El mito de Aristófanes
de JL Sabau
La ética, la gravedad y la justicia tienen un parentesco sutil: las tres son fuerzas inferiores al amor. La primera por depender de la imaginación, la segunda de la realidad y la tercera de la sociedad. Mientras tanto, el amar toma estas debilidades y las vuelve en pilares definitorios. Mientras los otros sucumben ante un mundo que las niega, el amor hace la batalla negándose a definirse desde un principio.
Por siglos, hemos querido entender esta emoción. Por siglos, hemos fracasado. Eso no nos detiene; eso no me ha eludido a dejar estás páginas en blanco. Este es mi intento de lograrlo—o, mejor dicho, de fracasar y, en el fracaso, lograr acercarme lo más que puedo—; mi intento por definir el amor de una vez y por todas.
Me encuentro así con un desafío enorme, preparando mi enemistad con Aristóteles, Newton y Rawls. (Si es por defender el amor, que me odie la filosofía entera). Mejor que así sea; no estamos para pequeñeces.
Iniciemos por lo evidente: lo subjetivo. Definir una emoción individual es imposible, por no decir insensato. Bien sabemos que el amar depende del mundo en que nos criamos, las culturas que nos ven crecer y las leyes que rigen el cosmos—aunque me niego a creer en el atractivo insensato de la astrología que tanto parece llamar a mi generación—. Depende del individuo y sus perspectivas; depende de lo que cada uno sienta. No hay un solo amor; hay infinidad de amores.
Lo lógico sería criticar la subjetividad de este argumento, dar por sentado que definir el amor es imposible y seguir adelante con un mundo de definiciones individuales que no se hablan entre sí. Lo he pensado, también; he estado cerca de rendirme. Si continuo es porque, ahora, le he perdido fe a esa crítica. Aún si me equivoco—aún si este amor, es solo el mío—, algo habré ganado. Al derrumbar la columna de mis ideas surgirán otros tantos conceptos elusivos a mi defensa—el mero acto de escribir es rogar que otros escriban de lo escrito—. Algo de valor hay en ser parte de una discusión tan larga por definir algo tan importante.
Pero más allá del mérito literario, al pensar tanto en el amor, he concluido que esa subjetividad es, precisamente, su fortaleza. Las ciencias se desmoronan cuando atacan sus fundamentos; la justicia cuando perecen los axiomas; la ética con la incapacidad de crear distintas vistas en los individuos. El amor, por su parte, les lleva gran ventaja; vive de la subjetividad colectiva. Está siempre en ruinas a la par de en construcción; siempre está reinventándose en los millones de humanos que vivimos a la par. Cuando cae el peso de la sociedad, sobresale la mente del romántico. Con riesgo de ser poético sin sentido, no queda más que resaltar que, cuando el amor colapsa, se levanta de nuevo; tenaz cual solo los tercos. Aún si no lo definimos con certeza, ahí está.
Por lo anterior, no basta con decir que es un “sentimiento intenso” donde el humano “busca la unión con otro ser” como nos propone la Real Academia Española. Una declaración como la del diccionario pierde la inmensa emoción del amar a cambio de la precisión del habla —trueque injusto si buscamos preservar la experiencia humana—. Al pensar en el amar, vienen, de nuestros adentros, pesares envueltos en buenos recuerdos; todos distintos entre sí. No es una oración o un dibujo, sino las mariposas amarillas que corren en nuestros estómagos y el sentimiento de levedad que rompe, por un instante, las normas tan rígidas de la física. Una batalla constante de la experiencia individual por mantenerse a flote en los maremotos de la lógica artificial.
Nuestro rechazo al diccionario es de igual manera insensato. La humanidad tiene cierta fijación por definir lo indefinible y el amor no es excepción a esta regla. Lo que sí he de afirmar es que las escasas oraciones de académicos están lejos de ser nuestro método predilecto. De la relación que tenemos con el amor surge una preferencia por historias sobre definiciones sensatas. Basta con pensar en la escasez de tratados sobre el amar dignos de recordarse, como los hay para la política y la sociología. Mas todos lloramos cuando Juvenal Urbino encuentra a su querida Fermina Daza en El Amor en los Tiempos del Cólera o cuando ese narrador tan escurridizo declara que ha de casarse con Albertina en las páginas de En Busca del Tiempo Perdido. Parecería que nuestra especie pasa más tiempo creando amores de papel que viviéndolos en carne propia, recreando en las aulas del cine y las sillas de la biblioteca lo más cercano a la emoción individual. Así nos aproximamos a definir; con historias que engañan a la mente para recrear la emoción, y en su proceso, delinear aquello que carece de contorno. Lograr lo imposible con el valor de la expresión.
Así que, si he de definir el afecto, que sea por medio de una historia y que sea por su eterna mejora. Solo así reflejaré, en su definición final, las mismas virtudes de un concepto elusivo; con una historia que, desde mis primera semanas de universitario, me ha obsesionado.
Hace ya unos tantos siglos, Platón descubrió este patrón tan humano donde dependemos en la metáfora para dar rigor a un concepto tan complejo. De esto hay mucho que hablar y habrá quien deplore la inexactitud de las figuras retóricas. Dichas opiniones, para bien o mal, importan poco ante la historia del pensar. Nuestro griego lleva siglos en la tumba y el amor sigue evadiendo el rigor que le buscamos dar. No queda más que repasar, entonces, los esfuerzos de antaño en busca de comprender la emoción del presente. Releer los clásicos de ayer para amar mejor hoy. Así que hagamos nuestro cometido y retomemos uno de los mitos más populares del viejo barbón ateniense: el discurso de Aristófanes en el Banquete.
El dialogo en cuestión viene con un contexto pintoresco. Reunidos por el mutuo deseo de alcoholizarse, un grupo de intelectuales discute el significado del amor. En las páginas subsecuentes, surgen un sinfín de metáforas que se han quedado en tinta y papel. Solo las palabras de Aristófanes han logrado perdurar en la imaginación popular, ya sea por su acertada descripción de la naturaleza humana o su inevitable poética del amor. No trato de cuestionar el sentido de los otros personajes o el valor de sus palabras—muchas otras me han parecido útiles en el esfuerzo perpetuo por definir el amar—, pero es cierto que el diálogo de Aristófanes tiene un peso particular al tratar de un tema predilecto para nuestra especie como lo son las almas gemelas y la predestinación del amor.
La premisa se remonta a una mitología probablemente inventada mas no por ello incierta. En un principio, nos cuenta Aristófanes, la humanidad que hoy conocemos habitaba en otros cuerpos. Usando sus poderes divinos, los dioses griegos crearon criaturas redondas con cuatro brazos y cuatro piernas; cuatro ojos y dos narices. El mundo se habrá sorprendido ante la unión perfecta de dos seres. En cada cuerpo habitaban las mitades de una vida; dos partes de un mismo querer. Cual jardín del Edén, el paraíso llega a la tierra.
Lo bueno, por desgracia, dura poco. La insolencia, por su parte, es eterna. Los humanos primerizos se vieron cegados de poder, desafiando a los mismos dioses que les dieron la vida. En un destello de ingenio, Zeus rompe la balanza del cariño; separando en dos cuerpos lo que antes fue uno solo. Con ello se diluye el poder de cada individuo y se duplica la cantidad de plegarias mortales. ¿El precio a pagar? Una búsqueda eterna del otro. El deseo de hallar en el mundo la mitad que se nos ha negado, acompañado por la incertidumbre de jamás ser uno solo. Así llegamos a nuestra desdichada existencia y el imperio del amor. Intento desesperado de volver a la harmonía primitiva; encontrar dicha solamente en su triunfo.
El mito de Aristófanes revela una gran verdad del amor como acostumbremos verlo. Somos muchos los que creemos en almas gemelas y desgraciadamente lloramos por haberlas encontrado en los reinos de la no correspondencia. De ser cierta su historia, no queda más que buscar entre los millares de personas a nuestra división inicial. Restaurar en el abrazo el calor de la unión. Aquellos que, por desgracia, fuesen a caer a otros países o continentes, han de vivir una desdichada existencia sin amar. He aquí el mayor peligro de los griegos: ignorar las dimensiones de este mundo y las dificultades de la búsqueda. En la belleza de su mito se encuentra el dolor de su certeza.
Pero las metáforas, como ya he dicho, son métodos imperfectos de alcanzar verdades mayores y el mito tan poético de Aristófanes no es excepción a esta regla. Ahora prosigo con la humildad que tanto me falta a proponer una solución a esta historia, sabiendo bien su futilidad. Si he de acertar en expandir nuestro conocimiento del amor, esto durará escasos años antes de que venga otro escritor insensato a corregirme como ahora hago yo con los griegos. Para otro sería tragedia, pero para mi es una dicha inmensa. Pues en mi intento fallido de acercarme a la verdad, otro podrá llevarnos más lejos.
Con esto en mente, declaro que el error de Aristófanes fue meramente la falta de lectura por condiciones naturales. Mucho habría aprendido el griego de sobrevivir unas cuantas décadas y leer la Biblia o las historias de civilizaciones prehispánicas. En ambos casos, sobresale que el humano fue hecho de materiales perecederos. Para los cristianos, el polvo de la tierra; para ciertos pueblos originarios, el maíz. Ambos pueden moldearse y rehacerse; dar nueva vida a eso que la carece.
Basta con este pequeño detalle para dar un significado alterno al mito inicial. Tras caer la sentencia de Zeus, el polvo humano se vuelve material crucial para la búsqueda del amor que se ha perdido. Al menos son dos las razones que apoyan este pequeño cambio a un dialogo tan respetado por los académicos. La primera se basa en el eterno movimiento del ser y los cambios que caen sobre su mente. Es insensato pensar que existe un solo amor en esta vida, como lo es idearse que uno es ahora el mismo que será en una década. Cambiamos con los años; el polvo se cae y el maíz envejece. Por los caminos perdemos una pieza, encontramos otra ahí tirada. Agregamos a nuestro ser de tal forma que somos irreconocibles. Nuestro amor primerizo ya no embona con nuestra figura. Hemos perdido la cicatriz corte inicial que dio el patrón de los cielos.
La segunda razón trae consigo la dicha que ha robado la primera. Si bien es cierto que el polvo se transforma con el tiempo, también lo será que nosotros podemos cambiarlo. Con manos y herramientas, hacemos de nosotros otras personas. Cambiamos por voluntad propia para acoplarnos al mundo que nos rodea. El amor, entonces, no está meramente predestinado. Uno puede acoplarse al otro, agregando a su forma para encajar con el que ama. Vienen entonces las disfuncionalidades que tanto conocemos. Amantes que se transformar mientras que su pareja los ignora. Figuras enigmáticas que nunca podemos replicar. Un esfuerzo inhumano por corresponder; pues el amor será una enorme incertidumbre, pero es también un proceso de cambio. De todo salir bien, lograremos encajar con otro ser en esta tierra. Nuestros esfuerzos son bien escuchados y regresamos a la unión que Zeus nos había prohibido.
Eso es mi intento de amor. Somos gentes de arcilla que nos sabemos incompletos y queremos encontrar a otros. Es lo más cerca que he llegado.
Acá, confieso mi fracaso. No sé si estoy satisfecho con el concepto al que he llegado. Recaigo meramente en describir el proceso que todos seguimos; ver el amor como una búsqueda. Tragedia que bien había previsto al iniciar estás páginas. Peleamos una batalla inútil de lógica para una idea que se niega a seguirla. En estos bosques de desgracia racional, encuentro dicha en los claros de emoción. Así como quedamos en un perpetuo construir por acoplarnos al otro, me alegro con la breve certeza de haber moldeado mejor el concepto que tanto se me escapa. El amor seguirá sin definirse, mas ahora nos acercamos a su forma.
JL Sabau es el editor general de Perpetuo. No le gustan las biografías.



