En defensa de la verticalidad
de Tomas Lemus
Hace unos días visité San Lorenzo de El Escorial siguiendo la pista de una gran historia que se esconde en su biblioteca. Al entrar en la Basílica, de pronto me descubrí incapaz de voltear, como acostumbro, mi teléfono. Hacerlo hubiese sido traer a menos la imagen que tenía enfrente. Solo la foto vertical podía contener la monumental nave central, sus columnas de piedra, sus arcos, sus techos con exuberantes frescos y el majestuoso retablo al fondo.
La foto vertical me daba vueltas en la cabeza porque unos días atrás, escuché a cierto ejecutivo de Instagram hablar sobre la prevalencia de las stories en instagram. «Es la principal manera de compartir fotos el día de hoy», decía. «La gente usa stories más de lo que usa los posts», vaticinaba.
Esto me había lanzado a una larga reflexión sobre el formato de las stories. Son fotos verticales por defecto. Deben verse a lo largo del teléfono móvil. Pensé en lo común que se ha vuelto para mí ver qué amigos tomen fotos que consideran “bellas”, o “estéticas” en vertical, porque se ajusta mejor a las stories. Por mucho tiempo fui contrario a esa tendencia. Yo, que he tenido una educación formal en fotografía y he sido, quizás, mal acostumbrado al objetivo horizontal y a la ortodoxia de los formatos de 35 y 16 milímetros del cine, siempre he visto el 9:16 y 2:3 como un arte menor. Y es que hace no mucho, si la memoria no me falla, escuchaba a amigos decir, «recuerda voltear el teléfono, porfa». Cuando usabas la cámara del teléfono en horizontal, no se sentía como una Fotografía, sino como una simple foto.
Ese sentimiento comienza a desvanecerse. Me doy cuenta de que también en mí desaparece. Noté de pronto que yo también uso mucho el compartir fotos en mis stories, y que cada vez cuento con más fotos verticales en mi carrete. Aún así, cuando salgo ahí fuera, dándomelas de fotógrafo, cuando estoy frente a algo Bello, mi instinto me pide que voltee el teléfono.
Pero dentro del Escorial, aterrado por su apabullante verticalidad, era incapaz de voltear el teléfono. Claro, que en una cámara, también se ha podido siempre poner el objetivo en vertical. Repasé los espacios donde suelo hacerlo: frente a las infinitas naves de iglesias góticas, o los monumentos de un esplendoroso modernismo que dejamos atrás hace ya mucho tiempo o los grandes monumentos de las civilizaciones antiguas.
El arco de una iglesia gótica es el reflejo del hombre que alza la mirada y extiende los brazos al cielo tratando de trascender su forma terrenal. Como la arquitectura, la imagen vertical intenta capturar la luz y la forma que se escapan hacia lo más alto, contenerlo, devolverlo al hombre y con ello hacerlo más alto. Los puntos de fuga no están en el horizonte, si no arriba en los bordes de la imagen, queriendo salir, continuar el ascenso fuera de la imagen. Solo la imagen vertical puede contener los desplantes del hombre hacia lo más alto, hacia lo que está fuera de sí, arriba de sí, más allá de sí.
Pienso que nuestra era posmoderna ya no nos entrega estas obras transcendentes. Sí pululan las fotos verticales y ahí están aún las grandes fachadas, las grandes naves, los monumentos. Pero ya no construimos estructuras que tienden al más allá—y que nadie me hable de los horribles rascacielos que construimos sin ninguna inspiración, sin ningún motivo más que levantar un cielo que ya no remite a nada—. Tenemos ahora quizás la curiosidad del fotógrafo que encuentra la forma de alargar y tender la foto hacia el cielo.
Tomas Lemus, escritor y cineasta de Ciudad de México. Estudió Filosofía, Política y Economía en IE University, Madrid. Es editor en Perpetuo y cofundador de Doorhinge Productions, colectivo de cine cuyo catálogo ha sido proyectado en diversas instituciones europeas como el Instituto Sueco de Cine y la Casa de la Moneda de Segovia.
















