Eñe
de Andrei Bogdan Oltean
A modo de prólogo
de Tomas Lemus
La semana pasada recibimos en este espacio la mirada de Inés Arcones sobre la tradición española. Arcones se lanzaba a encontrar a la tradición en su antesala—o en su postrimería—descontextualizada en paredes y abstraída al nivel más básico: el del individuo encarnando la celebración. Esta semana, las fotografías de Andrei Bogdan Oltean arrojan una visión distinta.
Con Oltean, ya no tenemos individuos, ni tenemos tiempo. Tenemos masas de gente, en el momento esencial de la celebración, en la ruptura del tiempo.
Es difícil escribir sobre estas fotos. En un hombre urbano como yo, suscitan esa experiencia de lo que Burke llama el “delightful horror”, el terror que se produce en la mente al experimentar algo que parece infinito, eterno o inabarcable.
Y esta eternidad, a la que el propio Oltean convoca, nos remonta a lo que Mircea Eliade llama el tiempo sagrado. A diferencia del tiempo profano, que fluye de forma ordinaria, es lineal e irreversible, el tiempo sagrado existe en una clase de reversibilidad. Es indefinidamente recuperable e indefinidamente repetible. Se enmarca dentro de un momento mítico original que vuelve a consumarse en el presente. La capacidad de existir en el tiempo sagrado diferencian, para Eliade, al hombre religioso del no-religioso. Mientras que el segundo habita solamente el tiempo histórico, el primero se esfuerza por salir de él y existir en un segundo tiempo que puede compararse con la Eternidad.
Al hombre de la ciudad moderna, esta eternidad ya le está vedada. Por más que el hombre urbano sea capaz de experimentar discontinuidad en el tiempo—le queda quizás el espectáculo, la fiesta racionalizada y la experiencia del arte—la cualidad “transhumana” de tiempo litúrgico es ya inaccesible. Aquí la mirada de Oltean logra un gran artificio. Convierte la experiencia misma de presenciar el tiempo eterno como una probada diminuta de la eternidad. Y es que muy seguido encuentro, en las fotos de tradiciones un documento al que no puedo acceder, solo analizar.
Pero el fotógrafo extraordinario, quizás aún siendo externo a la fiesta, logra inmiscuirse en ella, y formar parte de un momento de ruptura. Entonces, la fotografía ya no es tanto documento como testimonio. Y no el testimonio de un testigo lejano, sino la confesión desde dentro de un misterio que, a través de sus ojos, el hombre urbano vive.
Eñe
de Andrei Bogdan Oltean
Estas fotos forman parte de un proyecto fotográfico en desarrollo centrado en las fiestas, rituales y tradiciones populares de España. A través de una mirada documental, las imágenes buscan acercarse a lo que permanece, a aquello que se repite generación tras generación y que, en muchos casos sobrevive al margen del tiempo. La intención es que este trabajo evolucione hasta convertirse en un fotolibro.
Este foto ensayo es de Andrei Bogdan Oltean.

























Brutal.