Mi vida se ha definido por las mujeres. Por sus palabras, sus espacios y sus enseñanzas.
La mayor parte de mi vida, crecí en una casa rodeada de mujeres; es lo que conozco y de dónde aprendí a querer tenerlas siempre cerquita.
Mujeres como mi abuela que, desde chiquitas, nos preguntaba a mis hermanas y a mí cómo eran las mujeres de la familia.
Mi respuesta siempre era la misma: lloronas.
La suya también: fuertes y valientes
No están peleadas su respuesta y la mía, eso lo sé en la teoría, pero en la práctica todavía chocan ambas partes dentro de mi cabeza.
De mi mamá aprendí del feminismo—no con ese término cuando era chiquita pero sí de la importancia de levantar la voz cuando algo nos hace ruido, cuando las situaciones nos parecen injustas— aprendí, también, el valor del trabajo no remunerado como cuidar y ser mamá. Con ella entendí que hablar las cosas es el primer paso para solucionarlas, sean esas cosas relaciones, trabajos, o amistades.
Esas lecciones vendrían una y otra vez en mi vida.
Volvieron cuando entraba en la vida adulta.
Mis rumbos y destinos siempre fueron cerca de mi casa, caminando o donde alguien pudiese darme un aventón. No fue hasta la vida laboral que empecé a usar el transporte público, específicamente el metro.
El primer día que lo usé pedí que me acompañaran para no perderme en mi ruta, que sería la misma durante más de dos años para llegar al trabajo. Como iba acompañada todo estaba bien; no me fijé realmente en mucho más que en tomar las escaleras correctas y que la dirección a mi destino fuera la indicada.
Al siguiente día me fui yo solita, repasando lo aprendido el día anterior. La lección número uno, recordaba, era identificar el vagón de las mujeres, porque en México debido a la violencia y los acosos cotidianos que vivimos es necesario tener un vagón que sea únicamente de mujeres.
“Es el primer vagón del metro” me había dicho quien me acompañó el día de antes.
Usualmente, es fácil de identificar. Arriba hay un letrero enorme que dice “exclusivo mujeres y niños menores de 12 años” pero en ese momento, he de reconocer, yo no lo vi.
Llegué, como siempre, con muchos minutos de anticipación, unos 40 para lidiar con cualquier inconveniente y tener tiempo de resolverlo en caso de que todo saliera mal.
Caminé al lado donde, suponía, estaban los vagones de mujeres. Cuando pasó el primer metro y se detuvo lo vi, a mi sorpresa, lleno de hombres. Resulta que, en mi afán por encontrar el lugar estaba parada enfrente del último vagón, no del primero.
En mi cabeza el primero era donde se detenía el primer vagón.
Fue, en fin, un error sencillo de remediar pero que tomó un par de momentos. Caminé hacia en medio del andén, dejé pasar dos metros más confundida al notar qué todos los vagones venían llenos de puros hombres.
Después me acerqué con un policía a preguntar cuál era el vagón de mujeres, me señaló el lado contrario hacia donde yo había caminado al principio. Había un cartel enorme rosa que decía dónde era el vagón de mujeres.
A partir de ese primer viaje siempre me he subido al vagón que todos llaman “de mujeres” y al mixto, que evito, siempre lo he llamado, en consecuencia, “el vagón de hombres”.
Después de todo, es ahí donde he conocido las peores historias que involucran principalmente a hombres.
Cuando me he subido al vagón de hombres con mi equipo de la oficina siempre he procurado ir recargada de espalda en una de las paredes del metro, para evitar que alguien sin querer, o queriendo, pueda tocarme.
Y cuando he estado en el vagón de mujeres y veo que se suben hombres me lleno de rabia. Tienen todos los espacios del resto del metro para subirse en sus vagones de hombres y aún así se suben al de mujeres; al nuestro.
Incluso suelo practicar qué diré cuando se suba un hombre a nuestro espacio y cuando llega el momento me invaden mil miedos, miedo de que no me hagan caso, miedo de que no me respalden otras mujeres o miedo de que me pase algo por levantar la voz y exigir que esos espacios, en nuestro vagón, sigan siendo nuestros.
Y así me pasa también en la vida diaria.
Hay espacios que hemos logrado ocupar mujeres, como en el vagón al principio de las vías, pero cuando los siento invadidos, pierdo.
Pierdo la paz, pierdo la seguridad y a veces también el valor de decir las cosas.
Temo que al decir algo, se me corte la voz.
Y las innumerables prácticas en mi cabeza sobre cómo confrontar a un hombre cuando llegue el momento de que uno invada nuestro vagón se rompan en mil pedacitos.
“Las mujeres en la familia somos fuertes y valientes” me dice mi abuela en mis pensamientos, pero mi yo de 5 años me dice “también somos lloronas”.
Para agregar otra más, recuerdo La voz pública de las mujeres de Mary Beard. En ella, habla de cómo históricamente nos han enseñado que si nuestras voces o ideas no se asemejan a las de los hombres tienen menos valor o simplemente no lo tienen.
Y como nos enseñaron que los hombres no lloran, pensar en ser valiente, fuerte y llorona me hace dudar de mí.
Dudar de mi capacidad para quejarme de lo que me parece injusto.
Injusto como que un hombre se suba a nuestro vagón.
Injusto como ver que en nuestros trabajos son ellos quienes generalmente buscan hacernos chiquitas.
Hacernos chiquitas en edad, en capacidad de resolver problemas, hacernos chiquitas como a una niña que le dicen que no interrumpa cuando los adultos están hablando pero a la que continuamente interrumpen, porque cualquier cosa es más importante que la que yo tengo que decir.
Injusto como que un hombre se suba a nuestro vagón.
Como saber que espacios que se lograron con luchas de muchas mujeres antes de nosotras vuelvan a ser ocupados por hombres y sentir que vamos hacia atrás en vez de hacia adelante—como si nuestro vagón, como lo busqué ese primer día, estuviera atrás en lugar de enfrente—.
Este texto fue escrito por Renata Gómez Lameiras para Perpetuo



