Es difícil hablar de la segunda mitad del siglo XX sin a su vez considerar el 68 y la nueva estructura sociopolítica que devino de este. Para México, este año trajo consigo uno de los mayores movimientos de protesta del país. Inconformes con las condiciones políticas de la nación, miles de alumnos tomaron las calles de la capital demandando cambios inmediatos. El movimiento del 68 se ha incrustado en la memoria de todo México, marcando para siempre su lugar en la historia nacional. Sin embargo, la forma en la que este se organizó nos deja claro que no podemos hablar de dicho movimiento sin hablar del elitismo que hay tras de él. En vista de esto, propongo examinar el movimiento desde un nuevo ángulo que incorpore las desigualdades en las cuales se formó, no como una crítica a la legitimidad del movimiento sino como una nueva aproximación teórica sobre uno de los fenómenos más interesantes del México del siglo XX.
I. Entendiendo la teoría de élites
Antes de abordar el elitismo existente en el movimiento del 68, es primordial cementar bases ideológicas para nuestro análisis. Robert Michels, sociólogo y político teórico alemán quien fue uno de los principales exponentes de la teoría de las élites, desarrolló la idea de una “ley de hierro de las oligarquías” en la cual plantea que siempre existirá una minoría que gobierne a una mayoría (Michels, trad. 2001). Estas ideas evolucionan directamente de la teoría marxista (Marx trad. 2003), para la cual el sujeto histórico de la revolución es inherentemente la clase obrera como parte del proletariado. Para Marx, el proletariado como grupo social se encuentra en contraposición de la burguesía que, mediante condiciones sistémicas, genera una dinámica de explotación, primordialmente en el ámbito laboral. La burguesía se vuelve entonces en la clase explotadora y el proletariado en la explotada.
De acuerdo con la teoría elitista, una minoría organizada genera los mecanismos y las acciones necesarias para la organización política. La minoría dominante posee una estructura bien organizada así́ como control sobre las fuerzas y dinámicas sociales relativas a la organización misma. El éxito de las minorías se basa en su estructura mediante la cual son capaces de ejercer control sobre su contraparte: la mayoría desorganizada. La misma estructura garantiza un pensamiento coordinado entre los miembros de la minoría la cual es dotada de grandes medios económicos y políticos.
De la misma manera, Michels critica el funcionamiento antidemocrático de los partidos políticos así́ como de las organizaciones y movimientos sociales (Caparros, 2008). Esto se debe a la naturaleza jerárquica de dichas organizaciones, cuyas decisiones, aunque aparenten ser tomadas en consenso, en su mayoría derivan de un esquema inherentemente jerárquico. Dichas instituciones (partidos políticos, organizaciones y movimientos sociales) existen en un entorno político y un ecosistema social que prima un discurso democrático-liberal al formar parte de las dinámicas existentes en las sociedades occidentales. Lo interesante es que al mismo tiempo que abanderan un discurso democratizador de corte liberal, mantienen una estructura y ambiente antidemocrático.
Cabe destacar que la élite no es totalmente homogénea. En realidad, está estratificada. Casi siempre cabe observar en ella un núcleo dirigente, integrado por un número reducido de personas o de familias que gozan de un poder superior al de los demás miembros de la élite. Este núcleo rector desempeña las funciones de liderazgo en el seno de la élite: constituye una especie de superélite dentro de ella . El liderazgo en cuestión presta a la élite una fuerza y eficacia aún mayores, recibiendo a cambio nivel de toma de decisión y de responsabilidad.
II. El México de aquel entonces
En el contexto mexicano del siglo XX queda claro que el sistema político estuvo dominado por una élite partidista, con un dominio pétreo y cuasi-inexpugnable del Partido Revolucionario Institucional (PRI). La cúspide del poderío del PRI se dio entre los años 50s y 70s, un periodo histórico marcado por el enorme control gubernamental sobre un amplio abanico de sectores, desde el espectro político a lo social, inclusive pasando por lo económico. Es en este contexto que entra —en el marco de las grandes manifestaciones sociales de la década de los años sesentas, tales como la primavera de Praga o el Mayo Francés— el desarrollo de complejos movimientos estudiantiles a lo largo del país. En respuesta a las condiciones mencionadas, surgió un entorno propio para que el movimiento del 68 (Loaeza, 2010) el cual ahora analizaremos a la luz de la teoría de las élites.
Por más difícil que parezca creerlo, el movimiento estudiantil de 1968 en México fue consumido por un elitismo al más puro estilo michelsiano. Dentro de la élite del movimiento se formó un núcleo de poder en muy pocas personas quienes realmente controlaban las acciones del resto de los miembros. Sin percatarse de ello, el movimiento terminó personificando el ahínco de una clase media o media alta aburguesada por una rotación de la élite en el poder.
El surgimiento, del elitismo tanto en el país como dentro de los partidos políticos y movimientos sociales, ocurre principalmente mediante un llamado a la apertura democratizadora. Debido a estas consecuencias, tanto sociales como políticas, fue necesario el surgimiento del movimiento del 68 así́ como su mensaje pro- liberalización. En vista de lo anterior, es pertinente estudiar el fenómeno como un movimiento de carácter inherentemente elitista, especialmente usando a Robert Michels y a Gaetano Mosca como referentes.
Por su parte, Michels mantiene que la organización es el único medio existente para poder llevar a cabo una voluntad colectiva en la sociedad de masas; sin ella no existe una acción común no puede alcanzar fines concretos. Michels trae a la mesa la idea weberiana que la sociedad moderna —como en la que se desarrolló el conflicto y se gesta el movimiento estudiantil del 68— se conforma de organizaciones que requieren de una estructura. Es ante esto que Michels establece que dentro de una organización o movimiento social, como en el movimiento del 68, no existe un acceso consciente y deliberado al poder por parte de un grupo minoritario, sino que el liderazgo se conforma y se cierra al acceso de nuevos miembros.
Lo anterior ya que en la institución, la consolidación del liderazgo comienza como una necesidad y debido al prolongamiento de sus funciones ocurre la transformación de los líderes en una élite cerrada. En un movimiento social como en el del 68, el liderazgo se consolida mediante la necesidad de organizar a los miembros así como en la toma de decisiones, en principio en consenso con la mayoría. Sin embargo, conforme se va consolidando el movimiento se va estratificando y jerarquizando, dando como resultado una élite dirigente.
III. Los que formaban el movimiento
En un grupo u organización de carácter, ya sea tanto político como social, habrá́ una élite cerrada que movilice a una mayoría desorganizada. En el caso del movimiento estudiantil del 68, esta élite estuvo conformada por el Consejo Nacional de Huelga o el CNH. Sergio Zermeño, quien fue miembro activo del movimiento como encargado de la edición de materiales de dicha organización, narra en una colección de ensayos sobre el movimiento como se conformó el tan famoso grupo. El movimiento se conformó, en su mayoría, por estudiantes de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM), el Instituto Politécnico Nacional (IPN) y diversas agrupaciones sindicales y burocráticas. Lo que tal vez sorprenda a muchos es que estos mismos alumnos eran miembros de una clase cuasi-burguesa.
En el contexto de los años sesentas y setentas la UNAM era considerad, una universidad propia de la clase media y media alta. Menos del 5% del alumnado pertenecía propiamente dicho a la clase obrera o campesina del país (Elizondo, 2018), sus alumnos eran principalmente hijos de empresarios, burócratas y oficinistas con una posición, si bien no de una riqueza exorbitante, bastante acomodada. Aunado a esto podemos, a la luz de los párrafos anteriores, entender la conformación del movimiento como una organización de individuos no solo con una posición económica confortable sino que también es viable posicionarlos como parte de la élite intelectual mexicana, especialmente si tomamos en consideración lo jerárquico que se volvió el movimiento.
Podemos entender que la conformación del movimiento estudiantil y del Consejo Nacional de Huelga era de naturaleza elitista, lo anterior por el hecho de estar conformado principalmente por miembros de la burguesía intelectual del país. Es en este contexto que se gesta el movimiento del 68 con una orientación e influencia inherentemente marxista y allegado a los movimientos de izquierda a nivel global. Sin embargo, la gran diferencia entre este movimiento y un movimiento tradicionalmente marxista sería la relación entre la élite del movimiento y el sujeto histórico de la revolución, el cual, como mencionamos con anterioridad, es el proletariado representado en la clase obrera y el campesinado mexicano. Dicho de otra forma, la relación –o falta de– entre la élite del grupo y el grueso de la población obrera- campesina mexicana abre la brecha entre este movimiento, el cual se declaraba de ideología izquierdista y un movimiento que, en sí, sea de corte y práctica burguesa.
A lo largo de la gestación y conformación del movimiento, existía una tensión dentro de sí mismo entre la élite estudiantil de carácter revolucionario y el grueso de la población. En sus últimas etapas hubo una fricción latente entre el movimiento y una falta del ya mencionado sujeto histórico de la revolución marxista. Aún cuando el movimiento se inspira de las huelgas de los ferrocarrileros y de los médicos que lo antecedieron y participaron en conjunto en determinadas ocasiones con otros grupos en huelga, el movimiento era de carácter puramente universitario con un fin primordialmente relacionado a atender la tensión resultante de la dinámica existente entre el gobierno y los estudiantes. Como tal, no existía una articulación explicita entre la clase obrera y campesina mexicana con el movimiento estudiantil, que de acuerdo con testimonios de la época presentados por el mismo Zermeño, no logró unir a los estudiantes con la clase obrera mexicana e inclusive se le veía como un movimiento aburguesado.
Retomando la idea de la élite que conforma el núcleo del movimiento estudiantil, Zermeño (2018) expone claramente que el mismo movimiento estudiantil no estaba acostumbrado, al menos en sus formas a la democratización de la política interna del movimiento. De esta forma el Consejo Nacional de Huelga, se convierte en el órgano rector conformado por dos representantes de cada escuela adscrita al movimiento estudiantil, tomando como influencia una organización de carácter marxista-leninista, la cual era la ideología predominante entre los alumnos más politizados dentro del movimiento. Era tal la polarización que Zermeño explica que los estudiantes menos politizados eran empujados y controlados por sus contrapartes más involucradas políticamente, replicando de esta forma la estructura vertical y autoritaria del mismo adversario del movimiento: el Estado mexicano.
Con el tiempo el Consejo Nacional de Huelga, tras volverse el único interlocutor con el gobierno mexicano, conforma un grupo aún más restringido que sería el núcleo de la élite del movimiento — el llamado Comité Central. En este momento podemos considerar al Comité́ Central como el epicentro de la élite de la organización, siendo el Consejo Nacional de Huelga la élite en sí y a las masas de estudiantes que participaban en las actividades del movimiento sería el grueso de la población.
Zermeño (2018) nos da una imagen de la teoría de las élites traída a la practica dentro del movimiento al explicar que, “lejos de ser un espacio demócrata-liberal de intercambio de ideas y búsqueda de consensos” permitió que se impusiera el ala más politizada de la izquierda estudiantil en México, generando robustas y piramidales formas organizativas que, en sí, contrastaban con el rechazo a los liderazgos consolidados en el gobierno.
Siendo la élite intelectual del país, y especialmente su ala más politizada, la que conformó la cúpula dentro del movimiento es pertinente mencionar a Gaetano Mosca, quien partiendo de la premisa de que los muchos, especialmente si son pobres e ignorantes, jamás han dirigido a los pocos, sobre todo si estos son ricos e inteligentes. Debido a esto y siguiendo la fórmula del pensamiento mosciano podemos afirmar y concluir que en su naturaleza el movimiento estudiantil de 1968 en México tenía un carácter especialmente elitista que lo distanciaba no solo del discurso democratizador que profesaba, sino que de una práctica marxista.
El proceso de la gestación del movimiento estudiantil del 68 es un claro ejemplo y caso de análisis de la aplicación de la teoría de élites. Especialmente si consideramos la transformación de las manifestaciones generadas de una búsqueda de la libertad por parte de los estudiantes, intoxicados por el ambiente de revolución, que se vivía en distintas partes del mundo. Poco a poco estos deseos de libertad fueron convirtiéndose, en muchos casos debido a las circunstancias, en una estructura jerárquica, politizada y en su naturaleza elitista.
Considerando especialmente lo anterior, es factible mencionar que el resultado del movimiento fue todo menos una ideología compartida. En su lugar el movimiento estudiantil del 68 brindó una falta de estrategia para unificar a los participantes bajo un paraguas de las libertades democráticas que emanaba del discurso mismo del movimiento. Sin darse cuenta, las cabecillas del movimiento transformaron este discurso en un mero símbolo, víctima en sí, de la jerarquización y elitismo del movimiento donde surgió.
Este ensayo fue escrito por Adrián Marcelo Herrera Navarro para Perpetuo
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