Era el día del encuentro. Estaba ansiosa, tenía que salir, ya no podía evitarlo, llueve. Llueve muy fuerte, me alisto. No tengo botas. Creo que con el paraguas zafo, no quiero cancelar aunque la lluvia me incita a hacerlo. Salgo, las baldosas no son mis amigas. Las baldosas no son amigas de nadie. La calle llora, los árboles gritan auxilio. Estoy a tiempo de cancelar, siempre se está a tiempo, son 20 cuadras, elijo caminar porque esperar el colectivo con lluvía no es una opción digna antes de un encuentro especial.
El encuentro más necesario, más esperado, más conflictivo. Estoy cerca, aún estoy a tiempo de cancelar. Mis zapatillas me suplican que no lo haga, pasaron por mucho y quieren que valga la pena. Mi paraguas grita que no lo haga, solo puede pensar en que hubiese podido descansar una temporada más.
Llegó el momento, estoy frente a la puerta ¿me voy? no, me quedo. Entro al lugar, mi lugar favorito para tomar café. Pido capuchino sin cacao y sin canela, y ya no puedo cancelar, llegó el café y tengo que enfrentarme a lo que más temía. Abro mi libreta. Saco mi lapicera negra y no hay salida. Estoy cara a cara con una hoja en blanco.
Ray Tarazona. Tengo 30 y todavía no sé lo que hago, pero no paro de hacer. Creo en el amor aunque siempre diga lo contrario. Escribo poesía por consecuencia de un corazón hecho pedazos y en el camino descubrí que la poesía es un puente con otras almas. Colecciono trazos para ilustrar lo que me atraviesa e impactar a quienes ven mis obras. Nací en Venezuela y Argentina me adoptó. Soy una apasionada de la contemplación de la cotidianidad y la vida suavecita como revolución. Si me estás buscando muy probablemente esté durmiendo la siesta.





