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El mundo nos pasó de largo

El extravío geopolítico de México

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mar 02, 2026
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Esta crónica fue escrita por Emiliano Polo. Puedes leer más del autor y sus publicaciones en la biografía que incluimos al final.

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México no tiene claro dónde está ni a dónde quiere ir. No hay un rumbo y la falta de estrategia pretende esconderse bajo reacciones y frases fáciles de una soberanía mal entendida.

El extravío de la política exterior mexicana no es nuevo; el pasmo era claro desde la primera administración de Donald Trump. La Estrategia de Seguridad Nacional de 2017 fue el primer documento oficial que designó a China como la principal amenaza estratégica para EEUU y la confusión de política exterior mexicana comenzaba a ser evidente. Fue un documento que marcó un cambio histórico en la política exterior estadounidense: China pasaba a ser una “potencia revisionista” que buscaba desafiar la influencia estadounidense y reacomodar el orden internacional a su favor. A diferencia de estrategias anteriores que describían a China como un socio y actor responsable, se enmarcaba ahora la relación con EEUU en una lógica de competencia entre potencias, poniendo fin a la hipótesis del fin de la Guerra Fría que teorizaba que la ampliación de vínculos comerciales implicaría, eventualmente, la liberalización política en China.

Desde entonces, y como vecino de EEUU—mercado que recibe ya más del 80% de nuestras exportaciones y desde 2023, nuestro primer socio comercial—México nunca pensó en qué hacer y cómo reaccionar ante uno de los cambios geopolíticos más importantes de las últimas décadas. Como medida de emergencia, a mediados de septiembre de 2025, la presidenta Claudia Sheinbaum, por presiones de Washington, impulsó una iniciativa para gravar con aranceles importaciones de países con los que México no tiene tratado comercial, afectando sobre todo a Corea del Sur y China. Pero sucedió siete años después del giro de Washington; años en los cuales empresas chinas siguieron invirtiendo en México sin que se planteara alguna visión seria sobre el papel que el país debía jugar en la nueva competencia.

El caso ilustra las formas improvisadas que surgen, ni siquiera, ya por razones ideológicas o por un intento de concebir algún tipo de política pública, sino como capitulación ante imposiciones de EEUU y un intento por limar cualquier aspereza antes de la renegociación del TMEC en junio de 2026. No se trata de estrategias para atender las prácticas desleales de comercio chino, como los subsidios a vehículos eléctricos y tantas otras manufacturas—medidas que desde luego son necesarias frente a abusos que sí existen—, sino de impulsos que parten de una falta de análisis e interés sobre la posición de México en el mundo o la región.

La imposición de aranceles a productos de países con los que no hay un acuerdo de libre comercio evidenció que no hay estrategia nacional para decidir qué hacer con la inversión china. El país ha visto la creciente llegada de inversión en manufacturas y el sector automotriz, además de la creciente dependencia de insumos chinos para la industria destinada a la exportación.

Como no hay un plan claro a nivel federal, las inversiones se han desarrollado sobre todo con límites y condiciones desde las entidades federativas. Son los estados los que compiten con incentivos fiscales y mejores regulaciones, pero sin una base común federal. Para una de las definiciones más importantes de política exterior y comercial de los últimos años a nivel nacional, se ha delegado, irresponsablemente, la batuta a los gobiernos locales y municipales.

Nuestro extravío y pasividad parten, no solo de la desidia ante el reto, sino de que no contamos con instituciones para iniciar y encauzar acciones y un debate sobre lo que este tipo de relación comercial significa para México. Los aranceles podrían ser parte de una política industrial de defensa de la industria y el mercado doméstico, pero se han impuesto sin un plan que establezca con claridad bajo qué condiciones se pretende atraer la inversión china. Es cierto que México mantiene un importante déficit comercial con China, pero más del 70% de las importaciones son bienes intermedios que se usan en la manufactura e industria nacional, ¿qué quiere México frente a la enorme dependencia de insumos chinos para la producción? pero, sobre todo, ¿qué relación quiere con China y con EEUU en las próximas décadas?

Sin embargo, un extravío supone que la deriva viene después de un buen comienzo. México sí tuvo un rumbo. Por décadas el país logró definirse frente a potencias globales defendiendo principios que nos permitieron compensar un menor poder relativo.


Impulsos y estrategias

Hay términos que permiten explicar y ubicar lo que México ha desdeñado. La gran estrategia—grand strategy, como se conoce en inglés—es un concepto que se utiliza para aspirar a cierto tipo de política exterior, normalmente para describir la conducta de grandes potencias en política internacional. En general se deja de lado para explicar lo que hacen naciones medianas, por ejemplo, los países de América Latina, tanto que no existe una traducción apropiada al español. Pero más allá de términos o desusos, lo relevante es que, con sus excepciones, países medianos y pequeños tienen más dificultades para analizar dónde se encuentran y cómo quieren relacionarse respecto al resto del mundo más allá de sus regiones más contiguas.

El profesor estadounidense, Hal Brands, define la gran estrategia como “la visión que conecta las políticas públicas con los intereses más relevantes y duraderos del país”. Se trata de la conexión planeada entre los medios y los objetivos más relevantes para una nación. Su opuesto también ayuda a la definición: la gran estrategia se contrapone a las reacciones y los impulsos. Es un ejercicio de visualización y paciencia, un arrojo por conectar los objetivos con los medios para dar orden y dirección a la política exterior. Requiere dar prevalencia al largo y mediano plazo sobre lo inmediato y es lo que permite, según Brands, “permanecer centrado en medio de la cacofonía de los eventos mundiales”.

En EEUU, el presidente Harry Truman, por ejemplo, tras el fin de la Segunda Guerra, impulsó la gran estrategia de contener a la Unión Soviética en la naciente Guerra Fría; posteriormente, Ronald Reagan reconfiguró la misma con el objetivo de ganarla. Frente a las coyunturas, la gran estrategia es un arresto de reflexión y pausa para encauzar a un país hacia sus objetivos más importantes, defendía Henry Kissinger que era lo que les permitía a los políticos plantarse mejor frente a los vaivenes, sobre todo porque “la vida pública es una lucha constante por rescatar un elemento de libertad de elección frente a la presión de las circunstancias”.

Sin embargo, es un error pensar que solo las grandes potencias económicas o militares pueden pensar en estos términos. Al hacer énfasis en la alineación de todas las formas de poder—tanto militar como de poder blando—se considera, erróneamente, que los países medianos, o con menor poder relativo, no cuentan con las suficientes capacidades para desarrollar una gran estrategia digna del nombre. La historia demuestra que potencias medianas han tenido la destreza para construir una postura digna y eficaz en política internacional y la política exterior de México durante el siglo XX es uno de los ejemplos.

Durante el siglo pasado México tuvo la habilidad para desarrollar una estrategia a pesar de sus limitaciones, o más bien, precisamente por haber considerado sus limitaciones. Como sostiene Brands, en definitiva, “se trata de afirmar cierto grado de control y coherencia en el modo en que uno se relaciona con un mundo muy turbulento”. Y fue precisamente lo que México logró navegar durante un siglo marcado por guerras y guerras frías.

Para entender el extravío geopolítico actual de México, es necesario voltear la vista atrás. ¿Qué buscaba México en sus relaciones con el mundo? ¿Cómo compensaba sus debilidades y conseguía sus objetivos?


Leer el siglo

Durante el siglo pasado, México logró labrarse un prestigio en política exterior y sostener principios a partir de un entendimiento correcto de su tamaño y limitaciones: fue un país que enfrentó, con responsabilidad, una situación geopolítica compleja marcada por la vecindad con EEUU y la asimetría de poder.

Se requirió especial destreza y cuidado para navegar la convulsa política internacional del siglo XX que el historiador Eric Hobsbawm describió como la ‘era de los extremos’. México invirtió en instituciones para compensar sus limitaciones. Formó, por ejemplo, diplomáticos y funcionarios públicos que defendieron una postura digna frente al exterior por medio de principios y la promoción del derecho internacional en un siglo que se distinguió por el desprecio hacia éstos. Se dice rápido, pero México había logrado lo que muchas naciones tardan décadas en comprender y aceptar: su posición y capacidades en la política internacional.

Con el fin de la Segunda Guerra Mundial, México comenzaba a transitar de un país vecino a un socio comercial; México buscaba en el derecho una forma de compensar su relativa debilidad ante EEUU. A través de una política exterior basada en principios, el país consiguió el margen de maniobra que no podía adquirir económica o militarmente.

Lo anterior no quiere decir que no hubieran conflictos y tensiones. Un primer ejemplo fue el manejo de los intereses extranjeros en el país y las normas constitucionales de 1917. En aras de promover la estabilidad, el gobierno de Álvaro Obregón promovió el pago de daños durante la Revolución y, con los acuerdos de Bucareli, que dieron certidumbre a derechos extranjeros a cambio del reconocimiento del nuevo gobierno y acceso a créditos, se limitó la aplicación del artículo 27 constitucional sobre los recursos naturales. Se trataba de un reconocimiento por parte de México de la importancia que Washington deposita en la estabilidad del país y que la “política exterior debía servir entonces como mecanismo de protección de la imagen de estabilidad y progreso del país”, según la profesora Isabel Gaytán.

El énfasis en la estabilidad permitió que México lograse convertir la proximidad geográfica de una amenaza durante el siglo XIX, en una ventaja durante el siglo XX. Además, para el país fue benéfico no tener que invertir en un ejército para la defensa exterior; opción que no tuvieron otros países latinoamericanos. En el plano económico, estar junto al nuevo mercado más importante del mundo fue, aunque controversial y desde luego no reconocido públicamente, lo que le permitió a México atender el problema del desempleo a través de la migración. En definitiva, México lograba transmitir la suficiente confianza para llevar una política exterior más autónoma que el resto de América Latina.

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