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El sobreviviente contrafáctico

Outtake de El secreto de los sobrevivientes, de Javier Sinay

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Perpetuo y JAVIER SINAY
ago 17, 2026
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-JL Sabau, Editor General


Este texto nace de las investigaciones que hizo Javier Sinay para su nuevo libro «El secreto de los sobrevivientes». Puedes comprar su libro en el siguiente enlace:

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Atenas, una mañana de verano: sin apuro, Antonis Mavropoulos bebe un café en la cocina de su casa. La luz del sol baña su rostro: nariz alargada, barba gris, entrecejo preciso. Este es el rostro del único pasajero que se salvó de un accidente aeronáutico que dejó ciento cincuenta y siete muertos.

Cada mañana, sea de verano o de invierno, de primavera o de otoño, Antonis Mavropoulos sabe que él fue, es y seguirá siendo uno entre ciento cincuenta y ocho —y que ese número no es una estadística para él, sino, acaso, algo como su entrecejo preciso o su barba gris: una parte de su identidad.

Ingeniero químico, hombre de conexiones, naturalmente expansivo: algún tiempo atrás Mavropoulos no habría hallado ni un momento para estar tranquilo y conversar un rato sin mirar el reloj. Hacia el año 2019 era un perfecto adicto al movimiento: dirigía una empresa de reciclaje y gestión de basura, encabezaba la Asociación Internacional de Residuos Sólidos y se subía a unos diez aviones cada mes. Tenía 53 años. Así lucía su mundo cuando ocurrió el desastre aéreo, el 10 de marzo de 2019. Fue en Adís Abeba, Etiopía: un Boeing 737 Max 8 se estrelló a poco de despegar. Era el vuelo ET 302 de Ethiopian Airlines. Mavropoulos estuvo a punto de subir a ese avión pero llegó tarde —dos minutos tarde— y aunque vio a los últimos pasajeros pasando por un molinete para ir hacia la aeronave, también vio cómo le cerraban a él la puerta en la cara.

—Mi supervivencia se dio por muchos hilos de los que todos pendemos, hilos que no controlamos —me dice Mavropoulos esta mañana de verano. Algunos hilos se rompen fácilmente y no sabemos por qué se rompen. Tampoco sabemos si el hilo que se rompe te llevará a la muerte o si es un hilo menor. Sabemos que algunos de esos hilos son importantes, pero no sabemos cuál sería el impacto si alguno en particular se corta.

Agrega que ha estado pensando en estas cosas.

Él, uno entre ciento cincuenta y ocho.

Un día después de la catástrofe de Adís Abeba, las acciones de Boeing Company en Wall Street se hundieron un doce por ciento: fue la mayor caída de la empresa luego de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York (uno de los aviones estrellados contra las Torres Gemelas había sido un Boeing 767-223 ER). Además, mientras los restos del avión todavía ardían en Adís Abeba, China e Indonesia prohibieron que el 737 Max 8 volara en sus territorios y luego el presidente Donald Trump hizo lo mismo durante un tiempo; así, en pocos días, unas tres mil compañías alrededor del mundo le dieron la espalda a esa aeronave.

—Soy ingeniero, estoy familiarizado con la teoría de las probabilidades y he leído mucho sobre la teoría del caos, la mecánica y la aleatoriedad —sigue Mavropoulos—. Yo creo en la aleatoriedad y creo en la suerte. Y estoy bastante seguro de que tuve mucha suerte.


Los viejos pilotos conocen una ley que dice que la probabilidad de salir vivo de un accidente de avión es inversamente proporcional al ángulo de llegada a tierra. Si el ángulo de llegada es grande, la probabilidad es baja.

A mí me parece que esa ley está cargada de ironía, pero lo que dice no es solamente una broma: ahí hay una verdad, es irrefutable. Me pasé diez años, entre 2016 y 2026, trabajando en un libro sobre este tipo de asuntos. Ahora El secreto de los sobrevivientes: ¿Por qué algunos escapan a la muerte? acaba de ser publicado por Tusquets. Mucho de lo que investigué acabó sin ser escrito. Y, luego de un proceso de dos años de edición con Leila Guerriero, mucho de lo que escribí acabó fuera de la versión final del libro. Hay, en borradores previos, páginas enteras que tratan sobre personas, ideas, escenas, testimonios y una variedad de asuntos: tantas cosas no podían ser abandonadas para siempre en una carpeta cualquiera de mi computadora. Decidí, por eso, que merecían el trato de outtakes de un largo proceso. Y esta historia del hombre que es uno entre ciento cincuenta y ocho es uno de los mejores outtakes.

El secreto de los sobrevivientes es un libro que busca entender por qué algunas personas se salvan y otras no, pero en el principio hubo otra pregunta. No la formulé yo, sino Marcos Angeleri, un jugador de fútbol de San Lorenzo, el club argentino. En una semifinal de la Copa Sudamericana, en su edición de 2016, San Lorenzo cayó ante Chapecoense, de Brasil, y este equipo abordó luego un avión hacia Medellín para jugar la final contra Atlético Nacional. Pero Chapecoense nunca llegó: el avión en el que viajaba se estrelló a diecinueve kilómetros del aeropuerto de Medellín. Murieron setenta y un personas. Se salvaron seis. El día de la final solamente quedaban vivos tres jugadores de Chapecoense.

Marcos Angeleri, el jugador de San Lorenzo, había estado muy cerca de anotar un gol a Chapecoense en la semifinal, e hizo su pregunta —en una entrevista en Folha de Sao Paulo—, y así dejó adivinar que su alma o su conciencia habían caído en un subsuelo oscuro al enterarse del desastre aéreo. Dijo: «¿Y si yo hubiera hecho el gol?». Angeleri no podía dejar de pensar que si hubiera marcado, San Lorenzo habría pasado a la final y por lo tanto esos setenta y un muertos brasileros estarían vivos.

A su modo, esta era otra manera de plantear un viejo misterio: ¿azar o destino?

A veces, la respuesta a estos interrogantes difíciles tiene que ver con el talento de saber qué hacer y con hacerlo en el momento debido. Alan E. Diehl, un investigador de accidentes aéreos, se refiere a ese talento en su libro Air Safety Investigators: Using Science to Save Lives—One Crash at a Time [Investigadores de seguridad aérea: usando la ciencia para salvar vidas—un accidente a la vez], donde ofrece una lista de diez consejos para protegerse ante una emergencia. Consejo número seis: «Use zapatos cómodos. Los tacos altos y las botas de vaquero pueden interferir con la evacuación y recuerde que es posible que tenga que correr a través de escombros o de terreno accidentado después de salir. Además, tenga en cuenta que los tacos de aguja pueden perforar el tobogán de escape y eso enfurecerá a las personas que están detrás de usted mientras ven cómo se desinfla el tobogán».

Sin embargo, los especialistas de seguridad aeronáutica no se ponen de acuerdo cuando deben formular una ley general para determinar por qué se salvan los que se salvan. Es que esa ley no existe.


—Viajar mucho te deja diversión, emoción y beneficios, pero también termina creándote algunos problemas serios —sigue contándome Antonis Mavropoulos, el hombre que no abordó el vuelo ET 302, el hombre que es uno entre ciento cincuenta y ocho—. Siempre tienes que estar pensando, tienes que viajar ligero, tienes pocas horas para hacer lo que quieres hacer y pocas horas para preparar tu próximo viaje. Esta condición de tránsito no es solo física, también es mental.

Antes del año 2019 —cuando todo cambió para Mavropoulos—, el movimiento permanente estaba afectando a su familia. A su hija la vio poco mientras ella crecía; su matrimonio estaba sepultado bajo los frecuentes reportes de millas que le llegaban como regalo de las aerolíneas.

El día en que parte desde Beirut hacia Adís Abeba, Mavropoulos piensa asistir a la Asamblea de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente en Nairobi, Kenia y sabe que tendrá poco tiempo para hacer la conexión de los aviones: deberá correr en Adís Abeba, donde hará una escala y abordará un vuelo hacia Nairobi. Como posee una visa de las Naciones Unidas, un funcionario especial del aeropuerto etíope de Bole lo aguarda para conducirlo directamente al segundo avión, que partirá a las 8:20 de la mañana. Cuando el primer avión aterriza en Adís Abeba y Mavropoulos desciende, el funcionario especial está allí, pero no reconoce a su griego y este tampoco lo reconoce a él. Los dos se quedan esperando algo que nunca ocurre y luego de diez minutos, Mavropoulos decide irse por las suyas y llega a la puerta de embarque justo en el momento en el que los últimos pasajeros se van caminando, ya lejos, hacia el Boeing 737 Max 8. El funcionario especial acaba de avisar a Ethiopian Airlines que el griego nunca llegó al aeropuerto y, entonces, los agentes de tráfico de la aerolínea finalizan el embarque antes.

Es demasiado tarde para Mavropoulos: su segundo avión, el que va hacia Nairobi, no lo espera. «¿¡Qué está pasando aquí?! ¡¿Por qué está cerrada la puerta?!», grita en vano. Quizás entre esos que se acaban de ir, metiéndose en el túnel hacia la aeronave, camina Cedric Asiavugwa, un pasajero que estudió derecho económico en la Universidad de Georgetown y que ahora necesita ir a Nairobi para asistir al funeral de la madre de su prometida. Quizás está Sarah Auffret, una francesa que vive en Tromsø, Noruega y que lleva un proyecto de aguas limpias a la conferencia de las Naciones Unidas —la misma a la que Mavropoulos también piensa asistir—. O acaso van Blanka y sus hijos Martin y Michala, los tres rubios y eslovacos. En un instante, Mavropoulos se encuentra solo en la puerta de embarque.

Seis minutos después, el avión apunta furiosamente hacia el suelo rocoso de una región llamada Shewa. Cuando impacta, se hace pedazos, estalla y deja un cráter de diez metros de profundidad. Los pasajeros se convierten en estadística.

Un empleado del aeropuerto que todavía no sabe nada de ese Boeing 737 Max 8 invita a Mavropoulos a abordar el siguiente vuelo, se disculpa por las molestias y lo conduce a un salón donde Mavropoulos va a pasar casi tres horas de espera. Pero a las 10:50, cuando él por fin está por abordar el próximo vuelo, dos guardias de seguridad lo reconocen. Lo llevan aparte, lo interrogan, le informan que debe acompañarlos.

Mavropoulos se queja. Los agentes no le explican nada, simplemente lo conducen a una oficina de la policía.

Allí, antes de comenzar un interrogatorio, el jefe le dice que no hable tanto y que le dé gracias a Dios porque ha sido el único pasajero que no subió a ese avión que ahora está desaparecido.


Este fue el segundo desastre protagonizado por un 737 Max 8. Cinco meses antes, una nave de Lion Air había caído en el mar de Yakarta y ciento ochenta y nueve personas habían muerto. Los dos casos se dieron porque Boeing había ajustado el diseño del avión para competir con el modelo 320 de Airbus modificando la ubicación de los motores. Ahora, el nuevo Boeing reducía el consumo de combustible, pero la aerodinámica del avión había sido afectada y esa era una variable delicada. Como resultado de los cambios, el 737 Max 8 tendía a elevar su extremo delantero en las primeras fases del vuelo, apenas después del despegue. Para evitarlo, Boeing instaló un sistema corrector con sensores externos. Se llamaba MCAS: Maneuvering Characteristics Augmentation System (en español, «Sistema de Aumento de las Características de Maniobra»). Esos sensores fallaron en Adís Abeba y en Yakarta; le dieron información errónea a la computadora del avión. El sistema —una suerte de piloto automático— bajó demasiado la línea del avión. De pronto, la nave apuntó hacia la tierra. Los pilotos lucharon sin saber cuál era la causa exacta del problema. El Flight Crew Operations Manual tenía dos mil quinientas páginas, pero en ninguna indicaba algo sobre el sistema MCAS que movía los mandos incluso cuando el capitán estaba intentando controlarlos.

Después de los sucedido en Adís Abeba, Mavropoulos regresó al aeropuerto, que estaba completamente vacío. Todavía necesitaba volar a Nairobi y quiso hacer el outtakes. Le dio a la empleada de Ethiopian Airlines su pasaporte y su reserva, pero ella no logró que el sistema lo aceptara. «No sé qué pasa», le dijo ella. Sobre una mesa había un diario. La cara de Mavropoulos estaba en la portada. La empleada se asustó: «¿Usted es esta persona?». Ante la respuesta de Mavropoulos, rompió en llanto. «¿Qué pasa? ¿Por qué lloras?», le preguntó él. Le dijo que estaba bien, que se había salvado, que no había que preocuparse.

«No es eso…», le respondió ella.

Se limpió las lágrimas. «Es como si estuviera viendo un fantasma…», continuó. «La razón por la que no lo puedo registrar es que el sistema considera que usted está muerto. El sistema cancela inmediatamente todos los pasajes luego de que un avión se cae: para el sistema, usted está muerto… pero usted está aquí».

Mavropoulos sintió un escalofrío. ¿Estaba vivo o estaba muerto?

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