El estelar es nuestra historia insignia de la semana: textos que lees una tarde y piensas toda tu vida. En el pasado, hemos hablado de templos satánicos y osos en peligro de extinción.
Y si quieres más de Perpetuo, tenemos conversaciones cada semana con autores, líderes de opinión y todo aquel que esté definiendo las fronteras (sean del idioma, tecnología o demás).
La semana pasada:
En nuestro podcast, Masa crítica, hablamos con Juan Villoro sobre el porvenir y devenir del ensayo y la crónica.
En Inferencia, conversamos con Víctor Cárdenas sobre cómo serán los bancos hacia el 2050.
Sin más, les dejamos la historia de la semana…
El mensaje llegó a mi WhatsApp un día de agosto del año pasado. Era escueto. Un breve saludo y después ¿Te puedo llamar? Aunque no soy milenial y mucho menos Gen Z, detesto las llamadas, a menos que sean para ofrecerme una chamba. El mensaje, sin embargo, no era de una persona con la que hubiera tenido contacto reciente, aunque sí de alguien a quien quiero; me apresuré a contestarle que sí.
No pasaron más de treinta segundos, quizá un poco menos, cuando escuché su voz. Trataba de aparentar calma, pero me di cuenta de que estaba destrozada: Huemanzin se está muriendo, me soltó. O quizá no fue así, tal vez lanzó una advertencia del tipo: Tengo algo muy triste que contarte. Es lo de menos; así es como lo recuerda mi cuerpo, como una rajada directa y sin anestesia en la boca del estómago.
Huemanzin fue mi colega en la televisora en donde trabajé durante dieciocho años. Por encima de todo, fue un amigo a quien quise y admiré entrañablemente. Al igual que a la persona que me dio la noticia de su agonía, tenía meses sin verlo más que por medio de sus redes sociales. La vida nos llevó por caminos distintos: yo salí de la televisora, luego él se casó y se fue a vivir a la tierra nórdica de su esposa. Yo gané una beca y me fui a estudiar y a trabajar a Nueva York.
El primer duelo y el pensamiento mágico
Cuando mi amiga, a quien llamaré Kenia, me contó que Hueman estaba en la etapa de cuidados paliativos por un cáncer diagnosticado un año antes, el impacto fue brutal. Por mi cabeza cruzó el impulso de llamarle a su esposa y preguntarle por él; pensé comprar un boleto, montarme en un avión e ir a verlo, abrazarlo, decirle que todo iba a estar bien. Me puse a hacer todos esos planes absurdos que brotan como un río desmadrado ante una noticia así, pero Kenia me advirtió que todo se estaba manejando con la mayor discreción a petición de él mismo y que, de hecho, se suponía que ni ella sabía y mucho menos tenía autorización de andarlo contando, que si me lo decía a mí era porque sabía de la amistad que él y yo tuvimos. Me paró en seco.
Los seres humanos tenemos esa extraña necesidad de querer saberlo todo acerca de las personas que nos importan y, peor todavía, de compartir nuestro dolor con otros, con la esperanza inútil de que pese menos. Pero entendí la posición de Hueman. Recordé su imagen apesadumbrada, hace años, un día como cualquier otro, en la oficina de la Dirección de Noticias del canal donde trabajamos juntos. Tenía los ojos enrojecidos, pero intentaba disimular su dolor. Me contó, en voz muy baja, que su papá había recaído en el cáncer. Le di un abrazo muy fuerte. Él, cálido como era, lo aceptó; pero, en cuanto nos soltamos, me pidió que no se lo contara a nadie. Respeté su petición. Era un hombre discreto en lo privado, a pesar de ser una figura pública del periodismo cultural en México.
Durante la semana o semana y media que sobrevivió después de que mi amiga me contara acerca de su estado, lo único que hice fue prenderle velas y pensarlo. No soy una persona religiosa, así que no rezo. Recordé que su papá había vencido al cáncer en aquella ocasión y me aferré a la idea de que ese sería también su caso.
No fue así.
Huemanzin dejó este mundo el 20 de agosto de 2025. Tenía 51 años y mucho por escribir, mucha música por tocar, muchas fotografías por tomar, muchas, muchas vidas por alegrar. Su partida me pegó más duro de lo que imaginaba. Durante unos meses nebulosos estaba convencida de que si le mandaba un WhatsApp me iba a contestar; o de que, si comentaba una de las impresionantes fotografías del paisaje nórdico que tomaba y subía a su Instagram, me iba a responder con la sencillez que lo caracterizaba.
Estaba viviendo, me di cuenta después, eso que Joan Didion llamó el pensamiento mágico: como si mis acciones (mandarle un mensaje, comentar un post suyo) pudieran traerlo de vuelta.
A Didion la vida le cambió en un instante. Se sentó a cenar con su esposo y así, de la nada, él cayó de su silla. Le había dado un infarto fulminante. Tras la muerte de John Gregory, en diciembre de 2003, Didion comenzó a dejar sus zapatos en la misma posición y lugar que él los había colocado por última vez; creaba narrativas alternas, repasando una y otra vez lo que había ido mal, y de alguna forma intentaba revertirlo. La vida cambia y nos queda lidiar con ello, implementar estrategias para anestesiar, contrarrestar o luchar contra ese dolor innombrable. A ese conjunto de estrategias ella le llamó «pensamiento mágico».
Yo no puedo evitar traer a la mente la desoladora imagen de unos zapatos vacíos esperando a que su dueño, que nunca volverá, se los ponga de nuevo. Pienso también en mi andar anestesiado cuando murió Huemanzin y en las otras formas de lidiar con el duelo que he hallado en la literatura.
Pero antes, tengo que hablar de una segunda pérdida.






