Este cuento fue publicado en el volumen II de El creativo, nuestra newsletter de escritura literaria y cultura. Para recibirla directo en tu correo, suscríbete a Perpetuo:
Que andan por la selva como un soplo, sin dejar ni una huella, sin partir ni una triste rama. Que son invisibles, o casi, porque salen de noche y se meten entre los matorrales, donde pasan días sin moverse. Que desde ahí nos observan, oyen todo lo que hablamos y después se desvanecen como una mera sombra. Que son espíritus que hicieron no sé qué pactos con los guerrillos. Que nadie de carne y hueso es capaz de moverse así por el bosque.
Puros cuentos. Todo el mundo es feliz hablando de esos bichos, pero a ver quién ha cogido uno o le ha metido algún tiro. A mí que no me vengan con vainas. No señor. Siempre me han valido una mierda sus historias de fantasmas y de pisa suaves. Una mierda, le digo… Hasta la noche que yo mismo vi uno.
Por mi Dios que lo vi con estos ojos, y es más, hasta creo que le di.
Fue por allá bien al sur, cerquita del Ecuador. Esa selva es de las duras; bien tupida y con su buena montaña. Y a mí que no me gusta andar entre lomas, porque desde arriba más fácil le dan a uno.
Esa noche yo estaba de guardia. Eran ya más de las doce cuando me agarraron tremendas ganas de orinar. Me arrimé a un matorral, mirando bien dónde pisaba, porque ahí lo que no falta son minas. El bosque estaba tranquilo; sólo se oía el chorro cayendo en la tierra… Cuando sentí que algo se movió.
Mandé la mano al fusil y me quedé mirando el matorral. No se veía nada. Pensé que había sido el viento; solo por si acaso, apunté el cañón y prendí la linterna. Entonces lo vi. Juro que había un par de ojos ahí. Fue un segundo nomás, porque apenas los alumbré se escondieron. Y que no me digan que eso era un animal. No señor. Eran ojos de persona, o acaso de fantasma, si es que lo que cuentan es cierto.
Yo me quedé frío, pero mi dedo hizo lo que había que hacer: disparó una ráfaga que reventó en todo el bosque. Miré otra vez el matorral. Estaba quieto. Pero no quieto como antes, sino más quieto, como si hasta el viento hubiera dejado de soplar.
En eso llegaron los muchachos. Traté de explicarles, pero mi teniente estaba como una fiera. La agarró a gritarme. Que por qué no estaba en mi puesto. Que cómo se me ocurría disparar. Me cogió del uniforme y me dio un señor empujón que me mandó por el suelo. Yo me iba a levantar; quería ir a ver si le había dado, cuando nos llovieron las balas.
Mi teniente cayó como un saco. Yo me arrastré con los otros hasta detrás de un árbol; los tiros caían por todas partes. Nosotros respondimos, sin saber a dónde apuntar. Estábamos perdidos… Hasta que algo explotó. Se oyó muy cerca de nosotros. No supimos qué fue, pero los tiros se detuvieron y pudimos escapar.
Casi no la contamos. Lo peor es que todos me echaron la culpa a mí, cuando la culpa es del puto bicho ese, que ojalá se esté ahí pudriendo en ese matorral.
No basta con ser invisible. No. Se necesita tener aguante, una vista excelente y buena memoria para los reportes. Por eso a los niños se les da mejor. Lo malo es el entrenamiento: es tan duro que casi ninguno lo termina. Los pocos que lo consiguen acaban muriendo de frío en alguna misión, o volando en pedazos por pisar donde no deben.
Pero este chico era un fenómeno. Desde el principio vi que tenía talento.
Lo reclutamos muy joven, tendría doce o trece. Superó los ocho meses de entrenamiento sin quejarse. Se movía por la selva como nadie, aguantaba el hambre que fuera y su presencia no se notaba ni teniéndolo al lado. Algunos decían que hasta podía caminar sobre las minas. Yo creo que ya exageraban.
Sus reportes eran impecables, como tener un radar moviéndose por el bosque; así veíamos a los milicos antes de que nos vieran. El chico nos decía cuántos eran, qué armas tenían y hasta el nombre de los jefes, como si se les hubiera puesto al lado. Era de verdad un fantasma, de esos que ellos tanto temen. No había nadie capaz de detectarlo. O eso creímos hasta esa noche.
Hacía días que un pelotón nos venía siguiendo. Mis hombres estaban nerviosos. Di la orden de acampar a lo alto de un cerro y decidí enviar al chico.
Se fue al atardecer. Se suponía que regresaría a la mañana siguiente, pero a la madrugada supimos que no iba a volver. Yo estaba despierto. La zozobra me robaba el sueño y decidí ir a tomar aire al borde de una peña. El cielo estaba despejado. Me puse a mirar hacia los árboles, por si veía algún movimiento... Entonces oí los tiros. Fue una sola ráfaga, seca; luego el silencio. Desde ahí vi los destellos: estaban más cerca de lo que pensaba.
Cuando volví, mis hombres ya estaban listos. Los mandé a tomar posiciones y les indiqué hacia dónde debían apuntar. Un minuto después, estábamos llenando el bosque de balas. Desde abajo respondieron, pero era obvio que no sabían dónde estábamos. Así estuvimos un buen rato. Seguro que les dimos a varios, aunque no había modo de saberlo, como pasa siempre en la selva. Todos disparan y nadie sabe quién mata a quien.
No sabía cuántos eran —se suponía que eso me lo diría el chico—. Me preocupaba que les llegaran refuerzos; nosotros teníamos la ventaja de la altura, pero si nos rodeaban estaríamos perdidos. Yo contaba con que el ataque los hiciera replegarse y volver por donde habían venido.
Estaba a punto de dar la orden de retirada, cuando escuché la explosión.
Fue muy cerca de donde estaban ellos. Los muchachos dicen que fue una granada, pero a mí me pareció otra cosa. Todos dejamos de disparar. Nos escabullimos detrás del cerro y los milicos se habrán quedado ahí, recogiendo sus muertos.
Al chico no lo volvimos a ver. Todos lo dimos por perdido. Seguro que lo atraparon y lo ejecutaron ahí mismo. Nada raro. Lo curioso es que antes, cuando estaba aquí, casi ni lo sentíamos andar, pero ahora… Es raro. A veces siento como si lo tuviera cerca. Por momentos me parece estar oyendo su voz, dándonos su reportes, como una presencia que insiste en seguirnos a cada rincón de la selva.
El jefe me dice niño, aunque de niño no tengo nada. Los niños tienen papás. Al mío se lo llevaron unos soldados y nunca volvió. Dijeron que por guerrillo, aunque yo no lo veía sino sembrando papas. Yo me adelanté y me fui para el monte, no fuera que vinieran a llevarme a mí también.
En la selva pensé que no me iban a recibir por bajito. Por suerte, el jefe tenía algo para mí; me dijeron que sería como jugar a las escondidas. Yo nunca había jugado a las escondidas, pero resulta que se me da muy bien: soy liviano, por lo mismo bajito, y más que todo soy callado. No es que no me guste hablar, sino que no creo que tenga nada qué decir. Antes, en la finca, tampoco era que me notara mucho. Por eso, cuando llegaron los soldados, a mí ni me voltearon a ver.
El entrenamiento fue duro, no digo que no. Sobre todo la parte de aguantar hambre y frío. Lo bueno es que no tengo que llevar fusil, que pesa un montón, aunque sí me toca estar pendiente de las minas. Las minas son de lo peor.
Aprendí a moverme despacito entre las hojas, rozando apenas el suelo. Soy tan bueno que a veces ni los muchachos me notan. Hasta las ratas me pasan por el lado como si yo fuera un pedazo de tierra. Solo los búhos, que siempre me han dado miedo, voltean cuando me acerco, aunque nunca sé si en realidad me ven. Aparte de ellos, no ha habido nadie capaz de descubrirme. Nadie. Excepto ese imbécil que no sé de dónde salió.
Esa noche no tenía nada de raro. Yo estaba espiando a unos soldados que me mandaron buscar. Fácil. Lo bueno de los soldados es que hacen siempre las mismas cosas. Lo único diferente fue que no vi a nadie haciendo guardia. Mejor, pensé, y seguí con lo mío. Iba pasando por un matorral; estaba listo para volver con los muchachos, cuando voy y me encuentro al bruto ese ahí, orinando, mirando hacia arriba como un tarado.
Yo frené en seco. Algo tuve que hacer mal, porque él se volteó y se quedó viendo hacia donde yo estaba. Recé para que no viniera, para que pensara que había sido el viento o un mapache o algo, pero él no dejaba de mirar el arbusto. Alzó el fusil y me apuntó con una luz que me dejó medio ciego. Entonces oí los tiros. Cuando abrí los ojos, él seguía ahí parado; yo del miedo me había mojado las piernas.
Ahí llegaron los otros. El jefe comenzó a gritarle al que había disparado; lo cogió como un muñeco y lo tiró al piso. Luego se oyeron más tiros. Seguro eran los muchachos. Tumbaron al jefe y los otros se metieron detrás de un árbol. Yo iba a aprovechar para irme, pero no me pude levantar. Resulta que lo de las piernas no era pis, sino sangre.
El cuerpo me pesaba un montón. Me arrastré con los brazos y comencé a alejarme de a poco. Estaba bien. Solo necesitaba un escondite. Entonces sonó un clic y todo se llenó de luz.
Cuando me desperté, ya no se oían los tiros. Los soldados se habían ido. La herida ya no me dolía. Me levanté y volví corriendo con los muchachos. Me alegró alcanzarlos antes de que se fueran. Ellos me habían salvado… Lo malo fue que ni siquiera voltearon a verme. Seguro estaban molestos por haberme dejado atrapar. Los entiendo. Pero ellos no saben que no fue culpa mía, sino de ese imbécil que ojalá haya acabado ahí bien muerto en ese árbol.
Eso fue hace días, aunque los muchachos siguen enojados. Ya no me dan misiones. Ni siquiera me hablan. Claro está que antes tampoco era que me hablaran mucho, así que no es para tanto. Yo igual sigo yendo y viniendo, revisando la zona, avisándoles cuando hay soldados cerca. Sé que de algo les sirve, aunque no me den ni las gracias. De resto nada más ha cambiado, salvo que he mejorado muchísimo mis habilidades. Me siento más ligero que nunca, tanto que ni yo siento mis pasos. Aparte, no me ha vuelto a dar hambre ni frío y, lo mejor de todo, ya ni los búhos voltean cuando les paso cerca.
Juan Polanía (Neiva, Colombia) es escritor, abogado y máster en Filosofía.




