
Este texto es parte de Los anteojos, nuestra newsletter de coyuntura. Cada semana, comisionamos dos crónicas de temas que todo mundo habla pero nadie te explica. Para recibirla en tu correo:
A Cary se le puede encontrar en cualquier esquina de La Habana Vieja, siempre por el día. Su andar es muy lento, casi estático; sus vestidos, gastados y poco combinados, describen la pobreza extrema en la que vive. No pide ayuda; en cubano: no se dedica a mendigar, a pesar de tener todas las aflicciones circunstanciales que le acreditarían hacerlo. Tiene más de setenta años y se le ve en el rostro que le ha pasado por encima una historia triste y un país derrumbado.
Cary vive en un incómodo y oscurísimo cuarto de un solar de la calle Cuba. Allí recibe visitas, una vez a la semana o una vez al mes —según pueda— de su hijo mayor. El menor está imposibilitado de hacerlo por una sanción penitenciaria que cumple en la prisión para enfermos de VIH/sida en el municipio San José de las Lajas, de la provincia Mayabeque.
Cary, como puede, mantiene sus envases llenos de agua, se viste y friega, se prepara un poco de refresco o de jugo. Todas esas tareas las asume con el peso de tener uno de sus dos ojos totalmente inservible y otro siguiéndole los pasos sin demora. También padece de una peligrosa hipertensión que la ha hecho desmayarse en varias ocasiones tanto en la iglesia cristiana a la que asiste, como en la calle. Para llegar a su apartamento debe subir una escalera diabólica y totalmente falta de iluminación, que corta la respiración a cualquiera y promete cobrar caro un desliz o mal paso.
Una de las primeras veces que acompañé a Cary a almorzar me asombré de su astucia y lucidez.
«Dame el dinero del espaguetis pero no vayas conmigo. Hay una muchachita ahí que a veces me regala el espaguetis y no me lo cobra, pero si me ven contigo a lo mejor no me lo dan, ¿me entiendes?».
En la pizzería que da al fondo de la estación policial de las calles Cuba y Chacón, a veces gratis, a veces por trescientos pesos cubanos, Cary suele costearse algunos almuerzos a la semana. Ese espaguetis en ocasiones es la única comida que probará en el día. Según un informe reciente del Observatorio Cubano de Derechos Humanos, ocho de cada diez cubanos prescinden actualmente de una de las tres comidas fundamentales del día por razones económicas. El mismo informe estableció que, al tratarse de personas mayores de sesenta años, la cifra asciende a nueve de cada diez.
Cary es una imagen dolorosa que hay que mostrar para contar la Cuba que corre.
Ella es parte de ese veinticinco por ciento de población cubana —dos millones y medio de personas— que tiene más de sesenta años y que ha recibido, en primera fila, el embate directo de la crisis sistémica que somete a la isla.
La instauración torpe y acelerada, desde el 2020, de medidas económicas radicales dio al traste con la economía cubana, explicando el desorden actual. Podríamos decir, en cierto sentido, que luego de aquel año la realidad social y económica de Cuba se desentendió de todos los anteriores. Parecía que otro país nacía, uno totalmente desconocido hasta ese momento.
En esta nueva nación, el Estado no solamente comenzó a eliminar los subsidios —ayudas económicas orientadas fundamentalmente a personas de la tercera edad o en situación de discapacidad— sino que reajustó los salarios y las pensiones a los ancianos retirados. Hoy los adultos mayores reciben, con la reducción, tres mil pesos cubanos al mes: menos de ciento veinticuatro dólares estadounidenses, insuficientes en medio de una inflación sin frenos.
La hecatombe dio inicio cuando el gobierno estableció un sistema de tiendas para vender sus productos en una nueva moneda virtual a la que llamaron «moneda libremente convertible» —«MLC» por sus siglas—. La catástrofe mostró su auge en unos pocos meses. Primero, los productos escasearon y luego las tiendas decidieron dejar de vender en pesos cubanos, aceptando únicamente monedas virtuales.
Si bien en un momento inicial se habló de que estas tiendas en MLC tendrían una corta labor de recaudación en pos del abastecimiento de las tiendas en pesos cubanos y la reunificación monetaria, si bien el gobierno habló de ponerle topes a los precios, a la inflación, de frenar la corrupción y la explosión del mercado negro, todo fue un engaño tejido minuciosamente.
Los productos de la canasta básica —hoy valorada en alrededor de cuarenta mil pesos cubanos— aumentaron cada día hasta alcanzar incluso diez veces su costo previo. La supuesta recaudación en las tiendas MLC jamás llegó a los hospitales ni a las escuelas, que se vieron abandonadas y condenadas a un deterioro implacable. En vez, el dinero fue a parar a la construcción de nuevos hoteles en todo el país, en los años de menor índice de turismo en la historia de la isla.
Para el verano del 2021, año y tanto luego de la implementación de todas estas políticas (¿antipolíticas?), el panorama en Cuba era ya bastante desolador. El dólar americano marcaba un paso de inflación imposible de perseguir. Los productos básicos de alimentación y aseo se ausentaban de las tiendas en MLC con una rapidez espantosa debido a la demanda y luego se encontraban, a precios exorbitantes, en el mercado negro. En esta dinámica violenta que se impuso en Cuba, fue sin dudas la tercera edad la demografía más afectada. Casi ningún anciano podía permitirse las interminables colas para conseguir un paquete de pollo o un pomo de aceite. La alimentación pasó a ser un lujo, tal como es visto conseguir medicamentos.




