A Katiuska Benítez
Antiquísimo es tu yo; mía tu penumbra, antaño absorbida por mi caudal, aplastada por mis raíces, arrebatada de tu cerviz por el chasquido de mis dedos. Hoy la recuerdo como suele recordarse un anillo arrojado al mar; hoy la espero como se espera el impacto de una locomotora cuando la esperanza abandona los rieles. Su efervescencia subraya los pliegues de mi cintura, fractura mi pelvis, irrumpe en mi hígado, destroza mi tráquea y, finalmente, desemboca en mis párpados. Desnudo me descubre procura descifrarme, reconoce mi temor, mi angustia y mi desenfreno. Se desdobla y recorre mis muslos, reduce mi abdomen a un terreno baldío en el cual puede desplegar su temeridad a gusto, acorde a sus silencios, sus deconstrucciones y sus intervalos de límpido fulgor; asciende hasta enroscarse en mi campo visual entronando sus palmas de oro en el proceso sabiéndose inalcanzable para el resto de mortales, vueltos hacia cualquier punto del reloj cósmico; indómitos, serviles, efímeros, contritos, parias…
Este poema fue escrito por Javier Hidalgo.



