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El estelar

El sueño del Suri

de Sofía de la Vega

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oct 19, 2026
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El estelar es nuestra historia insignia de la semana: textos que lees una tarde y piensas toda tu vida. En el pasado, hemos hablado de templos satánicos y osos en peligro de extinción.

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La semana pasada:

  • En nuestro podcast, Masa Crítica hablamos con Eduardo Rabasa sobre cómo construir una editorial desde cero.

  • En Inferencia, conversamos debatimos sobre el impacto económico que tendrá la IA en la sociedad.

Sin más, les dejamos la historia de la semana…

Ruinas y cardones. Fotografía de Bernardo Cornejo Maltz.

1

A cuatro mil metros sobre el nivel del mar, un ave que no vuela, corre.


2

Aunque es octubre en el país más austral de América, la temperatura desciende a cero grados. Marcelina Salazar se pone unos guantes, ajusta bien sus zapatillas y sale. Conoce de memoria el camino desde la casa de su mamá en Chorrillos hasta la ruta cincuenta y uno. Son las cinco de la mañana y a esa hora apenas se ven las siluetas de los cerros que la luna deja alumbrar. Las lechuzas están alertas en sus huecos por el ruido que hace Marcelina con el rastro de sus pisadas. El sonido áspero de la tierra seca es reconfortante, a veces desliza el pie con más fuerza para permanecer ahí. Antes de llegar a la ruta ve la vieja estación del ferrocarril, y es que este pueblo, como tantos otros en Argentina, ha quedado estático por el viento, el sol, imponente y solitario porque los trenes ya no pasan ni traen a su gente.

Chorrillos está solo a ciento cincuenta kilómetros de la ciudad de Salta, pero el comienzo de la Puna se hace sentir. «Un desierto lunar cálido y frío» fue la definición más certera que le dio a este territorio el escritor jujeño Héctor Tizón. Marcelina atraviesa el desierto desde siempre, ella es de Santa Rosa de Tastil. A sus veinte años se tuvo que mudar a la ciudad de Salta por sus hijos, no había forma de mantenerlos en su pueblo. Llegar hasta ahí nunca fue sencillo ni cómodo, por eso, por mucho tiempo sólo volvía para las fiestas patronales, sobre todo para el treinta de agosto, el día de Santa Rosa de Lima. Pasaron los años hasta que un día la llamaron para ofrecerle trabajar en el Museo Arqueológico Santa Rosa de Tastil. Era el puesto que siempre había querido. Entonces su vida se transformó en una cosa de ir y venir por la Puna. Marce dice que lo hace por sus antepasados, por su papá abuelo, como le dice ella, que fue el primer guardián de las ruinas. Cada vez que habla de él la voz se le entrecorta, como si la garganta se le llenara de las mismas piedritas que hay en el suelo.

Marcelina levanta el pulgar al costado de la ruta para que algún camionero la levante. Tastil queda a cuarenta y tres kilómetros de distancia de Chorrillos, pero llega a una altura de tres mil metros sobre el nivel del mar, donde el altiplano se puebla de cactus enormes mientras las personas que viven son cada vez menos. Héctor Tizón también dijo que vivir en la Puna era una experiencia donde «los seres humanos se miran a sí mismos como en un espejo, enfrentados a la razón de existir, a su destino más elemental».

Marce está agotada, no por madrugar ni por la falta de oxigenación de la zona. Está cansada por tener que salir una vez más a hacer dedo. La Puna está llena de estos pueblos casi fantasmas de ruta transitada: la frecuencia de colectivos es muy baja, pero los camioneros y trabajadores que van a la mina de San Antonio de los Cobres no dejan de pasar. Hacen vibrar las piedras sonoras de Tastil. Son los que generalmente llevan a Marcelina a las cinco de la mañana.


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Marcelina. Fotografía de Bernardo Cornejo Maltz.

3

Tastil es la ciudad arqueológica más grande de Argentina, Monumento Histórico Nacional desde 1997 y Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO desde 2014. Sus restos están en la Quebrada del Toro, Salta; sus pobladores eran parte de las comunidades diaguitas, atacameños y calchaquíes que hablaban las lenguas kunza y kakan, pueblos que todavía se encuentran vivo en el noroeste argentino.

Era una ciudad porque estaba organizada por núcleos habitacionales: aproximadamente más de cuatrocientas viviendas construidas con lajas de piedra sin argamasa, recintos diversos, cementerios, calles sobreelevadas que convergen en una especie de plaza principal; allí se encuentra la piedra sagrada, wanka, en la que se realizaban prácticas rituales. Además, había terrazas agrícolas y criaban llamas, lo que les servía para comerciar a larga distancia. Por Tastil, pasaban caravanas de trueque que traían obsidiana, conchas marinas y tejidos finos, prueba de una red comercial que unía la Puna hasta la costa del Pacífico. Entre los siglos XIII y XIV, su época de esplendor en la era preincaica, albergó más de tres mil habitantes.

La importancia de este lugar no es solamente por las ruinas de la ciudad: Tastil tiene una de las mayores concentraciones de petroglifos de América. En los cerros que la rodean, en doscientas setenta hectáreas, hay alrededor de ocho mil dibujos grabados sobre roca o, como los llaman los arqueólogos, petroglifos.

La ciudad ya estaba deshabitada cuando llegaron los españoles. No se sabe a ciencia cierta por qué se fueron, pero todo indica que no estuvo involucrada la violencia directa. Algunos arqueólogos piensan que en un momento el clima se volvió muy seco y eso no permitía la subsistencia de un pueblo tan grande. Otra teoría apunta a que, en la época en que Tastil se volvió parte del imperio incaico, del Tahuantinsuyo, los pobladores fueron reducidos a una categoría menor, obligados a cultivar de otra manera y a hacer una nueva distribución del territorio que beneficiaba a los incas. Dejó de ser un cruce de caminos, un centro neurálgico por donde pasaron los caravaneros y sus llamas, un cambio de ruta dispuesto por los incas.

A unos metros de las ruinas, está el nuevo pueblo, Santa Rosa de Tastil. La mayoría de sus pobladores no viven en la ciudad; solo van a trabajar por cuestiones turísticas y por el museo. Un peligro para la memoria de los tastileños, para sus rocas y para el patrimonio indígena argentino.

Muy pocos conocen Tastil en Argentina. A otros pocos menos les importa.

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