Este texto es de Teresa Yacamán. Puedes leer más de ella en la biografía que incluimos al final.
No hay día más importante que el 14 de julio.
En 1789, ese fue el día en que el pueblo de París asaltó la Bastilla—una prisión que representaba el poder absoluto de la monarquía francesa. Así, inició la Revolución.
En 2016, ese mismo día, más de 84 personas perdieron la vida en un atentado terrorista en la ciudad de Niza, al sur de Francia. Fue también el día en el que, aunque mi cuerpo sobrevivió, mi alma murió un poco.
Mis amigas y yo decidimos vestirnos de negro para ver los fuegos artificiales en la Promenade des Anglais, el hermoso malecón de la ciudad. Estábamos de intercambio, una de esas experiencias a las que solo acceden los privilegiados: supuestamente para “estudiar francés”, pero en realidad estábamos ahí para viajar; para fingir que éramos adultas y gastar dinero que no era nuestro.
Yo tenía 16; era insoportable, mimada y, a decir verdad, bastante tonta. A esa edad, me sentía como la persona más importante del planeta, una sensación de invencibilidad que solo el egoísmo y el privilegio pueden otorgar. Nada podía detenerme. Era joven, bella, y estaba de viaje por la Costa Azul con mis amigas. Íbamos a Mónaco—a Saint-Tropez, a Antibes—a pretender que teníamos clase, aunque no podíamos ni entrar al casino y usábamos vestidos baratos de Forever 21.
Nunca he escrito sobre el atentado. Lo he contado muchas veces—cada vez que cambio de terapeuta—pero nunca lo he escrito. En parte, porque sé que suena a una queja privilegiada. En parte, porque no recuerdo mucho. Y en parte, porque siento una enorme culpa por haber sobrevivido.
Inicio por lo claro; lo que recuerdo.:
Recuerdo los destellos de los fuegos artificiales sobre la playa. Recuerdo los colores de la bandera francesa reflejados en los charcos. Recuerdo el olor a sal del mar y el dolor en mis pies al caminar sobre las rocas filosas de la Côte d’Azur.
Recuerdo ir caminando después del espectáculo por el malecón y escuchar tambores. Recuerdo detenerme a bailar. Y, mientras lo hacía, sentí a dos personas caminando demasiado cerca de mí. Recuerdo detenerme para dejarlas pasar, con precaución. Un mal presentimiento me recorrió. Y fue entonces cuando vi el camión blanco.
Pensé que probablemente se detendría. Pero vi las luces de los faros acercándose, lentamente, hacia mí.
Recuerdo los gritos. Recuerdo a la gente cayendo por el acantilado a mi derecha, intentando huir. Recuerdo que no había ningún lugar donde moverme.
Recuerdo la cara del atacante, detrás del volante, con unos ojos penetrantes y una piel oliva. Se parecía a mis hermanos.
Y recuerdo el carrito de dulces. Recuerdo a los niños.
La gente que creció en ciudades pequeñas va a entenderme cuando le hablo de estos trenes que llevan a niños alrededor de los centros comerciales. Es típico de ciudades pintorescas, de esas en donde los helados son naturales y las temporadas del año se miden por el color de las flores de los árboles. Yo crecí en Cuernavaca, ciudad de la eterna primavera, en donde cada centro comercial tenía un trenecito que, al pasar, tocaba una campanita anunciando su camino para que la gente abriera paso y no fuera atropellada por el gran e intimidante vagón.
Mi mamá y yo jugábamos a que, cuando el tren pasaba, ella se paralizaba y yo, valientemente, la "rescataba", sacándola del camino. Después, sentadas en una banca, ella me decía que, si alguna vez me encontraba en peligro, no debía quedarme quieta. Debía moverme. En ese momento, ella pensaba en un borracho al volante que pudiera atropellarme, pero no sabía que esas palabras salvarían mi vida diez años después.
Cada encuentro con la muerte es único. Tal vez ustedes, si lo han vivido, puedan confirmar o desmentir que uno no ve su vida pasar frente a sus ojos en ese momento. En lugar de eso, la muerte te deja solo un recuerdo. Solo uno. Para mí, fue el trenecito.
Lo único que vi cuando las luces del camión se acercaban, fue a mi mamá. La vi en Plaza Cuernavaca, de compras conmigo. Vi el trenecito. ¿Qué tanto daño podría hacerme? Se veía hasta ridículo, como un pedazo de plástico. Una mezcla de gritos, el rugir del camión y la voz de mi madre susurrando: "Te tienes que mover".
Y me moví.
Di exactamente cuatro pasos hacia atrás y salté unas sillas azules antes de caer al suelo. Recuerdo el temblor del camión contra el piso y el dolor punzante en mi pie.
Me levanté rápidamente, tomé mi bolso y, con la adrenalina retumbando en mi garganta, corrí.
Corrí varios kilómetros antes de darme cuenta de que tenía el tobillo roto.
Me reuní con mis amigos y nos resguardamos en un hotel cerca de la playa. El mundo aún no sabía lo que había ocurrido.
Unos días después, decidimos regresar a la Promenade. Habían colocado altares para los caídos. Uno tras otro, a lo largo de toda la Promenade des Anglais.
Y ahí lo vi: las sillas azules, el carrito de dulces, y un altar para dos personas. Dos estudiantes, Matias y Odele. Justo donde yo había estado parada.
No puedo confirmarlo, pero en mi corazón sé que eran las personas que dejé pasar cuando caminaba por el malecón. Caí al suelo. Lloré y lloré como niña perdida. Les escribí una carta, les pedí perdón.
Les pedí perdón porque, ¿quién soy yo para seguir viviendo esta vida mientras ellos no? ¿Quién soy yo para tener el privilegio de seguir? ¿Quién soy yo?
La única diferencia entre ellos y yo fueron cuatro pasos. La única diferencia entre ellos y yo es que me detuve a bailar. La única diferencia entre ellos y yo es que crecí en Cuernavaca, donde los centros comerciales y los juegos de mi madre me enseñaron a estar lista para enfrentar este tipo de peligros.
Lo que vino después fueron años de un mismo torbellino. La calle se volvió un laberinto. Hacer el súper era una expedición. El ruido de un camión me dejaba sin aire.
Evité puentes y avenidas anchas; las filas de sillas metálicas en terrazas. Cancelé viajes familiares. El 31 de diciembre me encerré con audífonos durante los fuegos artificiales. Guardé maletas sin abrir. Me dio culpa arruinar planes que yo misma había propuesto. Mi corazón quería ir; quería seguir siendo esa niña con ganas de comerse al mundo—seguir jugando, viajando, caminando, andar en bicicleta por ciudades nuevas, correr en las madrugadas, ir a conciertos llenos de gente—. El cuerpo—mi cuerpo—decía que no.
Ir a terapia no fue heroico. Fue aceptar que había un problema más grande que yo. La primera vez que escuché “trastorno de estrés postraumático”, sentí alivio y vergüenza al mismo tiempo. Alivio porque, por fin, tenía un nombre. Vergüenza porque yo creía que era fuerte y que esto se curaba con voluntad. No era así. Hice cuestionarios, conté la historia otra vez, aprendí a registrar mis detonantes, a avisar cuando me estaba disociando, a manejar los ataques de pánico y esconderlos muy bien.
Hasta la fecha, lo primero que hago cuando llego a un lugar es aprenderme todas las salidas de emergencia. Eso es el trastorno cuando se instala. Una clase de geografía íntima y silenciosa.
Mis ojos comenzaron a medir distancias sin que yo se los pidiera. En cada cuarto, primero buscaba la puerta. Aprendí a sentarme de espaldas a la pared; a contar pasos entre mi silla y la salida. A registrar el color de las rutas de evacuación y escuchar los motores de los camiones con un oído distinto, uno que no perdona.
En julio, los fuegos artificiales se volvieron otra cosa. No eran luces. Eran tareas. Respirar por la nariz. Exhalar largo. Mirar al piso. Nombrar cinco objetos. Agua. Pausa. Volver.
Me tomó tiempo entender que mi memoria se había quedado atrapada en un bucle. No era que yo quisiera regresar a la Promenade una y otra vez. Era que mi cuerpo creía que nunca me había ido. La culpa no era solo por haber vivido. Era también por todo lo que vino después. Por la posibilidad de volver a estar alegre. Por enamorarme. Por bailar otra vez. Por planear el futuro como si el destino no fuera un animal caprichoso.
He cambiado de terapeuta varias veces; cada comienzo es una autopsia de palabras. Cuento de nuevo, desde el principio, como si el habla pudiera ordenar lo que pasó.
Hay sesiones en las que puedo decirlo todo sin llorar y me siento traidora. He probado ejercicios de respiración. Cajas que se abren y se cierran con el aire. He practicado mirar fotos de la Promenade. He hecho listas de cosas que me anclan al presente. Agua fría en la muñeca. Yoga. Leer. Budismo. Repetir mi nombre en voz baja. Recordar que el camión no está aquí. No ahora.
La culpa se alimenta bien cuando la vida se pone luminosa. Hay días en que me sorprende la risa en una cocina, el sol colándose por la ventana, el cariño sin motivo. Días en los que me siento cínica por disfrutar. Días en los que el placer viene con un impuesto secreto. En esos momentos, recuerdo el altar en la Promenade. Las sillas azules. La carta que les escribí. Pienso que, quizá, vivir también puede ser una forma de respeto. No de reparación, porque no hay. De respeto. De testimonio.
Nombrarlos es mi pequeño rito. Matias. Odele. A veces enciendo una vela el 14 de julio. No siempre. No es una obligación. Es una conversación con ellos. Les cuento que estudié, que trabajé, que me equivoqué, que bailé otra vez y que lloré otra vez y que sigo contándoles, como si estuvieran sentados conmigo. Les digo que hubo días en los que la playa volvió a ser playa y no una amenaza. Que hubo noches sin pesadillas. Que también hubo recaídas, y que no me avergüenzo tanto como antes.
***
Después del atentado, durante un tiempo, me dediqué a coleccionar instrucciones. Cómo atravesar una multitud sin sentir que me falta el aire. Cómo decir “no quiero ir a ese lugar” sin justificarme. Cómo salir de una fiesta sin despedirme cuando mi cuerpo decide que ya fue suficiente. Cómo pedir un abrazo sin explicar nada. Cómo volver a terapia. Cómo subirme a un avión de nuevo. Cómo regresar a tomar antidepresivos. No era un manual para no tener miedo. Era un manual para convivir con él.
Con los años, aprendí a reconocer las trampas de la culpa. Una de ellas es compararme con una versión imaginaria de mí misma que no existe. La que hubiera sido si nada hubiera pasado. La que no mira las salidas de emergencia. La que se queda a ver los fuegos artificiales. La que no se tensa cuando escucha un motor. Esa yo no existe. Y las vidas que no vivimos no son deudas, aunque duelan. Otra trampa es creer que ya debería estar bien. Que hay una fecha de caducidad para el dolor. No la hay. Hay, en cambio, momentos de respiro. Islas. Y esas islas cuentan. Vivo por esas islas.
A veces me preguntan si perdoné. No sé responder. No porque quiera guardar rencor, sino porque el perdón se me queda grande, como un abrigo que no es de mi talla—no me alcanzo a ver dentro—.
Lo que sí sé es que ya no estoy parada en la Promenade todos los días. La escena dejó de gobernarme todo el tiempo y, ahora, cuando aparece, puedo sentarme con ella y no salir corriendo. A veces la miro con rabia. A veces con ternura, como si mirara a la adolescente insoportable, mimada y tonta que también fui. La abrazo y la empujo cuatro pasos. Le digo que está a salvo. Que estamos a salvo, al menos por ahora.
Escribir esto es otra forma de moverme. Es otro salto sobre sillas azules. Una manera de decir que lo que pasó no me define, aunque me atraviese. Que la culpa no se va, pero aprende a caminar a mi lado sin dictar el ritmo; que el miedo se sienta en la mesa y, aun así, hay espacio para el pan, para el café, para alguien que me tome la mano. Que el 14 de julio seguirá siendo un día partido en dos, y que yo también estoy partida, pero no rota.
La única diferencia entre ellos y yo fueron cuatro pasos. La única diferencia entre ellos y yo sigue doliendo.
Vivir, entonces, no es un triunfo ni una disculpa. Es un trabajo. Uno que elijo hacer por mí y, cuando puedo, por ellos. Porque sigo aquí. Porque respiro. Porque avanzo. Porque escribo. Porque, a veces, todavía bailo. Y porque mi mamá, en mi cabeza, no ha dejado de decirme que me mueva. Y me muevo.
Teresa Yacamán tiene 25 años y nació en la Ciudad de México. Es maestra en desarrollo económico por la Universidad de California, San Diego, y también maestra de yoga. Cree en el autoconocimiento como camino, y cultiva la sensibilidad como fuerza para mirar dentro y hacia afuera. En medio de la crisis de los veinte, busca crecer con autenticidad, transformando cada experiencia en aprendizaje y cada duda en posibilidad.





