Este cuento fue publicado en el volumen IX de El creativo, nuestra newsletter de escritura literaria y cultura. Para recibirla directo en tu correo, suscríbete a Perpetuo:
Nos gusta ritualizar la creatividad. He visto una cantidad infinita de publicaciones en redes que hablan de los rituales de los escritores, de los pintores, o de quien sea. Schiller con sus manzanas podridas, Maya Angelou que rentaba una habitación de hotel. Según la neurociencia, es útil condicionar al cerebro creando señales de entrada a un estado mental específico. Pero ¿qué hay en ese estado mental y a dónde vas cuando entras ahí?
Últimamente, como parte de mi trabajo de divulgación cultural desde el ocultismo y la mística, he leído mucho de artistas que utilizaron el lenguaje de la alquimia, la mediumnidad y la magia para entrar a este territorio. Hilma af Klint empezó a pintar sus abstracciones en 1906. Kandinsky—quien se lleva el crédito histórico— llegó años después. Ambos hablaban de espiritualidad desde distintos puntos: Kandinsky hablaba del alma de los trazos o de la manifestación del mundo interior del artista. Af Klint trabajaba con instrucciones concretas de figuras que llamaba Los Altos Maestros a través de prácticas de mediumnidad.
Austin Osman Spare, pintor, escritor y ocultista inglés de principios del siglo XX, desarrolló una técnica inspirada en los sigilos de la magia ceremonial. Convertía una intención creativa en un símbolo abstracto, para luego olvidarla conscientemente y dejarla operar desde un lugar más profundo que el pensamiento deliberado. David Lynch, mi artista espiritual predilecto, meditaba dos veces al día. Hablaba de las ideas como peces nadando por algún lugar en el que la práctica de la meditación es el anzuelo. Si quieres un pez chiquito, te quedas en la superficie. O puedes ir más profundo y pescar a los grandes.
Para estos tres —y muchos otros que también han usado la magia, los símbolos y la mediumnidad para crear— existe un territorio al que el pensamiento racional tiene acceso limitado y desarrollar una práctica para entrar ahí es parte del oficio creativo. Ahora bien, hay una diferencia entre tener una práctica espiritual y tener colaboradores o guías espirituales: los colaboradores ya están del otro lado, con perspectivas específicas, habilidades y con acceso a material que yo sola no podría haber encontrado.
Históricamente, la figura del artista como médium sirvió para desposeer a las mujeres artistas y espiritistas del siglo XIX. Hilma af Klint esperó décadas para mostrar su trabajo porque sus guías le dijeron que el mundo no estaba listo para entender lo que hacía, mientras la Historia del Arte construía su canon sin ella. Y luego está el tema de la autoría. El colaborador espiritual aporta perspectiva, acceso, habilidad, pero la decisión creativa sigue siendo del artista, igual que la autoría.
La demonología medieval también puso este tema sobre la mesa. Los grimorios están llenos de instrucciones para convocar entidades con especialidades concretas. Que este sabe de geometría, este de lenguas, este te cuenta secretos. La lógica es también la de la colaboración, invoca a alguien que sabe lo que tú necesitas saber —y no, no cuenta ChatGPT, por Dios—.
Hace poco me hicieron una lectura espiritual. Uno de mis guías fue en vida un storyteller; el otro, un intelectual y alquimista. Y mientras me hablaban de quiénes eran, me di cuenta de que llevaban toda la vida dictándome al oído los temas más recurrentes en mis trabajos de investigación y de ficción: las transformaciones, la mente, y hasta lo queer. Uno de ellos vive en un personaje que llevo años pensando y escribiendo. El otro dijo que nunca había podido escribir historias queer porque en su época lo hubieran matado por hacerlo.
La revelación fue hermosa, porque sus habilidades me complementan de formas concretas. Y ahora que sé que mucho de mí tiene que ver con ellos, a veces me pregunto: en mis mejores momentos, ¿escribo yo o escriben ellos? Y la verdad es que no importa. Porque si soy un canal para que ellos puedan decir en esta época lo que no pudieron decir en la suya, lo tomo, me da igual. Yo elijo este desdibujamiento, a diferencia del desdibujamiento que la historia le impuso a Hilma. No cambiaría nada de mi proceso creativo ni de mi equipo colaborativo, tampoco los temas que elijo: escribir sobre magia es una elección temática, pero escribir desde la magia es una postura epistémica y hay una diferencia sustancial entre una y otra.
Al final, traigo el bagaje de esos espíritus, pero no dejo de ser, esencialmente, yo. Yo soy el filtro y la puerta, soy quien toma la decisión final. Y al estar con ellos y conocerlos, creo que le he perdido el miedo al juicio del público.
Ahora me da más miedo decepcionar a mis muertos.
Julieta Navarrete escribió este ensayo.




