Este ensayo fue escrito por Joshua de Freitas. Puedes leer más del autor y sus publicaciones en la biografía que incluimos al final del texto.
Eladio Silva no se lo imaginaba, pero aun así pasó, que un par de terremotos revelarían tanto de la intimidad de su comunidad. No de una forma cursi; de una, más bien, visceral. Entre las grietas y el cemento podía ver el cuarto de algún vecino. Cómo decoraban su baño. Qué colores les gustaba más para pintar sus paredes. Qué santo tenía colgado en su pared.
Caminaba por las calles de El Junquito, un poblado montañoso, agrícola y turístico ubicado entre Caracas —la capital de Venezuela— y La Guaira —una de las poblaciones más afectadas por los sismos que azotaron al país el 24 de junio de 2026—. Han pasado 18 días desde los terremotos. Algunos escombros siguen intactos.
Las decenas de comercios que adornan el pueblo siguen cerrados, a la espera de ser evaluados para seguir trabajando. No todos los días llegan temblores de magnitud 7.2 y 7.5 uno tras de otro.
—Busco a un ingeniero: quiero que me diga de frente cómo quedó el restaurante de mis sobrinos —dice Eladio con voz baja.
Eladio “era” un comerciante de la zona: junto a sus sobrinos tenía un restaurante especializado en carne de cerdo. El pretérito no es editorial. Él se describe con verbos en pasado: ya no sabe si seguirá esa profesión. Caminó solo: sus sobrinos ahora viven en la casa de unos vecinos como desplazados, lejos de El Junquito.
El poblado ha quedado entre dos polos de respuestas. En Caracas, maquinaria pesada aplana los edificios caídos. En La Guaira son los propios vecinos quienes desentierran a sus seres queridos, esperando la ayuda del gobierno o de rescatistas internacionales. Pero en El Junquito esperan a las autoridades en silencio.
—Solo los vecinos saben el verdadero impacto que tuvo en su comunidad —comentó Eladio, tapándose de las cámaras y de los militares que patrullaban la zona.
Él le achaca su comentario a las canas, a sus más de 70 años de edad. Pero, en realidad, resume los informes de Reporteros Sin Fronteras, que denuncian una alta censura institucional en medio del desastre. La presidencia interina de Venezuela, hasta ahora, solo ofrece una lista, una imagen por Telegram, con números que reflejan el impacto humano de los terremotos.
El conteo de la administración pública para el 12 de julio llevaba 4,490 fallecidos y 17,907 personas que perdieron su vivienda. No distinguen los datos por zonas; tampoco por edad, ni por género. Nada nuevo; no hay datos demográficos en Venezuela desde el censo de 2011.
Frente al silencio institucional, los vecinos y los periodistas se han vuelto en quienes recogen los datos. Según los reportes comunitarios, al menos 1,200 personas quedaron sin hogar y al menos cuatro personas fallecieron en El Junquito.
Nadie sabe cuántas edificaciones quedaron habitables.
Eladio es uno de los sobrevivientes, «uno de los no desaparecidos» de El Junquito. Lo dice así porque se acercó a una de sus vecinas y, en un cuaderno escolar, anotó su nombre, su documento de identidad y dónde vivía. Lo escribió con tinta, con la esperanza de que no se borre.
—El gobierno solo nos ha ayudado en una cosa —dijo el comerciante—: Protección Civil ha pegado unas calcomanías [stickers] con colores del semáforo en pocas edificaciones para indicar si una estructura está estable. Pero esas evaluaciones no están en todos lados, ni sabemos cuál lugar será el siguiente en tener ese privilegio.
Ese sticker era lo que buscaba Eladio. Tanteaba con la mirada las fachadas de la zona comercial de El Junquito —justo en la frontera entre Caracas y La Guaira— una pegatina de color roja, amarilla o verde. Pasaba por los escombros de un vecino, luego veía un comercio cerrado, pasaba por un techo roto y, al fin, vio el comercio suyo y el de sus sobrinos.
Encontró una calcomanía amarilla: el comercio está en pie, pero estructuralmente comprometido.
Un sticker no era suficiente. Eladio buscaba a un ingeniero para tener más información: qué se agrietó, qué se desplomó, qué sobrevivió.
—Quiero empezar de nuevo, pero quiero saber por dónde empezar—reclamó en voz baja. Volteó su mirada a unos militares que se encontraban a pocos metros. Tenía miedo de ser reprimido por alzar su preocupación.
Su familia se niega a ir a un refugio porque desconfían de la gestión de la presidencia interina, tampoco existe una aseguradora que le permita reconstruir lo perdido.
La experiencia de su familia es el reflejo de datos que la Universidad Católica Andrés Bello ha destacado desde hace años: la vulnerabilidad institucional en Venezuela es alta. A través de una encuesta anual, la academia venezolana precisó que el venezolano no tiene capacidad de ahorro por los altos índices de inflación y las restricciones de apoyos de créditos bancarios.
—Esto es un limbo, esta es la verdadera incertidumbre —repetía Eladio.
Para él, y quizás para muchos turistas, entrar a El Junquito o a Caracas era sumergirse en una elegía. Donde antes cada comercio sintonizaba una canción de salsa ahora existe el silencio. Los vecinos ahora se sientan sin conversar entre ellos, esperando a que otra persona entre en su comercio.
Eladio pasó al lado de una de las edificaciones caídas de El Junquito. Señaló con el dedo una de las habitaciones descubiertas y comentó que allí vivían unos vecinos que salieron justo antes de que el edificio se partiera por la mitad.
—Quedamos expuestos: estamos vulnerables y nadie nos atiende. El ciudadano es quien ayuda a otros ciudadanos —reflexionó—. Cada poblado fuera de la capital está totalmente desamparado por el Estado.
Comunidades al occidente de Caracas y cerca del epicentro de los terremotos —como Morón, Tucacas y Yumare— han denunciado a la prensa local que la ayuda estatal ha sido igual de lenta que en la capital y La Guaira. El silencio ha llegado a tal punto que los vecinos de Yumare, donde fue el primer epicentro sismológico, le dijeron a la periodista venezolana Lisseth Boon que se enteraron de los daños al país horas después del desastre porque no tenían señal telefónica y creyeron que era un corte del servicio rutinario.
Eladio siguió su camino entre los escombros de El Junquito.
A pocos metros vio una grúa removiendo escombros: la primera y la única que divisó todo el poblado. Habló con otros vecinos y le comentaron que llegó antier, a 16 días del desastre.
Joshua de Freitas (Caracas, Venezuela) es periodista. Cubre ciencia y derechos humanos desde el periodismo narrativo y el periodismo de datos.






