El país de los secretos
Recuerdos del Paraguay
Esta crónica fue escrita por Federico Perelmuter. Puedes leer más del autor y sus publicaciones en la biografía que incluimos al final.
No sentí pena cuando me enteré que los sicarios lo mataron a balazos frente a la puerta de su casa asuncena. Dicen que fue por botón. No se lo merecía—quién sí—pero tampoco era inocente. Las mentiras, mi papá me recordaba de joven, tienen patas cortas. La vileza siempre descubre su castigo. Era el padre de Adrián; alguien que alguna vez conocí, integrante deleznable de un mundo de infancia que, en ese momento, me resultaba inescapable y hoy recuerdo sin nostalgia.
Me contaron de los eventos que voy a relatar en una cena familiar, un martes o miércoles de septiembre. El helado se derretía sobre la mesa cuadrada. Mi mamá, sabiendo que el finado no era santo, me lo contó con el leve asombro de quien sabe que no puede permitirse otra cosa, de quien esconde su regocijo justiciero y apenas perverso. Me reí: “Bien puesta la tuvo el hijo de puta”, dije, siempre con un son de venganza exagerado. Ya llegará mi escarmiento por esa risa.
Lo que recuerdo es el olor rancio a cigarrillo y la humedad, los mangos filamentosos pudriéndose en la vereda y el tono siempre irónico del Guaraní que resonaba de fondo. Jamás quise hablarlo. En la hora de Guaraní fingía dolores de cabeza y de panza, huía.
Pasábamos los meses de verano en la Unión Hebraica Paraguay (UHP), el único club judío de Asunción, donde vivía con mi familia, expatriados de Argentina por el trabajo corporativo de mi padre.
Yo tenía diez años, quizás once. Odiaba el club: su pileta enorme y vacía con un trampolín de tres metros que me aterraba y del que me gustaba saltar, su cancha de fútbol semi abandonada, la de pádel antigua y despintada, las canchitas de cemento y de tierra, ambas del mismo color pardo sediento. El templo viejo que en realidad eran dos templos, uno grande para las fiestas, con un proscenio y en tonos madera claritos y derruidos; otro más pequeño del que solo recuerdo los asientos de terciopelo rojo y un órgano desvencijado que no sabía prender. Los veranos había que tolerarlos allí porque mis padres querían darme una vida comunitaria judía como la que ellos tuvieron en Buenos Aires, aunque la comunidad paraguaya era mucho más reducida. La mayoría de quienes iban al club no eran judíos; una colectividad así de pequeña no se puede dar el lujo de ser selectiva. Todos, creo, tenían un familiar argentino. Practicar el judaísmo allí, tan aislados, era un esfuerzo, un compromiso sentido y cotidiano. Había un solo colegio judío, al que no me inscribieron porque en mi año asistían sólo cinco chicas y ni un varón.
Había actividades de fin de semana y grupos de juventud en los que interactuaba con los pocos otros niños de mi edad, a quienes detestaba por lo que yo entendía como su estupidez provinciana implacable e incurable. El calor lapidario del verano paraguayo se conjugaba en tardes interminables de aburrimiento y soledad con las violencias pequeñas y permanentes que se desatan en esas tempestades.
El grupo de varones de mi edad tenía varios miembros, todos chicos locales, cómodos. Yo estaba siempre un poco apartado, ya sea por argentino (nos dicen “kurepas” o “kurepís”; piel de cerdo, en referencia a la vestimenta de los soldados argentinos durante la Guerra de la Triple Alianza) o por tímido y antisocial. Ellos eran íntimos, amigos de toda la vida; yo llegué en paracaídas y participaba más por obligación de mis padres, que se preocupaban por mis desventuras sociales. No me caían muy bien, pero así es la niñez o por lo menos así fue la mía: uno juega con quien le ordenan.
Jugábamos mucho al fútbol, de más está decir, y sus distintas variaciones. Jugábamos al 25, por ejemplo, un juego en el que se debía llegar a ese número marcando goles de distintas formas, cada una con un valor diferente: un gol de taco valía dos, de rabona, tres, de cabeza, cinco. A los cinco puntos, el arquero podía “quemar,” tirar la pelota con la mano y mandar a otro al arco. Si te agarraban un tiro al arco también ibas al arco. Perdía quien quedaba al arco al final de la cuenta. El derrotado sufría algún tipo de castigo de patio de parte del resto, una de esas violencias leves de la infancia, un túnel de patadas o un paredón de fusilamiento con la pelota.
Gabriel, uno de los chicos, tampoco era talentoso, pero era una suerte de líder en su confianza en sí mismo. Tenía la piel oliva, unas paletas destacadas y la voz un tanto chillona, labios finitos y ojos pequeños y llanos, brazos largos e informes. Recuerdo que hablaba gritando y siempre parecía frustrado. Tenía mi edad.
Ese día cansino de febrero mi familia llegó al mediodía al club. La humedad pesaba como una manta. Me había metido a la pileta y, desde las reposeras, apoyadas sobre el pasto pegajoso, veía a mis amigos jugando al 25. Supuse que debía acercarme, aunque no lo hice de buena gana y más por obligación implícita de mis papás. Adrián retaba a los otros mientras jugaban. Era un año o dos mayor y no me quería en absoluto. Me parecía un bruto, de cabeza cúbica y sonrisa maliciosa, con pelo corto y afilado, siempre en traje de baño y con las remeras manga corta de Abercrombie & Fitch que los preadolescentes del 2010 considerábamos epítomes de la moda. Ese día, seguro un domingo, usaba una roja, en realidad bordó. Habremos sido seis que jugábamos en la canchita de cemento que al fondo tenía una pared descascarada, con ladrillos podridos y marcas de moho.
Esperé a un costado mientras terminaban un metegol y, pedido a regañadientes mediante, me sumé para un 25. No arranqué al arco, pero pronto hice alguna torpeza y quedé clavado atajando. Evento frecuente. Me hicieron goles por doquier hasta que, con la bronca como inspiración, quemé a Adrián a dos puntos de perder. Me burlé, no sé qué le dije, “te pasa por boludo, chera’a”. Le tocaba ir al arco a él. Hice, por única vez en mi vida, un gol de taco. 25. Túnel.
Enfurecido conmigo, no por primera vez y sin intención de sufrir la pena que le tocaba, se me acercó y me levantó del cogote. “Te voy a matar, Perelmuter”. Me habló como le hablan los niños de 11 que se creen duros a los de nueve a quienes la pubertad les es solo una promesa futura. Yo le sonreí. Me cruzó una trompada, me desprendí y salí corriendo a buscar a mi papá, que estaba en la pileta. Cuando mi papá me vio se paró de inmediato. Cuando le dije lo que había pasado—no era la primera vez—la imagen fue inversa: enfrente de todos los niños le agarró la remera a Adrián, que ahora sí se asustó: “no toques más a mi hijo, ¿me entendiste pibe?” Yo, a un costado, orgulloso y envalentonado. Nos fuimos rápido ese día del club.
Ya en casa, bañados, creo que luego de cenar pizza como todos los domingos, a mi papá le llegó una llamada de un número desconocido. Era el papá de Adrián, un hombre alto y corpulento que siempre manejaba camionetas nuevas y que, luego me dijeron, nunca tuvo un trabajo muy claro. “Mi hijo vino llorando, dice que vos le pegaste. ¿Es verdad?” “No le pegué, le advertí que no toque a mi hijo.” La respuesta vino rápido: “Te voy a matar, hijo de puta, sé dónde vivís, cuídate la espalda.” Mi papá estaba espantado.
No pasó a mayores. Quizás se olvidó. Yo dejé de ir al club.
Mi familia se fue de Paraguay en 2012. Mi papá renunció al trabajo que lo había expatriado. Una década más tarde, en septiembre, al papá de Adrián lo acribillaron sicarios que portaban Uzis y revólveres en la puerta de su casa en un barrio paqueto de Asunción. Redujeron y maniataron al guardia que custodiaba la casa y a un empleado que llegó a devolverle un auto, a quienes tuvieron secuestrados por varias horas. Repito: no me dio lástima, ni por Adrián ni por el papá. Nosotros tuvimos guardia de seguridad en Asunción–se llamaba Wilfrido—. Me enseñó a silbar. Creo que ahí terminan las cosas que compartimos.
El video del crimen es borroso pero inequívoco: la víctima estaciona el auto frente a la casa enrejada, una camioneta blanca de esas gigantescas y brillosas. Dos personas corren hacia él. Esperaron al distraído, claro. Se ven resplandores de los balazos, dos o tres y ya está. Muerto. Se fueron corriendo, se subieron a un auto pequeño y nadie los volvió a ver.
Las investigaciones policiales revelaron que el papá de Adrián había estado involucrado en el narco—para sorpresa de nadie—enviando droga de Paraguay a Europa. En un viaje a Miami, metrópolis del latinoamericanismo grotesco, la DEA lo levantó y el muy mamón se puso a hablar. Un ex asesor de la Administración Nacional de Navegación y Puertos de Paraguay, José Martínez, dijo que el papá de Adrián manejaba la distribución internacional de la droga pero que trabajaba para la DEA. Unos meses después, el fiscal encargado de investigar la causa también fue asesinado. En diciembre del año pasado encontraron una de las armas usadas en el crimen durante la “Operación Nexus”, que desarticuló una “red criminal internacional”. En la casa del detenido, Diego Giménez Arámbulo, hallaron nueve kilos de cocaína y medio de crack. Quizás Giménez fue uno de los asesinos. El líder de la banda era un uruguayo, Sebastián Marset, prófugo desde hace años. El papá de Adrián le había conseguido un pasaporte paraguayo trucho con el que trató de escaparse a Dubai, dónde lo arrestaron. Luego lo liberaron y le dieron un pasaporte uruguayo, lo que generó un escándalo en la República Oriental. Ni siquiera pudo truchar bien un pasaporte.
El papá de Adrián, sin embargo, no fue el primero en vivir del incógnito en Paraguay.
Paraguay, de hecho, es el país de los secretos. Desde su fundación con una revolución sin sangre pero urdida a puertas cerradas, con cañones apuntados a la casa del vicegobernador español, las cosas en el país se resuelven con silencio. A Paraguay se va a huir, a buscar refugio y escapar de la ley. La lista de escondidos es larga.
José Gervasio Artigas, líder independentista de Uruguay y uno de los caudillos principales de la primera mitad del siglo XIX, tras ver su proyecto militar y político agotado y su tropa rodeada, se escondió en Paraguay. Cruzó el Paraná y le pidió asilo al Doctor Francia, célebre “dictador perpetuo” del país que dominó mediante una aislación e independencia radicales. Durante los años de Francia, el hermetismo fue total. El refugio le fue concedido bajo condición de que nunca se comunicara con el mundo exterior. Artigas vivió 30 años en silencio.
La hermana de Friedrich Nietzsche, una nacionalista alemana que editó las obras de su hermano para volverlas afines a su ideología y eventualmente al nazismo, fundó una colonia aria a unos kilómetros de Asunción junto a su marido. Le puso Nueva Germania: aún existe. Los nacionalistas tienden a sobreestimar su capacidad de vivir de la tierra, sobre todo cuando no la conocen, por lo que él murió rápido y ella se volvió a Europa.
Juan Domingo Perón se refugió primero en la embajada paraguaya tras el golpe de estado que lo depuso en 1955 y vivió un mes en ese país antes de partir en un periplo que lo llevó a su exilio madrileño.
Marius Gherovici, un sobreviviente del Holocausto rumano al que entrevisté hace años, pasó primero por Paraguay antes de mudarse a Argentina.
El Dr. Josef Mengele, infame por sus experimentos en niños judíos en el campo de Auschwitz, también pasó por Paraguay (y Argentina y Brasil, donde murió). Se benefició por la dictadura de Stroessner, la más extensa de la región, que se extendió desde 1954 a 1989. Stroessner asiló y se congració con criminales de guerra y genocidas de toda índole, como Hans Ulrich Rudel (que vivía en Argentina bajo custodia de la CIA) y el excomandante del gueto de Riga, Eduard Roschmann, que murió pobre y miserable. Vivió en Argentina bajo el nombre de Federico Wagner y huyó a Asunción, donde murió. Yo también me llamo Federico.
Quizás el refugiado más célebre fue Anastasio Somoza Debayle, el dictador nicaragüense y heredero de una de las familias más infames de América. Tras una década en el poder máximo entre mediados de los años sesenta y los setentas tardíos, la revolución Sandinista lo obligó a dimitir, huyendo despavorido y cobarde a Asunción, donde seguía la tradición del mutismo. Stroessner lo recibió.
Un año más tarde, en 1980, comandos sandinistas en colaboración con cuadros del ERP, la guerrilla marxista Argentina liderada por Enrique Gorriarán Merlo, decidió que era hora de liquidar al tirano. Alquilaron dos departamentos, en uno pidiendo secreto al decir que era para el cantante Julio Iglesias, que iba a grabar una película en el país. Somoza vivía en una mansión gigante en el barrio de Manorá; por la mañana, salía de casa en un auto blindado, un Mercedes blanco. Usaba un Rolex. Esa mañana de septiembre, lo interceptaron con un auto; un comando se acercó y con una ametralladora rebajó a su chofer, a él y a su acompañante. Para estar seguros, le tiraron con un lanzacohetes. Dicen que sólo le reconocieron el Rolex.
¿Por qué huir a Paraguay? Es un país pequeño, reducido por la historia y encerrado entre ríos y cerros. Destrozado por una guerra injusta que lo dejó casi despoblado y desde entonces ignorado. Una sociedad híper rural, con una élite consolidada y aristocrática y sin clase media, con universidades de segunda y un gobierno corrupto. El colegio al que iba, el American School of Asunción (ASA, por sus siglas), es el de la élite: en mi año habían descendientes de generales y herederos de miles de millones de dólares. Unos grados abajo mío, la nieta de Stroessner. Nunca crucé palabra. ¿Por qué esconderse en Paraguay? Porque no hace falta esconderse.
Al papá de Gabriel le esperaba un destino más prolongado, de mayor agonía. Su secreto, más precario pero mejor guardado, no iba a durar mucho. Era un empresario cualquiera, rico y olvidable. Era un directivo de la cadena hotelera Howard Johnson en Paraguay y tenía emprendimientos en el rubro del juego. Algún casino. El crimen es un estilo de vida.
En un vuelo de negocios a Panamá, saltó una alerta de Interpol: en ese instante, 28 años de mentira se desenrollaron. Era, me contaron mis padres en una cena cualquiera mientras yo escuchaba incrédulo, un narcotraficante israelí, fugado hace casi 30 años de aquel país y que se había inventado una vida paralela en Asunción. Se casó con una paraguaya, tuvo hijos, todo bajo un nombre falso. Lo habían pescado con casi 5 kilos de heroína de Países Bajos y le dieron 12 años de cárcel, pero se fugó. Ya lo habían detenido en Estados Unidos en 1989, lo habían deportado a Israel pero logró escabullirse. El muy tonto—buen padre de su hijo, paletudo y orejón—tuvo que entrar a Panamá con su pasaporte en vez de la cédula de identidad paraguaya que consiguió, supongo, sobornos mediante. Quizás pensó que se habían olvidado de él. Se pudre, hace años, en una prisión israelí. No encuentro más noticias de su paradero.
La duda no resuelta, quizás, es por qué. Un índice de corrupción, de esos en los que no hay que creer mucho, ubica a Paraguay en el puesto 150 de 182. Los líderes del país, sus dueños, van todos al mismo colegio—al ASA—y se juntan en el mismo reducto pequeño. Paraguay, como las provincias del Noreste de Argentina y el sur de Brasil, es un feudo repartido entre amigos. Es el país de los herederos y los apellidos.
Me acuerdo de los empedrados, los que dominan Asunción con sus piedras asimétricas y afiladas, impredecibles y desparejas. Manejar en esa ciudad era casi un acto de fé. Nunca volví a Asunción ni pienso volver. Es una ciudad cruel de secretos y bastardos, de techos bajos y exiliados culposos.
Nunca volví a hablar con Adrián ni con Gabriel. De un día a otro, me imagino que sus vidas cambiaron. Sus padres desaparecieron, asesinados o tragados por el sistema policial internacional. Creo que Adrián se hizo futbolista brevemente, jugó para algún equipo mediocre de segunda división. No tengo dudas de que dinero no le falta. Quizás siguen yendo al club, jugando en esa canchita despintada y gritando obscenidades.
En Asunción crecí y fui miserable. No voy a morir allí, y eso es un alivio.
Federico Perelmuter es escritor. Vive en Buenos Aires.













