Ensayar un dolor primerizo
de Bryan Andrés Mosquera Romero
El día 31 de julio del 2026, el jurado calificador del primer concurso de ensayos de la revista Perpetuo otorgó una mención honorífica al ensayo «Ensayar un dolor primerizo» del autor colombiano Bryan Andrés Mosquera Romero
El ensayo fue publicado en El estelar—la newsletter insignia de Perpetuo donde publicamos textos que lees una tarde y piensas toda tu vida. Si quieres recibirla, suscríbete a Perpetuo.
Lo primero que vio Juliana al entrar fueron mis manos: una rascando la barba, la otra saltando sobre el teclado. Por esos días batallaba por contar la vida de Gabriel Jaime Santamaría, un militante de izquierda asesinado en 1989. Era mi tesis de pregrado en Historia y durante dos semanas tuve el triste récord de recibirla de vuelta seis veces. Mi asesor no sabía cómo hacerme entender que la vida familiar de un comunista distaba de ser una tesis académica. Quería escribir sobre correspondencias, lo terrible del exilio, el por qué traer al mundo un par de hijas sabiendo que te matarán. Dice Juliana que por la posición de mis manos notó que estaba preocupado. Dejó el bolso en el único sofá de la sala, abrió la cremallera y sacó la pequeña caja.
¿Te alcanzó el dinero?
Claro, amor. Sacudió la caja hasta llegar al baño.
Febrero. Casi las cuatro de la tarde. El turno de Juliana era de cinco de la tarde a cinco de la madrugada. Llegaba con las manos cortadas de tanto preparar margaritas con limón, o encalambradas de tanto abrir cervezas y contar el producido de la noche. Lo primero que hacía al despertar era estirarlas. Nada de besarme: cuando yo dormía, ella trabajaba. Y viceversa. Así que siempre, antes de ir al bar, nos veíamos. Su casa familiar quedaba frente a mi apartaestudio y, luego de despedir a sus padres y a Melanie, su hija, pasaba la calle para darme el beso. A mi apartaestudio le decíamos la pajarera: techo de madera y nidos en cada esquina. Mientras maquillaba su rostro, los polluelos cantaban hacia las montañas y Juliana y yo nos poníamos al tanto: Cómo va la tesis; Qué hubo de nuevo en el bar anoche.
Apenas salga del baño paro un momento, pensé. Estaba en el capítulo de Gabriel Jaime exiliado en la URSS. Suena la puerta.
Positivo, Andrés. Estoy embarazada.
Mis manos ahora jalando mi cabello. Hacia atrás. Bien atrás. Buscando.
El archivo de Gabriel Jaime Santamaría está digitalizado en el Centro Nacional de Memoria Histórica. Desde el principio me atrajo la portada: un fondo negro y lapidario que cuando haces zoom parece constelado por estrellas diminutas. Tanto la portada como el libro original fueron escaneados página tras página y en el proceso quedaron puntos blancos. Las descripciones de cada documento están hechas al margen y escritas a mano. Mientras lo leía, imaginé a Consuelo Arbeláez, su compañera en vida, pegando los vestigios, escribiendo dos o tres líneas con el único fin de ubicarnos en la tragedia de uno de los 5733 comunistas asesinados por la derecha radical.
Tragedia: morir ametrallado en su oficina de diputado, dentro de un recinto estatal con control de seguridad.
Consuelo Arbeláez, hacedora del archivo. Su presencia regada en los documentos. En un discurso, firmado en el 2009, habla de cuando Gabriel Jaime decidió un día acompañarla a los seminarios que sobre el feminismo en aquella época comenzábamos a construir y que levantaba costras en muchos dirigentes de izquierda. Gabriel Jaime permaneció en un rinconcito para no ser mal visto por ellas y al escuchar las renuncias y las angustias, reconoció que había mucho por resolver. Me conmovió que el homenaje a la memoria del amado también fue mirar las ausencias. No funcionará investigar sobre ella, dijo mi asesor; Aún vive y el registro oral siempre está viciado, enfóquese solamente en los documentos de Gabriel Jaime.
El problema es que ya había concertado una cita con Consuelo. Igual fui; tuve que restringir mis preguntas hacia los vericuetos pasmosos del Partido Comunista, de la lucha armada, del marxismo.
No me quedé con la duda, y quise preguntarle por qué, en el archivo, hablaba de ella en tercera persona. Cómo así, preguntó. Le dije que en el libro digitalizado, aparecía: Pequeño ensayo escrito por Consuelo Arbeláez y no Pequeño ensayo escrito por mí.
Lo hiciste tú, ¿no?
Yo guardé las fotos, los artículos, todo, pero el libro lo hizo mi hija Luisa con sus manos.
¿Y Marta?
Ella no quiso participar.
¿El archivo de Gabriel Jaime como archivo de paternidad?
La primera vez que agarré la mano de Juliana éramos amigos. La acompañé a verse con un viejo amor, que los viernes solía ser un amor de tarde. Atravesamos la cancha de fútbol de la Universidad de Antioquia y quise aventurarme. Ella no quitó la suya, tan solo empezó a balancearla como hacen los padres con los niños. En el camino me habló de Faber, el viejo amor. Me dijo que no tenía una mano. ¿Cuál?, pregunté. La derecha, señaló ella, sin desapretar la mía. Con más ganas balanceé las nuestras.
Juliana entró a estudiar Historia conmigo. Ella conocía mi obsesión por las militancias. ¿Cómo alguien puede sacrificar tanto por una idea? Creo que por eso decidió contarme la historia de Faber. Era scout —allí lo conoció— y cuando llegó a universidad pasó de ser líder de patrulla y experto en nudos a encapuchado raso y comunista extremo. En un tropel contra la policía, accionó mal una papa bomba —explosivos artesanales— y perdió la mano derecha.
Hasta el día de hoy, Juliana siempre nombra mis manos como primera reacción al embarazo. En los primeros cinco minutos cada uno hizo con las suyas lo que pudo. Yo jalarme el cabello. Ella limpiar sus lágrimas, tocarse el pecho y pedirme perdón.
¿Perdón?
No me lo ha dicho nunca, pero la entendería si me dijera que aquel primer momento quiso accionar mil papas molotov sobre mis manos, que no fueron al auxilio de las suyas. Para agarrarlas, para calmarlas.
Hasta un balanceo de niños habría funcionado.
Gabriel Jaime estudió Química en la Universidad de Antioquia. Destacado en Español: 4.2. Más bien flojo en Química: 1.8. Las notas del documento están fechadas en 1967, un año después de ser expulsado. De ser marcado, por primera vez en la prensa, como un revoltoso.
Un indigno.
En febrero de 1966, lideró la huelga estudiantil contra la intervención gringa. Pero no participó de principio a fin. Fue su primera derrota política, provocada por la mano de su padre.
Un día de los 37 que duró el motín, el músico Jaime Santamaría llegó a la Universidad: lo imagino en traje, porque solo así lo he visto en las fotos del archivo.
Habló con los militares que cercaban la protesta. Logró convencerlos de que lo dejaran usar el megáfono. Las palabras del músico fueron suficientes para que Santamaría hijo saliera con las manos arriba. Rendido. Apenas lo tuvo al lado, el padre colocó su mano en el cuello del hijo y lo dirigió de vuelta a casa: ¿pensaron que el padre corregiría al hijo?
Un año después, Santamaría hijo estaría pidiendo el registro de sus notas para ingresar a otra universidad.
Dos años después, sería reseñado por militares colombianos y miembros del espionaje gringo así: Portaba la bandera de EE.UU gritando abajos a Rockefeller (…) no se estableció la universidad a la cual pertenece. Ha sido retenido varias veces por su activa participación en motines violentos.
Veinte años después, tras el segundo atentado por parte de dos sicarios en moto, le diría los de primeros auxilios: Que le avisen a Consuelo mi compañera, avísale también a los de la Unión Patriótica y al gobernador… Por ningún motivo llames a mi papá.
Yo no quería ser padre. Juliana ya era madre y no quería serlo de nuevo. Cada mes nos hacíamos la prueba de embarazo por rutina. Ella planificaba con la T de cobre. Sin hormonas. Ir a la farmacia, pedir una prueba y esperar el negativo era rutinario: yo la compraba un mes, ella el siguiente. Fuimos el 1%. Era el peor escenario: ella, en un trabajo de mierda ante una crisis familiar que la dejó sin estudiar. Yo, asqueado de la Historia y de ser profe mal pagado en ciudad ajena.
La opción más evidente fue preguntar a nuestras amigas. Zeta nos acompañó a Profamilia, la institución estatal encargada de las interrupciones voluntarias del embarazo. Juliana faltó al trabajo. Inventó una excusa sobre su hija.
Zeta sufre de dermatitis o eczema en las manos. En sus peores momentos, las tiene agrietadas y rojas, y parece descascararse ante el menor contacto. Juliana prefirió que las manos callosas de Zeta la acompañaran a la puerta de Profamilia.
Esperé en la panadería más cercana. Había estado en una situación similar a mis catorce años. Una amiga del colegio tenía la sospecha. Me pidió perdón por haberme mentido durante meses, cuando divagábamos sobre cómo sería la primera vez de cada uno. Otro perdón que no entiendo. La abracé. Se me ocurrió invitarle dos empanadas. Necesitábamos confirmar el embarazo. Y dinero.
Mi mamá me regaló el dinero apenas supo para qué era. No me dejó verlo. Me estiró su mano y me dijo que apenas lo recibiera en las mías, lo guardara. Entendí que quería mantener el gesto en secreto. Ya no vivíamos con mi padre. No había nadie más en casa. Le entregué a mi amiga billetes doblados hasta el más mínimo pliegue. Salió llorando del consultorio. Entendí que pronto estaríamos en una clínica clandestina. Era menor de edad. Pero las dos noches con las piernas arriba y los cien dólares que mi mamá nos dio no fueron suficientes para mantener al margen a los padres: el sangrado de mi amiga la hizo ir a urgencias. La volví a ver dos semanas después.
Estaba en una panadería. ¿Quedaría mal comprar empanadas para Juliana y Zeta? ¿Por qué reaccioné así? ¿Perdón?
Juliana salió de Profamilia, amparada por el aborto legal hasta la semana 24 de gestación. Alegó salud mental por ser madre cabeza de familia. Gracias a la ecografía, el doctor aseguró menos de dos meses. El sábado Juliana tendría que volver por dos pastillas y practicarse, en casa, un aborto farmacológico. Mi amiga Zeta dijo que ahora abortar era como tener gripe.
Ya en mi apartaestudio, tras pedirle perdón por su perdón, nos pusimos a especular en qué momento quedamos embarazados. Hicimos cuentas. Juliana decidió que en diciembre.
En diciembre de 1987, Gabriel Jaime era un diputado reconocido y con amenazas de muerte. Siempre prefirió vivir sin guardaespaldas. Decía que con ellos al lado, la gente ya no se acercaba a contarle sus problemas.
Vi que un sardino se me acercó y creí que me iba a decir algo, dijo una vez a la prensa. Sardino: joven no mayor a 18 años. Decir algo: lanzar una granada de fragmentación al interior del vehículo. El atentado lo confirmó. Los sicarios respiraban sobre su nuca. Semanas después, aterrizó aún enyesado en la Berlín comunista. Según el parte médico, Gabriel Jaime recibió el impacto de la granada en el tobillo, en el esternón y en la mano izquierda.
Consuelo quedó sola con las niñas en Medellín. En un homenaje hecho 20 años después del asesinato de Gabriel Jaime, Consuelo escribió:
estábamos esperando la primera hija y luego la otra. Habíamos renunciado hacía mucho tiempo a tener hijos o hijas, porque considerábamos que con ellas nos podían hacer el daño más terrible, que sería un obstáculo para nuestra lucha por una mejor sociedad.
Cuando Gabriel Jaime se exilió en URSS, tras el atentado con granada, Luisa y Marta tenían 11 y 12 años.
Hoy pienso por qué razón en aquella época era Gabriel Jaime el que tenía que refugiarse en el exterior, mientras yo seguía con el trabajo en la Asamblea y sola con las niñas… era como si se pensara que a las mujeres no nos pasaría nada
Mi apartaestudio tenía su encanto en la noche. Tras volver de Profamilia, sacamos dos sillas al balcón y hablamos tendido. Más que montañas, en la divisa había puntos titilantes que por poco y alcanzan las estrellas: las invasiones en Medellín no conocen de límites. Saqué un cigarrillo. Si lo haces, que sea lejos, dijo Juliana; Me dan ganas de vomitar solo de pensar en el humo. Ambos nos conocimos fumando. Que el embarazo nos quitara algo así lo hizo más real. Guardé el cigarrillo y Juliana arrojó su noche.
Dijo que había sido en Aranjuez, a principios de diciembre. La noche empezó en un bar de rock n roll. Como nuestros horarios no cuadraban, íbamos a la fija: un lugar con cerveza barata, en el que nos dejaran fumar. Esa noche jugamos de nuevo. Yo fui un estudiante de ingeniería. Ella fue una hija de ricachones que probaba mundo en barrio pobre. El estudiante de ingeniería, cuyos padres vivían en Australia, gastó las primeras cuatro rondas. La privilegiada, cuyo padre había sido un militar de guerra, las otras cinco rondas. A lo último, decidieron irse al apartaestudio de la joven, quien propuso al estudiante de ingeniería hacerlo en el balcón, con las estrellas de sombrero.
Me convenció. Eran muy nuestras las noches de identidades. Especulamos. Al menos eso sí queríamos tener: la ventaja de decidir cómo quedamos embarazados.
Quieres fumar, ¿cierto?
(…)
Yo ya estoy cansada. Hazlo, te espero en la camita.
Sostuve el cigarrillo en la mano y tal vez pensé con quién dormiría ahora. La Juliana no embarazada me habría hecho ir por un par de cervezas. La Juliana no embarazada habría fumado uno tras otro pese a tener al frente la misma noche de siempre.
¿Quién era yo?
El espantado con las manos jalándose el cabello tras enterarse de que podría ser padre. El espantado con el archivo de Gabriel Jaime en el exilio. Padre intermitente, remoto. Fantasma de otro mundo.
En las postales que enviaba Gabriel Jaime en 1988 desde la Berlín comunista hay: Sol.
Nubes.
Montañas.
Casa.
Árboles.
Camino.
Un avión.
Las imágenes de las postales, en cambio, son de plantas eléctricas, buques petroleros en el Mar Báltico, personas con abrigos y catedrales puntiagudas. Nada más alejado de la realidad tropical de sus hijas. Quizá por eso le pidieron que hiciera dibujitos. Y Gabriel Jaime dibujó un avión con papá, sobre la casa de Tata y Nanda, surcando las montañas antioqueñas. Las niñas por momentos dejan de escribirle. Él les reclama: Tatica y Nanda: porqué no le han vuelto a escribir al papá? (…) eso me hace poner triste (…) ustedes mismas las pueden poner al correo.
La mano de Gabriel Jaime deja de dibujar en 1989. Ahora escribe a máquina.
Marzo. Ya no hay aviones, hay preguntas: Así que si alguien les pregunta que por qué su padre no vive con uds. pueden levantar con orgullo la cabeza y decirles que la familia Santamaría-Arbeláez ha sacrificado su propia tranquilidad en aras del bienestar del pueblo antioqueño.
Abril. Ya no hay aviones, hay regaños: […] uds. dos aún no han adquirido sentido de ayuda y colaboración con la mamá, es poco lo que se preocupan de trabajar en la casa, de mantener todo en orden. Yo no quiero regañarlas desde tan larga distancia, pero sí quisiera que uds. dos pensaran en que a la mamá le toca […]
Junio. Ya no hay aviones, hay peligro: Cuida mucho a tu mamá, trata de que se proteja bastante, habla con ella y dile que no se descuide ni por un minuto pues bastante caro nos han costado ya los errores cometidos.
Consuelo al parecer ya no era inmortal. A las mujeres también pueden pasarles cosas.
Gabriel Jaime decide volver.
¿Puedo escribir sobre la noche del aborto?
Me lo muestras primero.
¿Te dolió mucho?
Más que doler, tuve síntomas extraños. Mis manos
ardían. Rojas. Me desesperaba. Me provocaba ansiedad sentirlas así.
Te levantaste muchas veces al baño ¿no?
Claro, como tres veces. Tú me tenías que
acompañar. La última fue donde algo se liberó. Pero
no recuerdo muy bien qué, ni tamaño, ni forma.
¿Qué es lo que más recuerdas?
El delirio. El choque del cuerpo, un dolor constante
al punto del desmayo. Pierdes la noción de todo.
Estaba asustada por mis manos rojas, me ardían, me
picaban, me desesperaban. Tú me decías que
respirara, que me calmara. Fue como dar a luz por
segunda vez, pero como por las manos.
¿O sea que el recuerdo más fuerte son las manos rojas?
Sí, no las aguantaba. Como si se hubiera subido la
presión. Una alteración del cuerpo. Calambres,
como animales en cada dedo, como si me recorrieran.
¿Alguna pregunta que tengas para mí?
¿Qué piensas de todo lo que te estoy diciendo en estos momentos?
Pienso en mi primera reacción, en mis manos jalándome el cabello.
Y Diciendo «no, no, no».
Exacto.
Yo pienso que nunca estarás listo.
No es una pregunta, amor.
No lo era.
Los últimos dos documentos del archivo de Gabriel Jaime fueron escritos por Consuelo:
Bryan Andrés Mosquera Romero (Colombia y EEUU). Estudia una maestría en Escritura Creativa. Es historiador, pero colgó los guantes y los tapabocas por profesores necios. Anda reconciliándose con los archivos. Le gustan las botellas en la mesa, para saber cuánto es la cuenta.



















