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Anualmente, la Escuela de negocios de Harvard y la Escuela de Administración y Dirección de Empresas Sloan del MIT organizan una conferencia sobre Tecnología y Seguridad Nacional donde académicos, funcionarios de gobierno y ejecutivos discuten los desafíos apremiantes del mundo. La conferencia suele centrarse en los “titulares más llamativos” del momento. Para definir los temas, un equipo organizador —del que he formado parte dos años— debate qué áreas del mundo merecerán su propio panel en el evento.
Como era de esperarse, el primer panel definido fue Ucrania. Le siguió el Mar de China Meridional, dadas las tensiones con Taiwán. Nos quedaba un tema por definir. Pensamos en los crecientes comentarios en línea y los vientos políticos en Washington. La decisión fue clara: América Latina, estelar por primera vez en la conferencia.
Fuera de los “titulares llamativos”, la región venía ganando protagonismo silenciosamente en el debate de la política estadounidense, no sólo por la renovada doctrina de la administración Trump de enfocarse en la región en términos de seguridad, sino por su posición como área de disputa en la carrera global entre Washington y Beijing.
El Primer BYD Que Vi
He trabajado como consultor de gestión en distintas partes del mundo —desde Taipéi hasta Chicago— analizando aranceles comerciales, controles de exportación y operaciones de manufactura transfronteriza. Estas reuniones suelen ser bastante áridas, centradas en números, hojas de cálculo y negociaciones.
Después de una reunión en la Ciudad de México, pedi un taxi de plataforma, un Didi (滴滴出行) para ser concreto. Nunca había visto esa app originaria de Pekín, no disponible en Estados Unidos, donde vivo. El auto que me recogió era un BYD (比亚迪), un vehículo eléctrico chino, prohibido en territorio estadounidense debido a los altos y onerosos aranceles de importación.
Fue solo cuando llevaba unas dos cuadras de recorrido que me di cuenta que este auto era la manifestación física de todo lo que discutía en las reuniones: el posicionamiento gradual de China como el socio económico número uno para la mayoría de los países de América Latina, por encima de Estados Unidos. Al hablar un poco con el conductor sobre su decisión de comprar este auto, me habló de la autonomía de la batería y las estaciones de recarga. La sede de la empresa nunca apareció como un factor de importancia.
Mientras muchos analistas estadounidenses discuten sobre América Latina a través de artículos periodísticos —hablando de temas como minas de litio, autoridades portuarias y canales diplomáticos—, experiencias sencillas como esta sirven como la muestra de cuán evidente se había vuelto este cambio en el equilibrio entre Washington y Beijing en las capitales de la región.
Mientras la difusión de tecnologías y empresas chinas ha seguido creciendo con el tiempo, los analistas de Washington, —que llegan tarde a esta conversación— suelen estar cegados dada la prohibición de tales bienes en Estados Unidos. Acercandose por detrás al juego, intentan montar una contraofensiva que sólo ha llevado a mayores tensiones.
Los patrones que definen estas crecientes tensiones económicas en la región suelen seguir el mismo libreto. Primero, un producto o proyecto de infraestructura chino entra en marcha con fuerza. Luego, Estados Unidos despierta ante este cambio y plantea una estrategia de ataque. Después, las capitales latinoamericanas, atrapadas en el medio, enfrentan decisiones cada vez más difíciles.
Por ejemplo, el puerto de Chancay —cerca de Lima, Perú, en la costa occidental de América Latina— abrió un nuevo flujo comercial a través del Océano Pacífico hacia Beijing. Para 2019, COSCO Shipping (中远海运), la naviera estatal china, obtuvo la participación mayoritaria —60%— en este poco común puerto de aguas profundas. Cinco años después, en noviembre de 2024, Xi Jinping inauguró el puerto. El gobierno estadounidense comenzó a posicionar esta inversión como un punto de conflicto, una preocupación de seguridad para Washington. Perú, ve esta inversión en términos económicos, no políticos, y ahora enfrenta el efecto sube y baja de equilibrar los deseos de su mayor socio comercial —China— con los deseos del hegemón de seguridad de la región, —Estados Unidos—.
Una historia similar se despliega en el triángulo del litio entre Chile, Argentina y Bolivia. Mientras empresas chinas como CATL (宁德时代) y Ganfeng Lithium (赣锋锂业) se apresuraron a asegurar contratos de compra, Estados Unidos ahora intenta abrirse paso en la industria minera mediante gestiones personales con los presidentes de estos países. A medida que Huawei (华为) invirtió en redes de telecomunicaciones en toda la región, Estados Unidos ahora intenta frenar o revertir su expansión. Una y otra vez, vemos un patrón en el que China opera a nivel subnacional mediante la difusión económica de sus productos, mientras que Estados Unidos, tiempo más tarde, intenta ponerse al día o revertir estos cambios a través de presión política directa, con la agenda de seguridad como un eje central.
Para combatir la expansión de la presencia china en Latinoamérica, Estados Unidos intenta utilizar un libreto útil durante la Guerra Fría, cuando se vivía en un planeta dividido por dos polos ideológicos que exigía definiciones. En pleno siglo XXI, no permanece esa dinámica. Los países en América Latina no son actores que pueden ser persuadidos de un lado a otro. Ven en Washington y Beijing aliados únicos, útiles de acuerdo a sus intereses específicos, ya sea infraestructura para un puerto, acuerdos comerciales favorables con un socio, o inversión extranjera directa.
No todos los países tienen el mismo poder de decisión. A mayor grado de influencia de una nación, mayor capacidad de navegar este delicado equilibrio, sin atraer la ira de ninguna de las dos capitales. Con economías más grandes y el dominio de ciertas industrias globales, México y Brasil se colocan como los países mejor posicionados para sobrellevar esta tensión.
Cuando China bloqueó las importaciones de soja de Estados Unidos, Brasil se apresuró a llenar el vacío, mientras México se ha convertido en un vivo ejemplo de cómo se gesta esta disputa entre potencias. México se consolidó como un centro del «nearshoring» —estrategia de reubicación de empresas para facilitar la cadena de suministro—, al tiempo que sus exportaciones hacia Estados Unidos en áreas críticas —como los componentes de centros de datos— aumentan. A su vez, los autos BYD y los pedidos de Shein se han consolidado como parte de la cotidianidad mexicana.
Washington toma nota, intentando imponerse con aranceles y amenazas punitivistas respecto a la seguridad regional. Las medidas impulsadas por la administración Trump se concentran cada vez más en países pequeños con menor influencia. Lo que aún está por determinarse es cuán fuerte presionará Washington a los países intermedios de la región y cómo estos podrían responder: si intentarán equilibrar este sube y baja para obtener mayores beneficios de ambos lados, o si serán “ubicados” con mayor facilidad en un bando.
Lo Que Washington No Está Viendo
Washington históricamente tiene una conexión más débil con sus propias corporaciones —fabricantes, mineras y desarrolladoras— en comparación con China, que cuenta con empresas estatales (SOE, por sus siglas en inglés) capaces de negociar directamente en conjunto con el gobierno. Por esta diferencia, Estados Unidos ha ejecutado históricamente decisiones de política exterior a nivel nacional: presidentes hablan con presidentes; embajadores con cancillerías, no se cuestiona el orden jerárquico.
El problema para Washington es que, en esta nueva competencia en América Latina, su adversario negocia a otro nivel: subnacional. Beijing dialoga con alcaldes individuales, autoridades portuarias y empresas, mientras Washington se equivoca del nivel óptimo de discusión, al tiempo que importa retórica de seguridad en un conversación que no solicita guía política.
En el caso de un acuerdo portuario, un desarrollador chino (una SOE, empresa estatal) trabaja en conjunto con el gobierno chino para ofrecer compromisos firmes y tarifas por debajo del mercado. Una empresa estadounidense, a menudo separada de los esfuerzos de su gobierno en la región, no puede hacer acuerdos con el mismo respaldo institucional y promesas de largo plazo.
A medida que Washington internaliza este desajuste, queda por verse si continuará con un libreto de seguridad, —como vemos con la administración Trump— o si en cambio promueve un libreto económico.
Mientras los líderes latinoamericanos se equilibran en el sube y baja entre las dos potencias que a su vez intentan preservar un punto de apoyo en la región, las decisiones difíciles podrían resultar en más disputas y desacuerdos diplomáticos, presagiando un futuro de mayor inestabilidad.
Naveen Krishnan es becario BYL e investigador en Seguridad Nacional en la Harvard University. Fue becario Liu Xiaobo en el Congreso de Estados Unidos, donde fungió como asesor en materia de relaciones internacionales. Su trabajo se centra en la política de seguridad y las tendencias tecnológicas mundiales en Asia y Latinoamérica.


