Estrictamente hablando, hace un año terminé mi carrera en Lengua y Literaturas Hispánicas. Letras. Literatura. Lingüística. La carrera que solamente estudian ricos y no gente de mi clase, como diría Mariana Enríquez. Yo era una niña que temía morirse de hambre y quería estar en STEM; luego fui una joven que dio un salto de fe para estudiar lo que verdaderamente le apasionaba. Ahora soy una mujer que sobrevive. Que trata de monetizar lo poco monetizable de las humanidades y vivir dignamente del amor al arte. Del amor a leer. A escribir. A hablar en público y, en consecuencia de todo lo anterior, a pensar.
No soy ninguna ingenua. Sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Pero una cosa es la teoría y otra la práctica, y ante el panorama que ofrece la literatura y las lingüísticas hispánicas, decidí probar suerte en el mundo editorial. Qué terrible. Necesitas tener una atención al detalle enfermiza y querer estar sentado todo el día frente a la computadora. Yo soy una mujer ruidosa, de voz característica, que tiene ganas de moverse, hablar fuerte y sin parar. En mis ratos de desempleo estuve inscrita en muchos seminarios de mi Facultad, escribiendo ensayos y haciendo ponencias. Estar sentada frente a un auditorio que me mira expectante, lo supe de inmediato, era lo que quería hacer toda mi vida.
Las manos me pican, el corazón se me sale del pecho y a ratos, quiero llorar de emoción. ¿De qué se trata vivir si no es de eso?
Entonces, claro, a no ser que seas un gurú dueño de una comuna—de una secta—, surge un gran problema: a nadie le interesa lo que tengas que decir. ¿Qué produce?, ¿de qué forma física o tangible beneficias a tu país?
El otro día vi un tuit de una chica compartiendo su felicidad por haber obtenido una beca FONCA: “tengo dos años asegurados para trabajar en lo que me gusta”. Los comentarios hicieron que me doliera el estómago: “pinche mantenida del gobierno”, “miren en qué se gastan nuestros impuestos”, “y eso para qué sirve, eso qué genera, pura pérdida de tiempo”. Terrible, desolador panorama para los que tratamos de preservar a las humanidades.
Y aun así, supongo que me gusta el mitote o que me vituperen, pero yo ya sabía que quería dedicarme a investigar, escribir, leer. Entrar al mundo de la Academia, vaya. Ser una mantenida del gobierno más, por decirlo de otra forma. Pero hay demasiados niveles a superar antes de llegar ahí…
¿Para trabajar en la máxima casa de estudios? En tu currículum ha de haber una maestría, horas de experiencia frente a grupo, todas las publicaciones y ponencias que puedas acumular, más todos los trámites burocráticos que toman por lo menos quince días hábiles cada uno. Una carrera contra el tiempo. Tratar de ser parte de la Academia significa el pasar de los años sin estabilidad alguna.
Lo pago, bien. Pero es aquí donde viene la parte por la que veniste a leer: desempeñarme como docente.
Conseguí empleo porque a mi edad ya era justo y necesario. Pero me prometí a mí misma que no iba simplemente a trabajar: iba a ejercer. Se lo debía a la estudiante matada que adoro, a todos los desvelos y desalientos. El proceso de contratación fue terriblemente lento, pero mis empleadores quedaron satisfechos con mi forma de enseñar. Debo admitir una cosa: aunque adoro estar frente al salón, disfruto más la investigación académica que la docencia. En lo segundo suelo ser un poco más lúdica, a veces no sé cómo lo hago, pero funciona. También confieso que no puedo dedicarme a esto de por vida, porque si me quedo ahí, lo digo sin exagerar, me voy a marchitar.
Y espera, compañero docente, antes de que me juzgues, te platico. Enseño en una secundaria particular en la zona norte del Estado de México. Si no eres docente, dimensiona; si lo eres, estoy segura de que empatizas conmigo. Es una pesadilla agridulce que muchas veces no encuentra por dónde empezar. En mi caso, lo haré a través del personaje. De mi personaje: pantalón de vestir, camisa, abrigo, zapatos; necesitas dar cierta imagen porque los padres de estos niños son gente que mide su confianza en el aspecto físico. Miss Mon. Esa es la maestra…
¿Maestra? Miss Mon tiene un horario terrible y un salario aún peor; pero hay gente que vive de eso.
En la medida de lo posible, intento disfrutar de mi labor. Porque me lo tomo en serio, porque me importa. Estoy convencida de que el bien se origina en la educación y el pensamiento crítico. Sembrarles semillas de duda a mis alumnos es algo que me toma una cantidad de energía impresionante, pues tienen doce años y pertenecen a una generación que no conoció el mundo sin Internet. Que no pueden ponerme atención porque compito con su Roblox, con su TikTok. Que dada su posición social, están acostumbrados a recibir gratificaciones inmediatas por nada.
Por eso suelo cuestionarme mi labor docente: siendo francos, me la paso mucho más tiempo pidiendo silencio que enseñando. Me cuesta mi vida entera, mis ganas, no dejarme deprimir por eso. Niños y niñas están imbuidos dentro de este sistema asqueroso, pero los varones son los primeros en demostrarlo. En mi primer mes de clase, unos niños me ladraron cuando estaba de espaldas escribiendo en el pizarrón. Esto no me está pasando, pensé. Me pasa todos los días, en la calle, en el súper, en el transporte público, pero ¿en mi salón de clase, de boca de mis alumnos de doce años? ¿A su maestra de veintisiete?
Cosa de unas semanas más tarde, reporté a otros cuatro o cinco niños porque estaban platicando que Brazzers tenía descuento ese día. Que XVideos esto, que RedTube aquello... ¿Perdón? Enfrentarme a ello ha sido uno de los grandes retos; me alarma profundamente que los padres se sacudan la bronca de limitar el acceso a Internet —o educar sobre sexualidad— a sus hijos bajo la idea de que a nosotros, docentes, nos toca hacerlo. Porque el vínculo entre padres y docentes parece hoy cada vez más delgado, tanto que me pregunto si todavía existe… ¿Y cómo educarlos cuando tengo cuarenta y cinco criaturas sobrestimuladas y llenas de energía bajo mi cargo, teniendo en cuenta mi salario mínimo?
En mi época como estudiante, escuché muchísimas veces que nosotros éramos el futuro del país. Y me parece cliché y absurdo decirlo, porque los niños no llegan a reemplazarnos, sino a vivir a la par con nosotros, y sin duda ellos, como yo y como los niños antes de mí, son producto de múltiples factores que no podemos seguir ignorando. Tanto los buenos como los malos. Sobre todo estos. Porque sí, tengo alumnos brillantes también. Niños y niñas maravillosos que me escuchan, que elaboran sus argumentos, que escriben hermoso y que entienden lo que leen. ¿La diferencia? Sus papás están pegados a ellos como chinches, como los míos estuvieron en su momento.
No quiero terminar con un dejo de superioridad moral, porque yo no tengo hijos y no conozco la experiencia de maternar. Sé que hay alumnos que hacen lo que pueden solos. Pero la educación no debe reservarse únicamente a las escuelas; la pasión del docente se ve frustrada si no hay nadie que escuche, aunque se esté presente en el aula. Al final del día, todos influimos en la crianza de las infancias, seamos padres, hermanos, amigos, tíos o docentes. Nos toca pensarnos un equipo y eso puede pasar por acciones “simples” como pensar en el prójimo, ser amables, demostrar cariño, leer en la calle, usar menos el teléfono o involucrarnos más en la comunidad. Ellos, los niños, nos imitarán. Sin duda, aunque cliché, esto sí lo creo fervorosamente, nunca es tarde para rectificar y cambiar.
Quizá me sorprenda a mí misma y descubra, también, un nuevo auditorio que me mira expectante dentro de mis aulas.
Mónica Cortés Reyes Naucalpan de Juárez, México) es licenciada con honores en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Facultad de Estudios Superiores Acatlán de la UNAM. Recibió una beca de movilidad otorgada por la Dirección General de Cooperación e Internacionalización para estudiar en la Universidad de Málaga, España. Publicada en La escritura como destino. Doce ensayos sobre la obra y el pensamiento de Rosario Castellanos. Actualmente es docente de español en secundaria.



