la médula espinal), lo que me llevó a estar en cama por días completos. La recuperación fue lenta; me sentía muy mal cada vez que intentaba caminar distancias más largas, y la ansiedad de que se acercaba la fecha del maratón aumentaba.
Durante este periodo, mi psicóloga y entrenadora fueron claves para mantenerme tranquila, recordándome que tendría tiempo suficiente para prepararme y que si quería seguir corriendo por mucho tiempo más tendría que aprender a darle a mi cuerpo el descanso necesario. Y así fue, poco a poco retomé los entrenamientos, desesperada por haber perdido mi condición física, pero determinada a llegar preparada al día del evento. Cuando por fin fui capaz de correr distancias largas, solo quería agradecerle a mi cuerpo por lograr lo que meses antes parecía imposible. Aprendí a través de una lección dura, que no puedo dar por sentado que siempre voy a poder entrenar al siguiente día, y que lograr entrenamientos de más de treinta kilómetros no es algo “normal”. Después de esos días en cama donde hubiera dado todo por poder correr aunque fuera cinco kilómetros, agradezco lo que mi cuerpo y mente son capaces de cumplir sabiendo que no es algo que “tengo” que hacer, sino algo que “puedo” hacer. Esa gratitud me acompañó durante todo el ciclo de Chicago, donde descubrí que con determinación puedo llegar tan lejos como me lo proponga.
Con este aprendizaje llegué al ciclo de mi segundo maratón en junio de 2025: San Diego. Durante la preparación de esta carrera ya no tenía la incertidumbre de si podría lograrlo, sino que ya sabía lo mucho que cuestan esos 42 kilómetros, y estaba decidida a alcanzar nuevamente esa felicidad absoluta que solo llega al cruzar la meta de un maratón. Descubrí que cada carrera tiene sus cosas que la vuelven especial: en San Diego encontré que una mejor preparación te lleva a disfrutar mucho más el día del evento, y que tener compañía hace los momentos difíciles más llevaderos. Yo pensaba que correría esa carrera sola, pero en los primeros kilómetros me encontré con una mexicana que también estaba persiguiendo la meta de un tiempo total de menos de cuatro horas. Recorrimos toda la ruta juntas, cuando una quería rendirse, la otra la sostenía y así se creó un intercambio de fuerzas que nos llevó a conseguir nuestro objetivo. Llegamos a la meta sin energía, pero con el corazón lleno por lo que habíamos logrado. No sé nada de ella, más que la foto que nos tomamos juntas al llegar a la meta, pero yo no sé de muchos lugares donde encuentres a una persona desconocida y por unas horas de tu vida se convierta en tu motor de motivación. Ese día confirmé que la decisión de seguir poniendo un pie frente al otro para llegar a la meta siempre será individual, pero es infinitamente más fácil hacerlo cuando tienes una compañía que convierte el esfuerzo en un acto compartido.
Después de este segundo maratón, vino un momento difícil: me diagnosticaron disautonomía—un trastorno del sistema nervioso autónomo que hace que funciones básicas como presión arterial, frecuencia cardíaca o temperatura se regulen de forma inadecuada—. Después de muchos doctores, estudios y unos cuantos desmayos, me explicaron que ese es el nombre de la condición con la que tendría que lidiar el resto de mi vida. Mi diagnóstico llegó después de un desmayo a mitad de una corrida en caminadora. Tuve suerte, porque un desmayo en caminadora podría haber terminado en un golpe fatal; afortunadamente, no fue mi caso. El golpe que sí me costó fue el de la realidad de tener que vivir con esta condición por el resto de mi vida.
Ha sido frustrante aprender a escuchar mucho más a mi cuerpo cuando no se siente bien, y a cuidarme de manera estricta para cumplir con cosas que, para la mayoría, no representan un problema. Algo tan trivial como un desvelo puede llevar a episodios continuos de desmayos, mareos, taquicardias y cambios de presión que complican mi día a día. El diagnóstico me obligó a reconocer nuevamente que no puedo dar por sentado el simple hecho de correr. No todos los días son fáciles; me cuesta mucho reconocer que aunque nada me haga tan feliz como correr, a veces tengo que dejarlo por días seguidos para cuidarme. Sigo aprendiendo que a veces detenerse es parte del camino, y que tomar una pausa no significa renunciar.
A pesar de todas las dificultades, de los sacrificios y de los retos que implica, correr sigue siendo lo mejor que me ha pasado: me ha transformado, me ha hecho crecer, y me ha regalado algunos de los momentos más felices de mi vida.
Algo muy importante en mi trayecto como corredora es que no lo he recorrido sola. El apoyo de mis papás ha sido uno de los mayores regalos que he tenido. Me acompañan en mis entrenamientos a las cuatro de la mañana para no ir sola en la calle a oscuras; estudian las rutas de mis carreras para encontrar los mejores lugares para saludarme y hasta han aprendido de geles y pastillas de sal casi tanto como yo. De verdad, mis agradecimientos a lo que mis papás me han apoyado en este camino son infinitos.
También he tenido el apoyo de mis hermanos, familiares, amigos y gente que me quiere y que me espera con carteles en mis carreras, con aplausos cuando llego con mi medalla al día siguiente o con simples mensajes de ánimo cuando estoy nerviosa. Todos ellos también han sido parte fundamental de mi historia como corredora. Esa porra, a veces hecha de personas que quiero tanto y otras veces de completos desconocidos que te gritan en la ruta, me ha sostenido en los momentos en que parecía no tener fuerzas y es un constante recordatorio de que correr también es comunidad, un espacio donde el esfuerzo individual se multiplica con la fuerza colectiva.
Todas las experiencias aquí descritas me enseñaron que correr no es un deber ni una carga, sino un privilegio. Que cuando pienso que no tengo que correr, sino que puedo correr, ese “puedo” convierte cada entrenamiento y cada carrera en una oportunidad que la vida me regala. Cada paso me demuestra que mi mundo va más allá de las palabras, y que existe un lenguaje que solo se aprende con la voluntad de siempre seguir avanzando.
En las carreras he aprendido que “el último en llegar es el ganador más lento”, porque todos, sin importar el tiempo en el reloj, conquistamos algo al cruzar la meta. También me acompaña constantemente la pregunta “¿De qué estás corriendo?”, cuya respuesta para mí siempre es la misma: “de la persona que no quiero ser”. Correr me recuerda en quién me quiero convertir y me empuja a ser esa persona, un paso a la vez.
Por todo esto, puedo decir con certeza que correr es lo mejor que me ha pasado. Me devolvió la confianza en mi cuerpo, me enseñó sobre la gratitud y me dio libertad, comunidad y propósito. Me mostró un lenguaje hecho de silencios pero con respiraciones y pasos; de dificultades pero con resistencia y voluntad; de algo que no se nombra pero se siente. Y sobre todo, me enseñó que la vida, como una carrera, no se mide solo por la meta, sino por todo lo que pasa en el trayecto.
Ana Sofía Osorio Flores es investigadora para Centroamérica en Eurasia Group, la principal consultora de riesgo geopolítico a nivel mundial. Es licenciada en Relaciones Internacionales y en Ciencia Política por el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM). Previamente trabajó en Innovations for Poverty Action en colaboración con la Universidad de Chicago, analizando políticas de seguridad, y en el despacho de consultoría política Grupo Estrategia Política, en el área de asuntos públicos. Además de su vida profesional, dedica su tiempo libre a correr.



