Un gran aquelarre festeja y baila en torno al diablo, quien está encarnado en una cabra y las recibe a todas como un padre. Hombres y mujeres salidos del infierno marchan condenados en procesión, sin destino alguno. Una anciana come junto a un cráneo su última cena. Un perro pardo levanta la cabeza con miedo, lucha y patalea por mantenerse a flote en un río de agua sucia, casi tan sucia que parece arena; busca sobrevivir, pero no lo está consiguiendo. Saturno devora a sus hijos, uno por uno, como un hambriento monarca.
Y en medio de eso, en medio de toda esa muerte y oscuridad, él se mantiene inalterado, en su puesto, alerta a lo que ocurre.
Sus jefes acostumbran destinarlo a los pisos superiores, pisos más fáciles, más accesibles; pisos de luz natural, elegancia y belleza, de Velázquez, de Murillo, de Zurbarán; pero esta semana no. Esta semana es la primera vez que le toca Goya.
La sala está ubicada en el subsuelo del museo, sin una ventana y con todas sus paredes pintadas de un negro intenso, a excepción de unas pocas letras en blanco que explican y dan contexto a la exposición.
Un niño se acerca demasiado a una de las obras. Él reacciona según lo que indica el protocolo y le dice: joven, por favor, detrás de la línea. Pero el niño no hace caso o no entiende lo que le acaba de decir o finge que no entiende. Él repite la orden, esta vez en inglés, pero sigue sin haber respuesta, sigue estando muy cerca del cuadro. El padre del niño aparece y lo hace retroceder, mientras pide disculpas en un mal español. Deben ser alemanes, piensa él. El niño es rubio, al igual que su padre y no debe tener más de ocho años; lleva bermudas, una pequeña cámara de fotos colgada al cuello y una remera roja que dice “Yo amo Madrid”.
Ten cuidado, esa sala tiene algo, afecta a la gente. Él escuchaba las advertencias de sus compañeros y asentía; pero, en el fondo, no les prestaba atención. Suponía que ese tipo de leyendas eran comunes entre los cuidadores de museo, que los ayudaba a sentir que su trabajo era más importante de lo que en realidad era.
El fuerte flash de una cámara ilumina la sala, llamando su atención y la de todos los visitantes. Es la cámara del niño rubio que acaba de dispararse. Justo detrás del niño, brilla el cartel que prohíbe cualquier tipo de foto. Él busca con la mirada al padre para pedirle que controle a su hijo, para retarlo a él también; sin embargo, no está. Debe haber ido a otra sala. Trata de decir algo, pero el niño no le da el tiempo: lo mira, ríe y se va corriendo antes de que pueda decirle cualquier cosa.
Le enfurece esa actitud. No tolera ver niños que se comportan así de mal ni entiende a los padres que los maleducan y los dejan hacer lo que quieren, molestando a todos sin ningún tipo de decencia. Él sabe que si un hijo suyo hiciera algo así, lo corregiría al instante, como su padre solía hacer con él. Aprieta el puño y agarra con fuerza la macana que cuelga de su cinturón.
Mira al resto de la sala. Otra cosa que también le resultaba imposible de tolerar eran las hordas de turistas, en especial las que eran extremadamente ruidosas, como la que acababa de ingresar. Grupos de estúpidos que parecen ovejas llevadas al matadero, entran amontonándose, hacen que miran los cuadros, sacan fotos que nunca volverán a ver y siguen como si nada. Cumplen una obligación de estar ahí, todos estúpidos. Hablan fuerte, hacen chistes, molestan a la gente. Él no entiende ni de pintura ni de ningún tipo de arte, pero sabe que ellos tampoco. Por suerte, su guía los acarrea rápido y se los lleva por donde vinieron. La sala queda prácticamente vacía. El ruido se va con el grupo, y detrás de ellos, el niño rubio vuelve a aparecer.
Esta vez, el niño lo mira fijo, sosteniendole la mirada mientras sonríe. Él lo observa porque hay algo en esa sonrisa que lo incomoda. El niño camina, despacio se mueve directamente hacia un cuadro, el más grande de la sala. Se dirige al cuadro donde dos hombres llenos de barro pelean a garrotazos en un páramo perdido. El niño avanza y cruza la línea marcada en el piso. Lo está retando, está probando sus límites, quiere saber qué es capaz de hacer para detenerlo. Estos malcriados solamente quieren hacer problemas, piensa él. Se prepara para advertirlo de nuevo, esta vez con más autoridad para que el mensaje quede claro, pero no llega a decir nada. El niño levanta su brazo izquierdo y acerca su pequeño dedo al cuadro, casi tocándolo.
No lo puede creer; siente cómo un calor crece dentro suyo. Mira a su alrededor: toda esa oscuridad empieza a tener sentido. El cuarto se hace más chico, su cuerpo se vuelve pesado y la vista difusa. Tantea su macana reglamentaria. No hay nadie más en la sala, pero alguien habla. Esas figuras oscuras le están susurrando: las brujas están bailando, los demonios están cantando; lo están invitando, lo invitan a hacer lo que quiere hacer, a sacar esa sonrisa burlona del niño. Ese niño debe dejar de sonreír. Y para siempre.
Como una avalancha, se precipita directo sobre el niño, quien ni bien ve que se acerca, completa su acto y apoya todo su dedo sobre el cuadro. Comienza a reír de felicidad, pero no es una risa normal: esta es muy grave. Enceguecido, él agarra al niño del hombro y lo trae a su lado.
Por favor, no toque el cuadro dice con esfuerzo. Siente cómo el sudor frío cae por su espalda y empapa su camisa. Sigue sosteniendo al niño, lo sostiene fuerte, su mano tiembla. El padre entra corriendo, preocupado porque pensó que su hijo se había perdido. Saca al niño de su agarre y le agradece que lo haya cuidado y protegido. Él no dice nada. Padre e hijo salen juntos para seguir su recorrido por el museo, quizás para dirigirse a los pisos superiores, a los pisos de luz y belleza, mientras él se queda ahí, en esa sala.
Antes de desaparecer, el niño se voltea y lo despide con una sonrisa, agitando su pequeña mano y sus
Ignacio Elbey (Buenos Aires, Argentina). Estudió Comunicación en la Universidad Católica Argentina. Está trabajando en su primer libro de cuentos.



