En contra del mingitorio
En defensa del placer ineficiente
Cuando cumplí los diecinueve, en una de esas rachas insensatas que atribuyo al tiempo libre universitario, le declaré la guerra a los mingitorios. Concretamente, me hice la promesa de orinar sentado todas las veces que pudiera y así, poner fin a una industria insensata y, francamente, nociva para el bienestar social.1 En años recientes, se ha vuelto un imperativo; incluso, podría decirse, un acto de rebeldía. Salvo las contadas ocasiones donde la higiene así lo impide, me he hecho a la norma de deshacerme de mis líquidos de la misma forma que trato a mis sólidos: sentado como una silla; sin necesidad de mirarlo.
Ahora, a varios años de la decisión, he concluido que la otra forma—la estándar—, el orinar parado, es una conclusión bizarra a una necesidad biológica; una grave anomalía que explico, tan solo, por la tendencia masculina a hacer cosas por el mero hecho de poder hacerlas. Lo mismo que tirar piedras de un barranco o encender cerillos sin motivo aparente. Si orinamos parados, es porque podemos y no porque sea lo más sensato. Es por un breve momento de gloria que le llega a mi género al ver, en los baños públicos, las filas alargadas de mujeres y pensar, esperando un turno venidero para el urinal: «qué dicha la mía de haber nacido varón; la de poder orinar parado e irme tan rápido como pueda».
La decisión inicial fue por comodidad—misma que, sostengo, sigue siendo el mejor de los argumentos—. Le tengo un afecto enorme al acto excretor; al baño en general. Quiero poder hacerlo con todos los placeres que eso conlleva. Poder sentarme, pantalones abajo y deshacerme de eso que llevaba dentro. Hacerlo sin tener que rozar el miembro con un cierre o sentir la incomodidad de una parte suya atorada en mi pantalón. Quiero sentir el mayor placer momentáneo que me permita lo uroescatológico y pasa que eso es al sentarse—pues quién, en su sano juicio, escoge descansar parado—.
Había, implícita en esa búsqueda del confort, un deseo, a su vez, de tranquilidad por medio de la soledad autorequerida. Aquí, pasa que el excusado es lo opuesto al urinal. El mingitorio es un lugar incómodo para el que quiere hacer sus necesidades en paz. Para aquellas lectoras que no conozcan la arquitectura del baño masculino—y, por algún motivo, han evadido las referencias interminables en la cultura popular—, diré que los mingitorios se construyen sobre una pared compartida de tal forma que es inevitable conocer al otro que orina a tu lado; a veces, incluso, por el diseño tan cutre de baños públicos, puedes verles los rostros—en lugares contados (afortunadamente), no existe barrera siquiera y puedes encontrar, de golpe, el miembro ajeno en un desliz del mirar—. Hay un reconocimiento que el orinar es un acto colectivo; que el hombre puede hacerlo junto a otro hombre sin mayor preocupación. Si vas al mingitorio, renuncias a la soledad del acto excretor a cambio de la eficiencia de orinar parado.
El excusado es lo contrario; es la privacidad encarnada en el trono. Si existe un reconocimiento del otro, será solamente en los baños públicos donde las ligeras aperturas y la mirada insistente podrán notar zapatos ajenos. Por lo general, la experiencia de orinar sentado—así como la de cagar—es la de un breve respiro al saber que la plegaria de soledad encontró su respuesta. Ese momento por sí solo ayudará a explicar por qué, por más casas que he visitado, nunca he encontrado una con mingitorio. En el hogar, donde se convive hasta el cansancio, el excusado es la privacidad esquiva (y el mejor argumento de por qué el mingitorio es una anomalía a nuestra conducta—quién carajos tiene uno en la casa; quién lo desea fuera del deseo fugaz viril que se asemeja a comprarse una motocicleta innecesaria—).
Sostengo los dos argumentos anteriores en mi decisión primera, aunque sé que son síntomas de algo más profundo: una plegaria por restaurar el tiempo a solas y los rituales del placer.
He vivido para ver cómo la conectividad se ha vuelto omnipresente; como, con un mensaje, puedo contactar a quien quiera y, con un botón, puedo ver sus rostros por videollamadas. He vivido tan poco como para que esa realidad sea mi constante y la soledad previa sea, apenas, un recuerdo furtivo que, seguramente, me hice al leer novelas del siglo pasado. El excusado es de los pocos lugares donde puede restaurarse esa soledad; más cuando se deja afuera el celular y se aprecia un momento a solas con el pensar. Esos momentos escasean y, supongo, implícitamente, mi guerra urinaria habrá sido la manera de hacerme un espacio en un mundo que me evade. Hasta ahora, cómo lo he disfrutado.
He vivido, también, para ver las voraces fuerzas del capitalismo prometer más riqueza si, tan solo, logramos un poco más de eficiencia. He visto cómo nuestra sociedad ha priorizado hacer lo más posible con nuestras horas y nos ha robado el ocio hasta hacerlo, también, una fuente de ingresos. Hay algo de rebeldía en reclamarle un instante a las fuerzas desenfrenadas y orinarte sobre de ellas. Algo hermoso en superar al mingitorio.
Aún cuando es un hogar y no hay urinales—de nuevo, quién carajos tiene uno en su casa—, hay mérito en tomar la ruta más lenta, pero placentera y sentarse a pasar el rato.2 No hay que orinar parados solo porque se puede. Hay que orinar porque uno debe y hay que hacerlo de manera placentera.
Así me he convencido con los años y así lo sostengo. Con esos argumentos infantiles que se convirtieron en lógica.Habré iniciado mi guerra, como todo conflicto, por una pasión insensata. También, como pasa en lo bélico, me he podido justificar. Orinar sentado es el gran acto de rebeldía contra el mundo desenfrenado; es el recuperar la paz y negar la hombría innecesaria. Es el sentarse cuando podría uno estar parado y recuperar los contados instantes de placeres ineficientes que son esenciales para nuestro sentido humano. Espero eso vislumbren mis argumentos y que pronto este ensayo sea obsoleto por un cambio social en nuestras costumbres excretoras.
A los hombres que me leen y han llegado a esta, mi conclusión, no puedo más que desearles una placentera orina ( que lo hagan sentados).
JL Sabau es el editor general de Perpetuo. No le gustan las biografías.
Existen pocas cifras sobre el número de mingitorios que hay en el planeta—parece ser que la industria uroescatológica es esquiva; como si supieran la insensatez de sus efectos—. El único estimado reputable viene de un blog de la Agencia de Protección Ambiental en los Estados Unidos y estimaba, en el 2017, existían unos 12 millones de urinales en la nación. Los suficientes para concluir que hay un mingitorio por cada 13.4 adultos. Si asumimos que esto crece con la tasa de la población, entre el 2017 y el 2026 se habrán producido unos 600 mil mingitorios adicionales que, a dos mil pesos la pieza, habrán generado unos 15 millones de pesos al año en ganancias. Por 15 millones de pesos, hemos creado una industria que transgrede el placer de orinar sentado.
Agregaré una nota para los fanáticos de la eficiencia. Seamos sinceros. El orinar es un arte, no una ciencia. A veces la obra se descontrola y queda orina por el rin del excusado. El hombre cortés la limpiará y perderá su tiempo—además de sufrir la humillación de limpiarlo a mano—. A él, le imploro considere la eficiencia a la larga de evitarse la limpieza y orinar sentado. A los que no limpian el excusado, no puede llegárseles por medio de la razón. Les deseo una vida larga y que un día se queden sin papel higiénico al cagar.




