Este cuento fue publicado en el volumen XIII de El creativo, nuestra newsletter de escritura literaria y cultura. Para recibirla directo en tu correo, suscríbete a Perpetuo:

Aquella noche de febrero de 1844 fue despiadadamente fría en el norte del archipiélago Alexander. Los copos de nieve caían, aunque en talla reducida, como misiles implacables, siguiendo los gélidos caprichos de los vendavales de invierno. Afortunadamente, los pobladores del asentamiento de Nuevo Arcángel estaban equipados para tan severas condiciones. Entre ellos, el que era tal vez el varón más apuesto de la América rusa, un gran comerciante y cazador aventurero, Gregorio Ivánovich, descansaba en su cómoda cabaña, sentado frente a una chimenea cuyo fuego se reflejaba en el cobre de su samovar y llenaba el espacio de un color ámbar que iba bien con las eventuales humaradas que salían de su boca cuando alejaba de ésta su pipa.
Bien acomodado en uno de los dos sillones de la sala y bien acompañado por su leal compañero, un perro borzoi llamado Alexéi, se llevaba de vez en cuando a los labios una taza de porcelana con flores violáceas que contenía dos tercios de agua caliente y uno de zavarka. Los ingredientes le eran provistos por su amigo y brazo derecho: Serguéi Serguéievich, un criollo nacido en Tyonek, de padre ruso y madre de la tribu sitka, que heredó de aquél sus tratos con los mercaderes de té de Kiajta.
El joven frente a las llamas, que había tomado la ventaja frente a los promyshlenniki de la zona, escribía afectuosas cartas a su familia y amigos en San Petersburgo, llenas de sus hazañas y aventuras. Hombre de impulsos, aprendió el arte de la caza regional gracias a sus buenos tratos con los indios; se podía dar el lujo de descansar por premeditados periodos de su oficio, tal y como se encontraba haciendo, dejándole el trabajo a sus hombres que componían un eficiente contingente de eslavos impasibles, mestizos alegres e indios variopintos, todos y cada uno con un rol específico en la tarea de aprovisionarse de pieles.
La mañana y el mediodía —sabiendo todos de la tormenta que se avecinaba— los había pasado intercambiando propósitos con diferentes vecinos del lugar, poniendo en orden sus diferentes asuntos mercantiles. Mientras, su peculiar borzoi echaba una sempiterna siesta sobre los rombos blancos de la alfombra color vino tinto a sus pies.
Nada sabían él o su fiel canino de la feroz batalla que se había librado en torno a él a escasos treinta minutos de su morada.
Del otro lado de la población, al interior de una pequeña y descuidada casa familiar, María Vasílievna, hija de un no tan prolífico traficante de opio nativo de Moscú, y Sofía Mijáilova, hermana de Antón Mijáilovich, un zoófilo en fuga buscado eufóricamente por las autoridades rusas, se habían declarado un duelo a muerte. La ganadora se haría de la posesión de la que, según ellas, era la prenda más bella sobre la cual sus miradas se habían posado: un exquisito sombrero de piel de nutria, la más fina del mundo. La merecedora de tan valioso objeto, convencida de la gran fascinación que causaría en Gregorio Ivánovich, se lo presentaría como obsequio y éste, sin lugar a duda, no tendría más opción que quedar locamente enamorado de la radiante doncella.
Gritos, cabellos arrancados, pellejos sueltos, uñas rotas, un tanto de sangre y una muchacha muerta fueron el saldo de una desquiciada batalla femenina en la que Sofía Mijáilova se alzó victoriosa. Su desdichada contrincante yacía inerte en el suelo después de haber sido estrangulada por unas manos que sabían bien lo que era dar descanso eterno a los pobres animales de patio de su familia.
Después de haber consumado el asesinato, jadeando profundamente por su labor y temblando por la pesadez del acto, cogió de entre los cajones de la difunta una llave robada a Gregorio Ivánovich, que durante mucho tiempo fue la más preciada posesión de ambas, pues abría la entrada del hogar del amado. Tomó el sombrero, dio unos cuantos pasos y, sin pensarlo, le abrió la puerta de la casa a un golpe glacial que se precipitó en la morada sin pedir permiso y excitó vivamente el algor mortis que apenas comenzaba a envolver el cuerpo en el piso. No fue hasta días después que el cadáver fue hallado por su padre, que llevaba una temporada en el fondo de una botella.
La vencedora del duelo, en su frenesí sin remedio, caminó durante media hora contra un viento helado que le calaba hasta el tuétano, abriéndose paso entre la profunda capa de nieve que cubría el suelo de la congelada isla Baranof. Durante el camino, pasaron por su imaginación todo tipo de escenarios en los que su amado se postraba a sus pies por el suntuoso presente y notaba a la luz del fuego la belleza que irradiaba su blanca faz. No podía evitar mirar aquel preciosísimo sombrero y estrujarlo contra su pecho pensando en su gran futuro como una dama de la alta sociedad petersburguesa: los vestidos, las joyas, los valses, las magníficas casonas, el estatus social. Todo esto desfilaba por su cabeza mientras que tan sólo tenía a una que otra criatura nocturna como testigo circunstancial, pues todos los lugareños descansaban tranquilamente y no podían concebir que alguien estuviera afuera bajo semejantes condiciones.

Aún frente al fuego, Gregorio Ivánovich se disponía a irse a la cama; escribía las últimas palabras de una breve misiva, con Serguéi Serguéievich como destinatario, en la que le hacía saber las predisposiciones a seguir en los días venideros. Contemplaba la idea de retirarse de un negocio al que, si bien le había proporcionado grandes satisfacciones, no le veía un gran futuro. Pensaba en pasar unas temporadas más en aquel lugar, sacarle el más grande provecho posible al comercio y despedir de buena manera a sus hombres. Dejarle todo a Serguéi Serguéievich le parecía la elección natural.
Sus pensamientos se detuvieron de súbito y retiró la pluma del papel al oír la llegada de una inesperada visita. Quedó aterrado al avistar, en medio de la cabaña, la figura de una mujer harapienta, despeinada y ensangrentada que lo observaba con ojos de una fascinación ocasionada por la más grande inocencia o demencia. Retomando a duras penas sus cabales, e irritado por la interrupción, preguntó:
—¿Y quién demonios es usted?
—Amor mío, oh amor mío. Vaya que le enseñas a brillar y dar calor a las abrasadoras llamas. Contigo el frío jamás ha de alcanzar mi corazón —dijo la pobre mujer, a la que le hacía falta un zapato.
Frunciendo el ceño como quien quiere ver mejor y queriendo dar sentido a lo que se desarrollaba frente a sus ojos, Gregorio Ivánovich pareció captar algo e interrogó:
—Espere un momento, ¿no fue usted quien robó a mi gato, Piotr, en octubre pasado? ¡Ja! —exclamó Gregorio Ivánovich con desprecio—. Y todavía tiene la desfachatez de introducirse en mi hogar, sinvergüenza.
Con los ojos aún fijos en él, llevándose las manos al violentado pecho y con una sonrisita típica de las personas que carecen de la plenitud de sus capacidades mentales, la muchacha continuó:
—Mi corazón se llena de alegría al oír tu cálida voz, mi príncipe —dejó salir por la boca una nerviosa exhalación—. Te he traído un obsequio.
Sofía Mijáilova sujetó delante de sí el sombrero más horrendo y mal hecho jamás visto en todo el imperio, probablemente elaborado por una banda de borrachos a manera de broma con la piel de un perro muerto de frío. Gregorio permaneció sin saber qué replicar. Al mismo tiempo, la damisela perdía el conocimiento, cayendo de bruces y sin vida al suelo por causa de su travesía nocturna e invernal, y se aporreó secamente contra el piso de madera. El muchacho permaneció inmóvil y boquiabierto, con las manos en la cabeza y sin saber cómo proceder, aterrorizado, mientras que Alexéi, al que todo el suceso le había parecido de lo más normal, ya se había hecho a la idea de su nueva compañera y se fue a acostar a su lado.
He aquí lo acontecido esa noche terrible y tenebrosa en lo más remoto del vasto imperio, donde los personajes más extravagantes y los sucesos más insólitos se entrelazan en un sinfín de situaciones que hasta hoy día nos provocan fascinación por lo peculiar de sus pormenores y circunstancias… ¿Quién pudiera concebir semejantes actuares, tales juicios y resultados? Sólo aquellos que lo han vivido y nos lo hacen llegar a usted y a mí.
Es así, pues, lo que sucede en América. ¡Dios salve al Zar!
Darío Vadaudela (Tinum, Yucatán, 1998) nació durante un viaje diplomático de sus padres a Kanxoc, lejos de la Mérida de su familia. De pequeño, su nana le contaba historias en maya, que a día de hoy se encarga de recordar y poner por escrito. Sus bienes consisten en un perro malix y un triciclo.





